miércoles, 21 de enero de 2026

DOMINO BABY

Biljana Kosmogina

 

La genética es un milagro. Los instintos de los antepasados despiertan y no hay nada que puedas hacer contra eso, salvo abandonarte. En mi caso despertaron al cumplir la mayoría de edad, pero durante mucho tiempo los reprimí. Ya me resultaba bastante difícil lidiar con el hecho de ser lesbiana. Lo supe desde la primaria, pero no podía racionalizarlo porque era una niña. Siempre con las mejores notas, era una niña excesivamente seria, asocial, introvertida, al borde del autismo, a la que casi todos los chicos evitaban. Las burlas y las humillaciones no me gusta evocarlas; fue el clásico acoso escolar, en su mayoría por parte de los varones. Por suerte mi madre ganaba bien trabajando en el sector de las ONG con fondos europeos. A comienzos de los años 2000 me sacó de la escuela “elitista” y esnob de Vračar; terminé la primaria de manera privada y luego cursé escuelas privadas de altísimo nivel en el extranjero. La secundaria en Suiza, y los estudios de Farmacología y Toxicología los completé en Ítaca, en Cornell, a 220 millas al noroeste de Nueva York. Hice dos másteres en paralelo: Aplicación de Plantas Tóxicas en Medicina y Gestión Empresarial, en Utrecht y Róterdam, en los Países Bajos. El amor por determinadas especies vegetales lo heredé de mi abuela y de mi madre, y los idiomas se me dieron desde pequeña gracias a ellas dos. En el nuevo entorno en el extranjero no tuve problemas de adaptación social, y así floreció mi vida amorosa en relaciones con mujeres. Perdí la virginidad con una ayudante de cátedra de “Alcaloides vegetales y opioides”, en un laboratorio cerrado de la facultad. Con mi identidad sexual ya no tenía problemas. Cuando en mí despertaron otros instintos, instintos asesinos, no estaba en Serbia sino en África. Sé que con el tiempo me volví cada vez más alérgica a la injusticia, la deshonestidad y la violencia de cualquier tipo, y en especial a la violencia masculina contra las mujeres.

Desde pequeña mi madre me contaba que su madre, mi abuela, trabajaba actuando en clubes neoyorquinos de acceso restringido (solo caballeros), pero que, por desacuerdos con su pareja –mi abuelo, un individuo celoso que la golpeaba hasta dejarla exhausta–, huyó al sur de Europa con el vientre a punto de estallar y dio a luz en Grecia. Allí conoció a un apuesto serbio, veinticinco años mayor, que la llevó con la niña a Belgrado. Dio de baja su pasado como si hubiera usado una goma de borrar, se casó, adoptó un nuevo apellido y una nueva identidad, y durante años cuidó con esmero de su acomodado marido y de su pequeña hija, de su gran jardín florido en el amplio patio y del invernadero detrás de la casa, esforzándose por olvidar el seudónimo –Domino Lady– que había dejado atrás en América.

De niña, las noches más emocionantes eran aquellas en que mamá abría la caja fuerte de casa y me mostraba las viejas fotografías en blanco y negro de la abuela, tomadas en los años cincuenta, en las que Domino Lady –una deslumbrante rubia con un vestido blanco ceñido hasta los tobillos, una máscara negra sobre los ojos, una boquilla en una mano y un Colt .45 en la otra– posaba ante la cámara. Las profundas aberturas del vestido llegaban hasta las caderas y dejaban ver unas piernas hermosas sobre altos tacones. Me explicó que Lady cantaba en clubes frecuentados por tipos peligrosos: mafiosos y gánsteres, políticos, diplomáticos, altos funcionarios extranjeros e incluso presidentes. Todos se volvían locos por ella y recibía ofertas de matrimonio increíbles. Lady nunca reveló su verdadera identidad ni el origen de campesina rebelde que a comienzos de los cincuenta había huido de la granja familiar en Luisiana para llegar a Nueva York soñando con una carrera como cantante de jazz famosa. No le importaban los cortejos, los regalos caros, las pieles, los perfumes y las flores con que los hombres inundaban su camerino. Era una auténtica femme fatale, una diosa inalcanzable, una ninfa esquiva. Sus actuaciones eran exclusivas y secretas, lejos de los ojos del público, en unas pocas ubicaciones en villas alquiladas de Manhattan, con los mejores músicos de la época tocando detrás de una cortina, porque no podían ver los rostros de los invitados. Decían que tenía una voz como la de Sarah Vaughan.

