Maritza Macías Mosquera
No podían creer lo que escuchaban. Cruzaron sus miradas de ojos sucios, llenas
de asombro y de intriga. Varias lágrimas bajaban lentas, resbalosas, reposadas,
como abriéndose paso entre la mugre, el sudor y la desesperanza de aquellos
rostros cansados, somnolientos y frustrados.
La
guerra llegaba a su fin. Lo que quedaba de lo que en otro momento fuera una de
las ciudades más modernas del lado noroccidental del planeta –ese que se sabía
con el poderío y el apoyo del resto de los poderosos– hoy apenas daba para un
menguado concepto: ruinas.
El
último bombardeo "enemigo" dejó como paisaje la destrucción de los
más altos rascacielos jamás vistos en otro país del mundo. Pero la soberbia de detentar
el poder creó en esas mentes gobernantes la ambición de poseer potestad sobre
otros países que les podían llegar a "hacer sombra". El progreso
debía llegar a todos, pero controlado, eso sí.
Lo
que sospechaban, aunque no lograron dimensionar, fue la cantidad, calidad y
tecnología de las armas de sus atacados y, claro, de que se defenderían. Las
bombas, de alto poder destructivo, enviadas a través de drones nocturnos con
luces infrarrojas, los dejaban en la más absoluta perplejidad e indefensión. Al
principio respondían con ráfagas de metralla a cada ataque, pero pronto
debieron desistir. No era una estrategia provechosa para ellos; sí para sus
'rivales', ya que facilitaban sus ubicaciones con la luz de la metralla.
Heridos y muertos por cientos en aquellas noches interminables que, con la luz
del alba, dejaban ver también la destrucción de los lugares, sistemática y
estratégicamente atacados.
El
paisaje hablaba por sí solo, aunque, en realidad, lo más triste de esta
historia –porque las guerras han sido historia a través del tiempo, casi
siempre con las mismas intenciones y excusas: crear un enemigo y poder utilizar
y comerciar las armas creadas–, como siempre, eran las personas que enviaban al
frente. Militares y civiles que no inventaban ni las armas ni las guerras, pero
estaban allí, obedeciendo las leyes de sus países, defendiéndose y atacando a
otras personas que no conocían, que no eran sus enemigas y que, igual que
ellas, “debían” poner su empeño, su esfuerzo, sus cuerpos y, finalmente, sus
vidas al servicio de su patria.
Patria,
esa palabra que viene de padre, porque si fuese matria, muchas de esas guerras
no se hubiesen vivido, la historia sería distinta, tal vez porque las madres
traen la vida y, la valoración de ella, es superior a cualquier otro interés o
intención que los hombres no alcanzan y tal vez ya no tendrían tiempo ni
oportunidad de comprobar.
El
sonido leve de las cuerdas de un violín fue subiendo su volumen al mismo tiempo
que la intensidad y la fuerza de la interpretación, y sacó a los soldados
sobrevivientes de sus trincheras, de las sombras y escondrijos improvisados.
Algunos apuntando con sus armas hacia donde provenía el sonido. Fue un
espectáculo sui géneris: en medio de la destrucción y la devastación
observable. Una melodía tan sutil, tan armónica, tan ad hoc: Bach, sí,
Chaconne…
Soldados
de todos los países 'aliados' debieron alistarse en apoyo y por acuerdos
internacionales e ir en defensa de los atacadores, que creaban guerras contra
distintos países para desviar las críticas por sus escándalos sociales,
sexuales, abusos y un sinfín de atrocidades que debían acallar y que, de paso,
aprovechaban de apoderarse de los recursos naturales de los vencidos sin ningún
cuestionamiento.
Negocio
redondo, legal y aprobado.
Annalena
tocaba para su amado; creía que, si aún estaba vivo, sabría que el mensaje era
para él. Esperaba que apareciera con su flauta traversa, cual Hamelin, aunque sin
ratones, en medio de la destrucción y el espanto. Pero eso no ocurrió, ningún
soldado hizo otra cosa que asomarse y escuchar impávido el sonido envolvente y
mágico emitido por su instrumento. Ella tocaba, inmersa en sus recuerdos. Solo
deseaba encontrarlo.
