Marta Markoska
—Compramos este
coche a las apuradas. No pensamos lo suficiente en el asunto.
—Y en cuanto a nosotros, después de
habernos dado tanto tiempo, veo que las cosas terminaron como tenían que
terminar. Estuvimos juntos diez años enteros, y más. No nos apresuramos en
nada. Sopesamos las cosas larga y cuidadosamente, equilibramos la balanza y,
aun así, las cosas no resultaron según nuestros cálculos.
Él reflexionó un momento sobre
aquello. Evidentemente, no le gustaba lo que Karen había dicho acerca de ellos
dos. Sin embargo, cuando una persona empieza a cavilar, eso suele constituir
una buena base para una valoración más profunda y exhaustiva de las
experiencias pasadas.
—De todos modos —dijo—, eso solo se
aplica a las cosas, no a las personas. Las personas son seres racionales y
saben cómo arreglar lo que funciona mal entre ellas. En cambio, no todo el
mundo es mecánico como para saber reparar los daños que un propietario anterior
le haya causado a un coche.
—Ah, o sea que piensas que las
personas nacen siendo psicólogos y psiquiatras, que pueden ayudarse a sí mismas
y a quienes las rodean en cualquier situación de la vida, y reparar los daños
previos que alguien más les haya causado.
—¿Por qué me provocas con estas
preguntas insistentes? ¿Y a qué daños previos te estás refiriendo?
Karen nunca le había dicho a Pete
que se sintiera dañada. De hecho, jamás se había sentido así antes. Aquel
pensamiento repentino hizo que primero le hormigueara la piel y, de manera
inesperada, que sus pezones se endurecieran. Después recorrió sus venas hasta
terminar en el dedo gordo de su pie derecho. Pero ¿por qué, precisamente en ese
momento, había acudido a ella una idea semejante, como una golondrina en pleno
invierno siberiano? Habría preferido que hubiera sido el ángel guardián de sus
fantasías eróticas, fantasías que hacía mucho tiempo que ya no tenía con Pete.
—Karen-ina, no pongas tanta
angustia y dramatismo en nuestra relación. Voy a terminar pensando que me amas
demasiado. Me estás negando el privilegio de ser quien ama más en la pareja.
—Mi Pete-bull, por favor, no te
atribuyas epítetos inmerecidos que solo Dios y yo sabemos muy bien que no
mereces. Aunque parece que mi karma siempre me conduce hacia hombres que
quieren salvarme de mí misma para sentirse héroes. ¡El amor no es un campo de
batalla, Pete-bull!
La golondrina de Karen, con forma
de pensamiento sobre los daños previos que le habían causado, vuelve a
emprender el vuelo. Esta vez planea muy bajo sobre su frente. Frunce el rostro,
cierra los ojos con fuerza y grita en un acceso de ira capaz de congelar al
propio Cronos en el tiempo, de obligar a Einstein a retirar su teoría de la
curvatura del espacio-tiempo y de forzar a Tesla a aceptar la teoría de la
relatividad.
—Karen, no frunzas el ceño. Le
estás añadiendo años a tu rostro angelical.
—Pete, por favor, frunce el ceño
tú, así podrás añadirle años a esa cara tuya tan lisa como el trasero de un
bebé y que jamás consigo tomar en serio.
—Karen, te estás volviendo
ofensiva.
—Pete, por favor, vuélvete ofensivo
para que pueda sentir que somos una pareja.
—Karen, no me lleves demasiado
lejos o me obligarás a hacer algo mucho peor.
—Pete, te lo suplico, oblígate a
hacer algo mucho peor. Veamos si tienes el coraje.
Las almohadas volaron por el aire,
los cuchillos y los tenedores fueron a parar a los rincones de la habitación,
las sillas desafiaron la gravedad, los zapatos treparon hasta los lugares más
inaccesibles, los platos fueron servidos en el aire y las tazas, sin posos de
café, predijeron su futuro...
Traducción al inglés de Paul Filev

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