sábado, 6 de junio de 2026

ESTRELLA

Gustavo Rosa

 

Cuando cumplí los treinta, dejé de esperar milagros. No los divinos, que jamás me tentaron, sino los mundanos, que prometen una efectiva ilusión de felicidad. Ésos que se me ofrecían a cada paso cuando ingresé a la Academia de Detectives, empezaron a esquivarme después de recibir el diploma. Nada de amor y poca plata. Dosis mezquinas de sexo dominguero y algunos casos rutinarios que no engrosaban mi billetera.

A comienzos de los ochenta las cosas pintaban mal. Los milicos hicieron el principal aporte. Como el monopolio del espionaje les pertenecía –entre otras cosas-, no dejaban lugar para un investigador privado. No tuve más remedio que aceptar el puesto de seguridad en un local nocturno que pretendía homenajear a los pintorescos cabarets de Pichincha.

El bar estaba instalado en un galpón rectangular sobre la calle Ricchieri, a treinta metros del túnel Escalada. La pared del frente era de cemento rústico en color amarillo veteado con una puerta de una sola hoja pintada de negro. En la parte superior tenía tres ventanas cuadradas con vidrios espejados. Lo más sobresaliente eran las letras formadas con bananas de metal que parecían bailar sobre una línea imaginaria. El nombre –“Banana Bar”- no podía estar escrito de otra manera. El ingreso consistía en un cuadrado con el guardarropa a la derecha, en la pared opuesta, posters con fotos de mujeres provocativas y unas cortinas al frente. De ahí se pasaba al salón rectangular con la barra a la izquierda y las mesas cuadradas con manteles amarillos. En la pared del fondo, aparecía el escenario como el centro de atención que daba sentido a todo.

Las penumbras recibían al público no para ahorrar electricidad, sino para imitar el criterio estético de los antros a los que asistía el dueño en su juventud. La luz tenue convertía el humo de los cigarrillos en fantasmas que flotaban sobre las mesas. “El ambiente sórdido aporta anonimato a los clientes”, me explicó al contratarme. Años atrás, el lugar funcionaba como prostíbulo para los pueblerinos que descendían del tren en Rosario Norte. “Los tiempos cambian y nosotros también”, me dijo al mostrar el resultado de las refacciones. “Las chicas no son como las que se ofrecen en la calle, sino artistas que seducen al ritmo de la música”, explicó.

La nueva etapa del “Banana Bar” requería un equipo de seis agentes ubicados en lugares estratégicos para evitar el descontrol, algo que jamás podría ocurrir. A pesar de la sensualidad con que bailaban, las chicas apenas recibían aplausos y piropos de un público en edad de alimentar palomas en una plaza. Ninguno de los asistentes se atrevía a caminar hasta el escenario para toquetear a las bailarinas por temor a una fractura de cadera. La artrosis y el riesgo de perder la dentadura postiza desalentaba cualquier pelea.

Ante una concurrencia tan tranquila, debíamos distraernos con el show barato ofrecido en ese ámbito decadente. De martes a jueves, el presupuesto del jefe alcanzaba para contratar a las bailarinas del barrio que, aunque poco agraciadas, conformaban a los veteranos menos exigentes. Los viernes y los sábados, prefería a las del centro, “caras, pero más atractivas para un público viril”, confesaba con orgullo. En mis primeras dos semanas de trabajo no pude encontrar diferencias etarias entre unos y otros. Tanto en las que desplegaban sus danzas sobre el escenario como en los que las recibían. La reapertura del “Banana Bar” me resultaba menos excitante que una misa dominical. Una carrera de caracoles hubiera incrementado más mi adrenalina.        

 

El tercer sábado me llevé una sorpresa. Algo me había anticipado el jefe sin muchos detalles. “Un número de los gordos, anunció con entusiasmo, pero no le digo más por cábala”. A la mañana colgaron un cartel en la fachada con la foto de una bailarina demasiado bella para un lugar así. “Hoy a las 23, Estrella Paz, la diva del Tropicana Club”, decía. Antes de esa hora, el local ya estaba colmado de jóvenes atraídos por la novedad. Los bailes de relleno fueron incrementando la impaciencia. Los clientes habituales, ubicados en las mesas laterales, se sentían intimidados por los treintañeros que entraban por primera vez. El “Banana Club” nunca había tenido espectadores de pie. 

Media hora después de las once, la música comenzó a acallarse. Las luces tenues se apagaron y el salón quedó iluminado por las velas de las mesas. En silencio, todos miraban hacia el escenario. Una sombra surgió de la cortina del fondo y caminó hacia el centro. Una suave melodía de piano acompañaba los pasos sigilosos y elegantes. La silueta giró a la derecha para recibir una silla que un utilero había acercado. Al momento de sentarse de espalda al público, una luz violácea la iluminó desde el techo. La cabellera rojiza que se derramaba hasta la cintura despertó un suspiro colectivo. Los brazos cobraron movimiento cuando el piano aceleró el ritmo. El cabello empezó a pendular con el sonido creciente de un saxo. La irrupción de los platillos despertó el aplauso del público. La chica, vestida de negro con un pantalón ceñido y una camisa amplia, se puso de pie. El murmullo en sordina sacudió el salón. Sin volverse, Estrella empezó a cantar. La voz aceleró mi corazón como nunca. La luz cenital se hizo más intensa y ella, por fin, miró al público. Apoyada en el respaldo de la silla, empezó a moverse con suavidad. El baile era sutil, pero conseguía cautivarnos.

