miércoles, 7 de octubre de 2026

LA MUJER QUE ABRAZA ÁRBOLES Y YO

Bob Van Laerhoven

 

Mi sexagésimo quinto cumpleaños fue desconcertante. Fue culpa mía: en un arrebato de ansiedad ante la petición de mi editor de que escribiera mis memorias, invité a cenar conmigo en Bruselas a la Mujer que Abraza Árboles. Tiene las uñas de color rojo sangre y una mente como un cuchillo de carnicero, pero sus consejos literarios han demostrado ser inestimables en el pasado. Además, no me cobra. La Mujer que Abraza Árboles y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo: aunque es casi dos décadas menor que yo, insiste en que alguna vez fui su amante. No lo recuerdo. He olvidado muchas cosas, lo que no supone precisamente una ventaja cuando uno escribe sus memorias.

Mientras estudiábamos los menús en un restaurante que apenas podía permitirme, dijo:

—Debes de sentirte bastante solo para invitarme el día de tu cumpleaños.

—Soy exigente a la hora de elegir con quién como. Eres espinosa como un cactus, pero al menos eres vegana como yo.

Casi diez años antes, después de leer mi novela negra Return to Hiroshima, la Mujer que Abraza Árboles, que por entonces era una columnista de veintinueve años en pleno ascenso en el semanario más importante de Bélgica, me llamó de la nada. Me preguntó bruscamente si yo era «un drogadicto enloquecido que había escrito ese libro espantoso en un sótano completamente a oscuras». Después publicó una columna sobre mí en la que me describía como un «autor problemático y brutal, pero maravillosamente poético».

La llamé y le pregunté si estaba borracha cuando escribió su columna. A partir de entonces, la Mujer que Abraza Árboles leyó y corrigió mis manuscritos antes de que se los enviara a mi editor. Hacía un trabajo magnífico.

Pronto descubrí que, como persona, era una mujer caprichosa. Por ejemplo, creía firmemente en los espíritus de los árboles y abrazaba sus troncos con regularidad, afirmando que le transmitían buenas vibraciones.

En cierta ocasión dijo, como quien no quiere la cosa, que a menudo les pedía a los árboles que protegieran mi salud mental.

 

A la Mujer que Abraza Árboles le encanta el helado. Mientras devoraba felizmente su helado de fresa, juzgué que había llegado el momento de iniciar las negociaciones.

—¿Leíste el comienzo de mis memorias que te envié?

—Por supuesto.

—¿Qué te parece?

Se tomó su tiempo, con los ojos fijos en el plato.

—Pasas demasiado rápido por tu juventud. El estilo es bastante lastimero.

—¿Lastimero? Mi juventud fue una larga lamentación digna de Ovidio.

Sonrió. ¿Me irritó su juicio? Supongo que sí. Pero sus observaciones, por brutales que puedan ser, siempre me dan que pensar.

—Tienes que hacer que el comienzo sea más contundente que el melodrama que despliegas con tanta prisa —levantó los ojos del plato—. Sé concreto. Los lectores quieren anécdotas que les estrujen el corazón, no vagos lamentos sobre una infancia desgraciada. Y, por el amor de Dios, escribe en primera persona.

Durante el resto de la comida chismorreamos sobre las jerarquías de los círculos literarios de Bruselas. Cuando nos despedimos, la besé en la frente. Me preguntó si estaba borracho.

 

De regreso en casa, empecé inmediatamente a releer el comienzo de las memorias que le había enviado a la Mujer que Abraza Árboles.

Imaginen esto: un muchacho solitario y melancólico de diecisiete años, en 1970, que vive en un pequeño pueblo flamenco rodeado de inmensos pinares cerca de la frontera con los Países Bajos.

Más adelante, ese muchacho aprenderá que los pueblos fronterizos suelen ser lugares duros y peligrosos, pero ahora busca algo que calme un anhelo informe. Sus laboriosos padres de clase obrera quieren que se convierta en cartero: un empleo estable, ingresos seguros y una vida tranquila. También saludable: todos los días, los carteros recorren muchos kilómetros en bicicleta por las tierras llanas de De Kempen, esa región flamenca de pequeños agricultores y trabajadores del puerto de Amberes, repartiendo cartas escritas con la retorcida caligrafía de gente sencilla.

