Bob Van Laerhoven
Mi sexagésimo
quinto cumpleaños fue desconcertante. Fue culpa mía: en un arrebato de ansiedad
ante la petición de mi editor de que escribiera mis memorias, invité a cenar
conmigo en Bruselas a la Mujer que Abraza Árboles. Tiene las uñas de color rojo
sangre y una mente como un cuchillo de carnicero, pero sus consejos literarios
han demostrado ser inestimables en el pasado. Además, no me cobra. La Mujer que
Abraza Árboles y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo: aunque es casi dos
décadas menor que yo, insiste en que alguna vez fui su amante. No lo recuerdo.
He olvidado muchas cosas, lo que no supone precisamente una ventaja cuando uno
escribe sus memorias.
Mientras estudiábamos los menús en
un restaurante que apenas podía permitirme, dijo:
—Debes de sentirte bastante solo
para invitarme el día de tu cumpleaños.
—Soy exigente a la hora de elegir
con quién como. Eres espinosa como un cactus, pero al menos eres vegana como
yo.
Casi diez años antes, después de
leer mi novela negra Return to Hiroshima, la Mujer que Abraza Árboles,
que por entonces era una columnista de veintinueve años en pleno ascenso en el
semanario más importante de Bélgica, me llamó de la nada. Me preguntó
bruscamente si yo era «un drogadicto enloquecido que había escrito ese libro
espantoso en un sótano completamente a oscuras». Después publicó una columna
sobre mí en la que me describía como un «autor problemático y brutal, pero
maravillosamente poético».
La llamé y le pregunté si estaba
borracha cuando escribió su columna. A partir de entonces, la Mujer que Abraza
Árboles leyó y corrigió mis manuscritos antes de que se los enviara a mi
editor. Hacía un trabajo magnífico.
Pronto descubrí que, como persona,
era una mujer caprichosa. Por ejemplo, creía firmemente en los espíritus de los
árboles y abrazaba sus troncos con regularidad, afirmando que le transmitían
buenas vibraciones.
En cierta ocasión dijo, como quien
no quiere la cosa, que a menudo les pedía a los árboles que protegieran mi
salud mental.
A la Mujer que
Abraza Árboles le encanta el helado. Mientras devoraba felizmente su helado de
fresa, juzgué que había llegado el momento de iniciar las negociaciones.
—¿Leíste el comienzo de mis
memorias que te envié?
—Por supuesto.
—¿Qué te parece?
Se tomó su tiempo, con los ojos
fijos en el plato.
—Pasas demasiado rápido por tu
juventud. El estilo es bastante lastimero.
—¿Lastimero? Mi juventud fue una
larga lamentación digna de Ovidio.
Sonrió. ¿Me irritó su juicio?
Supongo que sí. Pero sus observaciones, por brutales que puedan ser, siempre me
dan que pensar.
—Tienes que hacer que el comienzo
sea más contundente que el melodrama que despliegas con tanta prisa —levantó
los ojos del plato—. Sé concreto. Los lectores quieren anécdotas que les
estrujen el corazón, no vagos lamentos sobre una infancia desgraciada. Y, por
el amor de Dios, escribe en primera persona.
Durante el resto de la comida
chismorreamos sobre las jerarquías de los círculos literarios de Bruselas.
Cuando nos despedimos, la besé en la frente. Me preguntó si estaba borracho.
De regreso en casa,
empecé inmediatamente a releer el comienzo de las memorias que le había enviado
a la Mujer que Abraza Árboles.
Imaginen esto: un muchacho
solitario y melancólico de diecisiete años, en 1970, que vive en un pequeño
pueblo flamenco rodeado de inmensos pinares cerca de la frontera con los Países
Bajos.
Más adelante, ese muchacho
aprenderá que los pueblos fronterizos suelen ser lugares duros y peligrosos,
pero ahora busca algo que calme un anhelo informe. Sus laboriosos padres de
clase obrera quieren que se convierta en cartero: un empleo estable, ingresos
seguros y una vida tranquila. También saludable: todos los días, los carteros
recorren muchos kilómetros en bicicleta por las tierras llanas de De Kempen,
esa región flamenca de pequeños agricultores y trabajadores del puerto de
Amberes, repartiendo cartas escritas con la retorcida caligrafía de gente
sencilla.
La vida es dura. No salgas hasta
tarde. Trabaja mucho. No te resfríes. No bebas. Trabaja mucho. Busca esposa.
Construye una casa. Trabaja mucho. Ten hijos. Trabaja mucho.
