sábado, 15 de agosto de 2026

OPORTO RANCIO

Oscar De Los Ríos

 

08:00 am

Al despertar, aún antes de abrir los ojos, la primera sensación no vino del recuerdo ni de la culpa; fue un dolor punzante en la rodilla izquierda.

​Las sábanas eran las mismas del Día A; pero el viejo sentía su cuerpo como un saco de arena húmeda. Se miró las manos. La piel del dorso tenía esa palidez translúcida y moteada que solo otorgan el encierro y el tiempo.

​Su rodilla le pedía quedarse un rato más en la cama, pero hoy nada lo podía retrasar.

​En la mesita de luz, el cronómetro digital marcaba el avance del Día B.

​Se calzó las pantuflas y fue al baño, donde alivió una urgencia propia de la edad.

​La atmósfera del departamento era asfixiante. Las ventanas estaban siempre cerradas y pesadas cortinas relegaban el sol al exterior; pero ya se habían acostumbrado.

​De camino a la cocina para preparar el desayuno, cruzó el comedor. En el rincón más oscuro, su hermano ya estaba sentado en una silla de madera; sus manos descansaban en los apoyabrazos. Tenía la cabeza colgando y lo miraba con una mueca torcida, como si encontrara el asunto vagamente divertido.

​—Buenos días —le dijo el viejo, mientras se acomodaba los anteojos—. A partir de hoy continuarás con tu vida, ya no te voy a retener. No podés reprocharme nada; te cuidé y nunca estuviste solo. Por favor recordá que el éxito de nuestra misión exige que te mantengas en tu lugar.

​Su hermano no respondió; fue precisamente ese silencio terco el que le devolvió la tranquilidad de que la simetría sería perfecta.

 

12:00 pm

El viejo realizó La Contabilidad del Cosmos. Arrastró los pies hasta el gran salón donde se encontraba la consola central, un altar de pantallas de monitoreo que él mismo había ensamblado.

​Revisó los gráficos de cascada y los códigos que titilaban en los monitores; los valores eran exactos. El puente temporal estaba tendido. En las interfaces gráficas, las variables de la materia del Día B reflejaban una superposición matemática casi perfecta con los registros del Día A. La espera estaba terminando. El cosmos, con su monumental indiferencia de gigante ciego, parecía ignorar las arrugas de su rostro. En el flujo luminoso de los algoritmos, la brecha temporal quedaría reducida, al final del Día A, a dos fotogramas idénticos, cancelándose en el filtro de la probabilidad.

​El viejo sonrió. Luego miró a su hermano, que seguía sentado al fondo del salón, observándolo indiferente.

​—Hoy voy a saldar mi deuda con el Cosmos. Seré su administrador de sistemas.

​Sin embargo, cuando intentó levantarse de la silla ergonómica, un fuerte dolor de espalda le recordó que el administrador de sistemas tenía el disco duro dañado por el tiempo. El Universo estaba a punto de saltarse la última década, pero sus vértebras la habían contabilizado con precisión fiscal.

 

04:00 pm

El guion original –el que el programa había decretado– exigía que a las cuatro de la tarde se sirviera el oporto.

​El pico de la botella chocó el borde de la copa con un tintineo nervioso, mientras el licor espeso se derramaba.

​Sin moverse de su lugar, vestido con un traje de lino beige y el gesto cansado del que ya nada espera, su hermano lo observaba acercarse. Habían estado discutiendo desde el mediodía por las patentes del software de la matriz cuántica y, al no llegar a un acuerdo, la situación escaló.

​—¡No vas a poner la investigación, otra vez, solo a tu nombre. El algoritmo cuántico es mío! Igual que el reconocimiento de nuestros pares —amenazó su hermano, quien se rebeló por primera vez en su vida—. Si mañana intentás subirlo a la página de registro de patentes, presento la demanda y te hundo. A las ocho me voy para siempre, a empezar una nueva vida.

​Las copas quedaron sobre la mesa.

​Horas después volvieron a cruzarse en el comedor. Aún había tensión entre ellos, pero hicieron una tregua. Y con el correr de los días, el encierro dictó que el éxito y el reconocimiento solo tenían valor en relación con la manera de interactuar con los demás; poco a poco se fueron aislando de la sociedad. Un nuevo proyecto, capaz de borrar un evento del devenir del cosmos, los mantuvo unidos en la sala de computación.

