Anamaria Borlan
En una velada
parisina del siglo XIX, Jules Verne y Alfred de Musset discutían sobre el
futuro, la literatura y los límites de la imaginación.
—¡Justamente por eso! —murmuró
Jules Verne, mojando la punta de la pluma en el tintero.
—¿Qué pasa, no te gustan las
mujeres?
—Cállate, tengo que escribir.
—Pero si amaste a Caroline, luego a
Rose Hermine… ¡y te casaste con Honorine!
—¡Cállate, he dicho! —gritó Jules,
levantándose de golpe y volcando la tinta sobre la hoja a medio escribir—.
¡Mira lo que has hecho! ¡Fuera! ¡Vete! ¡No quiero verte nunca más!
—Amigo mío —sonrió Alfred de
Musset, con sorna—. Sabes mejor que nadie que me gusta meditar sobre la
condición de la creación artística y que siento una abierta aversión por la
mediocridad de la burguesía. De la cual tú también formas parte.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Nada en especial. Te admiro por tu
ingenio. Esa imaginación que crea una visión fantástica basada en ideas
delirantes, ideas que no se harán realidad jamás.
—¿Cómo dices?
—Tomemos un ejemplo negativo: tu
personaje Robur. ¿Cómo crees que un aeróstato, un aparato más pesado que el
aire, va a elevarse del suelo y volar sobre continentes y océanos? ¿Ese
Albatros, tan embarazosamente bautizado como un ave marina?
—¡El globo aerostático también es
más pesado que el aire y aun así vuela!
—Arrastrado por el viento y las
corrientes. O ese sumergible, ¿cómo lo llamaste?
—Nautilus.
—Exacto. ¿Cómo van a funcionar
ambos con electricidad? ¿Sumergir en las profundidades del océano un aparato de
hierro que se mueva y avance por medios eléctricos? ¿O hacer volar un vehículo
tripulado, también con electricidad? ¡Eso no ocurrirá jamás!
—Las calles de París ya están
iluminadas con arco eléctrico.
—Eso es completamente distinto. En
las casas usamos lámparas de aceite o de sebo.
—No por mucho tiempo.
—¿Ves, amigo Jules? Yo me quedo en
mi mal du siècle, y esa es precisamente la razón por la que no me gusta la
burguesía. Es demasiado progresista en su manera de pensar.
—¿Y qué tiene eso de malo?
Durante la conversación, Jules
Verne, con la pipa en la comisura de los labios, sacudió la hoja mojada por la
tinta derramada, trajo un trapo y limpió lo mejor que pudo la mesa. Se detuvo
un instante y dibujó con el dedo una forma cualquiera, luego trazó algunas
líneas y círculos, como si estuviera construyendo algo concreto, concentrado,
pensativo. Al final lanzó el trapo a un rincón y apartó la hoja para que se
secara, mientras su invitado seguía hablando.
—Y volviendo a tu Robur, ¿cómo
crees que algún día se doblarán, o incluso se romperán, las leyes divinas
porque un vehículo tenga, como tú escribes, motor, nade en aguas profundas y
vuele por el aire? ¡No puede existir ninguna máquina que pierda peso mientras
aumenta su velocidad o que llegue a volverse invisible! ¡Eso es un desafío
directo a Dios!
Jules se volvió lentamente –le
dolía la pierna desde que su sobrino Gaspar le había disparado por accidente en
la pantorrilla– hacia Alfred, que exhalaba una arrogancia maliciosa.
—Querido amigo —respondió Jules en
voz baja—, ¿por qué te ensañas conmigo y con lo que escribo? Como tú mismo has
dicho, mi imaginación vuela con las máquinas de Robur, con el proyectil
Columbia desde la Tierra hasta la Luna y aun alrededor de la Luna; he viajado
junto a un cuarteto de violinistas en una isla propulsada por dos hélices; he
participado en aventuras durante cinco semanas en globo; hacia el centro de la
Tierra; por ríos y continentes lejanos, lugares maravillosos y fantásticos; he
estado en Canadá, en el Amazonas, en África y Australia, en América, en las
Indias y en China; he dado la vuelta al mundo y vivido acontecimientos
extraordinarios, en las profundidades de la tierra y de los océanos, en el
castillo de los Cárpatos de Transilvania y en el azul Danubio, sin haber
abandonado en realidad esta mesa de trabajo. He utilizado todos los medios de
locomoción que se me han ocurrido, por tierra, mar, océano, ríos y aire. Volar
es más interesante y mucho más rápido que cualquier otro medio de transporte.
