Dora Gómez Q.
Emilio Videla tuvo
la certeza de estar muerto apenas su auto cayó por un precipicio. Lo supo, más
que nada, porque ya no estaba ebrio.
Siempre había sospechado que,
llegado ese momento, iría directo al cielo.
Y así fue.
Frente a una puerta colosal, una
multitud interminable hacía fila. Un ángel vestido con una campera de cuero
negra le indicó dónde ubicarse y le entregó un formulario para marcar los
casilleros correspondientes a sus pecados.
En la entrada, San Pedro, un
burócrata de barba blanca, revisaba los formularios antes de autorizar el
ingreso.
Emilio, sin el menor asomo de
culpa, había marcado afirmativamente todos los casilleros.
Cuando llegó su turno, el santo se
acarició la barba y lo observó por encima de unos pequeños anteojos.
El hombre sintió la necesidad de
justificarse.
—Está bien, está bien. Cometí todos
esos pecados —admitió—. Pero son poca cosa. Por algo estoy acá, ¿verdad?
—Eso mismo dijeron todos los que
hicieron fila esta mañana. Y decidir dónde se queda es asunto mío, Emilio
—respondió el burócrata con una voz de trueno que hizo temblar el suelo—. Y
creo que aquí no se va a quedar. Usted completó el álbum.
San Pedro hizo una seña a los
ángeles custodios, quienes, con sus trajes oscuros y movimientos rígidos,
parecían agentes de Matrix. Estos sujetaron a Emilio por los brazos sin
el menor esfuerzo y lo arrojaron al abismo sideral.
Despertó con una
resaca espantosa sobre el crujiente piso de madera de un teatro monumental y
desierto.
El aire olía a polvo viejo,
terciopelo húmedo y a un tenue rastro de azufre que se filtraba entre las
hendijas. Filas de butacas vacías se perdían en la oscuridad, mientras los
palcos dorados semejaban ojos atentos.
En el centro del escenario,
recortado por un único reflector de luz pálida, un joven extraordinariamente
hermoso tocaba el violín. Las notas se expandían por la sala y regresaban
convertidas en un eco melancólico.
Al advertir que el recién llegado
abría los ojos, el músico dejó de tocar y sonrió.
—¡Bienvenido, Emilio!
—¿Dónde estoy? ¿Y usted quién es?
—Soy el ángel más bello y talentoso
del universo.
—¿No es este el cielo?
—Oh, no. El jefe me echó de allí
hace mucho tiempo, por culpa de esos violentos y envidiosos vestidos de negro.
¿Ya los vio? Feos, ¿verdad? Aquí vivimos todos los que fuimos expulsados de
allá arriba.
Señaló con el índice un techo
inexistente que se perdía en la negrura infinita.
Lúcido como nunca en su vida, Emilio
comenzó a imaginar estrategias para escapar de aquel coliseo fantasmagórico.
—¿Así que usted es un ángel? ¿Y
este lugar qué es? ¿El purgatorio?
El joven soltó una carcajada.
—¿Purgatorio? ¿Qué es eso? Un lugar
para purgar ya no lo necesita. Lo que usted percibe como su cuerpo ya se está
pudriendo en la Tierra. Ahora es un espíritu... y me pertenece. Mi nombre es
Lucifer. Seguro ha oído hablar de mí. ¡Puras mentiras de la prensa celestial!
Aunque la mentira sea mi arma favorita, debo admitir que me disgusta el
destrato al que me someten los religiosos.
—¡Entonces estoy en el infierno!
—Bueno, no es tan malo como
imagina. Solo tiene que abandonar algunas creencias equivocadas. Esperaba
encontrarme con cuernos y tridente, y aquí me tiene: un músico joven, apuesto y
talentoso.
Emilio no salía de su asombro.
Tal vez esto sea una pesadilla,
pensó. Quizá estoy en coma en algún hospital y la anestesia me hace
alucinar.
Lucifer sonrió antes de que
terminara de pensar.
—No, Emilio. No está alucinando.
El hombre sintió un escalofrío.
—¿Sabe lo que estoy pensando?
—Claro. Ya le dije que su alma me
pertenece. Y aunque esta sea la primera vez que me ve, nos conocemos desde hace
mucho.
—¡Eso es imposible!
—¿Está seguro? Podría recordarle
las incontables veces que le hablé al oído cuando necesitaba apenas un pequeño
empujón para animarse a hacer ciertas cosas. A veces basta una sola palabra. —Lucifer
se inclinó ligeramente hacia Emilio—. Hazlo. —Sonrió—. ¿La recuerda? Lo
acompañé durante años... Pero no hablemos de eso ahora. Tenemos una eternidad
por delante. Será mejor que le muestre el lugar para que encuentre un
alojamiento a su gusto.
Apenas descendieron del escenario,
el teatro desapareció. Todo cuanto los rodeaba era un manto gris, inmóvil y
espeso, suspendido en un vacío sin aire. No existían arriba ni abajo, paredes
ni horizonte. Solo aquella bruma cenicienta que parecía absorber la luz,
amortiguar los sonidos y humedecer la mirada.
La atmósfera le recordó de
inmediato un viaje a la alta montaña junto al cadáver de su socio. Había
buscado un sitio donde deshacerse del cuerpo cuando, debido a la altura, el
automóvil se internó en una nube tan densa como aquella. Aprovechó la falta de
visibilidad para arrojar el cadáver al precipicio, convencido de que nadie lo
encontraría.