​ Para asegurar que todo transcurriera sin la interferencia de la realidad exterior, el viejo, compró uno a uno, los cuatro departamentos del sexto piso del complejo. El dinero de las patentes de software se había ido en ofertas ridículas a vecinos ruidosos, hasta dejar el pasillo en un silencio de tumba.

​La única variable humana era un sargento retirado de la policía local que llevaba ya un largo tiempo cobrando un sueldo generoso por vigilar la entrada del 6B. Dejaba las compras junto a la puerta cerrada, convencido de que custodiaba el encierro voluntario de un millonario excéntrico.

​Su único día libre era el domingo. Entregado a la fe desde su retiro del servicio, oficiaba como diácono de la parroquia del barrio.

​El viejo, a pesar de las diferencias, comprendió que aún eran familia y le ofreció una copa de oporto; su hermano la rechazó. Pero él insistió, su hermano vaciló; tomándole la mano con infinita dulzura, le ayudó a cerrar los dedos alrededor del cristal.

​Brindaron.

​Lo único que el programa no podía solapar era el sabor del oporto: espeso y vibrante en el Día A; rancio y amargo en sus papilas envejecidas, en el Día B.

 

08:00 pm

El reloj del sistema emitió un pitido sordo sacándolo de sus divagaciones.

​El viejo tomó el cuchillo de caza con mango de asta de ciervo. El acero estaba tan pulido como la primera vez, pero su brazo no tenía la fuerza del rencor; solo lo animaba la culpa.

​—Es hora.

​Levantó el brazo para asestar el golpe que iba a reiniciar el cosmos.

​El impacto no fue blando. No hubo la resistencia cálida de la carne que su memoria había ensayado durante diez años. El metal chocó con algo seco, calcáreo, un muro de tiza dura que rechazó el acero. El golpe vibró a través del mango y la hoja, irradiando un dolor agudo hasta su codo.

​La fuerza del impacto hizo que el cuerpo se tambaleara en la silla. Un hombro se desmoronó. Jirones de lino se hundieron en la caja torácica, pelada por el tiempo y el formol. La copa de oporto se volcó, tiñendo restos de tela de un color púrpura oscuro que corrió sobre el polvo de los restos, tratando en vano de imitar la sangre. El golpe desprendió la mandíbula del cráneo, que colgaba ahora de un hilo de cartílago seco, revelando el vacío negro e infinito de la muerte.

​El viejo miró la palma de su mano acalambrada. En el suelo, entre astillas de hueso amarillento, quedó el puñal.

​Giró la cabeza, aterrorizado, hacia la consola. Las pantallas seguían brillando en verde, estables, impasibles, marcando una fluctuación cuántica perfecta. El software decía que el Universo estaba borrando el Día A. Pero el dolor en su codo era real y la muerte de su hermano aún permanecía inmutable.

 

11:55 pm

​Una ansiedad insoportable, ante el inminente borrado del día, llevó al viejo a dejar la puerta principal del departamento entornada. Buscaba desesperado una bocanada de aire fresco.

​Hacia el final de su ronda, el sargento se detuvo extrañado frente al 6 B. Llevado por el presentimiento, entró al departamento en el momento mismo en que las pantallas mostraban los últimos datos. Se paralizó en el umbral, retrocediendo un paso mientras su mano derecha bajaba instintivamente hacia la cartuchera abierta del cinturón. El brillo en sus ojos pasó del horror al asco. Miró al anciano cubierto de sudor y polvo de hueso, cayendo de rodillas, y luego miró al esqueleto apuñalado, rodeado por una mancha oscura y pegajosa sobre la alfombra. Conteniendo una arcada, tragó saliva con dificultad y retiró la mano del arma.

​Se llevó la mano al pecho y se persignó.

​El viejo abrió la boca para gritarle que había corregido el cosmos; que los últimos diez años se perdieron en el vacío de la existencia; que la rodilla le dolía por la entropía biológica y no por el castigo divino; que Dios había mirado para otro lado. ¡Que él… él! era el artífice del milagro que iba a presenciar.

​El cronómetro llegó a 00:00.

​La luz de las pantallas se extinguió. En la oscuridad del salón, solo quedó el viejo llorando sobre un montón de huesos amarillos, mientras el sargento rezaba un padrenuestro para agradecer el perfecto y previsible decreto del Altísimo.



Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

 

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