viernes, 21 de agosto de 2026

UNA HISTORIA MUY FÁCIL DE OLVIDAR

Rogelio Ramos Signes

                                                           

Estábamos en casa de Margarita viendo televisión, cuando cortaron la película para dar la noticia. Stella Maris fue la primera en sentirse conmovida. Se puso pálida en el acto; ella era la única de nosotros que había leído esas historias fantásticas que su padre le recomendaba a todo el mundo, y seguramente andaba sensibilizada. Después fue Manuel quien opinó que deberíamos volver a nuestras casas. Pero como siguieron pasando la película no le hice caso y seguí con Margarita frente al televisor. Stella Maris y Manuel se fueron casi corriendo, sin ningún tipo de enojo, pero recomendándonos que cerráramos bien las ventanas y atrancáramos las puertas. Luego salieron por el fondo.

No habrían pasado ni diez minutos cuando el miedo también se apoderó de nosotros. Y no fue tanto por el estado de alerta en que nos tenían a través de la televisión, sino por los vecinos que corrían gritando, las madres que llamaban a sus chicos, y por algunas armas de fuego que vimos intercambiar de casa en casa; aunque todos supieran de antemano que eso nada solucionaría.

Más o menos en ese momento cortaron la transmisión. Creo que nos quedamos con ganas de saber qué pasaría con aquel vaquero ciego llegando al pueblo, pero Margarita ya se había contagiado del temor general. Dijo, totalmente convencida, que el mejor lugar para escondernos era la parte de arriba del placard; y, mientras buscábamos una escalera, nos olvidamos de la película.

Ya estábamos bien resguardados allí (y divertidos también ¿para qué negarlo?), cuando el señor Gabrielli empezó a golpear la puerta. Decía que a pesar de habernos escondido en un buen lugar, él creía en la mayor seguridad de su sótano, y por eso nos invitaba a salir. Margarita le contestó que se fuera tranquilo, que en ese lugar estábamos bien guarecidos, que teníamos una pala para defendernos (lo que era mentira), y que muchas gracias. Ella siempre quería quedarse a solas conmigo, aunque no sé si sentiría algo especial por mí. Lo que sí resultaba notable era la satisfacción con que observaba mi asombro cuando me revelaba esas cosas tan privadas que yo no me animaba a preguntarle. Para un chico de doce años, una muchacha de veinte es la mujer total; además yo andaba abierto a todo tipo de fantasías. Vivir sus confesiones furtivamente, era vivirlas con más intensidad.

El señor Gabrielli volvió casi al instante y, desde el jardín, nos aconsejó que nos cuidáramos mucho. “La radio dice que ya viene por el Kilómetro 15 y la Calle de los Manzanos, más o menos” nos dijo. Y luego se fue, seguramente a su sótano.

En la parte más alta del placard pudimos hacer un espacio para guardar la escalera, que utilizaríamos en caso de emergencia. No sé por qué Margarita, a toda costa, trataba de restarle importancia al pánico que vivía la ciudad; decía que nosotros teníamos cosas más importantes en qué pensar, pero ignoro hasta qué punto tenía razón. Yo ya estaba arrepintiéndome de no haber corrido hasta mi casa, donde mi madre estaría con los nervios de punta suponiendo que andaba por la calle. Después sonó el teléfono cerca de quince minutos. Recién a la noche me enteré de que había sido mi hermana la que llamó con tanta insistencia. Ni Margarita ni yo, en ese momento, nos atrevimos a bajar del refugio.

Poco después de las 4 de la tarde escuchamos una explosión, y nos quedamos callados, esperando que alguien gritara. Pero el silencio se prolongó hasta las 6, o algo más, y esas dos horas fueron terribles, porque abundaron en imaginaciones tontas, en suposiciones que indefectiblemente nos llevaron hasta el borde del miedo.

Ya estaba oscureciendo cuando Margarita dijo que no podíamos seguir escondidos, que bajáramos al patio y viéramos si había alguna forma de enterarnos de lo que estaba sucediendo en ese momento. Tal vez me proponía eso porque yo no respondía a sus requerimientos en el placard. No sé. Estaba asustado. Prendimos la radio. Las emisoras locales transmitían entrecortadamente, abundaban las descargas y todo daba la impresión de que las estaciones también habían sido abandonadas.