Con todo lo que escribo y todas las imágenes que cruzan mi mente, me permito la
libertad, tanto física como –sobre todo– financiera, de desplazarme y admirar
todas las bellezas de la creación de Dios, en la Tierra y, más aún, más allá de
ella.
Alfred de Musset se levantó y, con
un gesto brusco, se acomodó los faldones del chaleco, como un tic, luego dio
dos pasos enormes y abrazó espontáneamente al anciano Jules.
—¡Eres un poeta, amigo!
—He escrito infinidad de poemas e
incluso letras para canciones —replicó Verne—. Ahora, por favor, suelta los
brazos si no quieres que muera asfixiado por ti en este mismo instante, y ve,
te ruego, a tus asuntos.
De Musset se separó y dio un paso
atrás.
—Querido amigo…
—Eso suena mal.
—No, espera. No es malo. Te
agradezco todas las historias imaginadas que escribes. Que yo y muchos otros no
estemos de acuerdo con tus inventos, sueños y fantasías es otra cuestión. Cada
cual escribe según la fuerza de su corazón. Lo cierto es que eres un buen
prosista. No el mejor, pero te esfuerzas…
Jules Verne, liberado del abrazo de
su combativo amigo, permaneció de pie, observando con cierta diversión cómo el
visitante salía de la habitación aun hablando. La puerta se cerró tras él, pero
su voz seguía oyéndose, refunfuñando mientras bajaba la escalera hacia la
planta baja. A través de la cortina de la ventana, Jules lo vio subir al
carruaje tirado por dos caballos, que partió con un trote resonante sobre el
empedrado de la calle.
Al quedarse solo, el escritor
levantó la hoja sobre la que se había derramado la tinta, ya casi seca, y la
colocó sobre el escritorio. Contempló un rato el dibujo involuntario,
descubriendo en las manchas una imagen interesante. Sus pensamientos ya se
deslizaban hacia el futuro: sabía qué escribiría en su próxima novela.
—Selene —susurró, y luego, en voz
alta—: Selene, ¿dónde te has escondido?
—¡Querido terrícola! —resonó una
voz encantadora, que parecía venir de todas partes y de ninguna, flotando
ligera como un hilo de niebla.
De la huella dejada sobre la
superficie de la mesa, una forma incierta comenzó a tomar contornos, como un
sueño que parecía hacerse realidad; el perfil se transformaba y se realzaba en
vagas curvas sinuosas. Con cada instante y cada respiración entrecortada de
Jules, poco a poco la figura se metamorfoseaba, y los contornos finos se
aclaraban cada vez más, como si una brisa primaveral desgarrara un velo oscuro.
La presencia, aún invisible, surgió lentamente, llenando la habitación de una
luz misteriosa y suave, trayendo consigo un aire de magia y ensoñación.
Finalmente, para asombro y deleite
del escritor, comprendió que ante él se encarnaba algo de una belleza
excepcional. Sonriendo de placer, observó cómo la imagen se materializaba,
adoptando el aspecto de una diosa, la personificación de la Luna, llegada en un
carro de plata, directamente desde la oscuridad del cielo.
Era la diosa griega de la Luna. A
quien conocía muy bien.
Un brazo de luz se extendió hacia
Jules y una mano delicada, de dedos transparentes, brillando con reflejos
nacarados en la penumbra del estudio, acarició con ternura su barba encanecida
por el tiempo.
—¡Selene! —suspiró Jules, cerrando
los ojos de placer—. Bienvenida. ¿Adónde vamos hoy?
—Hoy vamos más allá de la Luna. Más
lejos. Más allá del rojo Marte y aun de la Nebulosa de Orión, hacia otros
planetas.
Jules se sentó en la silla, lanzó
una breve mirada al reloj con calendario colgado en la pared –su más reciente
invención de modernidad absoluta–, sacó con cuidado una hoja del cajón del
escritorio, acercó un nuevo tintero lleno de tinta y aguardó el momento de
verter sobre la blancura de la página las letras, las palabras, las frases y
las páginas de su nueva novela.
