domingo, 7 de junio de 2026

LOS DIABLOS DE LA ZISA

Emanuele Manco

 

Bastaron unos cuantos puñetazos bien dados para hacer hablar al hombre gordo, atado desnudo a una silla.

—Zisa...

El que estaba atado junto a él no había pronunciado palabra. Era mayor, de físico enjuto y nudoso, con el rostro amoratado por los golpes.

En una ciudad de mar había una vez un Castillo. La ciudad se llamaba Panormo, que quería decir «todo puerto», y, a pesar del mar, en verano hacía mucho calor. El Rey quiso que el castillo donde residía durante el verano fuera hermoso y suntuoso, pero también fresco. Las habitaciones estaban llenas de ventanas que dejaban pasar el aire; el jardín que lo rodeaba estaba lleno de fuentes por las que corría cristalina el agua de los numerosos ríos de la ciudad. Y el jardín estaba lleno de plantas y flores perfumadas.

La residencia recibió un antiguo nombre: «Al-Aziza», que en árabe significa «la perfumada».

Ahora todos la llaman la Zisa.

 

25 de agosto de 1982

El automóvil, procedente de la Piazza Principe di Camporeale, había recorrido la Via Guglielmo il Buono. El conductor lo estacionó frente a la entrada de una obra en construcción. Un cercado de chapa ondulada ocultaba a la vista lo que alguna vez habían sido los jardines del Castillo de la Zisa. Un cartel indicaba que allí se estaban llevando a cabo trabajos de restauración. Contenía la información habitual sobre la empresa contratista, el jefe de obra y la fecha prevista de finalización de los trabajos. La obra estaba desierta; por otra parte, también la ciudad estaba semi desierta aquella tarde.

Los dos hombres avanzaron hacia el Castillo, pasando junto a amplios canteros y fuentes. Hacía muchos años que el agua no corría por aquellas fuentes. Los canteros estaban secos y llenos de maleza.

Uno de los dos observó los canteros y pensó que bastarían agua y un poco de trabajo para recuperar el jardín. Podrían crecer flores, pero también algunas hortalizas y una higuera. Pronto llegaría la época de los higos.

Siglos antes, habían sido los normandos quienes disfrutaban de aquel jardín. Fue Guillermo I, llamado «el Malo», quien inició su construcción, que luego completó su hijo Guillermo II, «el Bueno».

Apenas entraron en el vestíbulo del Castillo, una oleada de frescura los envolvió. Los gruesos muros aislaban del calor abrasador, mientras que las numerosas ventanas favorecían la circulación del aire dentro del palacio. En el interior encontraron sacos de cemento, una hormigonera y materiales de desecho. También había algunos andamios montados. La obra estaba desierta. No era un día laborable, y no solo porque fuera una tarde de agosto, aunque fuese miércoles.

La obra estaba detenida. Hacía meses que los obreros no entraban allí. Como siempre, nunca estaba claro por qué ciertas obras cerraban o eran suspendidas de repente. Pero aquello no les interesaba.

Se separaron sin decir una palabra. Exploraron en silencio las habitaciones de la planta baja.

En una sala, Tano vio lo que alguna vez debía de haber sido una fuente. También estaba seca, como todas las demás. Había además materiales de obra y herramientas dejadas al azar. Debajo de un montón de tubos de andamio divisó un bolso rojo.

Llamó a su compañero, que llegó casi de inmediato.

—¿Lo abrimos?

—Claro que sí.

—¡Aquí están los dólares, mira!

Muchos dólares, pero ninguno de los dos se alteró. Habían visto dólares antes. Habían contado montones de ellos.

—Voy a llamar por teléfono. Espera aquí.

El más bajo de los dos salió de la obra. Cruzó nuevamente el jardín abandonado y llegó a la cabina telefónica más cercana.

—Aquí están.

El hombre al otro lado de la línea no dijo una palabra. La habitación donde se encontraba estaba a oscuras. Colgó el teléfono y simplemente levantó una mano.

Ante aquella señal, los dos hombres atados a las sillas fueron degollados.

 

Tano regresó junto a Raffaele.

—¿Qué te dijeron?

—Nada. Ahora los cuento.

Mientras el hombre contaba el dinero, las figuras de un fresco pintado en el intradós del arco de entrada a la sala parecían moverse.

Tano percibió algo; era un muchacho despierto, acostumbrado a escapar y huir con rapidez. Pero no vio a nadie y, en realidad, tampoco oyó ningún ruido.

Levantó la vista. Los diablos pintados permanecieron indiferentes.

Tano volvió a concentrarse en el dinero. Tenía bastante trabajo.

—Novecientos siete mil cuatrocientos cincuenta y siete dólares...

—Tano, ¿estás seguro?

—Sí, Raffaè. ¡Los conté!

—Bien. Para estar seguro los contaré yo también.

Raffaele no estaba menos acostumbrado que Tano a contar fajos de dinero. Dólares o liras, daba igual.

Otro diablo de la pintura pareció agitarse.

Raffaele también miró hacia la bóveda. Las figuras pintadas estaban inmóviles. Algunas eran más pequeñas que otras. Parecían bailar. Era difícil contarlas. ¿Trece? ¿Catorce? Tras un parpadeo le pareció que uno de los diablos había desaparecido. No, estaba allí detrás. ¡Pero qué demonios...! Mejor volver a contar el dinero.

