lunes, 8 de junio de 2026

NO VIAJES CON EL ELEFANTE A CHICAGO

Murtada Gzar

 

En el punto de registro de llegadas, en el aeropuerto de Chicago, un hombre abrió su maleta, en manos de la policía, y sacó de ella un gran elefante negro.

Escribí estas líneas mirando a mi alrededor, delante del oficial de pasaportes. La cola era larga y nada me ayudaba a tener paciencia durante la espera salvo escribir un cuento nuevo. El relato se detuvo en el elefante negro y ahí se petrificó. Pensé en perfilarlo, adornarlo o hacerlo rojo o azul celeste, por ejemplo, pero mi estómago emitió entonces un sonido similar a las sirenas de los barcos. Lo último que había comido fue una pequeña porción de pizza en el aeropuerto de Heathrow, que fui tragando al paso mientras trataba de alcanzar la sala de embarque para Chicago. Corría con una señora siria que tiraba de sus dos niños y sus tres maletas, profiriendo por teléfono una retahíla de insultos en dialecto. Sentía que sus palabras entraban con la pizza en mi estómago. Me paré y puse mi pequeña maleta en el suelo, dejando así que me adelantara. Saqué mi libretita amarilla y escribí en el encabezamiento de la página: La pizza de los insultos.

Algún día volveré a la historia de la pizza de los insultos, cuando termine con el elefante que había dejado atemorizando a los guardas y viajeros en el aeropuerto. Lo dejé sin color ni tamaño ni colmillos. ¿El elefante que salía de la maleta de un inmigrante necesita colmillos? Los colmillos lo harían agresivo y yo lo quería dulce, alegre e inocente, moviéndose con cuidado para no lastimar a los pasajeros y a los hombres de seguridad, aunque fracasaba respecto a la sutilidad en el andar, y la gente se sentía inquieta a su alrededor dado que los barría con su enorme cuerpo. El problema era que su descripción lo asemejaba a Ganesh, la divinidad hindú y yo no soy indio ni quiero que la mente de los lectores se desvíe hacia ese tema. Dado que procedo del sur de Iraq, decidí, con vuestro permiso, convertirlo en un búfalo negro de tamaño de un camión. No, no, la escena parecería un anuncio de la entrada en las marismas con los búfalos, cual programa de la Unesco para la conservación del Patrimonio Mundial.

Sin querer empujé con la esquina de la maleta al pasajero que tenía delante, que giró y con una mirada fugaz apuntó a mi corbata para, a continuación volver a su postura inicial. Estaba tan aburrido como yo, quizás dirigió sus ojos hacia mi corbata pues poco había en mi cara, tan poco como en la cara de los demás, que llamara la atención. La cola nos hacía similares, con el mismo semblante serio. En los aeropuertos, las caras se convierten en zapatos que retumban en el ambiente mientras la gente se calza sus caras y con ellas echa a andar: los tacones se transforman en cabezas y las cabezas, en tacones, que se enamoran en los aeropuertos. Ellos son los que bajan las cabezas y miran los zapatos y los tacones.

Detrás de nosotros, la cola de los que llegaban empezó a estirarse, retorcerse y quebrarse a ratos. Yo estaba parado como un taxidermista, aguardando a que el pasajero que tenía delante diera medio paso, un cuarto de paso, medio cuarto de paso. Caí en la cuenta de que el avión Chicago-Washington DC se me había escapado y estaría ahora nadando en el espacio, donde habría una pasajera china y de tamaño insignificante que no dormiría sobre mi hombro esta tarde.

Pasaron por mis oídos ruidos de sirenas, risas, crujidos salvajes de zapatos. Me impulsé hacia delante y con mi maleta golpeé el trasero del pasajero de nuevo. Parecía acostumbrado a aquello, dado que no se dio vuelta ni hizo ningún movimiento. Él también estaba momificado y hundido en alguna historia. Al abrir la mía en mi cabeza buscando al elefante, me fijé en aquel pasajero en medio del gentío presente atónito con la salida del elefante de la maleta. Lo imaginé siendo pisoteado bajo las pezuñas del elefante y pidiendo auxilio. Llevaba puesta una corbata exactamente como la mía, pero yo retrocedí, refunfuñé y me volví, mirando las caras de la gente de la cola. Entró un rayo de sol que ungió las cabezas de los viajeros, como si los bautizada con la luz, y el haz se propagó para llenar por completo la gran sala, propagándose con él una ligera sensación de felicidad sobre mi cara y sobre las caras de los compañeros de aburrimiento.

