Oscar De Los Ríos
08:00
am
Al despertar, aún antes de abrir
los ojos, la primera sensación no vino del recuerdo ni de la culpa; fue un
dolor punzante en la rodilla izquierda.
Las sábanas eran las mismas del
Día A; pero el viejo sentía su cuerpo como un saco de arena húmeda. Se miró las
manos. La piel del dorso tenía esa palidez translúcida y moteada que solo
otorgan el encierro y el tiempo.
Su rodilla le pedía quedarse un
rato más en la cama, pero hoy nada lo podía retrasar.
En la mesita de luz, el cronómetro
digital marcaba el avance del Día B.
Se calzó las pantuflas y fue al
baño, donde alivió una urgencia propia de la edad.
La atmósfera del departamento era
asfixiante. Las ventanas estaban siempre cerradas y pesadas cortinas relegaban
el sol al exterior; pero ya se habían acostumbrado.
De camino a la cocina para
preparar el desayuno, cruzó el comedor. En el rincón más oscuro, su hermano ya
estaba sentado en una silla de madera; sus manos descansaban en los
apoyabrazos. Tenía la cabeza colgando y lo miraba con una mueca torcida, como
si encontrara el asunto vagamente divertido.
—Buenos días —le dijo el viejo,
mientras se acomodaba los anteojos—. A partir de hoy continuarás con tu vida,
ya no te voy a retener. No podés reprocharme nada; te cuidé y nunca estuviste
solo. Por favor recordá que el éxito de nuestra misión exige que te mantengas
en tu lugar.
Su hermano no respondió; fue
precisamente ese silencio terco el que le devolvió la tranquilidad de que la
simetría sería perfecta.
12:00
pm
El viejo realizó La Contabilidad
del Cosmos. Arrastró los pies hasta el gran salón donde se encontraba la
consola central, un altar de pantallas de monitoreo que él mismo había
ensamblado.
Revisó los gráficos de cascada y
los códigos que titilaban en los monitores; los valores eran exactos. El puente
temporal estaba tendido. En las interfaces gráficas, las variables de la
materia del Día B reflejaban una superposición matemática casi perfecta con los
registros del Día A. La espera estaba terminando. El cosmos, con su monumental
indiferencia de gigante ciego, parecía ignorar las arrugas de su rostro. En el
flujo luminoso de los algoritmos, la brecha temporal quedaría reducida, al
final del Día A, a dos fotogramas idénticos, cancelándose en el filtro de la
probabilidad.
El viejo sonrió. Luego miró a su
hermano, que seguía sentado al fondo del salón, observándolo indiferente.
—Hoy voy a saldar mi deuda con el
Cosmos. Seré su administrador de sistemas.
Sin embargo, cuando intentó
levantarse de la silla ergonómica, un fuerte dolor de espalda le recordó que el
administrador de sistemas tenía el disco duro dañado por el tiempo. El Universo
estaba a punto de saltarse la última década, pero sus vértebras la habían
contabilizado con precisión fiscal.
04:00
pm
El guion original –el que el
programa había decretado– exigía que a las cuatro de la tarde se sirviera el
oporto.
El pico de la botella chocó el
borde de la copa con un tintineo nervioso, mientras el licor espeso se
derramaba.
Sin moverse de su lugar, vestido
con un traje de lino beige y el gesto cansado del que ya nada espera, su
hermano lo observaba acercarse. Habían estado discutiendo desde el mediodía por
las patentes del software de la matriz cuántica y, al no llegar a un acuerdo,
la situación escaló.
—¡No vas a poner la investigación,
otra vez, solo a tu nombre. El algoritmo cuántico es mío! Igual que el
reconocimiento de nuestros pares —amenazó su hermano, quien se rebeló por
primera vez en su vida—. Si mañana intentás subirlo a la página de registro de
patentes, presento la demanda y te hundo. A las ocho me voy para siempre, a
empezar una nueva vida.
Las copas quedaron sobre la mesa.
Horas después volvieron a cruzarse
en el comedor. Aún había tensión entre ellos, pero hicieron una tregua. Y con
el correr de los días, el encierro dictó que el éxito y el reconocimiento solo
tenían valor en relación con la manera de interactuar con los demás; poco a
poco se fueron aislando de la sociedad. Un nuevo proyecto, capaz de borrar un
evento del devenir del cosmos, los mantuvo unidos en la sala de computación.
