miércoles, 22 de julio de 2026

EL EJE DEL SUEÑO

Anamaria Borlan

 

Dedicado a Victor Brauner, pintor y escultor surrealista rumano

 

El hombre cree que contempla el universo.

El universo lo utiliza para soñarse a sí mismo.

 

El pintor salió a la terraza inmediatamente después de la puesta de sol, con los pinceles todavía manchados de azul de Prusia y ocre tostado. Los depositó con cuidado sobre la ancha barandilla y luego trajo de la casa el caballete y la tabla de cartón entelado, preparándose para pintar al aire libre.

Era una noche cálida, en la frontera entre el verano y el comienzo del otoño, pero en la habitación donde solía pintar se había instalado una atmósfera sofocante, difícil de soportar. Afuera, en cambio, el aire era agradablemente fresco y estaba impregnado del perfume de las flores, de las azaleas rojas que aromatizaban la noche.

Sobre la mesa baja, junto a la paleta, había una caja con numerosos pinceles de diferentes formas y tamaños –planos, redondos–, lápices, espátulas, esponjas y rodillos. En otra caja había frascos, trapos y recipientes de arcilla para limpiar los pinceles; y colgada de la barandilla, dentro de una caja mucho más grande, se encontraba la pintura, junto con barnices, diluyentes, aceites y los solventes necesarios para trabajar.

Además de todo eso, el pintor colocó sobre la mesa una pequeña jarra de vino color rubí y una taza de arcilla sin asa. Se acomodó en la silla de rafia y se sirvió un poco del licor elaborado con las uvas grandes y amarillas de las pocas vides plantadas a lo largo de la barandilla que rodeaba la terraza. Bebió un sorbo, chasqueando los labios de placer, y disfrutó de la relajante atmósfera nocturna.

El cielo, que se mostraba en toda su belleza, sin nubes ni bruma, sin la menor ráfaga de viento, desplegaba todo el esplendor de sus estrellas centelleantes. El anciano nunca había visto una bóveda celeste tan clara y elevada.

No era un cielo corriente. En el centro, como una herida abierta en el tejido del mundo, se alzaba una galaxia vertical, semejante a una columna de luz. No giraba ni pulsaba. Permanecía inmóvil, como una idea que ya no puede ser reprimida. Por un instante pensó en la imagen del monstruo Leviatán, el dragón marino bíblico, inmóvil, como si olfateara el aire y estuviera a punto de atacar sin alterar las aguas del océano espacial.

En ese mismo momento sintió el impulso. No experimentó sorpresa ni miedo, sino una necesidad orgánica de pintar. Como si sus manos ya supieran lo que su mente haría unos minutos más tarde. Se levantó con cierta dificultad, pues los años comenzaban a pesarle sobre los hombros, pasó suavemente la palma sobre la tela para alisarla y quitar cualquier rastro de polvo y, con un pincel de lengua de gato delgado, trazó de un solo movimiento de muñeca una línea recta de abajo arriba, como el límite de una dirección imprecisa que pareciera unir la terraza con algún punto del espacio nocturno.

Tomó el lápiz de mina blanda más cercano y trazó líneas quebradas que dejaban tras de sí un color nunca visto. Por primera vez, el lápiz se comportaba de manera extraña, como si actuara por voluntad propia. No dejaba arañazos, el trazo no se extendía y la punta no se desgastaba. Parecía absorber la luz del entorno, como si inhalara la claridad del día que se desvanecía poco a poco.

El pintor retrocedió un paso, ahogando una exclamación de sorpresa mientras observaba lo que se desarrollaba ante sus ojos. Parecía que la galaxia, como si hubiera oído su silencioso grito de asombro, le respondiera. No mediante el movimiento, sino acercándose.

Los contornos de la galaxia se adelgazaron y se volvieron fluidos, infiltrándose en la pintura. Las estrellas se transformaron en manchas de aceite y la tela comenzó a respirar como un pulmón dentro de un pecho. El anciano tuvo un instante de lucidez.

Esto ya no es un cuadro; es un sueño que me lleva muy lejos, a un lugar inacabado…, se dijo.

Tuvo la impresión de que algo, una especie de mano enorme, fría y poderosa, le sujetaba con cierta delicadeza los dedos, que dejaron caer el lápiz, y pareció obligarlo a empuñar el pincel con el que pintaba. Entonces, sin sentir nada especial, fue arrastrado lentamente hacia el interior.

No sintió la caída como algo violento, sino más bien suave, como deslizarse hacia el sueño. Cuando se incorporó, vio de inmediato que se encontraba en un lugar con un cielo vacío, blanquecino, inacabado. Ya no estaba en la terraza perfumada por las azaleas, junto a las vides que producían uvas grandes y redondas, apropiadas para elaborar vino. Y, aunque tenía la sensación de haber llegado a un planeta desierto y estéril, frente a él se alzaba el mismo caballete. Los mismos colores. Y arriba, la misma nada, tan llena de vida.

—Interesante —oyó decir a una voz tranquila, de profundo y cálido timbre de barítono, que llegaba desde detrás de él—. Has alcanzado el punto en que el símbolo ya no representa, sino que crea.

—¿Qué crea?

