Donato Altomare
—Pa, ¿puedo hacerte
una pregunta?
—Los padres existen para dar
respuestas. Dime.
—Pa, ¿qué significa la palabra paz?
Silencio.
—Atento, vi un movimiento en la
cresta derecha de la colina.
El fusil TLD Red con mira
telescópica Minox ZP5, empuñado por el muchacho, gira siete grados y enfoca la
zona.
—No hay nadie. Habrá sido el viento
moviendo las hojas de un árbol. Entonces... ¿qué significa paz?
—¿Dónde oíste esa palabra?
—En el funeral del tío Pino. Don
Matteo dijo: «Descanse en paz». Sé lo que significa descansar, es cuando
hacemos los relevos y volvemos de las posiciones de tiro, pero... ¿paz?
—Don Matteo debería tener cuidado
con lo que dice.
—Dijo que rezáramos la oración por
los muertos, pero yo solo conozco la oración contra nuestros enemigos.
General nuestro
que vuelas en los cielos,
sea honrado tu uniforme.
Conserva tu Reino,
obedientes a tu voluntad,
tanto en el cielo como en la
tierra.
Muéstranos hoy
a nuestro enemigo cotidiano.
Protégemos de él
y no permitas que nos encuadre en
su mira.
Mas líbranos de la muerte.
Amén.
—No sé si existe otra oración para
los muertos.
—Hubo una, hace mucho tiempo.
—Pero los muertos, ¿son solo los
nuestros o también los enemigos?
—¿Quieres desperdiciar una oración
en los enemigos muertos?
—Pero... pero los muertos son
todos... iguales y todos deben descansar en paz; eso dijo Don Matteo. En
definitiva, ¿qué significa esa palabra?
—Bueno... paz... es cuando...
cuando... en fin, cuando no nos disparamos.
—¿Quieres decir que nosotros no
matamos a nuestros enemigos y ellos no nos matan a nosotros?
—Más o menos... atento... el
movimiento no era de las hojas; hay alguien subiendo la colina, a tu derecha.
Parecen dos. Apunta al segundo; el primero seguramente es un blanco de cartón.
Disparo.
—Le di. Al segundo.
—Muy bien, hijo.
—Ya a los doce años mi promedio con
la mira era de noventa y ocho sobre cien. Entonces, pa, ¿paz significa que es
posible no matarnos?
—Hubo un tiempo... hubo un tiempo
en que la gente vivía en las ciudades. En paz.
—Pero era peligroso. Los cohetes
destruyen las ciudades, incendian los edificios y los derrumban. En las
ciudades no hay agua ni energía, hay muy poca comida y es peligrosísimo salir a
buscarla.
—Antes no era así. Se vivía en una
casa...
—¿Quieres decir una casa... de
verdad?
—Sí.
—¿No como nuestros refugios?
—Una casa de verdad, con
ventanas... ventanas grandes.
—¿Y no les disparaban a través de
las ventanas?
—No, no nos disparaban, ni nosotros
les disparábamos a otros.
—No te creo.
Disparo.
Una bala silba muy cerca.
—Nos están apuntando. Arrástrate
hacia la derecha; yo me moveré hacia la izquierda y dispararé unos cuantos
tiros para hacerles creer que vamos por ese lado. Apenas oigas mi primer
disparo, apunta con el fusil hacia la cresta, observa la zona por la mira;
alguien intentará abatirme. Adelántate a él.
Ruido de hojas secas pisoteadas.
Luego un disparo. Y el del muchacho
inmediatamente después.
—Le di. Noventa y nueve sobre cien.
Estoy mejorando.
—Bien. Ahora subamos un poco; desde
arriba controlaremos mejor la colina enemiga.
Ruido de hojas secas pisoteadas.
—Pa... ¿se vivía bien en una casa?
—Muy bien.
—¿Y qué hacían cuando no había que
disparar?
—Muchas cosas. Ante todo, se iba a
trabajar.
—¿También los muchachos?
—Los chicos de trece años como tú
iban a la escuela.
—¿Como al curso de entrenamiento en
el uso de armas?
—No, la escuela era... era hermosa.
Aprendías muchas cosas... a escribir, a hacer cuentas; aprendías historia y
geografía...
—¿Para qué servían la historia y la
geografía?
—Para enseñarte a no cometer los
mismos errores...
—Creo, pa, creo que ninguno de
ustedes aprendió demasiado de la historia.
Silencio.
—... y había muchos chicos con
quienes hacer amistad.
—Quieres decir... ¿quieres decir
que los chicos podían estar juntos?
—Estar juntos y jugar.
—¿Jugar? ¿Y dónde?
—Afuera, en la calle, en las
canchas de fútbol persiguiendo una pelota; se podía andar en bicicleta... o
correr para ver quién llegaba primero.
—¿Qué? ¿Al aire libre? ¿Sin
protección? ¿Y no les disparaban?
—Pero presta atención, no te
distraigas si no quieres que el enemigo te alcance. Vi algo brillar casi en la
cima de la colina. Debe de ser una mira telescópica. Y nosotros estamos
expuestos. Muévete despacio; lleguemos hasta ese saliente de roca.