El patio era como una fotografía de colores apagados, todo estaba quieto, detenido, en silencio; un silencio ensordecedor, molesto; un silencio que cubría el campo y la ciudad, y que parecía hacerse más despiadado en nuestro barrio. De la puerta de la cocina para atrás, el fondo era como otra fotografía pero con los mismos colores. Un trozo de papel de diario, con el que había estado limpiando el caño de la bicicleta horas antes, permanecía en el mismo lugar. Las hojas del nogal seguían amontonadas contra la puerta del lavadero, y el termómetro del tapajuntas pasaba ligeramente de los 35 grados. Fue Margarita quien descubrió que lo único que se movía era el hule que protegía las plantitas de lechuga en el fondo, casi en el límite con el cobertizo del señor Gabrielli.

Más asustados que curiosos, y sin trasponer la puerta de la cocina, empezamos a tirar piedras y cuanta cosa tuvimos a mano, para ver de qué se trataba. Primero el silencio fue sólo silencio, luego fue unos leves quejidos, y finalmente un llanto, y supimos que, fuese lo que fuese, se trataba de alguien con más temor que nosotros mismos. Luego el hule se levantó lentamente, y pudimos verla. Una calamidad. Era Stella Maris, que cuando dejó de llorar nos dijo que no había podido saltar la tapia, y que no sabía por dónde había escapado Manuel. Después nos contó que la explosión de las 4 de la tarde había sido en la usina y que por eso faltaba luz en toda la ciudad, según lo que había escuchado desde su escondite. De no haber sido por ella no nos habríamos enterado, porque cuando prendimos la radio ya había música de nuevo, a pesar de que las emisoras locales habían sido abandonadas.

Entre los tres nos armamos de valor para recorrer la zona, y fuimos siguiendo la línea de la arboleda. Si bien es el camino más largo para llegar hasta el arroyo, es allí donde las posibilidades se multiplican, por la cantidad de pasajes peatonales que van abriéndose a cada lado. La oscuridad ya había ganado el puente, cuando vimos cómo el hombrecito rubio dejaba la motocicleta contra uno de los pilotes, y luego entraba en el hueco; el mismo hueco donde en invierno sacábamos las mojarritas más grandes del arroyo. Margarita fue quien descubrió el cartel de “Peligro” en medio de la ruta (nunca había estado eso allí) y a los hombres con cámaras apostados en los árboles, como cuervos en medio de la oscuridad a la espera de algo. Seguramente fue miedo lo que nos empujó hasta el quiosco de bebidas, donde terminamos ocultándonos luego de forzar la puerta. Aquello era violación de propiedad privada, y bien que lo sabíamos, pero no sólo no habíamos entrado para robar, sino que nadie en esas circunstancias (ni la policía) iba a cuestionarnos algo. Y allí nos quedamos, casi conteniendo la respiración y tomados de la mano, mirando por las hendijas el hueco de las mojarritas, por donde el hombrecito rubio había entrado con una linterna.

Yo me puse a fabricar un avioncito con una hoja de diario que encontré en el suelo. Nunca pude saber qué significa esa manía, que tuve antes y que todavía tengo, de hacer aviones cuando estoy nervioso. Ése, como el trozo de papel era bastante grande, tenía unos pliegues especiales en la punta que le permitirían, una vez lanzado hacia arriba, hundirse en el aire con más facilidad y luego planear.

No habían pasado ni cinco minutos desde que entramos en el quiosco, cuando oímos un grito desgarrador que salía de la cueva; y luego, una orden casi silenciosa de los hombres que estaban sobre los árboles. Sólo se oía el ronroneo de las filmadoras apuntando hacia el hueco, al momento en que apareció el cíclope.