—No, Emilio —dijo Lucifer con una
sonrisa ladeada—. Esto no es exactamente una nube.
Incómodo por la facilidad con que
el demonio invadía sus pensamientos, Emilio hizo un esfuerzo por vaciar la
mente. Lucifer extendió una mano y apartó la bruma como si descorriera una
cortina. Del otro lado apareció un inmenso campo poblado por hombres y mujeres
de todas las épocas. Algunos cantaban; otros ejecutaban instrumentos musicales
con una pasión casi febril.
—Este es uno de mis lugares
favoritos. Todos son músicos, como yo. Qué placer tenerlos aquí.
Acarició distraídamente el violín.
—Aquel del fondo es Paganini. Hizo
un pacto conmigo y lo bendije para que pudiera tocar doce notas por segundo.
Era espantosamente feo, pero conseguí que las mujeres lo vieran hermoso. No
tenía un solo diente y no pudo librarse de la sífilis... pero cómo tocaba. —Señaló
luego otro sector del inmenso campo—. Más allá está el Club de los
Veintisiete. Ya sabe: sexo, drogas, rock and roll... y morir a los
veintisiete años. Me cayó simpático ese número. Hay otros músicos que no
pertenecen al club, pero también tienen su lugar aquí. —Se volvió hacia Emilio—.
¿Le gustaría quedarse con ellos? Recuerdo que usted tocaba el bajo en una banda
universitaria donde la cocaína y las pastillas corrían como agua.
—No. Aquí no.
Lucifer sonrió con auténtica
diversión.
—Entonces sigamos.
Volvieron a internarse en el vacío
gris, que se cerró tras ellos de inmediato. Emilio avanzaba a tientas, con la
sensación de que un paso en falso bastaría para precipitarlo en un abismo sin
fondo.
—No tenga miedo. Ya está muerto.
Con el tiempo se acostumbrará a ser solo un espíritu.
Lucifer caminaba con las manos
cruzadas a la espalda, como un guía orgulloso de su reino.
—Veamos... ¿Qué le parecería pasar
la eternidad con políticos?
Emilio hizo una mueca.
—Habré sido una mala persona, pero
no creo merecer semejante castigo.
Lucifer soltó una carcajada.
—Bien. Entonces descartemos esa
posibilidad.
Continuaron caminando entre la
bruma.
—¿Y religiosos? Hay muchísimos por
aquí. Están los que encendían hogueras para quemar mujeres y quedarse con sus
tierras. También los que las mutilaban. De monjes perversos este lugar está
lleno. —Emilio vaciló apenas un instante. Lucifer sonrió—. Ya veo. Los
religiosos, entonces.
—¡Pero yo no elegí!
—No hacía falta. A veces las dudas
hablan más fuerte que las palabras.
El gris volvió a abrirse frente a
ellos.
—¿Cuál será el castigo? —preguntó
Emilio—. ¿Dónde está el fuego?
Lucifer lo observó con una mezcla
de paciencia y diversión.
—¿De verdad esperaba que lo
prendiera fuego? —Sacudió lentamente la cabeza—. Yo no abandono a mis hijos
como hizo Él. —Levantó un dedo hacia la inmensidad invisible donde se ocultaba
el cielo—. Eso sí... no crea esa historia del Apocalipsis. Hablan de jinetes
cuando jamás monté siquiera un asno. Y todavía me llaman "la Bestia".
Hay muy buena propaganda allá arriba. —Sonrió otra vez—. En fin... tendrá toda
la eternidad para descubrir cuánto de lo que oyó era cierto.
La figura de Lucifer comenzó a
perder consistencia. Primero se volvió translúcida. Luego la bruma empezó a
atravesarla. Finalmente desapareció por completo. Solo quedó su voz.
—Ahora lo dejo en buena compañía.
Aunque tengo muchos ayudantes, hay cosas que prefiero supervisar personalmente.
Ya sabe lo que dicen: "El ojo del amo engorda al ganado". Últimamente
ando bastante ocupado. Una guerra por aquí... una peste por allá... —La voz
pareció alejarse—. Ha sido un verdadero placer recibirlo, Emilio.
El silencio regresó de golpe. Entonces el manto ceniciento se abrió detrás de él. Frente a sus ojos apareció un páramo inmenso. Miles de figuras permanecían inmóviles. Hombres y mujeres de todas las épocas. Vestían hábitos, sotanas, túnicas, mantos, turbantes. Representaban credos distintos. Todos observaban en la misma dirección. A él. Nadie rezaba. Nadie miraba al cielo. Solo lo contemplaban. Un grupo de monjes de hábitos gastados comenzó a avanzar lentamente. No había serenidad en sus rostros. Ni compasión. Ni recogimiento. Lo rodearon sin pronunciar una sola palabra. Las miradas que clavaron en él eran intensas. Demasiado intensas. Hambrientas. Posesivas. Emilio retrocedió instintivamente. Pero la bruma le cerró el paso. Comprendió entonces, demasiado tarde, cuál sería su verdadero infierno.
Dora Angélica Gómez Quiroga nació en Buenos Aires el 8 de julio de 1953. Es psicóloga social, técnica en gestión cultural y poeta, incursionando actualmente en la narrativa. Ha publicado el poemario Arena Negra, en la Antología Federal de poesía por la región de Cuyo Andino del Consejo Federal de Inversiones y en también en antologías “La herida Cierta” y “Vestigios”.

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