domingo, 7 de junio de 2026

TREGUA EN UN SILBIDO

Maritza Macías Mosquera


No podían creer lo que escuchaban. Cruzaron sus miradas de ojos sucios, llenas de asombro y de intriga. Varias lágrimas bajaban lentas, resbalosas, reposadas, como abriéndose paso entre la mugre, el sudor y la desesperanza de aquellos rostros cansados, somnolientos y frustrados.

La guerra llegaba a su fin. Lo que quedaba de lo que en otro momento fuera una de las ciudades más modernas del lado noroccidental del planeta –ese que se sabía con el poderío y el apoyo del resto de los poderosos– hoy apenas daba para un menguado concepto: ruinas.

El último bombardeo "enemigo" dejó como paisaje la destrucción de los más altos rascacielos jamás vistos en otro país del mundo. Pero la soberbia de detentar el poder creó en esas mentes gobernantes la ambición de poseer potestad sobre otros países que les podían llegar a "hacer sombra". El progreso debía llegar a todos, pero controlado, eso sí.

Lo que sospechaban, aunque no lograron dimensionar, fue la cantidad, calidad y tecnología de las armas de sus atacados y, claro, de que se defenderían. Las bombas, de alto poder destructivo, enviadas a través de drones nocturnos con luces infrarrojas, los dejaban en la más absoluta perplejidad e indefensión. Al principio respondían con ráfagas de metralla a cada ataque, pero pronto debieron desistir. No era una estrategia provechosa para ellos; sí para sus 'rivales', ya que facilitaban sus ubicaciones con la luz de la metralla. Heridos y muertos por cientos en aquellas noches interminables que, con la luz del alba, dejaban ver también la destrucción de los lugares, sistemática y estratégicamente atacados.

El paisaje hablaba por sí solo, aunque, en realidad, lo más triste de esta historia –porque las guerras han sido historia a través del tiempo, casi siempre con las mismas intenciones y excusas: crear un enemigo y poder utilizar y comerciar las armas creadas–, como siempre, eran las personas que enviaban al frente. Militares y civiles que no inventaban ni las armas ni las guerras, pero estaban allí, obedeciendo las leyes de sus países, defendiéndose y atacando a otras personas que no conocían, que no eran sus enemigas y que, igual que ellas, “debían” poner su empeño, su esfuerzo, sus cuerpos y, finalmente, sus vidas al servicio de su patria.

Patria, esa palabra que viene de padre, porque si fuese matria, muchas de esas guerras no se hubiesen vivido, la historia sería distinta, tal vez porque las madres traen la vida y, la valoración de ella, es superior a cualquier otro interés o intención que los hombres no alcanzan y tal vez ya no tendrían tiempo ni oportunidad de comprobar.

 

El sonido leve de las cuerdas de un violín fue subiendo su volumen al mismo tiempo que la intensidad y la fuerza de la interpretación, y sacó a los soldados sobrevivientes de sus trincheras, de las sombras y escondrijos improvisados. Algunos apuntando con sus armas hacia donde provenía el sonido. Fue un espectáculo sui géneris: en medio de la destrucción y la devastación observable. Una melodía tan sutil, tan armónica, tan ad hoc: Bach, sí, Chaconne…

Soldados de todos los países 'aliados' debieron alistarse en apoyo y por acuerdos internacionales e ir en defensa de los atacadores, que creaban guerras contra distintos países para desviar las críticas por sus escándalos sociales, sexuales, abusos y un sinfín de atrocidades que debían acallar y que, de paso, aprovechaban de apoderarse de los recursos naturales de los vencidos sin ningún cuestionamiento.

Negocio redondo, legal y aprobado.

 

Annalena tocaba para su amado; creía que, si aún estaba vivo, sabría que el mensaje era para él. Esperaba que apareciera con su flauta traversa, cual Hamelin, aunque sin ratones, en medio de la destrucción y el espanto. Pero eso no ocurrió, ningún soldado hizo otra cosa que asomarse y escuchar impávido el sonido envolvente y mágico emitido por su instrumento. Ella tocaba, inmersa en sus recuerdos. Solo deseaba encontrarlo.