Tendría unos tres metros de alto aproximadamente, según lo que estimó Margarita. Bajo el brazo derecho llevaba el cuerpo exánime del hombrecito rubio, que con su linterna alumbraba obstinadamente hacia el descampado. En cuanto al gigante, como única vestimenta llevaba unos trapos atados a la panza; casi una tonta censura para alguien tan fuera de las normas. Eso me hizo suponer por un instante que estábamos asistiendo a la filmación de una película, con los hombres y sus cámaras y toda esa locura inexplicable. Por eso debe haber sido que, ajeno al peligro y totalmente a expensas de mis doce años, salí gritando del escondite; y tratando de hacer blanco a unos diez metros de distancia, le arrojé el avioncito al gigante ¡un hermoso planeador de punta reforzada que se elevó por sobre su cabeza, y que luego volvió a pasarle frente a su único ojo, hasta descender junto a mis pies por casualidad! Si aquello era una película, esa escena espontánea valía millones. Y volví a arrojar el avión al aire.

El cíclope estaba maravillado, siguiendo la trayectoria del avión. Su único ojo, que relucía a la altura de la frente entre una maraña de crenchas enredadas, era como un radar enloquecido siguiendo al juguetito. Y fue tan así, que maravillado de verlo girar alrededor de su atormentada cabeza, dejó caer al pobre infeliz que cargaba bajo el brazo. Deslumbrado, torpe y divertido al mismo tiempo, quiso capturar el papel que volaba, pero sólo logró despedazarlo con su manaza.

El rubio de la motocicleta cayó ruidosamente sobre el agua que corría entre los restos de los viejos pilotes. Luego el agua se volvió muy oscura, muy roja y tétricamente oscura. Allí fue cuando tomé conciencia de la realidad y eché a correr. Frente a mí todo era pasto que me azotaba las piernas, y el delator canto de los grillos. Nunca pensé que el quiosco con las chicas estuviese tan lejos, hasta que cerca de la empalizada de cañas huecas me di cuenta de que estaba corriendo en otra dirección. Me ganó el desaliento.

Casi me desmayo del susto cuando algo me tocó la espalda. Era Margarita, que me había seguido en todo momento sin que yo me hubiese dado cuenta.

Mientras sacábamos fuerzas de nuestra mutua y temerosa compañía, me dijo que Stella Maris había escapado en cuanto apareció el cíclope, y que, si todo había salido bien, ya nos estaría esperando en su casa. Esa posibilidad, esa simple posibilidad, me pareció una maravilla. Cuando miré hacia atrás, el gigante arrojaba a alguien por el aire, tratando de hacerlo volar como a un avioncito de papel. Indirectamente, me sentí culpable.

En la comisaría de la ruta había infinidad de autos detenidos. Allí estaban mis padres, desesperados, mirando hacia el puente sin poder hacer nada; también estaban los padres de Margarita. Todos lloraban de angustia, y siguieron llorando (pero de alegría) una vez que nos vieron. Un hombre gordo increpaba a un policía, tratándolo de cobarde, por no hacer fuego contra la figura maciza que en ese momento había ganado el puente. El cabo se disculpaba diciendo que si fuera por él ya le hubiese disparado, pero que eran orden superiores tratar de capturarlo con la menor violencia posible. Entre la gente que curioseaba, más allá del miedo que podía infundirle la presencia del cíclope, corría la versión que desde un helicóptero le tirarían redes para tratar de capturarlo vivo. Creo que esa noche ninguno logró dormir. Mis padres decidieron que, hasta que pasara el peligro, fuéramos unos días a casa de mi abuela, en Carcarañá. Así que recogimos un par de bolsos, y hacia allá partimos.

Al día siguiente, los diarios de la provincia en la primera página reproducían fotos del gigante (a decir verdad, más espeluznante allí que personalmente) y también confirmaban la sospecha de Margarita, estimando que sobrepasaba los tres metros de altura. El hombrecito rubio que fuera arrojado al agua, estaba fuera de peligro, con apenas unos cortes en la espalda, según la información. En un recuadro, destacada del resto, una nota informaba que un helicóptero con redes preparadas sobrevolaba la zona, al menos hasta el cierre de la edición.

“Noticia vieja” dijo mi abuelo esa mañana mientras desayunábamos. En la televisión ya habían pasado imágenes del helicóptero volviendo a la base, después de haber fracasado en el intento. El ogro de la cueva, como ya lo llamaban en todos lados, había vuelto a esconderse en el boquete que años atrás fuera la salida de las cloacas, y que para mí ha seguido siendo con los años el hueco de las mojarritas.