Eso es lo que la gente sencilla
escribe en sus cartas. Eso es lo que sus padres le decían al muchacho.
Es un soñador al que le gusta leer.
Nada bueno puede salir de semejante holgazanería. Necesita formar el carácter.
Ya tiene dieciocho años, pero sigue siendo flaco; que haga un poco de trabajo
de hombres de verdad.
Así que el muchacho hizo trabajo de
hombres de verdad en el puerto de Amberes. Fortaleció los músculos en las
bodegas de barcos cargados de arena del Rin. Pero su naturaleza soñadora y
triste no se evaporó entre la arena. Continuaba leyendo de noche en la cama, a
la luz de una linterna.
El pueblo contaba con una
biblioteca pequeña pero bien cuidada, y allí el muchacho encontró por
casualidad —¿por obra del Destino?— Den Bloemen van den Booze, una
traducción al neerlandés arcaico de Les Fleurs du Mal, de Charles
Baudelaire, a quien a los franceses les gusta llamar un poète maudit.
¡Cómo se estremeció su corazón al
leer Las flores del mal de aquel poeta francés maldito! Un alma gemela
le hablaba con palabras delicadas y ritmo sublime. Baudelaire evocaba el peso
insoportable de ser humano con un lenguaje neurasténico, hipersensible, rico y
lleno de contrastes, vil y al mismo tiempo exquisitamente hermoso.
Sans cesse à mes côtés s’agite le Démon
Il nage autour de moi comme un air impalpable
Je l’avale et le sens qui brûle mon poumon
Et l’emplit d’un désir éternel et coupable.
Un demonio acecha
agitado en lo profundo de su ser, rodeándolo de una bruma impalpable y
despertando un deseo eterno y culpable que le abrasa los pulmones.
¡Sí! Eso era lo que sentía el
muchacho. Era culpable de soñar un sueño imposible: convertirse en escritor.
Sus padres decían que debía ser
realista.
—Ese sueño no es para gente como
nosotros.
¿Estaría intoxicada la Mujer que
Abraza Árboles cuando leyó estas líneas? ¿Acaso esas frases no eran anecdóticas
y poéticas al mismo tiempo? ¿Se equivocaba ella, por una vez? ¿O era aquella su
manera delicada de decirme que mis dudas sobre el proyecto estaban
justificadas? Durante la cena le había dicho que mi memoria no era fiable y que
no sabía elegir qué episodios de mi vida merecían ser compartidos en unas
memorias. Tampoco estaba seguro de recordar la verdad y no algún espejismo
neuronal superpuesto a las realidades, a menudo duras, con las que me había
encontrado.
—Tus años como escritor de viajes
en países asolados por conflictos son lo más evidente para unas memorias —había
respondido—. ¿Cuánto tiempo estuviste activo?
—Desde 1990 hasta 2003. No me gusta
recordar ese período.
—Trece años de incertidumbre y
desgracias son Gefundenes Fressen para unas memorias apasionantes. Y te
has casado tres veces –lo cual no me sorprende, dado tu carácter–, así que tus
deficiencias amorosas pueden ser un contrapunto interesante al estruendo de la
guerra.
Le pregunté cuándo se había vuelto
tan cínica.
—Desde que empecé a corregir tus
manuscritos —respondió.
—¿Qué significa Gefundenes
Fressen? Me suena a alemán.
—Una oportunidad servida en
bandeja. Así que ponte a trabajar y enséñame lo que tienes.
Al día siguiente
llamé por videoconferencia a la Mujer que Abraza Árboles.
—Creo que será mejor que abandone.
Soy un narrador de historias, demasiado poco fiable para escribir unas
memorias.
—No te rindas tan pronto.
—Desde que destrozaste mis primeras
páginas, no consigo encontrar un buen comienzo. Y desde luego no me entusiasma
volver a escribir sobre mis viajes.
—Pronto me agradecerás que haya
demolido esas primeras páginas. Cuando se te escape el comienzo, escribe una
escena que te haya conmovido profundamente. A partir de ahí, muévete hacia
adelante y hacia atrás en el tiempo hasta que puedas sentir la cronología de tu
historia.
—Lo único que me ha conmovido
profundamente son las deliciosas prostitutas que visité a lo largo de mi
vergonzosa existencia.
—Ja, ja, ja. A veces tus intentos
de ser gracioso son bastante infantiles. Procura evitar esa vergonzosa
costumbre en el texto.