La vida es dura. No salgas hasta tarde. Trabaja mucho. No te resfríes. No bebas. Trabaja mucho. Busca esposa. Construye una casa. Trabaja mucho. Ten hijos. Trabaja mucho.

Eso es lo que la gente sencilla escribe en sus cartas. Eso es lo que sus padres le decían al muchacho.

Es un soñador al que le gusta leer. Nada bueno puede salir de semejante holgazanería. Necesita formar el carácter. Ya tiene dieciocho años, pero sigue siendo flaco; que haga un poco de trabajo de hombres de verdad.

Así que el muchacho hizo trabajo de hombres de verdad en el puerto de Amberes. Fortaleció los músculos en las bodegas de barcos cargados de arena del Rin. Pero su naturaleza soñadora y triste no se evaporó entre la arena. Continuaba leyendo de noche en la cama, a la luz de una linterna.

El pueblo contaba con una biblioteca pequeña pero bien cuidada, y allí el muchacho encontró por casualidad —¿por obra del Destino?— Den Bloemen van den Booze, una traducción al neerlandés arcaico de Les Fleurs du Mal, de Charles Baudelaire, a quien a los franceses les gusta llamar un poète maudit.

¡Cómo se estremeció su corazón al leer Las flores del mal de aquel poeta francés maldito! Un alma gemela le hablaba con palabras delicadas y ritmo sublime. Baudelaire evocaba el peso insoportable de ser humano con un lenguaje neurasténico, hipersensible, rico y lleno de contrastes, vil y al mismo tiempo exquisitamente hermoso.

Sans cesse à mes côtés s’agite le Démon

Il nage autour de moi comme un air impalpable

Je l’avale et le sens qui brûle mon poumon

Et l’emplit d’un désir éternel et coupable.

 

Un demonio acecha agitado en lo profundo de su ser, rodeándolo de una bruma impalpable y despertando un deseo eterno y culpable que le abrasa los pulmones.

¡Sí! Eso era lo que sentía el muchacho. Era culpable de soñar un sueño imposible: convertirse en escritor.

Sus padres decían que debía ser realista.

—Ese sueño no es para gente como nosotros.

¿Estaría intoxicada la Mujer que Abraza Árboles cuando leyó estas líneas? ¿Acaso esas frases no eran anecdóticas y poéticas al mismo tiempo? ¿Se equivocaba ella, por una vez? ¿O era aquella su manera delicada de decirme que mis dudas sobre el proyecto estaban justificadas? Durante la cena le había dicho que mi memoria no era fiable y que no sabía elegir qué episodios de mi vida merecían ser compartidos en unas memorias. Tampoco estaba seguro de recordar la verdad y no algún espejismo neuronal superpuesto a las realidades, a menudo duras, con las que me había encontrado.

—Tus años como escritor de viajes en países asolados por conflictos son lo más evidente para unas memorias —había respondido—. ¿Cuánto tiempo estuviste activo?

—Desde 1990 hasta 2003. No me gusta recordar ese período.

—Trece años de incertidumbre y desgracias son Gefundenes Fressen para unas memorias apasionantes. Y te has casado tres veces –lo cual no me sorprende, dado tu carácter–, así que tus deficiencias amorosas pueden ser un contrapunto interesante al estruendo de la guerra.

Le pregunté cuándo se había vuelto tan cínica.

—Desde que empecé a corregir tus manuscritos —respondió.

—¿Qué significa Gefundenes Fressen? Me suena a alemán.

—Una oportunidad servida en bandeja. Así que ponte a trabajar y enséñame lo que tienes.

 

Al día siguiente llamé por videoconferencia a la Mujer que Abraza Árboles.

—Creo que será mejor que abandone. Soy un narrador de historias, demasiado poco fiable para escribir unas memorias.

—No te rindas tan pronto.

—Desde que destrozaste mis primeras páginas, no consigo encontrar un buen comienzo. Y desde luego no me entusiasma volver a escribir sobre mis viajes.

—Pronto me agradecerás que haya demolido esas primeras páginas. Cuando se te escape el comienzo, escribe una escena que te haya conmovido profundamente. A partir de ahí, muévete hacia adelante y hacia atrás en el tiempo hasta que puedas sentir la cronología de tu historia.

—Lo único que me ha conmovido profundamente son las deliciosas prostitutas que visité a lo largo de mi vergonzosa existencia.

—Ja, ja, ja. A veces tus intentos de ser gracioso son bastante infantiles. Procura evitar esa vergonzosa costumbre en el texto.