A la tarde la radio anunció que, en un momento de descuido de las fuerzas de seguridad, el cíclope había aprovechado para arrimarse al arroyo a beber agua, y que de inmediato había vuelto a esconderse. Esa noticia, justo es que lo diga, me pareció maravillosa. Tal vez porque lo vi de cerca, quizá porque logré despertarle algo de interés con mi avioncito, pero lo cierto es que aquel gigante me resultaba simpático; inquietante y simpático al mismo tiempo. “Como la nenita ciega con el monstruo de Frankenstein” sintetizó mi papá, y todos se rieron; pero tenían miedo.

Hacia la noche, también por la radio, anunciaron que una brigada trataba de sacarlo de la cueva utilizando gases lacrimógenos. Al parecer, toda la zona del puente había sido evacuada, y sólo quedaba el control caminero y el personal afectado al operativo.

El diario del sábado decía que era imposible sacarlo de la madriguera, y que un policía, que en horas de la tarde había entrado con un lanzallamas, no lograba salir y tampoco respondía a los altoparlantes. Sin decirlo explícitamente, se daba a entender que se trataba de una víctima fatal.

A la tarde, la televisión desmintió ésa y otras versiones que elevaba el número de agentes suicidas que se animaron a entrar por el boquete. Asimismo se informaba que un tal sargento Padilla, que había ingresado con un lanzallamas, había logrado salir un par de horas después por una grieta lateral, veinte metros más adelante. Esa grieta, presumiblemente abierta por el propio ogro de la cueva, le habría servido a él mismo para escapar, ya que el policía del lanzallamas no pudo encontrarlo.

Los días que siguieron fueron de total incertidumbre, ya que el cíclope no daba señales de vida ni dejaba rastros de su paso por parte alguna. Hasta que el Día de Reyes (el mismo 6 de enero, a las 4 de la tarde) una señora de la zona oeste aseguró haber visto a un hombre, como de dos metros y medio de alto, tirar un perro al aire, cerca del paradero del ómnibus. Y volvió a desatarse el pánico.

Las dos carreteras que conducían hacia la ciudad se vieron inutilizadas por los destrozos de la gente que huía y por los accidentes automovilísticos. El tránsito estuvo detenido durante horas, mientras los más alarmistas avanzaban a campo traviesa, destrozando cultivos. En ese momento, gente del vecindario negaba en la seccional la versión del hombre arrojando al perro; pero rato más tarde otra mujer se solidarizaba con la anterior, asegurando que su propio animal había sido la víctima. Por la noche se volvía a vivir el mismo desconcierto de días anteriores. Nosotros ya habíamos vuelto de la casa de mi abuela, y mis padres tenían la idea de que esa vez el cíclope no iba a molestar los barrios del sur.

Sorpresivamente, en el diario de la mañana se publicaba una foto del ogro de la cueva muy cerca de un cameraman que lo estaba filmando. De acuerdo con la estatura del hombre del noticiero, se podía apreciar que el monstruo apenas superaba los dos metros de altura. El pelo le caía sobre la cara, de la que se destacaba el ya popular ojo, similar a cualquier otro ojo. La fotografía (según el diario) había sido tomada poco después de la medianoche en un basural, y se hacía hincapié en que el grandote fue sorprendido mientras estaba muy fastidiado tratando inútilmente de hacer volar un gato. Tanto el cameraman como el fotógrafo que consiguió la placa declararon que se trataba de un hombre muy alto, del que lo único que espantaba era su traza infeliz y un olor insoportable. Dijeron también (por otra parte en el diario ya se apreciaba) que tenía unos pantalones destruidos, arremangados hasta la rodilla, y que cargaba a la espalda una lata de aceite con desperdicios. Al mediodía la televisión mostró brevemente lo que ya había mostrado el diario, pero en movimiento.

En algún momento se pensó que los bomberos podrían detenerlo con violentos chorros de agua; luego se estimó que seis o siete hombres provistos de sogas lo apresarían fácilmente, pero el ogro (me resulta ridículo nombrarlo así) tenía la cualidad de esconderse con facilidad. Tal vez por eso las noticias eran contradictorias, sobre todo las que se referían a su estatura.