Lady cometió su mayor error cuando se enamoró de un tipo cualquiera, un emigrante de Rumanía. Un psicópata posesivo que la maltrataba psicológica y físicamente. Le apagaba cigarrillos en la cara para que no pudiera actuar. Estaba a mitad del embarazo cuando compró un billete y se embarcó en un transatlántico con el que llegó a Marsella; luego sobornó a un capitán griego para que la pasara de contrabando hasta El Pireo. Antes de eso había envenenado al miserable, es decir, a mi abuelo. Cuando se quedó dormido, le vertió una tintura vegetal venenosa en el conducto auditivo, siguiendo el ejemplo del trágico destino del padre de Hamlet, el rey de Dinamarca. Junto a su cuerpo dejó una nota que decía: Compliments of the Domino Lady. Shakespeare fue su primer maestro verdadero. Se le daban mucho mejor la literatura y la música que ordeñar vacas y ovejas, a lo que sus padres la obligaban en la granja desde niña.

«Nunca, pero nunca te cases. Los hombres son bestias. Opresores. Estafadores. Miserables. Psicópatas. Así como yo te tuve sin pareja, tú también, si algún día quieres un hijo, podrás quedarte embarazada del mismo modo. Recuerda todo lo que tu abuela sufrió con aquel idiota», repetía a menudo mamá como un mantra mientras recorríamos el invernadero y regábamos nuestras exuberantes flores tropicales. «Claro, cariño, hay excepciones. Su marido, mi padrastro Dušan, era un alma buena. Que descanse en paz. Lo llevaré siempre en el corazón como a un verdadero ángel, porque sin él nosotras dos no estaríamos aquí».

—Mamá, ¿y por qué la abuela sostiene un arma en las fotos? ¿Es una pistola de agua? —le pregunté con curiosidad.

—No, querida, es de verdad. Era parte inseparable de su imagen en el escenario. Tenía un par de canciones populares, como Compliments of the Domino Lady, cuya letra decía: Don’t approach me close, you may get a punch to your nose; don’t be mean and bully, you will bite the bullet, I swear I’ll kill you truly. I don’t need compliments because I have self-confidence… A todos esos invitados distinguidos, poderosos, tipos duros y machistas, les enviaba mensajes dominantes que les hacían perder la cabeza y caer en trance. Los desarmaba y decapitaba con su canto. Sí, todos sabían que el Colt estaba cargado y listo para disparar en cualquier momento; por eso se quedaban quietos como ratoncitos, tragando whisky en silencio y babeando mientras miraban a Lady en el escenario, listos para morder su bala. Frank Sinatra a veces salía a cantar con ella My Way y Strangers in the Night. Después de cada actuación, a medianoche, una limusina blanca venía a buscarla y la llevaba en dirección desconocida; luego en el escenario se turnaban bailarinas de cancán y striptease. Ella no se mezclaba con ellas: tenía un camerino separado en el piso de arriba, repleto de flores y regalos, con un guardaespaldas en la puerta, como corresponde a una diva. Dejaba todos los regalos a las bailarinas y se marchaba dignamente con las manos vacías pero con el Colt en el bolso: incorruptible, inalcanzable Domino Lady, reina de hielo vestida de blanco.

Mamá me hablaba de mi abuela con los ojos encendidos. Me mostraba cómics de América que artistas brillantes habían hecho sobre Lady, convirtiéndola en heroína, mito, leyenda. Y ella realmente había existido, aquí, en Belgrado, y era mi propia abuela. Aprendí a leer gracias a esos cómics que mi madre conseguía por todo el mundo. Sabía que no debía fallarles ni a una ni a otra, porque la sangre no es agua.

—¿Y dónde está ahora la abuela, mamá? ¿Está viva? —las preguntas brotaban solas cuando crecí un poco.