Le prometí que haría todo lo posible.

—Ten presente que tienes miedo —continuó con voz aterciopelada—. Después de más de cuarenta novelas publicadas, estás entrando en territorio virgen. Temes que los críticos se burlen de ti. Dudas de ser lo bastante bueno.

Juré que no era así. Utilicé tantas palabras que terminé tartamudeando.

 

Te haya conmovido profundamente.

La Mujer que Abraza Árboles lo había repetido tres veces.

De acuerdo, una escena que me hubiera conmovido profundamente.

En un hospital de Gaza durante la segunda Intifada, un niño palestino de diez años yacía en una cama como una marioneta de madera. Le habían disparado por la espalda y estaba paralizado del cuello para abajo.

Miré por la ventana. ¿Cómo podía empezar con semejante peso en el corazón?

En Liberia, una niña soldado de trece años había perdido la pierna izquierda durante la guerra civil y caminaba con dificultad por el campamento del ACNUR con su prótesis de plástico, llevando a la espalda una mochila rota que contenía una muñeca destrozada.

No.

Regina veía en mí una figura paterna y empezó a seguirme por el campamento como un perro.

No soportaba verla tropezar patéticamente.

Le fallé.

En una tienda de Médicos Sin Fronteras en Sudán, el niño hambriento al que yo había apodado «Ojos de Hueso» me miraba con unos ojos enormes y saltones que irradiaban la proximidad de su muerte.

¡No!

Estaba borracho la noche en que murió Ojos de Hueso. El alcohol era caro en el campamento. Podría haberle dado ese dinero a la madre del muchacho, con sus ojos vidriosos.

 

Aquella noche soñé que me ahogaba en un profundo agujero bajo el agua.

Hice lo inevitable: invité a la Mujer que Abraza Árboles a tomar un café en un conocido bar de Amberes.

—¿Por qué no en tu casa? ¿Tienes miedo de que me abalance sobre ti?

—Precisamente. Estoy tan alterado que prefiero no correr riesgos.

Se rio suavemente y prometió que no llegaría con más de media hora de retraso.

 

Mientras la Mujer que Abraza Árboles leía mis tres comienzos fallidos, escuché las conversaciones triviales de la gente sentada en las mesas cercanas del bar. Sus recuerdos eran diferentes de los míos.

Finalmente, la Mujer que Abraza Árboles levantó la vista. No pude descifrar su expresión.

—Son fragmentos impactantes —dijo—. Aunque demasiado breves.

—Es jodidamente difícil poner por escrito recuerdos como esos.

—Lo comprendo.

—No. No lo comprendes. Todo ocurrió hace tanto tiempo... Incluso me pregunto si esos recuerdos son reales.

—¿Por qué crees que son recuerdos falsos?

—En mi opinión, un novelista sencillamente no puede escribir la verdad. Une mundos paralelos.

—Parece que te estás esforzando por encontrar una razón para abandonar el proyecto.

—Por una vez en mi vida quiero ser sincero.

La Mujer que Abraza Árboles suspiró.

—Entonces sigue practicando hasta que lo seas.

—¿Cómo?

—Empieza con el recuerdo de algo más íntimo. ¿El amor, quizá?

Había esperado una orientación más profunda, pero comprendí que tampoco se lo había puesto fácil.

¿El amor, eh?

Pan comido.

 

La mujer que lee mucho tiene un amigo por correspondencia en Londres y espera hasta que él le ha enviado cien correos electrónicos para asegurarse de que sus intenciones son serias. Me dice que sus palabras revelan perspicacia y conocimiento de sí mismo. Suspiro y bajo los párpados.

Después de la carta número cien, la mujer que lee mucho parte apresuradamente hacia Londres. Allí están, frente a frente, en Trafalgar Square. El amigo por correspondencia es negro, elegante y viste con estilo, y mientras disfruta de una cerveza amarga le cuenta que posee cien trajes hechos a medida. Sin embargo, esas prendas costosas cuelgan en estantes dentro de una habitación del tamaño de un rincón de una hamburguesería.

