sábado, 15 de agosto de 2026

LA FÁBRICA DE MÁSCARAS

Alex S. Johnson

 

Fue más la idea de una fábrica de máscaras que su realización concreta la que zanjó el debate tácito entre los dos hombres.

Digo “tácito” porque la idea permanecía entre ellos, y en el aire del estudio de Hauptmann, como un animal, quizá un perro pequeño. De esos animales excesivamente dependientes, sumisos, dispuestos a hacer cualquier cosa por complacer a su amo. En algunas razas esa dependencia alimenta las semillas de la violencia; en otras, vuelve al perro inútil para cualquier cosa que no sea dormir. Pero el proverbial perro echado sobre la alfombra no era inútil… al menos, este no lo era.

—Ha llegado la hora de actuar —dijo Hauptmann de improviso, aplastando su habano, todavía a medio consumir, contra el cenicero y golpeándolo una y otra vez con fuerza brutal.

Ese gesto le pareció innecesario a su interlocutor, Georges Gleese, y presagiaba un estallido de veneno personal.

—No podemos empezar a fabricar máscaras… —comenzó Gleese—. Al menos, todavía no. Podríamos experimentar con “personae” y luego, si conseguimos patrocinadores… entonces…

Pero el esfuerzo fue tibio, y pronto guardó silencio.

—No.

—¿No?

—No. No me refería a fabricar máscaras… una idea excesivamente simple, vuelta todavía más banal por tu deslucida descripción. Necesitamos vigor, señor… vigor… Yo deseo fabricar fábricas de máscaras.

—Es un proyecto imposible —dijo Gleese.

En la penumbra parecía un muchacho rubio, joven y disoluto, aunque había alcanzado los cuarenta y cinco años.

—Nunca funcionará. Mi concepto es práctico, aceptable, realizable… De hecho, ahora mismo puedo pensar en media docena de personas con las que podríamos hablar hoy mismo y que estarían encantadas de participar. Imagínelo, mi querido Hauptmann… máscaras encontrándose con máscaras. Máscaras proliferando… y no solo “personae”, sino máscaras físicas, sólidas, entrelazadas con esas “personae”… Podríamos emplear nanotecnología y metafísica, reajustar las “personae”, ¿comprende? Necesito una copa.

—Creo que aún queda un poco de sangría en el decantador de la cocina, aunque la criada parecía medio muerta la última vez que la vi —dijo Hauptmann, encogiéndose de hombros—. En realidad, estoy casi seguro de que ya está completamente muerta. Ya sabe… pertenece al linaje de Schrödinger.

—Ah, sí, Irwin… Un hombre mágico, verdaderamente extraordinario. Sus experimentos mentales con el boxeo de sombras…

—Ese era Arnold Schoenberg.

—No, está pensando en el compositor.

El perro se incorporó y comenzó a rascarse… un leve sonido de uñas que precipitó el estudio en una oscuridad de otro mundo. A través del muro de ébano, rostros de una luz deslumbrante y de inmensa intensidad fueron desprendiéndose de las sombras.

—Creo que empiezo a comprender su punto de vista —dijo Hauptmann—. Es usted más sabio y extraño de lo que imaginaba. Lo creía aquel joven ingenuo que me seguía a todas partes y espiaba mis encuentros amorosos con aquella Jezabel…

De pronto se puso de pie y, con una mueca siniestra que parecía parpadear en colores de Technicolor, le propinó una bofetada a su invitado.

—¡Dios mío! ¿A qué ha venido eso?

—La verdad es que no estoy seguro —respondió Hauptmann—. Estoy sinceramente desconcertado por mi propio comportamiento. Nunca he sido propenso a la violencia.

—Quizá se trate de un trastorno neurológico —aventuró su invitado.

—¡Jamás! —tronó Hauptmann.

Se dirigió al armario, sacó una escoba y la blandió.

—Ni una palabra más…

—Su estado lo está volviendo imposible, filosófica y epistemológicamente hablando —dijo su invitado—. Lo veo a usted engullido por las sombras mientras yo entro en la luz que emana de estas máscaras…

Gleese extendió la mano hacia la claridad que brotaba de los ojos de las máscaras y extrajo de ella una cuerda de neón con la que inmovilizó rápidamente a Hauptmann, rodeándole todo el cuerpo.

La multitud de máscaras estalló como una ristra de fuegos artificiales y, en el instante mismo de extinguirse, cada una pronunció un monólogo tan exquisito como, paradójicamente, insoportablemente banal.

—Lo que quería decir —comentó Hauptmann— es que he cambiado de opinión. Vuelvo a mi idea original… la fabricación masiva de fábricas de masas, primero a escala local y luego creciendo… creciendo… creciendo.

El rostro de su invitado volvió a hundirse en las sombras. El hombre más joven tomó su bastón de caoba con empuñadura de bronce.

—Bueno, viejo amigo, ha sido tan inquietante como siempre. Nos veremos de nuevo en el Café du Monde.

—Naturalmente.

Apodado "el Baudelaire de nuestro tiempo" por el padrino del cyberpunk John Shirley (guionista principal de la película de culto de terror El Cuervo), Alex S. Johnson es autor de numerosas obras de ficción, ensayos y poesía, y su obra se encuentra archivada en la Biblioteca Widener de la Universidad de Harvard, que también alberga los Primeros Folios de William Shakespeare. Entre sus colaboradores se encuentran Sandy DeLuca, Jarboe, Pickles, Tricia Warden, Nicole H. Sixx, Juliet Cook, Michael A. Koby y Pat Cadigan. Ha sido entrevistado por R.U. Sirius, cofundador de la revista Mondo 2000, y por John Maggiore del programa de YouTube Maggiore on Bowie. Johnson vive en Carmichael, California, con su familia.

 


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