—¿Terminaste? No me gusta estar aquí. Qué lugar tan extraño.

—Tano, cálmate, que termino de contar el dinero.

—Novecientos noventa mil doscientos ochenta y dos dólares. Te equivocaste.

—¿Qué dices, Raffaè? ¿Estás seguro? ¡Presté atención!

—¡Te digo que te equivocaste!

Tano y Raffaele cruzaron las miradas.

Fue Raffaele quien rompió el incómodo silencio.

—Cuéntalos de nuevo si no confías.

—Contémoslos los dos. Será mejor.

Y lentamente comenzaron a contar el dinero, sacando los fajos del bolso y apilándolos a un lado.

Una ráfaga de viento los distrajo. Tano atrapó al vuelo algunos billetes sin banda antes de que salieran volando.

—Qué corriente de aire tan desagradable. Raffaè, contémoslos en otro sitio.

La corriente cerró la puerta frente a ellos.

Desde la habitación contigua llegó un fuerte ruido de chapas metálicas.

—¡Pero qué demonios...!

Raffaele se puso de pie, interrumpiendo el conteo.

Apoyó la mano en la puerta: ofrecía resistencia al abrirse.

—¿Qué hiciste, Tano?

—¿Yo? ¡Fue el viento! ¡Vamos, ábrela!

—Apurémonos. ¡Terminemos de contar primero!

Raffaele sacó la pistola y apuntó hacia Tano.

—Exagerado. Tranquilo. Sigamos contando.

Reanudaron la operación. Con más rapidez.

—Novecientos ochenta mil trescientos cincuenta y siete dólares.

—¡Qué fastidio! ¿Sabes qué te digo, Raffaè? Llevemos el dinero al jefe y que él se encargue.

—Eres tú quien quiere engañarme, Tano.

Sacaron las pistolas al mismo tiempo, pero no dispararon.

—¡Raffaè, qué demonios haces! ¡Yo no tomé el dinero, créeme!

—¡Muéstrame los bolsillos, desgraciado!

—Raffaè, cálmate. Te estás equivocando.

—No, eres tú quien se equivoca. ¡Quieres quedarte con los dólares del jefe!

—¿Pero qué estás diciendo...?

—Muéstrame los bolsillos.

—¡Desgraciado tú y toda tu familia! ¡No te mostraré nada!

Ninguno de los dos vaciló. Ninguno apartó la mirada del otro.

Una ráfaga de viento sacudió la puerta. Algunos billetes salieron volando.

Los dos permanecieron inmóviles, observándose.

No pudieron evitar mirar por encima de ellos. Los diablos parecían haberse desplazado. Volvieron a mirarse. Miraron otra vez hacia arriba. No, no podía ser. Los diablos no se estaban moviendo; eran tonterías.

—¡Raffaè, vamos! ¡Yo no tomé el dinero! ¿Viste los diablos de ahí arriba?

—¿Qué pasa? ¿Fueron ellos los que robaron el dinero? ¡No digas tonterías, Tano!

Se movió apenas, y ese fue su error.

 

El fiscal observó sucesivamente al comisario y al médico forense, asintiendo.

—Esperaremos los resultados de las autopsias y de los peritajes balísticos para una confirmación adicional, pero la dinámica está clara. Estos dos se mataron mutuamente por el dinero.

Los tres no dijeron nada más. El joven agente de custodia, siguiendo al magistrado, levantó la vista hacia el techo.

Por un instante le pareció que uno de los diablos pintados en la bóveda le guiñaba un ojo. Parpadeó. ¿Pero qué...?

El diablo estaba inmóvil.

Como debe estarlo una pintura.

 

El Castillo fue construido en tiempos de los paganos, y allí se guardaban los tesoros del Rey. En la entrada de la Zisa hay pintados unos diablos. Quien vaya a observarlos el día de la fiesta de la Anunciación (25 de marzo) verá que mueven la cola, tuercen la boca y nunca se los termina de contar. Algunos dicen que son trece, otros quince, otros más.

Son diablos y, precisamente por eso, nunca se dejan contar. Tampoco se sabe cuántas son las monedas, y nadie ha conseguido jamás apoderarse de ellas. Pero quizá algún día alguien logre romper el encantamiento y entonces terminará toda la miseria de Palermo.

Por eso, cuando algo no puede saberse con exactitud, se dice:

—¿Y qué son los diablos de la Zisa?

Emanuele Manco nació en Palermo, Sicilia, Italia, el 10 de mayo de 1968. Es periodista y escritor aunque se licenció en matemáticas, lo que permite compaginar el trabajo como consultor informático con sus otras pasiones. Dirige la revista online Fantasy Magazine y colabora con otras revistas publicadas por la asociación cultural Delos Books, como Fantascienza.com, Robot, Delos Science Fiction y ThrillerMagazine, así como con NeXT station , Carmilla y Tom's Hardware Italia. Para Delos Digital edita las series Odissea Digital Fantasy y Urban Fantasy Heroes. Entre sus obras publicadas deben mencionarse Los demonios de Pandora (2014), Diez consejos para escribir ciencia ficción (2019), Matemáticas para nerds, Cien autores (2020) y El enemigo (2021). Actualmente reside en Milán.

 

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