Le prometí que haría todo lo
posible.
—Ten presente que tienes miedo
—continuó con voz aterciopelada—. Después de más de cuarenta novelas
publicadas, estás entrando en territorio virgen. Temes que los críticos se
burlen de ti. Dudas de ser lo bastante bueno.
Juré que no era así. Utilicé tantas
palabras que terminé tartamudeando.
Te haya conmovido
profundamente.
La Mujer que Abraza Árboles lo
había repetido tres veces.
De acuerdo, una escena que me
hubiera conmovido profundamente.
En un hospital de Gaza durante la
segunda Intifada, un niño palestino de diez años yacía en una cama como una
marioneta de madera. Le habían disparado por la espalda y estaba paralizado del
cuello para abajo.
Miré por la ventana. ¿Cómo podía
empezar con semejante peso en el corazón?
En Liberia, una niña soldado de
trece años había perdido la pierna izquierda durante la guerra civil y caminaba
con dificultad por el campamento del ACNUR con su prótesis de plástico,
llevando a la espalda una mochila rota que contenía una muñeca destrozada.
No.
Regina veía en mí una figura
paterna y empezó a seguirme por el campamento como un perro.
No soportaba verla tropezar
patéticamente.
Le fallé.
En una tienda de Médicos Sin
Fronteras en Sudán, el niño hambriento al que yo había apodado «Ojos de Hueso»
me miraba con unos ojos enormes y saltones que irradiaban la proximidad de su
muerte.
¡No!
Estaba borracho la noche en que
murió Ojos de Hueso. El alcohol era caro en el campamento. Podría haberle dado
ese dinero a la madre del muchacho, con sus ojos vidriosos.
Aquella noche soñé
que me ahogaba en un profundo agujero bajo el agua.
Hice lo inevitable: invité a la
Mujer que Abraza Árboles a tomar un café en un conocido bar de Amberes.
—¿Por qué no en tu casa? ¿Tienes
miedo de que me abalance sobre ti?
—Precisamente. Estoy tan alterado
que prefiero no correr riesgos.
Se rio suavemente y prometió que no
llegaría con más de media hora de retraso.
Mientras la Mujer
que Abraza Árboles leía mis tres comienzos fallidos, escuché las conversaciones
triviales de la gente sentada en las mesas cercanas del bar. Sus recuerdos eran
diferentes de los míos.
Finalmente, la Mujer que Abraza
Árboles levantó la vista. No pude descifrar su expresión.
—Son fragmentos impactantes —dijo—.
Aunque demasiado breves.
—Es jodidamente difícil poner por
escrito recuerdos como esos.
—Lo comprendo.
—No. No lo comprendes. Todo ocurrió
hace tanto tiempo... Incluso me pregunto si esos recuerdos son reales.
—¿Por qué crees que son recuerdos
falsos?
—En mi opinión, un novelista
sencillamente no puede escribir la verdad. Une mundos paralelos.
—Parece que te estás esforzando por
encontrar una razón para abandonar el proyecto.
—Por una vez en mi vida quiero ser
sincero.
La Mujer que Abraza Árboles
suspiró.
—Entonces sigue practicando hasta
que lo seas.
—¿Cómo?
—Empieza con el recuerdo de algo
más íntimo. ¿El amor, quizá?
Había esperado una orientación más
profunda, pero comprendí que tampoco se lo había puesto fácil.
¿El amor, eh?
Pan comido.
La mujer que lee
mucho tiene un amigo por correspondencia en Londres y espera hasta que él le ha
enviado cien correos electrónicos para asegurarse de que sus intenciones son
serias. Me dice que sus palabras revelan perspicacia y conocimiento de sí
mismo. Suspiro y bajo los párpados.
Después de la carta número cien,
la mujer que lee mucho parte apresuradamente hacia Londres. Allí están, frente
a frente, en Trafalgar Square. El amigo por correspondencia es negro, elegante
y viste con estilo, y mientras disfruta de una cerveza amarga le cuenta que
posee cien trajes hechos a medida. Sin embargo, esas prendas costosas cuelgan
en estantes dentro de una habitación del tamaño de un rincón de una
hamburguesería.