La mujer que lee mucho duerme sobre un colchón en el suelo. Había imaginado Londres de otra manera, pero a él, curiosamente, no; a él no. Por la noche, él se acerca a ella. Ella lo pone en su sitio, a aquel autor de cien mensajes galantes. Él no tolera la actitud de esa mujer blanca después de todos sus correos electrónicos que demostraban su comprensión de las mujeres y su conocimiento de sí mismo. Así que la echa a la calle. Ella vaga por Londres. Unos neopunks intentan hablar con ella, sin saber que le atraen los hombres mayores, bien cuidados y de aspecto preocupado, que se ponen nerviosos ante su aire de muchacho, su desfachatez y sus generosos pechos.

La mujer que lee mucho me llama para decirme que regresa y, como parece dolida, recurro a todos los lugares comunes que se me ocurren. Incluso le digo que la he echado de menos.

En el Eurostar de Londres a Bruselas conoce a Kenzo. Kenzo es japonés y muy pintoresco, un hombre que cuenta historias mejores que las del escritor negro de las cien cartas. La mujer que lee mucho queda tan impresionada con Kenzo que olvida en el tren una de mis novelas que estaba leyendo.

Lleva a Kenzo a su casa y le prepara pasta de frutos secos y ensalada con cebollino.

Me pregunta si quiero ser su chófer; ella no posee nada tan prosaico como un automóvil.

Así me convertí en el chófer de Kenzo y de la mujer que lee mucho. Kenzo practica artes marciales. Como yo a veces boxeo en callejones, intercambiamos trucos de pelea y posiciones corporales. La tercera noche, después de que Kenzo se instalara en casa de la mujer que lee mucho, me preguntó si estaba enamorado de ella. Después de todo, por el momento ella es ahora su novia. Le respondo que sufre la angustia de pensar que algún día verá marchitarse su reflejo, pero que, aparte de eso, es una mujer sabia y agradable pese a su temperamento arrogante. Kenzo dice que su apartamento de Tokio es diminuto, pero que posee un tesoro: fotografías de decenas de mujeres europeas que ha conquistado. Más tarde dejo a Kenzo en el restaurante donde tiene una cita con la mujer que lee mucho, y pienso en llamarla después para decirle que estoy demasiado ocupado para seguir haciendo de chófer de ella y de Kenzo. También me pregunto si debería advertirle sobre la afición de Kenzo a coleccionar mujeres europeas. Pero podría parecer una mentira nacida de los celos. Además, Kenzo es mejor que yo en las artes marciales.

 

Sospechaba que aquel espantoso y torpe fragmento de mis «memorias» la irritaría, pero también esperaba que oscilara entre la diversión y la rabia.

Por eso fui prudente y la invité a hacer una caminata por los extensos bosques de las Ardenas. Le dije que conocía la ubicación de un Sequoiadendron giganteum de treinta y dos metros de altura.

—¿De verdad? ¿Un árbol mamut tan alto? —Su voz era neutra.

—Material exquisito para abrazar.

Quedamos de acuerdo. La Mujer que Abraza Árboles no había dicho una sola palabra sobre mi último intento de escribir las memorias.

Mala señal.

 

Después de veinte minutos de marcha silenciosa por los agrestes bosques de las Ardenas, le pregunté a la Mujer que Abraza Árboles:

—¿Abrazar árboles es bueno para la salud?

—Me calma y me relaja.

—¿Te hablan?

Me lanzó una mirada, pero yo mantuve mi mejor cara de póquer.

—Más o menos. En mi opinión, los árboles están vivos. Y son espíritus sabios —guardó silencio un instante—. A diferencia de ti.

—Déjame adivinar: no estás contenta con mi último fragmento.

—¿Así es como escribes sobre el amor?

—Estaba drogado cuando escribí ese fragmento. Tenía que estarlo: escribir sobre las relaciones es un dolor de trasero.

—Sospecho que es un fragmento de tu diario. ¿Escrito hace unos nueve años?

—No lo recuerdo. Siempre escribo mis diarios años después de los momentos que describo y recojo cualquier cosa que mi cerebro me arroje.

—No me extraña que vuelvas a mentir. Ese amigo negro por correspondencia no existió. Una vez te puse en tu sitio y te eché de mi casa cuando empezaste a comportarte de manera vulgar. Supongo que necesitabas proyectar tu humillación sobre un hombre de color en Londres. Muy freudiano, querido Watson.

—Gracias, Sherlock.

—Nunca me contaste que Kenzo sospechaba que estabas enamorado de mí.

—Por una buena razón: no lo estaba.

Se rio suavemente.

—Mira —dije rápidamente—, ahí está el Sequoiadendron giganteum. Impresionante, ¿no?