Tras regresar del periplo en el que
la diosa Selene lo había llevado a navegar, esta vez no por mares ni océanos,
sino más allá de la redondez de la Tierra, hacia otros mundos listos para ser
explorados, sentía cómo el eco de la aventura aún vibraba vivo en su alma. Su
mirada quedó fija en la hoja en blanco, y su imaginación estaba intensamente
estimulada por el espectáculo celeste del que acababa de ser testigo y con el
que había regresado a la Tierra.
Una sonrisa iluminaba su rostro al
recordar el brazo de luz de Selene, la diosa que lo había guiado más allá de
fronteras desconocidas, a través de los misterios del universo. La aventura de
la que acababa de volver no se parecía a nada vivido antes. Cada instante junto
a la diosa de la Luna le abría nuevos horizontes, y Jules se sentía preparado
para trasladar al papel las impresiones y revelaciones adquiridas.
Mojó la afilada punta de la pluma
de ganso en la tinta fresca.
Como si el propio viento cósmico
llevara sus pensamientos, las palabras se alineaban en la página con la
facilidad de un sueño hecho realidad. Tras unos momentos de reflexión, comenzó
a escribir.
París se transformaba, bajo la
pluma bien afilada de Jules, en un símbolo de la promoción de lo nuevo, donde
cada calle, edificio y medio de transporte reflejaba la aspiración al progreso
y a una modernidad aún no percibida ni comprendida. Cada rincón de la ciudad
parecía palpitar con energía creadora, resultado directo de la inspiración
obtenida en su viaje más allá de las fronteras de la Tierra, hacia otros
planetas, junto a la diosa de la Luna.
Las calles de París, antaño
flanqueadas por edificios de aire nostálgico, se elevaban ahora en su
descripción hacia el cielo en forma de rascacielos, verdaderos monumentos de la
ambición humana. Los medios de transporte superaban los límites de lo convencional:
trenes de alta velocidad cruzaban la metrópoli como flechas de plata, y una red
de comunicación global, que décadas después sería llamada internet, unía a las
personas de un modo completamente nuevo.
La vida urbana se imaginaba nuevamente
y se reinventaba en cada página, con detalles bordados desde el deseo
incansable de explorar, de modelar y de abrir caminos hacia lo desconocido.
Bajo esta visión, París se
transfiguraba en una metáfora del futuro: un mundo donde las fronteras entre
sueño y realidad se desdibujaban, y el espíritu innovador de sus habitantes
convertía cada día en una aventura de descubrimiento.
Jules puso el punto final tras la
última palabra de la novela, sintiendo en el alma esa calma particular de haber
concluido el largo viaje, colmado de revelaciones. Su mirada se detuvo un
instante sobre el montón de páginas cubiertas de líneas, donde cada palabra,
frase y párrafo llevaba la huella de la imaginación nacida de su aventura
cósmica.
Quedaba escribir el título. Pensó
en su amigo de polémicas, Alfred de Musset. Sonrió levemente, con una
complicidad silenciosa, como si compartiera con él tanto los desafíos de la
creación como la alegría de la obra terminada. Esperaba de su parte críticas y
desaprobación, como de costumbre. Con un gesto decidido, escribió en la hoja en
blanco el título que le resonaba desde hacía tiempo, resumiendo la esencia de
toda la historia. Agradeció en silencio a Selene, y caligrafió:
«París y el Mundo en el siglo XX»,
1860.
Anamaria Borlan es la fundadora del
club Antares Brașov (1981), miembro, coordinadora y actual presidenta fundadora
del club. Ha publicado varios volúmenes de la serie de novelas Aoi tenshi
monogatari (Historias del Ángel Azul). En 2019 publicó la novela La
Marcha de los Fantasmas, de la serie RSA (Rumania Asediada). Y ha publicado
numerosos relatos en revistas de género en Rumanía: Colecția Science Fiction,
Colecția de poestiri science fiction și fantasy pentru Nevăzători y Galaxia
42, así como en las revistas MetaGalaktika y Galaktika en
Hungría. También ha publicado relatos en las antologías Anthologia CSF y
Ficțiuni Centenare. Es la organizadora del festival AntareSFest en
Brașov.

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