Anamaria Borlan
Dedicado a Victor Brauner,
pintor y escultor surrealista rumano
El
hombre cree que contempla el universo.
El
universo lo utiliza para soñarse a sí mismo.
El pintor salió a
la terraza inmediatamente después de la puesta de sol, con los pinceles todavía
manchados de azul de Prusia y ocre tostado. Los depositó con cuidado sobre la
ancha barandilla y luego trajo de la casa el caballete y la tabla de cartón entelado,
preparándose para pintar al aire libre.
Era una noche cálida, en la
frontera entre el verano y el comienzo del otoño, pero en la habitación donde
solía pintar se había instalado una atmósfera sofocante, difícil de soportar.
Afuera, en cambio, el aire era agradablemente fresco y estaba impregnado del
perfume de las flores, de las azaleas rojas que aromatizaban la noche.
Sobre la mesa baja, junto a la
paleta, había una caja con numerosos pinceles de diferentes formas y tamaños –planos,
redondos–, lápices, espátulas, esponjas y rodillos. En otra caja había frascos,
trapos y recipientes de arcilla para limpiar los pinceles; y colgada de la
barandilla, dentro de una caja mucho más grande, se encontraba la pintura,
junto con barnices, diluyentes, aceites y los solventes necesarios para
trabajar.
Además de todo eso, el pintor
colocó sobre la mesa una pequeña jarra de vino color rubí y una taza de arcilla
sin asa. Se acomodó en la silla de rafia y se sirvió un poco del licor
elaborado con las uvas grandes y amarillas de las pocas vides plantadas a lo
largo de la barandilla que rodeaba la terraza. Bebió un sorbo, chasqueando los
labios de placer, y disfrutó de la relajante atmósfera nocturna.
El cielo, que se mostraba en toda
su belleza, sin nubes ni bruma, sin la menor ráfaga de viento, desplegaba todo
el esplendor de sus estrellas centelleantes. El anciano nunca había visto una
bóveda celeste tan clara y elevada.
No era un cielo corriente. En el
centro, como una herida abierta en el tejido del mundo, se alzaba una galaxia
vertical, semejante a una columna de luz. No giraba ni pulsaba. Permanecía
inmóvil, como una idea que ya no puede ser reprimida. Por un instante pensó en
la imagen del monstruo Leviatán, el dragón marino bíblico, inmóvil, como si
olfateara el aire y estuviera a punto de atacar sin alterar las aguas del
océano espacial.
En ese mismo momento sintió el
impulso. No experimentó sorpresa ni miedo, sino una necesidad orgánica de
pintar. Como si sus manos ya supieran lo que su mente haría unos minutos más
tarde. Se levantó con cierta dificultad, pues los años comenzaban a pesarle
sobre los hombros, pasó suavemente la palma sobre la tela para alisarla y
quitar cualquier rastro de polvo y, con un pincel de lengua de gato delgado,
trazó de un solo movimiento de muñeca una línea recta de abajo arriba, como el
límite de una dirección imprecisa que pareciera unir la terraza con algún punto
del espacio nocturno.
Tomó el lápiz de mina blanda más
cercano y trazó líneas quebradas que dejaban tras de sí un color nunca visto.
Por primera vez, el lápiz se comportaba de manera extraña, como si actuara por
voluntad propia. No dejaba arañazos, el trazo no se extendía y la punta no se
desgastaba. Parecía absorber la luz del entorno, como si inhalara la claridad
del día que se desvanecía poco a poco.
El pintor retrocedió un paso,
ahogando una exclamación de sorpresa mientras observaba lo que se desarrollaba
ante sus ojos. Parecía que la galaxia, como si hubiera oído su silencioso grito
de asombro, le respondiera. No mediante el movimiento, sino acercándose.
Los contornos de la galaxia se
adelgazaron y se volvieron fluidos, infiltrándose en la pintura. Las estrellas
se transformaron en manchas de aceite y la tela comenzó a respirar como un
pulmón dentro de un pecho. El anciano tuvo un instante de lucidez.
Esto ya no es un cuadro; es un
sueño que me lleva muy lejos, a un lugar inacabado…, se dijo.
Tuvo la impresión de que algo, una
especie de mano enorme, fría y poderosa, le sujetaba con cierta delicadeza los
dedos, que dejaron caer el lápiz, y pareció obligarlo a empuñar el pincel con
el que pintaba. Entonces, sin sentir nada especial, fue arrastrado lentamente
hacia el interior.
No sintió la caída como algo
violento, sino más bien suave, como deslizarse hacia el sueño. Cuando se
incorporó, vio de inmediato que se encontraba en un lugar con un cielo vacío,
blanquecino, inacabado. Ya no estaba en la terraza perfumada por las azaleas,
junto a las vides que producían uvas grandes y redondas, apropiadas para
elaborar vino. Y, aunque tenía la sensación de haber llegado a un planeta
desierto y estéril, frente a él se alzaba el mismo caballete. Los mismos
colores. Y arriba, la misma nada, tan llena de vida.