—Se fue a Colombia dos años después de que muriera el abuelo Dušan; tú tenías solo dos años y por eso no la recuerdas. Se enamoró de una belleza latina que tenía su propia compañía teatral y que había actuado en Belgrado en el marco del festival BITEF del 93. Durante años me enviaba paquetes con regalos y cartas cálidas desde Bogotá y Cartagena. Un día su pareja me llamó para decirme que Lady había muerto del corazón, de repente, mientras dormía, feliz.

—¿O sea que nos dejó a las dos aquí cuando yo era pequeña por otra mujer?

Me inquietó esa revelación, pero una extraña calidez me recorrió el vientre durante mucho tiempo, porque entonces oí por primera vez hablar del amor entre dos mujeres, algo que me confundió pero, de un modo extraño, me excitó.

—Cada cual debe ir tras su felicidad, cariño.

Las palabras de mi madre se grabaron profundamente en mi memoria y me acompañaron durante todo el crecimiento, hasta mi primera experiencia lésbica con la ayudante de laboratorio en Cornell.

 

Mi madre dedicó toda su vida al trabajo humanitario y al activismo a nivel internacional. Viajaba mucho y, cuando no estaba, yo me hacía cargo del jardín que heredamos de la abuela: el del invernadero detrás de la casa, con calefacción en invierno, donde cultivábamos con sumo cuidado –como en un laboratorio– diversas plantas y hongos tropicales, africanos, asiáticos y otros exóticos. Al invernadero entrábamos con ropa hospitalaria estéril, cubrecalzado, guantes y mascarilla. Era nuestro pequeño paraíso vegetal oculto, y el traje protector era necesario porque todas las plantas contenían toxinas altamente concentradas. Con ellas la abuela Lady elaboraba mágicas tinturas asesinas. Las preparaba con esmero en su laboratorio personal, es decir, en la antigua habitación del servicio, situada junto al invernadero y con una salida especial al patio trasero. Nadie podía entrar allí; estaba fuera del alcance de miradas curiosas desde la calle, igual que el invernadero. La abuela introdujo a su hija –mi madre– en el cultivo de plantas y hongos súper tóxicos como el árbol de la estricnina con nueces de Strychnos nux-vomica, del que obtenía estricnina; el hongo Amanita phalloides, del que extraía amatoxina; de las semillas de Ricinus communis obtenía ricina; y de varias bacterias, hongos y algas producía cianuro según la fórmula clásica. El BTX o batracotoxina lo recibía ya preparado en ampollas, pedido a chamanes de la Amazonía: un neurotóxico secretado por ranas del género Phyllobates, en el que los indígenas mojaban las puntas de lanzas o flechas. También cultivaba la bacteria Clostridium botulinum, de la que obtenía toxina botulínica; la tetrodotoxina extraída del pez globo se conservaba en una criocámara a –98 grados. Mis favoritas eran las bayas de belladona, de cuya raíz extraía el veneno, mientras que el alcaloide aconitina lo obtenía de la hermosa acónita. De niña, una vez aspiré durante un minuto entero las flores blancas y embriagadoras de la cicuta, de aroma dulzón; después pasé días con dolor de cabeza y fiebre alta. Desde entonces nunca volví a quitarme la mascarilla en el invernadero. Mamá y yo cuidábamos con gran amor el peligroso jardín multicolor de la abuela, disfrutando de flores vivaces y bayas amenazantes, mientras la hiedra venenosa cubría densamente una pared entera del invernadero, cayendo en cascadas como una catarata verde. En su laboratorio químico, la abuela elaboraba caros venenos de base natural que, por encargo, cedía y enviaba por correo o por mensajeros a todo el planeta, regalándolos a mujeres amenazadas que querían liberarse sin dolor de sus parejas violentas: maridos, padres, tíos, hermanos, jefes…