—El inconsciente, que no describe el mundo, sino que lo corrige.

Se volvió. Un hombre de barba corta y rostro más bien alargado, vestido con un traje que parecía pertenecer a una moda muy antigua, de un siglo ya extinguido, quizá de la Belle Époque, lo contemplaba con una mirada penetrante, observándolo con una atención incómoda, como si fuera un paciente situado exactamente entre la resistencia y la revelación.

—¿Dónde estoy? —preguntó el pintor.

—Estás en tu inconsciente proyectado a escala cósmica —respondió el otro de inmediato—. Pintaste el cielo porque el cielo es la pantalla sobre la que proyectas tus deseos reprimidos. ¿La galaxia vertical? Un símbolo del deseo de trascendencia. O, si lo prefieres, del nacimiento.

—¿Dices que yo soy un símbolo? ¿Para qué o para quién?

—Para un lugar, un espacio del cosmos al que llegan todos los símbolos cuando ya no queda nadie que pueda interpretarlos —respondió sin vacilar.

—¿Por qué?

—Has atravesado el eje del sueño.

—Es decir… ¿qué significa eso? ¿El futuro? ¿Un mundo nuevo? ¿Una colonia planetaria?

—No —dijo el hombre—. Es tu interior proyectado a escala galáctica. Las civilizaciones avanzadas no exploran el espacio: solo exteriorizan su inconsciente.

Mientras hablaba con el desconocido, el pintor aplicaba los colores, y la galaxia del cielo se volvía más delgada, se acercaba y se transfería. La tela ya no descansaba sobre el caballete: se había convertido en una interfaz. Las estrellas se transformaban en nódulos de memoria y el espacio entre ellas significaba represión, le explicaba el extraño, mientras el anciano pintaba con creciente obstinación.

—¿Qué ocurrirá cuando termine el cuadro?

—Entonces el símbolo estará completo —susurró la voz—. Y tú ya no necesitarás la realidad.

Cuando la última pincelada completó la disposición de las estrellas en la bóveda, el pintor fue absorbido sin ofrecer resistencia. No cayó ni fue arrancado de allí. Pasó, como una idea, de una mente a otra.

El pintor comenzó a pintar de nuevo. Esta vez, el cielo del planeta iba adquiriendo colores mientras ellos hablaban.

—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí conmigo? —preguntó finalmente el pintor—. ¿Te conocí alguna vez y no lo recuerdo?

—Me llamo Freud, Shlomo Freud, aunque algunos me conocen como Sigmund, el de Freiberg, en Moravia. Aunque mi nombre no te dice nada, del mismo modo que el tuyo tampoco me dice nada a mí.

—Entonces, ¿por qué has venido? O, mejor dicho, ¿de dónde has salido? ¿Por qué te apareciste ante mí? ¿Qué quieres?

—Porque tú, pintor soñador, estás en oposición a tu existencia material. Tal vez ahora no lo entiendas, pero estoy convencido de que reflexionarás sobre mis palabras. La realidad objetiva es un producto de la materia organizada de forma superior, como te dije hace un momento, y esa materia es el cerebro, el cerebro humano, expresado en pensamiento y espíritu. ¿Qué quiero? Casi nada. Solo observarte mientras pintas.

Durante unos instantes permanecieron en silencio.

—¿Y si ya no quiero regresar? —preguntó el anciano.

—Entonces el sueño te encerrará dentro de sí —dijo con serenidad aquella voz agradable—. El arte es sublimación, pero también una trampa. La diferencia la establece la conciencia.

Las estrellas reaparecieron una a una, como hileras de piedras preciosas colgadas del cuello del dragón Leviatán. Entretanto, la galaxia surgía de su pincel y no del cielo. Comprendió que ya no era el pintor quien contemplaba el cosmos, sino el cosmos el que se contemplaba a sí mismo a través de él.

—Entonces, ¿dices que yo soy el símbolo?

—No —rio suavemente la voz—. Eres el proceso.

Cuando la galaxia quedó completa, el pintor ya no estaba allí. Solo permaneció el cielo pintado y, en algún lugar, sobre otro planeta, otro hombre miraba hacia arriba, sintiendo una necesidad inexplicable de pintar una línea vertical. Bebió un sorbo del aromático vino de la cosecha anterior, eligió cuidadosamente un pincel de lengua de gato, sumergió la punta en la pintura y trazó, con un único movimiento de muñeca, una franja negra sobre una tela blanca.


Anamaria Borlan es la fundadora del club Antares Brașov (1981), miembro, coordinadora y actual presidenta fundadora del club. Ha publicado varios volúmenes de la serie de novelas Aoi tenshi monogatari (Historias del Ángel Azul). En 2019 publicó la novela La Marcha de los Fantasmas, de la serie RSA (Rumania Asediada). Y ha publicado numerosos relatos en revistas de género en Rumanía: Colecția Science Fiction, Colecția de poestiri science fiction și fantasy pentru Nevăzători y Galaxia 42, así como en las revistas MetaGalaktika y Galaktika en Hungría. También ha publicado relatos en las antologías Anthologia CSF y Ficțiuni Centenare. Es la organizadora del festival AntareSFest en Brașov.

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