El salón quedó a oscuras al terminar la canción. Todos la ovacionamos. La luz cenital nos silenció de golpe. Estrella, de pie y sonriente, agradecía con los brazos abiertos. La silla ya no estaba. Desabrochó la camisa hasta dejar a la vista el inicio del pecho. Algunos pidieron que se la sacase, pero ella negó con una sonrisa. En las siguientes canciones, Estrella Paz mostró todo sin quitarse nada. Cuando estábamos al borde del delirio, anunció “una pausa para aliviar tanto ardor”. “Y tomen lo que quieran –dijo mientras se dirigía hacia un costado del escenario- sus billeteras invitan”. Aunque no era un buen chiste, nos reímos. El escenario quedó a oscuras y volvieron las luces del salón.

Los asistentes se apuraban a ir al baño o a pedir un trago en la barra. Yo me quedé sentado, fumando. La muchacha me había impactado. Tomé los últimos sorbos de la copa. Mis ojos estaban fijos en el lugar que había ocupado Estrella Paz. Un camarero vino para entregarme un papel doblado.  Con letra apretada y tinta roja, decía: “Necesito un detective. Venga a mi camerino. Estrella”.

El camarero me guio por un pasillo oscuro y me indicó la puerta. Di dos golpes y escuché la voz que me invitaba a entrar. Lo único que le podía dar la calificación de camerino al cuarto de dos por dos era el espejo con cómoda rodeado de luces. Estrella Paz limpiaba su cara con un algodón húmedo y clavó los ojos en mi reflejo. “Buenas noches, Gerardo”, dijo, “perdoná que te reciba así”. La desnudez del calzón no me sorprendió tanto como el uso de mi nombre. No porque lo supiera, sino por la forma en que lo pronunció. No estaba dirigido a cualquier Gerardo, sino al nombre que había cargado toda mi vida, al que había aportado tanto de mí para que fuera diferente a los demás ‘Gerardos’.

Entonces miré con más atención los hombros y los brazos y me detuve en los ojos que me miraban desde el espejo. Ese azul oscuro enmarcado con delineador me transportó a mis diez años, cuando mis padres me anotaron en una nueva escuela. Mi primer día fue en otoño, un mes después de empezadas las clases. La directora me llevó al salón para presentarme a los futuros compañeros. Parado junto a ella, delante de un montón de chicas y chicos que me miraban como a un insecto extraterrestre, quise desmayarme. Entre tantas cabezas hostiles y desconfiadas, hallé una que me observaba con simpatía. Entonces, gracias a esa mirada de ojos azules, no me desmayé. En el recreo nos acercamos y fue una amistad a primera vista. Fuimos inseparables. Yo brindaba protección ante la burla de los demás y recibía ayuda en mis deberes. Los sábados íbamos al cine, al parque, al río. Creíamos en la amistad para toda la vida hasta que a mediados de la secundaria la perdimos.

—¿Ju-Juancho? —le pregunté a Estrella.

—Sin el ‘Ju’ del principio —bromeó.

—Perdón, pero ahora sos…

—Estrella, sin dejar de ser Juancho —me dijo girando la silla—. Cuando estaba cantando te vi. Recién en la tercera canción, pude reconocerte. Y eso que estás bastante cambiado. 

—Vos me ganás.

Estrella se acercó a mí. “Tan chistoso como te recuerdo”, me dijo con un abrazo intenso. Mi oreja, apoyada en el pecho, escuchó el galopar del corazón. El calor de su piel me provocó un temblor. Mi muslo sintió el suyo. Entre sus piernas, aún quedaba mucho de Juancho. A los quince años lo había perdido y a los treinta me encontré con ella.   

—¿Esto es un reencuentro o un caso? —pregunté con mis labios rozando su piel.

—Las dos cosas —dijo con dulzura—. Tengo que volver al escenario —y puso fin al abrazo.

—Claro, el show es más importante. Tuve intenciones de besarla, pero Juancho había crecido tanto que Estrella me llevaba una cabeza.

—Tontito. Esto es más importante. —Se bajó de sus tacos y estuvimos más parejos para besarnos—. El caso es el reencuentro.

—Si es así, te hago una tarifa especial.

—No esperaba menos de vos —dijo con una sonrisa.

Ella volvió frente al espejo y yo le tiré un beso desde la puerta.

 

Otra vez en mi mesa, estaba ansioso por volver a verla. “Nos tenemos que poner al día”, me había dicho, concentrada en el maquillaje. “¿Para recuperar algo?”, le pregunté desde el pasillo. “Como primer paso, sí”, me contestó con la voz de Juancho y la sonrisa de Estrella. La posibilidad de otros pasos alborotó mi sangre.

Cuando estuvo otra vez en el escenario, la vi más luminosa. También vi a Juancho, tan amigo como antes. Los dos estuvieron ahí. Al empezar la música, Estrella me tiró un beso. Yo levanté mi copa y ella simuló un brindis. Esa noche no tuve más remedio que creer en la existencia de los milagros, aún después de los treinta.

Gustavo Rosa es periodista, Licenciado en Letras, Licenciado en Filosofía. Profesor de secundario y terciario en materias relacionadas con lengua y comunicación. En los últimos años, vicedirector del ISET XVIII de Rosario. Escritor desde muy joven, me han publicado cuentos en revistas nacionales y españolas. También he recibido una mención de honor por la novela “Al final del capítulo” en el concurso del diario La Nación en noviembre de 2002. Recientemente, uno de mis cuentos, La danza de los bellos, fue seleccionado para ser publicado en la revista mexicana Gambito de papel.

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