Gustavo Rosa
Cuando
cumplí los treinta, dejé de esperar milagros. No los divinos, que jamás me
tentaron, sino los mundanos, que prometen una efectiva ilusión de felicidad.
Ésos que se me ofrecían a cada paso cuando ingresé a la Academia de Detectives,
empezaron a esquivarme después de recibir el diploma. Nada de amor y poca
plata. Dosis mezquinas de sexo dominguero y algunos casos rutinarios que no
engrosaban mi billetera.
A comienzos de los ochenta las cosas
pintaban mal. Los milicos hicieron el principal aporte. Como el monopolio del
espionaje les pertenecía –entre otras cosas-, no dejaban lugar para un
investigador privado. No tuve más remedio que aceptar el puesto de seguridad en
un local nocturno que pretendía homenajear a los pintorescos cabarets de
Pichincha.
El bar estaba instalado en un galpón
rectangular sobre la calle Ricchieri, a treinta metros del túnel Escalada. La
pared del frente era de cemento rústico en color amarillo veteado con una
puerta de una sola hoja pintada de negro. En la parte superior tenía tres
ventanas cuadradas con vidrios espejados. Lo más sobresaliente eran las letras
formadas con bananas de metal que parecían bailar sobre una línea imaginaria.
El nombre –“Banana Bar”- no podía estar escrito de otra manera. El ingreso
consistía en un cuadrado con el guardarropa a la derecha, en la pared opuesta,
posters con fotos de mujeres provocativas y unas cortinas al frente. De ahí se
pasaba al salón rectangular con la barra a la izquierda y las mesas cuadradas
con manteles amarillos. En la pared del fondo, aparecía el escenario como el
centro de atención que daba sentido a todo.
Las penumbras recibían al público no para
ahorrar electricidad, sino para imitar el criterio estético de los antros a los
que asistía el dueño en su juventud. La luz tenue convertía el humo de los
cigarrillos en fantasmas que flotaban sobre las mesas. “El ambiente sórdido
aporta anonimato a los clientes”, me explicó al contratarme. Años atrás, el lugar
funcionaba como prostíbulo para los pueblerinos que descendían del tren en
Rosario Norte. “Los tiempos cambian y nosotros también”, me dijo al mostrar el
resultado de las refacciones. “Las chicas no son como las que se ofrecen en la
calle, sino artistas que seducen al ritmo de la música”, explicó.
La nueva etapa del “Banana Bar” requería
un equipo de seis agentes ubicados en lugares estratégicos para evitar el descontrol,
algo que jamás podría ocurrir. A pesar de la sensualidad con que bailaban, las
chicas apenas recibían aplausos y piropos de un público en edad de alimentar
palomas en una plaza. Ninguno de los asistentes se atrevía a caminar hasta el
escenario para toquetear a las bailarinas por temor a una fractura de cadera.
La artrosis y el riesgo de perder la dentadura postiza desalentaba cualquier
pelea.
Ante una concurrencia tan tranquila, debíamos
distraernos con el show barato ofrecido en ese ámbito decadente. De martes a
jueves, el presupuesto del jefe alcanzaba para contratar a las bailarinas del
barrio que, aunque poco agraciadas, conformaban a los veteranos menos
exigentes. Los viernes y los sábados, prefería a las del centro, “caras, pero
más atractivas para un público viril”, confesaba con orgullo. En mis primeras
dos semanas de trabajo no pude encontrar diferencias etarias entre unos y
otros. Tanto en las que desplegaban sus danzas sobre el escenario como en los
que las recibían. La reapertura del “Banana Bar” me resultaba menos excitante
que una misa dominical. Una carrera de caracoles hubiera incrementado más mi
adrenalina.
El
tercer sábado me llevé una sorpresa. Algo me había anticipado el jefe sin
muchos detalles. “Un número de los gordos, anunció con entusiasmo, pero no le
digo más por cábala”. A la mañana colgaron un cartel en la fachada con la foto
de una bailarina demasiado bella para un lugar así. “Hoy a las 23, Estrella
Paz, la diva del Tropicana Club”, decía. Antes de esa hora, el local ya estaba
colmado de jóvenes atraídos por la novedad. Los bailes de relleno fueron
incrementando la impaciencia. Los clientes habituales, ubicados en las mesas
laterales, se sentían intimidados por los treintañeros que entraban por primera
vez. El “Banana Club” nunca había tenido espectadores de pie.
Media hora después de las once, la música
comenzó a acallarse. Las luces tenues se apagaron y el salón quedó iluminado
por las velas de las mesas. En silencio, todos miraban hacia el escenario. Una
sombra surgió de la cortina del fondo y caminó hacia el centro. Una suave
melodía de piano acompañaba los pasos sigilosos y elegantes. La silueta giró a
la derecha para recibir una silla que un utilero había acercado. Al momento de
sentarse de espalda al público, una luz violácea la iluminó desde el techo. La
cabellera rojiza que se derramaba hasta la cintura despertó un suspiro
colectivo. Los brazos cobraron movimiento cuando el piano aceleró el ritmo. El
cabello empezó a pendular con el sonido creciente de un saxo. La irrupción de los
platillos despertó el aplauso del público. La chica, vestida de negro con un
pantalón ceñido y una camisa amplia, se puso de pie. El murmullo en sordina
sacudió el salón. Sin volverse, Estrella empezó a cantar. La voz aceleró mi
corazón como nunca. La luz cenital se hizo más intensa y ella, por fin, miró al
público. Apoyada en el respaldo de la silla, empezó a moverse con suavidad. El
baile era sutil, pero conseguía cautivarnos.
