sábado, 22 de agosto de 2026

EL OLVIDO

Nataša Milić

 

La nueva explosión fue atronadora. Por un instante creí que me quedaría sorda y que el suelo se abriría bajo mis pies. No oí mi propio grito; solo sentí que disminuía la presión en mis pulmones. Las llamas se elevaron hacia el cielo nocturno y las oleadas de calor cubrieron la ribera del Danubio hasta alcanzar mi refugio, en la orilla opuesta. Ahí se fue el último puente, pensé. ¡Adiós, Nuevo Belgrado! ¿O habrá sido solo la central térmica? Casi todos los días se incendia, se derrumba o sencillamente se marchita una parte de la vida conocida. También ahora… Sea lo que sea lo que haya sucedido, debe de ser algo grande. Y seguro que hubo víctimas.

No me atrevía a salir para observar. Podrían saquear mi refugio. O quizá me tropezara en la oscuridad con algún sujeto bestializado. Hasta entonces había tenido la suerte de evitar esos encuentros y no quería imaginar lo que ocurriría si me cruzaba en el camino de alguno de ellos. Tampoco era fácil imaginarlo. Los bestializados ya no eran seres humanos, pero tampoco se habían convertido en verdaderas bestias, a pesar de su aspecto salvaje y animalizado. Los impulsaba una furia destructiva nunca vista en nuestro mundo, en nada semejante al sometimiento de la naturaleza ni a las formas conocidas de destrucción humana.

Los primeros casos de bestialización fueron descritos como una evolución inversa. Una marcha hacia atrás, hacia los albores del mundo. Comenzaba de manera inofensiva, como las primeras etapas de la demencia senil. No puedes recordar una fecha o un nombre. Te cuesta encontrar la palabra que buscas. Pero después, mucho más deprisa que en los ancianos seniles, el olvido adquiere dimensiones dramáticas. Los recuerdos, nuevos y antiguos, se borran sin distinción. Junto con ellos desaparecen los conocimientos y las habilidades comunes a todos los seres humanos, tanto en los viejos como en los jóvenes. El bestializado no sabe qué es izquierda o derecha, arriba o abajo, adelante o atrás. No distingue los puntos cardinales ni reconoce los símbolos, de modo que ya no sabe leer ni tampoco hablar. La música lo perturba de manera desagradable, pero es difícil saber si esa criatura irracional conserva algún sentimiento más complejo.

Los médicos intentaron curarlos y los científicos los estudiaron, pero fue inútil. Sus resultados, si es que obtuvieron alguno, desaparecieron rápidamente en el olvido, porque ellos mismos acababan uniéndose a los bestializados.

La bestialización se parecía a una enfermedad contagiosa. Se propagaba como un incendio, prácticamente ante nuestros ojos, pero nunca se determinó cómo se transmitía, ni siquiera si en realidad se transmitía. ¿Por qué un ser humano se transforma en una bestia? Solo lo comprendemos cuando las palabras son sustituidas por gritos, bramidos y gruñidos.

Varias voces bestiales, indescifrables y al mismo tiempo espantosas, llegan desde las cercanías de mi refugio. Empujones y golpes de pies descalzos. Pronto estarán ante mi puerta. Hasta hoy nunca se habían acercado tanto. Hay menos de ellos de mi lado del río.

La entrada del refugio está bien apuntalada. Y, lo que es mejor aún, los bestializados no reconocen las puertas ni recuerdan cómo se utilizan. Apagué la luz y me quedé inmóvil. Con tal de que pasen; dentro de uno o dos minutos ya no estarán. Desaparecerán camino del infierno del que salieron arrastrándose.

—¡Oigan! ¿Hay alguien ahí? —oí en la oscuridad. —Un llamado claro y desesperado—. ¡Gente! ¿Me oyen? —gritaba la misma voz—. ¿Hay alguien? ¡Holaaaa! —Estaba sin aliento, como si huyera, y aterrorizado, como si una horda hambrienta le pisara los talones—. ¡Oigan! —volvió a gritar, pero entonces su voz quedó sepultada bajo sonidos sordos, forcejeos y alaridos sin significado.

Después de unos minutos, silencio. Un silencio que hiela hasta la médula.

¿Tal vez debería haber abierto el refugio y haberlo dejado entrar? Los bestializados no habrían sabido qué hacer. Él simplemente habría desaparecido delante de sus hocicos. Pero no. ¡No! ¿Qué hacía solo en la oscuridad? Idiota. No tiene sentido que me arriesgue… ¿Por quién? ¡Si ni siquiera lo conozco! ¿Para qué? Habríamos muerto estúpidamente los dos. O tal vez él no haya muerto. No sé qué ocurrió, no realmente. No pensaré en él. Lo borraré de mi memoria. Ni siquiera tengo idea de cómo es, de cómo era antes de… esto. Ni siquiera lo vi. Me dormiré y lo olvidaré todo. Permaneceré acostada con los ojos cerrados. Aprieto los párpados. No funciona. No puedo dormir. No debo quedarme dormida. Si me duermo, me pregunto si soñaré con… eso que estaba delante de la puerta. Olvidaré lo feo, lo que pasó allí, cerca. Delante de eso, como se llame, eso por donde se entra y se sale… Por donde se pasa. Se pasa por ahí, ¿verdad? No estoy segura de cómo. No puedo recordarlo todo, pero… lo sabía. ¡Lo sé! Algo horrible está sucediendo. O ya sucedió. Tengo miedo, no puedo respirar del miedo. ¡Lo siento! Hay algo cerca, hay algo conmigo…

Eso…

Nataša Milić nació en Belgrado, Serbia, donde vive y trabaja. Es autora del libro de relatos Zaustavljeni sat, publicado en 2021. Ha publicado poemas y relatos, principalmente de fantasía, en numerosas colecciones y revistas. Sus relatos se han traducido al inglés, polaco y rumano.

 

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