Nacida en Austria, cuna de músicos y artistas variopintos, su vida había transcurrido apacible, abierta y artística. Su padre la había iniciado en el arte de los sonidos, jugando a hacer sonar vasos con distintas cantidades de agua. Aprendió temprano a reconocer notas musicales y a diferenciarlas entre graves y agudas. Luego, a iniciar escalas en distintas notas, a crear sus arpegios y así, avanzó en lo que sería su futuro y el camino para encontrar su alma gemela: Abner, un joven alemán, también músico.

Se conocieron postulando a la Orquesta Filarmónica de Viena, la Wiener Philharmoniker. Ambos muy jóvenes, nerviosos y expectantes. Se presentaron al llamado de la filarmónica, para reserva de destacados y reconocidos integrantes que, ya por edad, ya por enfermedades, se ausentaban de dicha agrupación musical. Conversaron, afinaron sus instrumentos. Cada uno dio su examen por separado, difícil prueba.

—Toca un trozo del concierto para violín de Serenade —solicitó el examinador encargado.

Annalena susurró –Schubert– y cerró los ojos, aspiró mucho aire y comenzó a tocar. Su padre no salía de su cabeza y las notas de los vasos con agua bailaban en su violín. Tan concentrada estaba que no escuchó la orden. 

—Está bien con eso, gracias —determinó el examinador.

Pero ella continuó ciega y sorda: embelesada.

—Annalena, está bien con eso —repitió.

—¡Ah! Disculpe —dijo nerviosa, sintiendo cómo los colores subían a su confundida cara. Salió del salón y allí estaba Abner, ansioso.

—¿Cómo te fue? —le preguntó.

Su entusiasmo quedó en la nebulosa ya que, mientras ella le respondía, escuchó al unísono su nombre. 

—No lo sé… 

—¡Abner Weber! —llamó el examinador.

El violín sonaba con toda la delicadeza, sin prisa, sin calma, templado. A veces un susurro, otras, la fuerza. Los movimientos de aquel delgado cuerpo parecían no pertenecerle. ¿Cómo se explicaba aquella exactitud, aquella fortaleza, aquella pasión desenfrenada y aquella ejecución magistral, en medio de tanta desgarradora desgracia y en un cuerpo tan delgado, con un rostro tan sufrido, tan cansado y que, a pesar de ello, su belleza era innegable?

Ellos aparecían desde distintos flancos, algunos se hacían visibles, aunque la mayoría prefería las tinieblas; el miedo no era fácil de vencer. Aun después de terminada la guerra, muchos sufrían el postrauma: las secuelas eran pesadillas, paranoia, crisis de pánico, delirios…

Escuchaban extasiados desde sus escondites y ubicaciones. Al principio, y luego del estupor, un tanto desconfiados, se relajaban, dejándose llevar por el silbido prodigioso de aquel violín. Ella, inspirada dentro de su desolación, entregada al momento, con los ojos cerrados y su cuerpo bamboleándose junto a su instrumento: tocaba. Como si al juntar los párpados aquel desastre no existiera, ni la muerte oliera como olía, ni los gemidos se oyeran como se oían. Ella, sola con su única compañía: su violín.

El tiempo se detuvo, se acallaron las metrallas. Todo se transformó con aquella melodía. También los combatientes vivieron, aquel instante, llenos de emociones contradictorias, de preguntas sin respuestas, de ánimos de regresar a un hogar ya inexistente. Esas eran las elucubraciones generales. El éxtasis no les permitió escuchar el otro silbido. Una bala atravesó aquel frágil cuerpo que cayó junto a su violín, regresando a la realidad a ambos bandos.

La tregua de un silbido armonioso y musical se había acabado tras un silbido traidor.

Maritza Macías Mosquera nació en Chile en 1959. Realizó sus estudios universitarios en la Universidad de Concepción, egresando como Profesora de Educación General Básica en el año 1984. Ha incursionado en la escritura en varios géneros como el epistolar, la lírica, la novela, el cuento y microcuentos y, en la actualidad en el ensayo; ha publicado algunos de sus escritos individualmente y participando con otras y otros escritores, en blogs y en Facebook. Trabajó en escuelas de alta vulnerabilidad, lo que la llevó a mejorar sus competencias, obteniendo el grado de diplomada en gestión de Liderazgo Educativo y en Pedagogía Teatral, y luego dos post títulos, como Orientadora Educacional y Como Jefe de Unidad Técnica Pedagógica. Para terminar, obtuvo el Grado de Magíster en Gestión Educativa, en la Universidad del Mar.


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