La luz se coló por las nucas de las mujeres y atravesó las narices y las fosas nasales de los hombres. Me interesé por ella con las sombras de los viajeros en la cola que con la sala abarrotada chocaban entre sí sobre el suelo.  Encajaban unos con otros y se separaban, se acoplaban, se mezclaban con sus extremidades y sus cabezas, elaborando un cuadro en blanco y negro de cuerpos cohesionados entre sí. Sentí estar observando una escena erótica que merecía mi atención. Me di cuenta entonces de que yo no tenía sombra, tampoco esta vez, un fenómeno antiguo que nació conmigo: encontrarse sin sombra en varios sitios. En mi infancia consulté con un psicólogo, escapé de la escuela después de la burla de los alumnos, jugábamos al fútbol porque yo no tenía sombra como ellos. Le dije al médico llorando: ¿¡Qué he hecho en mi vida para merecer estar mutilado de sombra? ¿Acaso las sombras son como las colas de las lagartijas, que podemos perderlas y luego crecen de nuevo? Me entró un ataque de llanto que se desbordó dentro de mi cuerpo. El médico no tomó mis preguntas en serio. Al principio me dio las gracias por acudir a la revisión y admiró mi capacidad, como niño pequeño que era, de conocer la importancia de los exámenes psicológicos. Luego me recetó varias cápsulas, que me tragué después de cada comida. No me echó en el diván ni anotó mis respuestas ni mis libres asociaciones, como sucede en las películas. Solo recuerdo eso. Después de aquello volví a casa y allí me rendí ante mi padre, que me reprendió por llegar tarde.

A veces, mi sombra volvía a mí parcialmente, apareciendo tenue a altas horas del día. Empecé a aceptar mi situación y fingía haberla olvidado, aunque me sacaba de mis casillas ver las sombras de la gente fluctuar detrás de ellos como las trenzas de las niñas. Envidiaba a los jugadores de fútbol pues ellos disfrutaban de cuatro sombras que hacían lo que le gustaba con ellos en el campo verde.

Rememoré mi airado interrogatorio con el médico mientras miraba a lo lejos a los oficiales de los pasaportes y hacía pasar mis pupilas sobre las sombras de la gente, que yacían por sí solas sobre las baldosas de la sala del aeropuerto. Me imaginé a mí mismo recibiendo mi pasaporte sellado con la negativa del oficial y le preguntaba: ¿Está prohibido la entrada en EEUU a los hombres que no tienen sombra?

La cola vaciló tímidamente y se movió cuatro pasos hacia delante. Ahora podía oír los ruidos de los sellos del oficial sobre los pasaportes de la gente. Golpeteaban como martillos en mi cabeza. Me asustaban y me traían a la memoria muchas cosas que me habían sucedido en mi país. Algunos sellos me hacían sentir cómodo, pero otros golpeaban en una zona específica de mi cerebro que caía allá por la glándula del inmigrante, esa glándula que inventé en el avión de Doha a Heathrow, una glándula que se desarrolla en los sesos de los desertores, de los inmigrantes y de los que se van. Pica desde dentro. No es posible llegar a ella. No te es posible rascarla o arañarla con tus dedos porque habita en lo profundo de tu cabeza, concretamente en esa parte reservada a los recuerdos.

Volví al elefante que se encontraba en mi cabeza. Le puse zarcillos de oro y tatué su cuerpo con adornos árabes, hojas, ramas, creaciones hindúes, pequeñas flores azules y rojas sobre su copete. Coloreé sus extremidades con líneas moradas, adquiriendo un aspecto festivo, como si acabara de salir de la jaima del circo. Cuando dejé mi casa de alquiler en Basora hace dos días, el taxista me abrió el maletero del coche y me ayudó a levantar mis tres pesadas maletas. Cortésmente me dijo: ¿Estás seguro de que en esta maleta solo hay libros y ropa? Parece que escondes un elefante en su interior, supuso entre risas.

Las maletas pesaban de verdad, porque me llevé todo lo que necesitaba, como alguien que no fuera a regresar jamás. Volví la cabeza mientras me montaba en el coche, temeroso de que alguien me viera huir sin vuelta al infierno. Eran las tres de la madrugada y decidí salir disfrazado con el manto de aquella oscuridad y esperar en el aeropuerto cinco horas, dado que llegaría demasiado pronto.

En la puerta del aeropuerto internacional de Basora, bajé del coche y le abrí mis maletas al policía. Aún reinaba la oscuridad en el horizonte, por lo que no pude confirmar si mi sombra estaba conmigo.