Al día siguiente, por la mañana, unos niños que llegaban a la escuela avisaron a su maestra que, al costado de un camino lateral que conduce al mercado, habían visto a un hombre muy grande y feo durmiendo en el suelo, abrazado a una lata de aceite. Enseguida se avisó a la policía. Guiado por los chicos, un grupo de diez o doce agentes cercó el lugar con armas de fuego y redes listas para la acción. Por medio de un altoparlante trataron de despertarlo, pero por lo que demoraba en aparecer se supuso que habría escapado, o que tenía un sueño muy profundo. Así es que los hombres, confiados en que nada encontrarían por allí, avanzaron tranquilamente entre los pastos; hasta que se toparon con él. Primero escaparon asustados. Luego, para dar una cierta imagen de valentía, y porque eran seguidos por un grupo de curiosos, volvieron sobre sus pasos, le echaron encima infinidad de redes, lo amarraron con cuerdas, y lo patearon en el pecho hasta que se despertó. Entre varios lo llevaron hasta una camioneta; no parecía tan pesado. Lo exhibieron por las calles del sector sur. Las veredas estaban atiborradas de gente. Algunas personas le gritaban insultos, otras se reían; no parecía tan grande. Cuando el vehículo policial (que daba vueltas y vueltas como un carromato anunciando un circo) pasó frente al bar Santa Lucía, donde yo estaba esperando con mi papá, el cíclope lloraba.

Todo esto sirvió para que se vendieran más diarios que nunca, para que los reporteros gráficos se lucieran y para que el público se desconcertara más de lo que ya estaba.

Una declaración oficial afirmaba que la estatura del monstruo (también me resulta tonto decirle monstruo) era de un metro noventa y siete centímetros, que desde hacía un día lloraba sin parar y que no articulaba palabras; se suponía que era mudo. El médico de la jefatura dijo que poseía sólo un ojo porque el otro, aparentemente, se le había reventado hacía años, no pudiendo precisar cuántos, y que el párpado se le había cicatrizado sobre la piel. El mal uso de la vista, o un golpe, o una deformidad de nacimiento, había desplazado el otro ojo ligeramente hacia el centro de la cara; y eso era todo.

Lo cierto es que a la semana de la espectacular acción de la policía, ya nadie se acordaba de comentar algo acerca del grandulón que había despertado el miedo en toda una ciudad.

Hay cosas que no comprendo ni voy a comprender: la crueldad de la gente aparentemente normal, nuestra crueldad, por ejemplo. No hay arma más certera que el olvido, ni drama más cruel que ese instante de mentira que hace acreedor al hombre de una fama equívoca. Doce años, a lo sumo, tendría yo cuando sucedió aquello; así que ya han pasado muchos, pero muchos más.

Recuerdo que cerca de un año lo tuvieron bajo vigilancia médica y policial; luego fue el experimento de todos los psicólogos de ésta y de muchas otras ciudades, hasta que se lo abandonó por completo. Ni siquiera se trató de recompensarlo de alguna manera, después de tanto golpe. Creo que la única persona que hizo algo por él fue una maestra sin trabajo, que si bien no pudo saber cómo perdió la voz, ni siquiera por señas, lo adiestró acerca del trato diario: ese modo eminentemente cruel de la supervivencia.

Ahora, a muchos años de la historia que acabo de relatar, él es casi un anciano, un tonto más de los muchos que recorren la ciudad una y mil veces, parándose frente a las vidrieras, riéndose de nada, ganando a veces unos pesos a cambio del modesto oficio de echarse bultos a la espalda, desplazando su grotesca masa de animal insulso, siendo objeto de las bromas más crueles, todavía. En fin, sirviendo de pasatiempo al ocio eterno de los muchachos.

A veces, cuando me cruzo con él y tengo tiempo, le hago un avioncito con una hoja de papel de diario, y sigo mi camino. A veces también, se escucha alguna voz que lo llama desde un bar: “Che tuerto, vení a tomarte una cerveza”. Y todo así, por el estilo.

Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016).

 

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