Nacida en Austria, cuna de músicos y artistas variopintos, su vida había
transcurrido apacible, abierta y artística. Su padre la había iniciado en el
arte de los sonidos, jugando a hacer sonar vasos con distintas cantidades de
agua. Aprendió temprano a reconocer notas musicales y a diferenciarlas entre
graves y agudas. Luego, a iniciar escalas en distintas notas, a crear sus
arpegios y así, avanzó en lo que sería su futuro y el camino para encontrar su
alma gemela: Abner, un joven alemán, también músico.
Se
conocieron postulando a la Orquesta Filarmónica de Viena, la Wiener
Philharmoniker. Ambos muy jóvenes, nerviosos y expectantes. Se presentaron al
llamado de la filarmónica, para reserva de destacados y reconocidos integrantes
que, ya por edad, ya por enfermedades, se ausentaban de dicha agrupación
musical. Conversaron, afinaron sus instrumentos. Cada uno dio su examen por
separado, difícil prueba.
—Toca
un trozo del concierto para violín de Serenade —solicitó el examinador
encargado.
Annalena
susurró –Schubert– y cerró los ojos, aspiró mucho aire y comenzó a tocar. Su
padre no salía de su cabeza y las notas de los vasos con agua bailaban en su
violín. Tan concentrada estaba que no escuchó la orden.
—Está
bien con eso, gracias —determinó el examinador.
Pero
ella continuó ciega y sorda: embelesada.
—Annalena,
está bien con eso —repitió.
—¡Ah!
Disculpe —dijo nerviosa, sintiendo cómo los colores subían a su confundida
cara. Salió del salón y allí estaba Abner, ansioso.
—¿Cómo
te fue? —le preguntó.
Su
entusiasmo quedó en la nebulosa ya que, mientras ella le respondía, escuchó al
unísono su nombre.
—No
lo sé…
—¡Abner
Weber! —llamó el examinador.
El
violín sonaba con toda la delicadeza, sin prisa, sin calma, templado. A veces
un susurro, otras, la fuerza. Los movimientos de aquel delgado cuerpo parecían
no pertenecerle. ¿Cómo se explicaba aquella exactitud, aquella fortaleza,
aquella pasión desenfrenada y aquella ejecución magistral, en medio de tanta
desgarradora desgracia y en un cuerpo tan delgado, con un rostro tan sufrido,
tan cansado y que, a pesar de ello, su belleza era innegable?
Ellos
aparecían desde distintos flancos, algunos se hacían visibles, aunque la
mayoría prefería las tinieblas; el miedo no era fácil de vencer. Aun después de
terminada la guerra, muchos sufrían el postrauma: las secuelas eran pesadillas,
paranoia, crisis de pánico, delirios…
Escuchaban
extasiados desde sus escondites y ubicaciones. Al principio, y luego del
estupor, un tanto desconfiados, se relajaban, dejándose llevar por el silbido
prodigioso de aquel violín. Ella, inspirada dentro de su desolación, entregada
al momento, con los ojos cerrados y su cuerpo bamboleándose junto a su
instrumento: tocaba. Como si al juntar los párpados aquel desastre no
existiera, ni la muerte oliera como olía, ni los gemidos se oyeran como se
oían. Ella, sola con su única compañía: su violín.
El
tiempo se detuvo, se acallaron las metrallas. Todo se transformó con aquella
melodía. También los combatientes vivieron, aquel instante, llenos de emociones
contradictorias, de preguntas sin respuestas, de ánimos de regresar a un hogar
ya inexistente. Esas eran las elucubraciones generales. El éxtasis no les
permitió escuchar el otro silbido. Una bala atravesó aquel frágil cuerpo que
cayó junto a su violín, regresando a la realidad a ambos bandos.
La tregua de un silbido armonioso y musical se había acabado tras un silbido traidor.

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