—Tu pronunciación del latín es espantosa —entrelazó su brazo con el mío—. Tú primero.

—¿Qué?

—Hazme un favor. Abraza el árbol y dime qué sientes.

—Me sentiré ridículo.

Me miró. Por un momento pensé que sentía lástima por mí.

—Te estoy pidiendo muy poco a cambio de toda la ayuda que te doy —dijo.

—De acuerdo. Pero sigue siendo una tontería.

Me empujó suavemente hacia el árbol.

Abrí los brazos y apreté el cuerpo contra la corteza. La sensación fue sorprendentemente íntima.

—Cierra los ojos.

Hice lo que me dijo.

Oí un gran suspiro. Al menos, creí oírlo.

Imágenes frenéticas se arremolinaron en mi mente.

Y entonces, de pronto, recordé que cuando era un niño enfermizo tuve que pasar meses en cama. Detrás de la ventana había un roble. Veía rostros viejos y sabios entre sus ramas. Me susurraban que mi destino estaba sellado.

Algo se movió en mi corazón. Abrí los ojos y contemplé la copa del árbol.

Sentí como si me envolviera en consuelo y comprensión.

Sentí lágrimas en las mejillas. Quería desaparecer dentro del árbol y no volver a ser yo nunca más.

Una mano se posó sobre mi hombro. Al cabo de un rato, me volví y abracé a la Mujer que Abraza Árboles y Lee Mucho.

Nos abrazamos con fuerza.

 

Cuando ya casi habíamos regresado al coche, dijo de pronto:

—¿Qué hemos hecho con nuestras vidas?

Habíamos caminado en silencio durante quince minutos. Apenas podía creer lo que había ocurrido. ¿Por qué abrazar aquel árbol me había vuelto tan vulnerable?

—No sé qué habrás hecho tú con la tuya, pero yo he malgastado la mía. Por eso escribo novelas.

Subimos al coche. Ella siguió mirando al frente cuando dijo:

—Intentas ocultar todo el odio que sientes hacia ti mismo mediante el sarcasmo. Sospecho que arrastras un trastorno de estrés postraumático. ¿Alguna vez buscaste ayuda después de tus años de viajes?

—No.

—¿Por qué no?

—No me gusta lloriquear tumbado en un diván —puse en marcha el motor.

—¿Qué me dice esa respuesta?

—Que soy un tipo realmente duro.

—Claro. Ya lo vi cuando abrazaste el árbol. —No encontré una respuesta sarcástica. Ella prosiguió, implacable—: Admítelo: tienes miedo de que un psiquiatra abra la mazmorra que escondes en lo más profundo del corazón.

Apagué el motor y pensé en lo que había sucedido junto al árbol mamut. Antes de que pudiera responder, la Mujer que Abraza Árboles dijo, todavía mirando al frente.

—Has levantado un muro a tu alrededor para protegerte. Pero un muro funciona en ambas direcciones. Te ha aislado, y tratas de ocultarlo con ironía y humor negro.

Volvió la cabeza y me miró directamente a los ojos.

—Ese muro fue la razón por la que nunca me dijiste que me amabas.

—Yo...

—Y ahora es demasiado tarde, Bob.

En un patético intento por recuperar la compostura, dije:

—Nunca es demasiado tarde para salvar mi alma perversa. Tú posees el espíritu de la vida; puedes hacerlo.

Sonrió débilmente.

—Lo poseía.

Dominado por una inesperada oleada de pánico, dije:

—¿Sabes qué? Escribiré unas memorias con final feliz: el reencuentro con un antiguo amor y una boda bajo un árbol mágico. El libro se venderá como rosquillas. Lo repartiremos a medias.

Extendió una mano y me apretó la nuca.

Suavemente.

Pero sus uñas estaban afiladas.

—Serían unas memorias con resplandor crepuscular, ¿verdad? —dijo.

Las novelas caleidoscópicas del autor belga-flamenco Bob Van Laerhoven combinan la literatura con el suspense y el misterio. Es un escritor galardonado con numerosos premios y de proyección internacional, cuyas obras han sido traducidas y publicadas en doce idiomas, incluidos el ruso, el chino y el amárico (la lengua oficial de Etiopía). Entre 1990 y 2003 trabajó como cronista de viajes en zonas de conflicto y, actualmente, ya septuagenario, se encuentra redactando sus memorias.

 

 

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