Antes de irse a Colombia, Lady introdujo poco a poco a su hija –mi madre– en su trabajo alquímico, le enseñó muchos detalles y secretos de fitología y le dio contactos para colaborar en el futuro. En su agenda dorada había nombres y teléfonos cifrados tras los que se ocultaban coordinadoras, patrocinadoras, intermediarias de pedidos y mensajeras que llevaban personalmente los venenos a distintas partes del mundo. A ojos de su clientela, ella era una esposa ejemplar, ama de casa, buena madre y humanitaria dedicada. Ayudaba económicamente a instituciones para niños desamparados, casas de acogida para mujeres víctimas de violencia familiar y de pareja, líneas SOS y otras organizaciones de mujeres. Muchas estaban dispuestas a enfrentarse a sus agresores y poner fin al terror y la tiranía, decididas a tomar el destino en sus manos y detener al violento de forma segura, dándole el veneno que Lady producía, vertiéndolo en el oído o la nariz durante el sueño, como en la tragedia de Shakespeare. El efecto era del cien por cien. Los maltratadores se calmaban de manera muy eficaz, para siempre, y Lady, pionera de su oficio, esta vez como alquimista, entraba una vez más en la leyenda como gran benefactora y humanista. El mito de ella aún circula por América y Europa. Ha sido representada en frescos de monasterios femeninos como una santa con halo, vestida de blanco con alas blancas, solo que en lugar del Colt .45 y la boquilla sostiene en una mano un manojo de belladona y en la otra una pequeña botella misteriosa con un líquido brillante del color del sol.

A mí me tocó, por continuidad natural, seguir los pasos de mis antepasadas. Cuando murió el padrastro en los noventa, mamá regresó de sus estudios en Francia y ayudaba regularmente a la abuela con el jardín. Por sugerencia de ella fue a Viena para una fecundación artificial en el 91 y ese mismo año nací yo. Cuando Lady se fue con la colombiana en el 93, nos quedamos en Belgrado, donde mamá me crio como madre soltera. No podía confiar a nadie el valioso jardín de la abuela ni el laboratorio único en la antigua habitación del servicio. Heredó el “jardín del Edén” y lo cuidó, a él y a mí, con la misma dedicación. Yo tenía cuatro años y recuerdo cómo pasaba horas limpiando con cuidado el polvo de las hojas con algodones húmedos impregnados de oxígeno activo. Para mí era un juego meditativo, emocionante sobre todo por vestirnos con monos estériles, guantes y mascarillas. Tarareaba I don’t need compliments because I have self-confidence, la cancioncilla que me enseñó mamá, sin saber qué significaba ni de dónde venía. Aunque solitaria, nuestra vida era cómoda y despreocupada en la hermosa villa de Senjak con vistas al recinto ferial, heredada por el marido de Lady, el abuelo Dušan, como miembro de la aristocracia belgradense de preguerra, una casa que los comunistas no lograron –o no se atrevieron– a confiscar tras la guerra.

 

Después de los dos másteres en los Países Bajos, me trasladé a África como recaudadora de fondos en la reserva Gombe Masito Ugalla para la cría y rehabilitación de chimpancés, en el área del parque nacional de Gombe, que se extiende en gran parte a lo largo del lago Tanganica, en el oeste de Tanzania. Hacía tiempo que había comprendido que las especies vegetales embriagadoras entre las que crecí en el jardín de Lady me hacían feliz y serena, y en GMU entendí que también era mucho más hermoso estar rodeada de animales que de personas. Descubrí muchas especies africanas nuevas para mí, con efectos potentes y variados sobre el ser humano. Se usaban en medicinas tribales tradicionales para curar, y muchas eran mortales si se preparaban en altas concentraciones de extracto o combinadas con otras plantas. Me asignaron una asistente, Lulu, una joven que me introdujo en el funcionamiento, las costumbres y las jerarquías entre la dirección, el personal y los voluntarios de la reserva. Muy amable y dulce, me recibió con una sonrisa amplia y enseguida me dio las contraseñas de wifi de todos los edificios que utilizaba. Me mostró mi oficina, me recorrió la reserva, me presentó a empleados y voluntarios, me explicó cómo funcionaba todo, me enseñó el alojamiento en el bungalow, el mobiliario, la cocina, la cama con mosquitera y la ducha improvisada entre los arbustos detrás del bungalow, con un par de botellas de plástico para bañarse. No me entusiasmaron esas condiciones, pero las oficinas tenían cocina y comedor comunes, además de un baño normal para ducharse, que también estaba a mi disposición. Amé a todos los animales –mamíferos, aves y reptiles–, pero sobre todo sucumbí al encanto de los inteligentísimos y adorables chimpancés. Con Lulu me comunicaba en inglés, pero también aprendía activamente suajili. Durante el tiempo intenso que pasábamos juntas nos hicimos muy cercanas y, poco a poco, en menos de dos meses ya estaba locamente enamorada de ella.