La mujer que lee mucho duerme
sobre un colchón en el suelo. Había imaginado Londres de otra manera, pero a
él, curiosamente, no; a él no. Por la noche, él se acerca a ella. Ella lo pone
en su sitio, a aquel autor de cien mensajes galantes. Él no tolera la actitud
de esa mujer blanca después de todos sus correos electrónicos que demostraban
su comprensión de las mujeres y su conocimiento de sí mismo. Así que la echa a
la calle. Ella vaga por Londres. Unos neopunks intentan hablar con ella, sin
saber que le atraen los hombres mayores, bien cuidados y de aspecto preocupado,
que se ponen nerviosos ante su aire de muchacho, su desfachatez y sus generosos
pechos.
La mujer que lee mucho me llama
para decirme que regresa y, como parece dolida, recurro a todos los lugares
comunes que se me ocurren. Incluso le digo que la he echado de menos.
En el Eurostar de Londres a
Bruselas conoce a Kenzo. Kenzo es japonés y muy pintoresco, un hombre que
cuenta historias mejores que las del escritor negro de las cien cartas. La
mujer que lee mucho queda tan impresionada con Kenzo que olvida en el tren una
de mis novelas que estaba leyendo.
Lleva a Kenzo a su casa y le
prepara pasta de frutos secos y ensalada con cebollino.
Me pregunta si quiero ser su
chófer; ella no posee nada tan prosaico como un automóvil.
Así me convertí en el chófer de
Kenzo y de la mujer que lee mucho. Kenzo practica artes marciales. Como yo a
veces boxeo en callejones, intercambiamos trucos de pelea y posiciones
corporales. La tercera noche, después de que Kenzo se instalara en casa de la
mujer que lee mucho, me preguntó si estaba enamorado de ella. Después de todo,
por el momento ella es ahora su novia. Le respondo que sufre la angustia de
pensar que algún día verá marchitarse su reflejo, pero que, aparte de eso, es
una mujer sabia y agradable pese a su temperamento arrogante. Kenzo dice que su
apartamento de Tokio es diminuto, pero que posee un tesoro: fotografías de
decenas de mujeres europeas que ha conquistado. Más tarde dejo a Kenzo en el
restaurante donde tiene una cita con la mujer que lee mucho, y pienso en
llamarla después para decirle que estoy demasiado ocupado para seguir haciendo
de chófer de ella y de Kenzo. También me pregunto si debería advertirle sobre
la afición de Kenzo a coleccionar mujeres europeas. Pero podría parecer una
mentira nacida de los celos. Además, Kenzo es mejor que yo en las artes
marciales.
Sospechaba que
aquel espantoso y torpe fragmento de mis «memorias» la irritaría, pero también
esperaba que oscilara entre la diversión y la rabia.
Por eso fui prudente y la invité a
hacer una caminata por los extensos bosques de las Ardenas. Le dije que conocía
la ubicación de un Sequoiadendron giganteum de treinta y dos metros de
altura.
—¿De verdad? ¿Un árbol mamut tan
alto? —Su voz era neutra.
—Material exquisito para abrazar.
Quedamos de acuerdo. La Mujer que
Abraza Árboles no había dicho una sola palabra sobre mi último intento de
escribir las memorias.
Mala señal.
Después de veinte
minutos de marcha silenciosa por los agrestes bosques de las Ardenas, le
pregunté a la Mujer que Abraza Árboles:
—¿Abrazar árboles es bueno para la
salud?
—Me calma y me relaja.
—¿Te hablan?
Me lanzó una mirada, pero yo
mantuve mi mejor cara de póquer.
—Más o menos. En mi opinión, los
árboles están vivos. Y son espíritus sabios —guardó silencio un instante—. A
diferencia de ti.
—Déjame adivinar: no estás contenta
con mi último fragmento.
—¿Así es como escribes sobre el
amor?
—Estaba drogado cuando escribí ese
fragmento. Tenía que estarlo: escribir sobre las relaciones es un dolor de
trasero.
—Sospecho que es un fragmento de tu
diario. ¿Escrito hace unos nueve años?
—No lo recuerdo. Siempre escribo
mis diarios años después de los momentos que describo y recojo cualquier cosa
que mi cerebro me arroje.
—No me extraña que vuelvas a
mentir. Ese amigo negro por correspondencia no existió. Una vez te puse en tu
sitio y te eché de mi casa cuando empezaste a comportarte de manera vulgar.
Supongo que necesitabas proyectar tu humillación sobre un hombre de color en
Londres. Muy freudiano, querido Watson.
—Gracias, Sherlock.
—Nunca me contaste que Kenzo
sospechaba que estabas enamorado de mí.
—Por una buena razón: no lo estaba.
Se rio suavemente.
—Mira —dije rápidamente—, ahí está
el Sequoiadendron giganteum. Impresionante, ¿no?