—Interesante —oyó decir a una voz
tranquila, de profundo y cálido timbre de barítono, que llegaba desde detrás de
él—. Has alcanzado el punto en que el símbolo ya no representa, sino que crea.
—¿Qué crea?
—El inconsciente, que no describe
el mundo, sino que lo corrige.
Se volvió. Un hombre de barba corta
y rostro más bien alargado, vestido con un traje que parecía pertenecer a una
moda muy antigua, de un siglo ya extinguido, quizá de la Belle Époque, lo
contemplaba con una mirada penetrante, observándolo con una atención incómoda,
como si fuera un paciente situado exactamente entre la resistencia y la
revelación.
—¿Dónde estoy? —preguntó el pintor.
—Estás en tu inconsciente
proyectado a escala cósmica —respondió el otro de inmediato—. Pintaste el cielo
porque el cielo es la pantalla sobre la que proyectas tus deseos reprimidos.
¿La galaxia vertical? Un símbolo del deseo de trascendencia. O, si lo prefieres,
del nacimiento.
—¿Dices que yo soy un símbolo?
¿Para qué o para quién?
—Para un lugar, un espacio del
cosmos al que llegan todos los símbolos cuando ya no queda nadie que pueda
interpretarlos —respondió sin vacilar.
—¿Por qué?
—Has atravesado el eje del sueño.
—Es decir… ¿qué significa eso? ¿El
futuro? ¿Un mundo nuevo? ¿Una colonia planetaria?
—No —dijo el hombre—. Es tu
interior proyectado a escala galáctica. Las civilizaciones avanzadas no
exploran el espacio: solo exteriorizan su inconsciente.
Mientras hablaba con el
desconocido, el pintor aplicaba los colores, y la galaxia del cielo se volvía
más delgada, se acercaba y se transfería. La tela ya no descansaba sobre el
caballete: se había convertido en una interfaz. Las estrellas se transformaban
en nódulos de memoria y el espacio entre ellas significaba represión, le
explicaba el extraño, mientras el anciano pintaba con creciente obstinación.
—¿Qué ocurrirá cuando termine el
cuadro?
—Entonces el símbolo estará
completo —susurró la voz—. Y tú ya no necesitarás la realidad.
Cuando la última pincelada completó
la disposición de las estrellas en la bóveda, el pintor fue absorbido sin
ofrecer resistencia. No cayó ni fue arrancado de allí. Pasó, como una idea, de
una mente a otra.
El pintor comenzó a pintar de
nuevo. Esta vez, el cielo del planeta iba adquiriendo colores mientras ellos
hablaban.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí
conmigo? —preguntó finalmente el pintor—. ¿Te conocí alguna vez y no lo
recuerdo?
—Me llamo Freud, Shlomo Freud,
aunque algunos me conocen como Sigmund, el de Freiberg, en Moravia. Aunque mi
nombre no te dice nada, del mismo modo que el tuyo tampoco me dice nada a mí.
—Entonces, ¿por qué has venido? O,
mejor dicho, ¿de dónde has salido? ¿Por qué te apareciste ante mí? ¿Qué
quieres?
—Porque tú, pintor soñador, estás
en oposición a tu existencia material. Tal vez ahora no lo entiendas, pero
estoy convencido de que reflexionarás sobre mis palabras. La realidad objetiva
es un producto de la materia organizada de forma superior, como te dije hace un
momento, y esa materia es el cerebro, el cerebro humano, expresado en
pensamiento y espíritu. ¿Qué quiero? Casi nada. Solo observarte mientras
pintas.
Durante unos instantes
permanecieron en silencio.
—¿Y si ya no quiero regresar?
—preguntó el anciano.
—Entonces el sueño te encerrará
dentro de sí —dijo con serenidad aquella voz agradable—. El arte es
sublimación, pero también una trampa. La diferencia la establece la conciencia.
Las estrellas reaparecieron una a
una, como hileras de piedras preciosas colgadas del cuello del dragón Leviatán.
Entretanto, la galaxia surgía de su pincel y no del cielo. Comprendió que ya no
era el pintor quien contemplaba el cosmos, sino el cosmos el que se contemplaba
a sí mismo a través de él.
—Entonces, ¿dices que yo soy el
símbolo?
—No —rio suavemente la voz—. Eres
el proceso.
Cuando la galaxia quedó completa,
el pintor ya no estaba allí. Solo permaneció el cielo pintado y, en algún
lugar, sobre otro planeta, otro hombre miraba hacia arriba, sintiendo una
necesidad inexplicable de pintar una línea vertical. Bebió un sorbo del aromático
vino de la cosecha anterior, eligió cuidadosamente un pincel de lengua de gato,
sumergió la punta en la pintura y trazó, con un único movimiento de muñeca, una
franja negra sobre una tela blanca.

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