El director de la reserva, Mwamba, era un violento arrogante y brutal tanto con sus subordinados como con los animales. Era igual de duro verlo calmar a los machos de chimpancé con una pistola eléctrica que escuchar las historias de mujeres empleadas a las que había acosado y forzado, usándolas como esclavas sexuales. El hecho de estar casado con dos mujeres y tener cinco hijos no le impedía cometer atrocidades por toda la reserva. Lulu me lo contaba todo, y no me costó comprobarlo yo misma en poco tiempo. A mí, Mwamba me dejaba en paz porque yo era demasiado valiosa para la administración y la obtención de fondos de donantes de Noruega, Suecia, Finlandia y Dinamarca. Ahí mi máster en gestión empresarial resultó más útil que el de botánica. No se atrevía a tocar a su gallina de los huevos de oro. Además era un racista declarado; no me soportaba, aunque lo disimulaba. Todos los lunes por la mañana teníamos reuniones en su despacho, donde yo le informaba de mis intercambios con los financiadores de la semana anterior; a él no le interesaban, pero sí los ingresos en la cuenta. Me hablaba largo y tendido de todo lo que iba a hacer para mejorar las condiciones de los animales: puras mentiras. Pronto entendí que grandes sumas iban a parar a su bolsillo, y se confirmó que los abusos a mujeres en la dirección eran reales, algo que ellas se confesaban entre sí. En mí eso provocó una rabia creciente que pronto se transformó en una firme intención de pena de muerte y venganza final. Lulu había sido una de sus víctimas cuando tenía solo dieciséis años. Eso era algo que no podía pasar por alto. Solo dudaba qué veneno usar para matarlo; pero para eso están las madres, para ayudar a las hijas.

¡Gracias a Dios por la tecnología moderna y una buena conexión a internet en Tanzania! Gracias a ello estaba en contacto permanente con mamá por aplicaciones. Tenía un teléfono que usaba exclusivamente con ella. Disfrutaba nuestras conversaciones. A menudo me llamaba desde nuestro jardín, desde el invernadero, y me mostraba cómo crecían las plantas, cuál había florecido, cuál enfermado, cuál había dado fruto o semilla. Fue totalmente natural encargarle un envío venenoso, que me llegó por avión a través de una azafata francesa, al aeropuerto más cercano, en Kigoma. Inventé una buena excusa –una visita al dentista– para conseguir el jeep oficial con chófer y viajar con Lulu a Kigoma, donde recogí el envío y pasamos un fin de semana inolvidable. En efecto fui al dentista y me extrajeron una muela del juicio que me molestaba desde hacía más de un mes, algo que el director tuvo que aprobar porque por contrato tenía seguro médico. En Kigoma compré antibióticos como prevención. Al volver a la reserva, el chófer difundió rumores y comenzaron a sospechar de nuestra relación, aunque nunca la hicimos pública. Algunas cosas no necesitan decirse ni mostrarse, y otras ni siquiera deben preguntarse.