Para asegurar que todo
transcurriera sin la interferencia de la realidad exterior, el viejo, compró uno
a uno, los cuatro departamentos del sexto piso del complejo. El dinero de las
patentes de software se había ido en ofertas ridículas a vecinos ruidosos,
hasta dejar el pasillo en un silencio de tumba.
La única variable humana era un
sargento retirado de la policía local que llevaba ya un largo tiempo cobrando
un sueldo generoso por vigilar la entrada del 6B. Dejaba las compras junto a la
puerta cerrada, convencido de que custodiaba el encierro voluntario de un
millonario excéntrico.
Su único día libre era el domingo.
Entregado a la fe desde su retiro del servicio, oficiaba como diácono de la
parroquia del barrio.
El viejo, a pesar de las
diferencias, comprendió que aún eran familia y le ofreció una copa de oporto;
su hermano la rechazó. Pero él insistió, su hermano vaciló; tomándole la mano
con infinita dulzura, le ayudó a cerrar los dedos alrededor del cristal.
Brindaron.
Lo único que el programa no podía
solapar era el sabor del oporto: espeso y vibrante en el Día A; rancio y amargo
en sus papilas envejecidas, en el Día B.
08:00
pm
El reloj del sistema emitió un
pitido sordo sacándolo de sus divagaciones.
El viejo tomó el cuchillo de caza
con mango de asta de ciervo. El acero estaba tan pulido como la primera vez,
pero su brazo no tenía la fuerza del rencor; solo lo animaba la culpa.
—Es hora.
Levantó el brazo para asestar el
golpe que iba a reiniciar el cosmos.
El impacto no fue blando. No hubo
la resistencia cálida de la carne que su memoria había ensayado durante diez
años. El metal chocó con algo seco, calcáreo, un muro de tiza dura que rechazó
el acero. El golpe vibró a través del mango y la hoja, irradiando un dolor
agudo hasta su codo.
La fuerza del impacto hizo que el
cuerpo se tambaleara en la silla. Un hombro se desmoronó. Jirones de lino se
hundieron en la caja torácica, pelada por el tiempo y el formol. La copa de
oporto se volcó, tiñendo restos de tela de un color púrpura oscuro que corrió
sobre el polvo de los restos, tratando en vano de imitar la sangre. El golpe
desprendió la mandíbula del cráneo, que colgaba ahora de un hilo de cartílago
seco, revelando el vacío negro e infinito de la muerte.
El viejo miró la palma de su mano
acalambrada. En el suelo, entre astillas de hueso amarillento, quedó el puñal.
Giró la cabeza, aterrorizado,
hacia la consola. Las pantallas seguían brillando en verde, estables,
impasibles, marcando una fluctuación cuántica perfecta. El software decía que
el Universo estaba borrando el Día A. Pero el dolor en su codo era real y la
muerte de su hermano aún permanecía inmutable.
11:55
pm
Una ansiedad insoportable, ante el
inminente borrado del día, llevó al viejo a dejar la puerta principal del
departamento entornada. Buscaba desesperado una bocanada de aire fresco.
Hacia el final de su ronda, el
sargento se detuvo extrañado frente al 6 B. Llevado por el presentimiento,
entró al departamento en el momento mismo en que las pantallas mostraban los
últimos datos. Se paralizó en el umbral, retrocediendo un paso mientras su mano
derecha bajaba instintivamente hacia la cartuchera abierta del cinturón. El
brillo en sus ojos pasó del horror al asco. Miró al anciano cubierto de sudor y
polvo de hueso, cayendo de rodillas, y luego miró al esqueleto apuñalado,
rodeado por una mancha oscura y pegajosa sobre la alfombra. Conteniendo una
arcada, tragó saliva con dificultad y retiró la mano del arma.
Se llevó la mano al pecho y se persignó.
El viejo abrió la boca para
gritarle que había corregido el cosmos; que los últimos diez años se perdieron
en el vacío de la existencia; que la rodilla le dolía por la entropía biológica
y no por el castigo divino; que Dios había mirado para otro lado. ¡Que él… él!
era el artífice del milagro que iba a presenciar.
El cronómetro llegó a 00:00.
La luz de las pantallas se
extinguió. En la oscuridad del salón, solo quedó el viejo llorando sobre un
montón de huesos amarillos, mientras el sargento rezaba un padrenuestro para
agradecer el perfecto y previsible decreto del Altísimo.

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