El salón quedó a oscuras al terminar la
canción. Todos la ovacionamos. La luz cenital nos silenció de golpe. Estrella,
de pie y sonriente, agradecía con los brazos abiertos. La silla ya no estaba.
Desabrochó la camisa hasta dejar a la vista el inicio del pecho. Algunos
pidieron que se la sacase, pero ella negó con una sonrisa. En las siguientes
canciones, Estrella Paz mostró todo sin quitarse nada. Cuando estábamos al
borde del delirio, anunció “una pausa para aliviar tanto ardor”. “Y tomen lo
que quieran –dijo mientras se dirigía hacia un costado del escenario- sus
billeteras invitan”. Aunque no era un buen chiste, nos reímos. El escenario
quedó a oscuras y volvieron las luces del salón.
Los asistentes se apuraban a ir al baño o
a pedir un trago en la barra. Yo me quedé sentado, fumando. La muchacha me
había impactado. Tomé los últimos sorbos de la copa. Mis ojos estaban fijos en
el lugar que había ocupado Estrella Paz. Un camarero vino para entregarme un
papel doblado. Con letra apretada y
tinta roja, decía: “Necesito un detective. Venga a mi camerino. Estrella”.
El camarero me guio por un pasillo oscuro
y me indicó la puerta. Di dos golpes y escuché la voz que me invitaba a entrar.
Lo único que le podía dar la calificación de camerino al cuarto de dos por dos
era el espejo con cómoda rodeado de luces. Estrella Paz limpiaba su cara con un
algodón húmedo y clavó los ojos en mi reflejo. “Buenas noches, Gerardo”, dijo,
“perdoná que te reciba así”. La desnudez del calzón no me sorprendió tanto como
el uso de mi nombre. No porque lo supiera, sino por la forma en que lo
pronunció. No estaba dirigido a cualquier Gerardo, sino al nombre que había
cargado toda mi vida, al que había aportado tanto de mí para que fuera
diferente a los demás ‘Gerardos’.
Entonces miré con más atención los hombros
y los brazos y me detuve en los ojos que me miraban desde el espejo. Ese azul
oscuro enmarcado con delineador me transportó a mis diez años, cuando mis
padres me anotaron en una nueva escuela. Mi primer día fue en otoño, un mes
después de empezadas las clases. La directora me llevó al salón para
presentarme a los futuros compañeros. Parado junto a ella, delante de un montón
de chicas y chicos que me miraban como a un insecto extraterrestre, quise
desmayarme. Entre tantas cabezas hostiles y desconfiadas, hallé una que me
observaba con simpatía. Entonces, gracias a esa mirada de ojos azules, no me
desmayé. En el recreo nos acercamos y fue una amistad a primera vista. Fuimos
inseparables. Yo brindaba protección ante la burla de los demás y recibía ayuda
en mis deberes. Los sábados íbamos al cine, al parque, al río. Creíamos en la
amistad para toda la vida hasta que a mediados de la secundaria la perdimos.
—¿Ju-Juancho? —le pregunté a Estrella.
—Sin el ‘Ju’ del principio —bromeó.
—Perdón, pero ahora sos…
—Estrella, sin dejar de ser Juancho —me
dijo girando la silla—. Cuando estaba cantando te vi. Recién en la tercera
canción, pude reconocerte. Y eso que estás bastante cambiado.
—Vos me ganás.
Estrella se acercó a mí. “Tan chistoso
como te recuerdo”, me dijo con un abrazo intenso. Mi oreja, apoyada en el
pecho, escuchó el galopar del corazón. El calor de su piel me provocó un
temblor. Mi muslo sintió el suyo. Entre sus piernas, aún quedaba mucho de
Juancho. A los quince años lo había perdido y a los treinta me encontré con
ella.
—¿Esto es un reencuentro o un caso? —pregunté
con mis labios rozando su piel.
—Las dos cosas —dijo con dulzura—. Tengo
que volver al escenario —y puso fin al abrazo.
—Claro, el show es más importante. Tuve
intenciones de besarla, pero Juancho había crecido tanto que Estrella me
llevaba una cabeza.
—Tontito. Esto es más importante. —Se bajó
de sus tacos y estuvimos más parejos para besarnos—. El caso es el reencuentro.
—Si es así, te hago una tarifa especial.
—No esperaba menos de vos —dijo con una
sonrisa.
Ella volvió frente al espejo y yo le tiré
un beso desde la puerta.
Otra
vez en mi mesa, estaba ansioso por volver a verla. “Nos tenemos que poner al
día”, me había dicho, concentrada en el maquillaje. “¿Para recuperar algo?”, le
pregunté desde el pasillo. “Como primer paso, sí”, me contestó con la voz de
Juancho y la sonrisa de Estrella. La posibilidad de otros pasos alborotó mi
sangre.
Cuando estuvo otra vez en el escenario, la
vi más luminosa. También vi a Juancho, tan amigo como antes. Los dos estuvieron
ahí. Al empezar la música, Estrella me tiró un beso. Yo levanté mi copa y ella
simuló un brindis. Esa noche no tuve más remedio que creer en la existencia de
los milagros, aún después de los treinta.
Gustavo Rosa es periodista,
Licenciado en Letras, Licenciado en Filosofía. Profesor de secundario y
terciario en materias relacionadas con lengua y comunicación. En los últimos
años, vicedirector del ISET XVIII de Rosario. Escritor desde muy joven, me han
publicado cuentos en revistas nacionales y españolas. También he recibido una
mención de honor por la novela “Al final del capítulo” en el concurso del
diario La Nación en noviembre de 2002. Recientemente, uno de mis cuentos, La
danza de los bellos, fue seleccionado para ser publicado en la revista mexicana
Gambito de papel.

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