Esta vez Lulu tuvo que sacrificarse de nuevo. Sedujo a Mwamba durante unos días y luego acordaron que pasaría la noche con él en su bungalow, el más lujoso, algo apartado de la oficina, oculto entre la exuberante vegetación africana. Allí las mujeres se turnaban noche tras noche. Cada una salía avergonzada, humillada y desesperada, como una madre chimpancé cuando el nuevo macho alfa destroza a su cría delante de sus ojos porque no es suya. Lulu mantuvo la cabeza fría la noche en que la acompañé. Soportó su corpulencia, su erección interminable y ese sexo gruñido, como si la montara un jabalí salvaje. Aguantó estoicamente el olor a whisky de su boca y el hedor de su sudor, pero el objetivo era que el jabalí exhausto se durmiera. Me colé en el bungalow porque Lulu había dejado la puerta sin llave. Me acerqué a su cama y le vertí en el oído el contenido de una pipeta de plástico, que antes había mantenido en mi vagina para que el líquido tomara temperatura corporal y el frío no lo despertara, ya que había estado varios días en la nevera. El viejo método shakespeariano volvió a funcionar. El jabalí negro dio un par de sacudidas con las piernas, como si fuera a correr, luego empezó a experimentar estertores, abrió los ojos desmesuradamente y me vio de pie junto a la cama con la pipeta en la mano. Cuando la sangre brotó por sus fosas nasales y oídos, empapando la almohada y las sábanas, supe que había terminado. Cuando se calmó, me incliné sobre su cabeza y le susurré: Compliments of the Domino Baby, en suajili. No llevaba un vestido blanco como mi abuela; habría sido demasiado arriesgado bajo la noche de luna llena. Lulu me esperaba con impaciencia en la cocina con su sonrisa irresistible. Confiábamos la una en la otra.

La autopsia mostró un devastador derrame cerebral ocurrido durante el sueño. Todos fuimos a su funeral y fingimos tristeza. Si no hubiera sido envenenado, habría preferido alimentar con su cuerpo a las hienas. A propuesta mía, tres de sus hijos mayores fueron aceptados como ayudantes en la reserva. Las mujeres respiraron aliviadas, los animales también, y todo empezó a volver a la normalidad tras su muerte repentina. Yo estaba inmensamente feliz por haber hecho un bien auténtico, heroico y humanitario, con un resultado inmediato. Al expirar mi contrato debía volver con mamá a Belgrado en 2019, a mis veintiocho años, pero lo prolongué cinco años más. Lulu fue la razón principal para quedarme. Mamá se opuso y se enfadó por mi decisión, porque esperaba que regresara con ella y con nuestro exigente y muy rentable jardín. Pero le recordé lo que me había dicho hacía tiempo hablando de Lady: «Cada cual debe ir tras su felicidad».

Mientras tanto, mamá expandió el negocio a varios continentes, porque en la era de internet todo es más fácil y accesible que en tiempos de la abuela. Planeaba, al finalizar el nuevo contrato, llevar a Lulu de África a Belgrado, a casa de mamá en Senjak, e introducirla en los secretos de la preparación de nuestros mágicos elixires de muerte, con los que podríamos vivir magníficamente y de manera piadosa el resto de nuestras vidas. Decidí continuar la tradición del cultivo de plantas medicinales iniciada por la abuela y continuada por mi madre. Si nos ponemos de acuerdo, iré con Lulu a Viena para una fecundación artificial, si es que nos interesan los hijos. Tras la muerte de Mwamba adopté Domino Baby como el seudónimo secreto, porque sabía que estaba genéticamente predestinada a grandes obras y que sería conocida y celebrada en muchos círculos de mujeres del mundo, sin importar el origen, el color de piel o el estatus social.

Biljana Kosmogina es una artista multimedia de Belgrado, Serbia, que se dedica a la literatura, performances, fotografía y periodismo. Sus relatos han sido incluidos en tres antologías de prosa serbia traducidas al italiano, alemán y albanés. Publica en revistas literarias, antologías y portales web en toda la región y ha recibido cuatro premios literarios: tres por prosa y uno por poesía. Ha publicado dos libros de cuentos: F book (2009, Kornet & Karpos) y El círculo del pecho (2023, Rende). Premios: primer premio de la Sociedad Serbia a la mejor historia de ciencia ficción “Hilandarska maja” (1999); premio por el ensayo Transvestismo como diferencia individual (2003); primer premio a la mejor historia queer Porn Star en el festival Queer Zagreb (2004); y premio a la mejor poesía activista del Centro Cultural Rex (2021). En los últimos años publica regularmente relatos en la antología Regia Fantastica (SCI&F).

 

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