—Tu pronunciación del latín es
espantosa —entrelazó su brazo con el mío—. Tú primero.
—¿Qué?
—Hazme un favor. Abraza el árbol y
dime qué sientes.
—Me sentiré ridículo.
Me miró. Por un momento pensé que
sentía lástima por mí.
—Te estoy pidiendo muy poco a
cambio de toda la ayuda que te doy —dijo.
—De acuerdo. Pero sigue siendo una
tontería.
Me empujó suavemente hacia el
árbol.
Abrí los brazos y apreté el cuerpo
contra la corteza. La sensación fue sorprendentemente íntima.
—Cierra los ojos.
Hice lo que me dijo.
Oí un gran suspiro. Al menos, creí
oírlo.
Imágenes frenéticas se
arremolinaron en mi mente.
Y entonces, de pronto, recordé que
cuando era un niño enfermizo tuve que pasar meses en cama. Detrás de la ventana
había un roble. Veía rostros viejos y sabios entre sus ramas. Me susurraban que
mi destino estaba sellado.
Algo se movió en mi corazón. Abrí
los ojos y contemplé la copa del árbol.
Sentí como si me envolviera en
consuelo y comprensión.
Sentí lágrimas en las mejillas.
Quería desaparecer dentro del árbol y no volver a ser yo nunca más.
Una mano se posó sobre mi hombro.
Al cabo de un rato, me volví y abracé a la Mujer que Abraza Árboles y Lee
Mucho.
Nos abrazamos con fuerza.
Cuando ya casi
habíamos regresado al coche, dijo de pronto:
—¿Qué hemos hecho con nuestras
vidas?
Habíamos caminado en silencio
durante quince minutos. Apenas podía creer lo que había ocurrido. ¿Por qué
abrazar aquel árbol me había vuelto tan vulnerable?
—No sé qué habrás hecho tú con la
tuya, pero yo he malgastado la mía. Por eso escribo novelas.
Subimos al coche. Ella siguió
mirando al frente cuando dijo:
—Intentas ocultar todo el odio que
sientes hacia ti mismo mediante el sarcasmo. Sospecho que arrastras un
trastorno de estrés postraumático. ¿Alguna vez buscaste ayuda después de tus
años de viajes?
—No.
—¿Por qué no?
—No me gusta lloriquear tumbado en
un diván —puse en marcha el motor.
—¿Qué me dice esa respuesta?
—Que soy un tipo realmente duro.
—Claro. Ya lo vi cuando abrazaste
el árbol. —No encontré una respuesta sarcástica. Ella prosiguió, implacable—: Admítelo:
tienes miedo de que un psiquiatra abra la mazmorra que escondes en lo más
profundo del corazón.
Apagué el motor y pensé en lo que
había sucedido junto al árbol mamut. Antes de que pudiera responder, la Mujer
que Abraza Árboles dijo, todavía mirando al frente.
—Has levantado un muro a tu
alrededor para protegerte. Pero un muro funciona en ambas direcciones. Te ha
aislado, y tratas de ocultarlo con ironía y humor negro.
Volvió la cabeza y me miró
directamente a los ojos.
—Ese muro fue la razón por la que
nunca me dijiste que me amabas.
—Yo...
—Y ahora es demasiado tarde, Bob.
En un patético intento por
recuperar la compostura, dije:
—Nunca es demasiado tarde para
salvar mi alma perversa. Tú posees el espíritu de la vida; puedes hacerlo.
Sonrió débilmente.
—Lo poseía.
Dominado por una inesperada oleada
de pánico, dije:
—¿Sabes qué? Escribiré unas
memorias con final feliz: el reencuentro con un antiguo amor y una boda bajo un
árbol mágico. El libro se venderá como rosquillas. Lo repartiremos a medias.
Extendió una mano y me apretó la
nuca.
Suavemente.
Pero sus uñas estaban afiladas.
—Serían unas memorias con resplandor crepuscular, ¿verdad? —dijo.
Las novelas caleidoscópicas del autor belga-flamenco Bob Van Laerhoven combinan la literatura con el suspense y el misterio. Es un escritor galardonado con numerosos premios y de proyección internacional, cuyas obras han sido traducidas y publicadas en doce idiomas, incluidos el ruso, el chino y el amárico (la lengua oficial de Etiopía). Entre 1990 y 2003 trabajó como cronista de viajes en zonas de conflicto y, actualmente, ya septuagenario, se encuentra redactando sus memorias.

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