Al amanecer salí a fumar un pitillo bajo la estatua de Sinbad, en la plaza trasera del aeropuerto de mi ciudad dormida sobre Shat Alarab, y habitada por las leyendas de las mil y una noches, las minas y los tesoros petrolíferos de Aladino. Había algo que me seguía mientras andaba. Lo sentí detrás de mí, saltando con su cabeza como una pértiga entre las ventanas y los arbustos de los pequeños sauces. No me preocupé por ella ni me detuve para girar y buscarla. Noté que mi sombra revoltosa venía detrás. Tal vez no se montara en el taxi conmigo, quizás se entretuvo en mi casa para despedirse de sus cosas, igual se extravió, como de costumbre, para luego tomar la autovía y pasar los controles del ejército montada en los techos de los camiones y autobuses de trabajadores de las empresas de petróleo.

  Puede ser, pero estaba seguro de que era ella. No quise que notara que estaba feliz porque estuviera conmigo. Era orgullosa, arrogante y oportunista. Fingía ser mayor, y expresaba soberbia y desdén por mi compañía. Lo importante es que al final había decidido emigrar conmigo a América. Yo no quería dejarla sola, sufriendo la amargura y las torturas aquí, aunque ella no estaba incluida como nosotros, nosotros los seres humanos, en las trampas, los asesinatos, la contaminación, la corrupción, las injusticias, las amenazas, las persecuciones de los extremistas, el hambre, la miseria, la ausencia de electricidad, de libertades y de motivos de felicidad. No aguardaría como yo cada una de las horas de la noche la mano de asesino que tocara a la puerta o la desencajara. Las sombras no son como nosotros en ese sentido. Mi reproche contra ella era que no se movía, estaba estática cuando me torturaron y me estamparon la cabeza contra las paredes. Sencillamente me observaba repetidamente mientras yo era torturado, mientras me escupían y me arrancaban el cuero cabelludo y machacaban mi tobillo con las ruedas del coche. Aquello fue dos años antes de que consiguiera el visado para entrar en América como profesor visitante de escritura de relatos.

Las sombras son afortunadas porque sus cerebros no se astillan después de la explosión ni se muestran sus partes pudendas cuando caen de bruces tras la detonación de un coche bomba. Las sombras están camufladas porque nadie verá los músculos de sus muslos asados mientras se queman, se funden y menguan. En los hospitales no hay neveras para conservar las sombras de identidad desconocida; las sombras en Iraq se pierden con el estado de ánimo de sus dueños, deciden dejarlos en algún momento, los traicionan, se desentienden y se alejan de ellos.

Una vez, cuando iba montado en el autobús, escuché una conversación fugaz entre dos personas. Uno le preguntaba al otro por un lugar llamado “El zoco de las sombras”. Me acerqué a ellos y me colé en su conversación casi imperceptible:

“Sigue mi consejo: prueba a vender tu sombra enferma y compra una usada”.

“¿Por qué? Mi sombra morirá pronto y el legado se convertirá en parte de mi destino”.

Desperté de los recuerdos aquellos dándome cuenta de que entre el oficial de pasaportes y yo había solo dos hombres. Podía divisar perfectamente los rasgos del primero, el anciano que entregaba su documentación al oficial. Ocurrió deprisa. El oficial abrió el pasaporte por la primera página, le estampó un sello en algún lugar y se lo devolvió a su dueño, quien dio un paso atrás. El oficial le ordenó que se alejara para que dejara sitio al segundo hombre. El anciano moreno y alto obedeció y desapareció entre el alboroto de las colas.

Se fue el hombre y dejó su rostro apagado, prohibido, aplastándose contra las paredes.

Entre el oficial y yo quedaba ahora un hombre con una sola pierna. Ocupó su puesto de un saltito y se plantó delante del oficial. Le entregó sus papeles y su pasaporte y se apoyó con el hombro sobre el cristal de separación. El oficial le preguntó si llevaba comida en el equipaje y el hombre contestó que tenía unas semillas que la gente usaba en su país para cocinar. Su acento revelaba que era del este asiático y su desconcierto indicaba que escondía una manada de elefantes en el bolsillo.

Tak, tak, tak, se estamparon los sellos del oficial sobre su pasaporte cual misil fugaz sobre los tejados de hormigón. Vi entonces la sombra del hombre quebrándose contra la pared mientras él recogía algunos y juntaba los pedazos de su alma, desgarrada por el misil. Se movió. Hablaba consigo mismo antes de detenerse y rendirse a un ataque frenético de llanto. Sus gemidos se perdieron entre el jaleo de los que llegaban, sus estornudos, sus toses y sus risas.