Ruido de hojas secas pisoteadas.
Un disparo. Muy cerca.
—Por muy poco. Menos mal que nos
movimos. No debemos distraernos.
—Claro, pero si sigues contándome
cuentos... Ya soy grande; tengo casi trece años y medio.
—Tienes razón... paz... cuentos.
—Pero tú... ¿tú recuerdas cuando no
se disparaba?
—Tú todavía no habías nacido.
—¿Y... y mi madre?
—Ya lo sabes. Murió cuando tú
tenías tres años por culpa de un dron explosivo. No puedes recordarla.
—Ella también... ¿ella también
descansa ahora en paz?
—Sí.
—¿Ella también... ella también
tiene ahora una casa... también juega... afuera... sin peligro?
—También.
—No logro imaginar lo que
significa. ¿Y cómo hacían para jugar a la pelota con los trajes de camuflaje?
Pesan muchísimo.
—Iban por ahí sin trajes.
Expresión de asombro.
—No te creo. Es... es demasiado
peligroso. Sin traje, si te alcanzan, seguro que mueres. Eso nos enseñaron en
el curso de entrenamiento.
—Te repito que no se disparaba.
—¿Y... cómo conseguían la comida?
¿Sin saqueos? ¿Y cómo... cómo hacían prisioneros para intercambiarlos? ¿Y... y
cómo se apoderaban de las armas del enemigo para usarlas contra él? ¿Jugando a
la pelota?
—Se cultivaba la tierra, se pescaba
en el mar, se construían aviones para viajar, no para bombardear; los drones
eran un juego, no servían para matar, y con los fusiles se practicaba un
deporte: tiro al blanco.
—¿Qué me estás contando? Ya soy
grande, no un bebé. Te estás inventando todo.
—No, todo es verdad. Había tiempo
para estudiar, había tiempo para jugar con la computadora, había tiempo para ir
a visitar a los abuelos...
—¿Los abuelos? ¿Todavía existían
los abuelos?
—Mi padre tenía tu mismo nombre.
Murió a los cincuenta y tres años.
—¿La gente vivía... vivía hasta los
cincuenta y tres años? ¡Pero eso es... es una locura! ¿Cómo hizo para evitar
los cercos?
—Cuando él era joven, los cercos
eran solo un juego.
—¿Pero qué me estás diciendo? ¡No
te creo!
—Después, cuando crecíamos un poco,
llegaban los primeros amores; estaban las muchachas.
—¿Ellas tampoco mataban?
—Mataban con... los ojos. Te
atravesaban el corazón con una sonrisa.
—¿Qué significa eso? ¿Una nueva
arma controlada con los ojos?
—No... déjalo.
Un disparo. Lejano.
—Como imaginaba, esos idiotas nos
buscan al otro lado de la colina.
—Ya tengo a uno en la mira. Ahora
mismo lo derribo.
—No, espera. Puede ser un señuelo
para intentar localizarnos. Con un dron nos matarían. Tenemos que apuntar al
operador del dron. Tarde o temprano se descubrirá.
—Espero que lo haga antes del
cambio de turno. Me gustaría volver con un trofeo.
—Ten paciencia y lo conseguirás.
Si, en cambio, eres impaciente, no... volverás.
—Las muchachas... decías.
—Hermosas, con sus vestidos cortos
y de colores, las curvas en su sitio... te hacían perder la cabeza. Y
después... cuando conseguías robarles un beso... ¡eso sí que era un trofeo!
—¿Hablas en serio? Ya es bastante
difícil descubrir si debajo de un traje de camuflaje hay un muchacho o una
muchacha. Pero besar a una muchacha no me produciría ninguna emoción. En
cambio, un trofeo... un operador de dron abatido... imagina las celebraciones.
—Sí. Me las imagino...
—Pero basta ya, pa. Esa paz no la
entiendo en absoluto. Quizá... quizá solo exista para los... muertos.
Un disparo.
—Lo vi, ya lo tengo. Es realmente
un operador...
Un disparo.
Silencio.
Ruido de hojas secas pisoteadas.
Donato Altomare (Molfetta, Italia,
21 de julio de 1951) es ingeniero civil y uno de los más destacados escritores
italianos de ciencia ficción y literatura fantástica contemporánea. Comenzó a
publicar a principios de la década de 1980 en revistas y fanzines especializados
y, en 2013, fue elegido presidente de World SF Italia, la asociación italiana
de profesionales y autores del género. Ha publicado más de doscientas obras,
entre novelas, antologías y relatos, que abarcan la ciencia ficción, la
distopía, la ucronía y la fantasía. Obtuvo en dos oportunidades el prestigioso Premio
Urania, con Mater Maxima (2001) e Il dono di Svet (2007), además
de recibir múltiples Premios Italia y el Premio Ernesto Vegetti. Entre sus
obras más recientes se encuentra Wormhole (2022), escrita en
colaboración con el astronauta y astrofísico italiano Umberto Guidoni. También
ha cultivado la poesía, la dramaturgia y la crítica literaria.

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