Alex S. Johnson
Fue más la idea de
una fábrica de máscaras que su realización concreta la que zanjó el debate
tácito entre los dos hombres.
Digo “tácito” porque la idea
permanecía entre ellos, y en el aire del estudio de Hauptmann, como un animal,
quizá un perro pequeño. De esos animales excesivamente dependientes, sumisos,
dispuestos a hacer cualquier cosa por complacer a su amo. En algunas razas esa
dependencia alimenta las semillas de la violencia; en otras, vuelve al perro
inútil para cualquier cosa que no sea dormir. Pero el proverbial perro echado
sobre la alfombra no era inútil… al menos, este no lo era.
—Ha llegado la hora de actuar —dijo
Hauptmann de improviso, aplastando su habano, todavía a medio consumir, contra
el cenicero y golpeándolo una y otra vez con fuerza brutal.
Ese gesto le pareció innecesario a
su interlocutor, Georges Gleese, y presagiaba un estallido de veneno personal.
—No podemos empezar a fabricar
máscaras… —comenzó Gleese—. Al menos, todavía no. Podríamos experimentar con “personae”
y luego, si conseguimos patrocinadores… entonces…
Pero el esfuerzo fue tibio, y
pronto guardó silencio.
—No.
—¿No?
—No. No me refería a fabricar
máscaras… una idea excesivamente simple, vuelta todavía más banal por tu
deslucida descripción. Necesitamos vigor, señor… vigor… Yo deseo fabricar
fábricas de máscaras.
—Es un proyecto imposible —dijo
Gleese.
En la penumbra parecía un muchacho
rubio, joven y disoluto, aunque había alcanzado los cuarenta y cinco años.
—Nunca funcionará. Mi concepto es
práctico, aceptable, realizable… De hecho, ahora mismo puedo pensar en media
docena de personas con las que podríamos hablar hoy mismo y que estarían
encantadas de participar. Imagínelo, mi querido Hauptmann… máscaras encontrándose
con máscaras. Máscaras proliferando… y no solo “personae”, sino máscaras
físicas, sólidas, entrelazadas con esas “personae”… Podríamos emplear
nanotecnología y metafísica, reajustar las “personae”, ¿comprende? Necesito una
copa.
—Creo que aún queda un poco de
sangría en el decantador de la cocina, aunque la criada parecía medio muerta la
última vez que la vi —dijo Hauptmann, encogiéndose de hombros—. En realidad,
estoy casi seguro de que ya está completamente muerta. Ya sabe… pertenece al
linaje de Schrödinger.
—Ah, sí, Irwin… Un hombre mágico,
verdaderamente extraordinario. Sus experimentos mentales con el boxeo de
sombras…
—Ese era Arnold Schoenberg.
—No, está pensando en el
compositor.
El perro se incorporó y comenzó a
rascarse… un leve sonido de uñas que precipitó el estudio en una oscuridad de
otro mundo. A través del muro de ébano, rostros de una luz deslumbrante y de
inmensa intensidad fueron desprendiéndose de las sombras.
—Creo que empiezo a comprender su
punto de vista —dijo Hauptmann—. Es usted más sabio y extraño de lo que
imaginaba. Lo creía aquel joven ingenuo que me seguía a todas partes y espiaba
mis encuentros amorosos con aquella Jezabel…
De pronto se puso de pie y, con una
mueca siniestra que parecía parpadear en colores de Technicolor, le propinó una
bofetada a su invitado.
—¡Dios mío! ¿A qué ha venido eso?
—La verdad es que no estoy seguro
—respondió Hauptmann—. Estoy sinceramente desconcertado por mi propio
comportamiento. Nunca he sido propenso a la violencia.
—Quizá se trate de un trastorno
neurológico —aventuró su invitado.
—¡Jamás! —tronó Hauptmann.
Se dirigió al armario, sacó una
escoba y la blandió.
—Ni una palabra más…
—Su estado lo está volviendo
imposible, filosófica y epistemológicamente hablando —dijo su invitado—. Lo veo
a usted engullido por las sombras mientras yo entro en la luz que emana de
estas máscaras…
Gleese extendió la mano hacia la
claridad que brotaba de los ojos de las máscaras y extrajo de ella una cuerda
de neón con la que inmovilizó rápidamente a Hauptmann, rodeándole todo el
cuerpo.
La multitud de máscaras estalló
como una ristra de fuegos artificiales y, en el instante mismo de extinguirse,
cada una pronunció un monólogo tan exquisito como, paradójicamente,
insoportablemente banal.
—Lo que quería decir —comentó
Hauptmann— es que he cambiado de opinión. Vuelvo a mi idea original… la
fabricación masiva de fábricas de masas, primero a escala local y luego
creciendo… creciendo… creciendo.
El rostro de su invitado volvió a
hundirse en las sombras. El hombre más joven tomó su bastón de caoba con
empuñadura de bronce.
—Bueno, viejo amigo, ha sido tan
inquietante como siempre. Nos veremos de nuevo en el Café du Monde.
—Naturalmente.

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