Entre el oficial y yo quedaba ahora una vasta superficie vacía. Debía avanzar y abrir mi pecho al misil.

Giré a derecha e izquierda. Busqué mi sombra agitada. La llamé, ¿dónde estás? Ven, estamos delante de la puerta de la salvación. Esta es nuestra oportunidad de huir del infierno. Ven. Te compraré comida especial para las sombras. Te acariciaré, pero no me abandones. No puedes quedarte retenida en el aeropuerto como un genio.

—Adelante, señor —me gritó el oficial.

Afuera había una nube que puso en penumbra parte de la sala e impidió que luciera el sol. Una mano por detrás me empujó hacia la pecera del oficial. Volví la cabeza para disculparme por la lentitud que se había apoderado de mí, y un pronto magistral de educación se posó en mi persona; en realidad, yo era el campeón de Asia en las disculpas. Me disculpaba sin razón y perdonaba sin motivo. Me contuve y giré la cabeza. Me asunté en cuanto lo vi.

Me sobrevino un temblor antes de poder llegar a decir “lo siento”. El oficial delante de mí gritaba: adelante, adelante, pero la sangre fría paralizó mis movimientos por lo terrorífico de la horripilante escena. ¡Era el elefante empujándome por detrás con su trompa! Pero yo no lo había dibujado con semejante volumen. Era mucho más gigantesco que su copia almacenada en mi imaginación.

Me controlé y dispuse mi ponderación, rindiéndome a la energía positiva que tenía su inocente rostro, a la que hice penetrar en lo más profundo de mí. No moví la pierna ni avancé hasta que sentí que estaba cargado de esperanza y optimismo.

Volví a mi posición, me preparé y decidí dar un paso para presentarme delante del oficial. Me parece que giré una vez más hacia el elefante para recuperar la realidad del mundo que me rodeaba. Me volví de nuevo, de forma momentánea, para espantar al fantasma del elefante detrás de mí.

Pero ahí seguía él, insistiendo en empujarme y destruir la realidad uniforme del mundo circundante.

El oficial abrió mi pasaporte y lo hojeó página a página. Pasó las que estaban vacías y las examinó cuidadosamente junto a otras, mientras me hacía un barrido visual de arriba abajo. Este era el primer pasaporte que yo tenía en mi vida y estaba completamente vacío, a excepción del visado que imprimió en él la embajada americana en Bagdad, un día de calor sofocante y tras unas medidas rutinarias mortales para el cuerpo: espera, sudores, empujones, cacheo y hocicos húmedos de perros olisqueando mis miembros.

¿Debía darme la vuelta para examinar la cara del elefante? No, el oficial no me había dejado tiempo para eso: levantó su mano blanca contaminada de rojo y la dejó caer sobre mi documento. Busqué el ruido que debía emitir como resultado natural, como complemento al guion dramático emocionante del instante que me impedía cruzar la puerta de América, pero el sonido fue imperceptible, ni retumbante ni fuerte.

Fue un misil con silenciador del ruido, de la imagen y del tiempo.

El elefante se escondió detrás de mí y ya no fui capaz de imaginarlo. No había nada que me ayudara a superar aquel instante, salvo los brazos del guardia que me devolvían a la sala de llegadas y me conducían por donde vine. Le dije: “Un momento, por favor, he olvidado mi elefante allí”.

No comprendieron lo que dije y me encontré separado por una pared larga de cristal de Chicago y de la costa de los que llegaban a la tierra de la seguridad.

De lejos, vislumbré mi sombra haciéndome señales desde detrás del cristal. Me saludaba con la mano. Había superado el obstáculo del oficial de pasaportes y cruzó hacia Chicago. Las sombras no tienen boca ni dientes ni voz por las que poder saber si se ríen o sonríen, pero la mía me despidió calurosamente y desapareció. Vi su talle pavoneándose de alegría, apoyándose en el volumen de los que llegaban a “La Ciudad de los Vientos”.

Mi sombra ahora vive en el extranjero. 

Murtada Gzar nació en Kuwait en 1982. Es novelista, cineasta y dibujante. Sus películas de animación han participado en numerosos festivales internaciones y sus trabajos han formado parte del programa internacional de escritura de la Universidad de Iowa. Actualmente reside en la ciudad de Seattle done imparte “La escritura cinematográfica” en Hugo House. Entre sus publicaciones se destacan: La escoba del paraíso (2008), El señor más pequeño más grande (2013), Mi hermosa comunidad (2016), y Mientras ella también (2017).

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