Valter Cardoso
Pocas son las
certezas que tenemos. La más común e irrefutable es que nadie es eterno. Para
mí, esa certeza era muy específica, porque incluía una fecha. Y era hoy.
Durante la infancia, lo que al
principio parecía una simple sensación fue tomando forma a través de sueños y
coincidencias, todos convergiendo hacia un mismo acontecimiento en un único
día. Cuanto más pasaba el tiempo, más me convencía de que la premonición se
haría realidad. El paso a la vida adulta también sería el paso a la otra vida.
A pesar de un futuro tan poco
prometedor, nunca fui aficionado a la ropa negra ni a la música deprimente.
Siempre fui el que contaba chistes en el grupo. No tenía prejuicios; decía
siempre lo que pensaba, sin medir las consecuencias y, por eso mismo, conseguí
pocos amigos, pero grandes y verdaderos.
Mi vida afectiva fue el aspecto más
complicado. Me habría gustado aprovechar cada momento posible, salir con todas
las chicas y experimentar emociones y sentimientos. Pero la posibilidad de
provocar alguna desilusión amorosa o dejar hijos sin una figura paterna pesó
más en mi conciencia.
Muchas veces el suicidio rondó mi
mente. Tal vez poner fin a la espera antes de tiempo fuera la solución para
muchas cosas. Pero no quería ser un cobarde. Sin contar con la peor
posibilidad: que el intento fracasara y terminara en una cama de hospital, viviendo
conectado a máquinas y sin ninguna opción de cambiar mi destino.
El día llegó, tranquilo y con la
paz que suele atribuírsele. Nunca compartí con nadie aquella certeza, pero
quise celebrar mi último día en casa con todos mis amigos y familiares,
utilizando mi cumpleaños como pretexto. No tenía deudas y el seguro de vida que
había contratado cubriría todos los gastos del sepelio. Aproveché para gastar
todos mis ahorros en la celebración.
La fiesta estuvo excelente. Todos
los invitados asistieron y el ambiente fue muy animado. Sin embargo, después de
las diez de la noche fingí algunos bostezos para que todos comprendieran que
era tarde y que deseaba irme a dormir. Cuando el último invitado se marchó, la
ansiedad comenzó a apoderarse de mí. Para distraerme, me puse a ordenar el
desorden que había quedado tras la fiesta. Aún no había sucedido nada extraño.
El trabajo mecánico no conseguía apagar mis pensamientos, que se repetían una y
otra vez, embotando mi mente. ¿Me habría equivocado con la fecha? ¿Existiría
otra vida después de esta?
Tratando de serenarme, bebí un vaso
de leche tibia, me cambié de ropa, me cepillé los dientes y me acosté. El
dormitorio estaba casi completamente a oscuras, salvo por el resplandor del
reloj digital, que indicaba que faltaban menos de diez minutos para la
medianoche.
Una pequeña luz apareció en un
rincón de la habitación. Intenté observarla, pero el cuarto quedó inundado por
una claridad insoportable. Me cubrí los ojos y esperé con el corazón desbocado.
Poco a poco, la luz comenzó a perder la batalla contra la oscuridad.
Una figura surgió desde aquel
rincón y reveló que ya no estaba solo. Por fin conocería a la Inevitable.
Entonces una voz temblorosa y cansada rompió el silencio.
—Beto, ¿puedes oírme?
Todavía no lograba distinguir bien
su rostro, pero aquella no parecía la voz de la Parca. ¿Sería algún conocido
tratando de gastarme una broma? Intenté responder, pero la voz se negaba a
salir. Me limité a asentir con la cabeza.
—Beto, préstame atención. Tenemos
muy poco tiempo. Voy a ser lo más directo posible, así que mantén la mente
abierta e intenta comprender lo que está sucediendo.
¿Tenemos poco tiempo? ¿Acaso sabía
que iba a morir? Poco a poco el rostro se fue haciendo visible. No había ningún
esqueleto ni un ser cubierto por un manto negro empuñando una guadaña. Nada
recordaba a Tánatos. El hombre que tenía delante era completamente humano.
Algunos rasgos de su rostro me resultaban extrañamente familiares. Me hacían
pensar en mi abuelo, aunque vestido con una ropa que jamás lo habría imaginado
usando.
—Tenías razón. Siempre la tuviste.
Hoy es el día en que Gilberto Ignácio Vicenzi Meliott dejará el mundo de los
vivos.
No, eso era imposible. Nadie, salvo
yo, conocía mi nombre completo. Incluso en mi documento de identidad figuraba
apenas una «I.» en lugar de Ignácio. Perdí toda noción de la realidad. Una
inmensa paz comenzó a invadir mis pensamientos. Los párpados se volvieron
pesados y los ojos empezaron a cerrarse, cuando aquel hombre me sujetó con
fuerza la mano. Sentí su calor, su vida y el latido de su corazón vibrando al
unísono con el mío. La intensidad de aquel instante superó cualquier
expectativa que hubiera tenido durante toda mi existencia.
—¡No! Todavía no lo has entendido.
¡Yo terminé mi viaje y tú apenas estás comenzando el tuyo!
Mi corazón latía al ritmo de los
segundos del reloj. Entonces el tiempo se detuvo. Noté que el apretón de manos
se aflojaba y que los latidos cesaban. La luz volvió a envolver a aquel hombre
y pude contemplar su rostro muy de cerca. Era como mirarme en un espejo
envejecido. El resplandor lo cubrió por completo, cegándome. Unos segundos
después, cuando la oscuridad regresó, encendí la lámpara de la mesa de noche.
La vista tardó un momento en adaptarse y comprobé que estaba solo en la
habitación. Ya había pasado la medianoche.
La experiencia había sido
intensísima, aunque menos perturbadora de lo que parecía. Aquel momento de
serenidad me dejó una inmensa paz espiritual. ¡Había vuelto a nacer! Mis
pensamientos se aceleraron y repasé rápidamente los mejores y los peores
momentos de mi vida hasta ese instante. Comencé a comprender algunas de las
cosas que el destino me había reservado. Pero aquella claridad también trajo
nuevas dudas.
¿Debería haberle hecho alguna pregunta? ¿Las respuestas me habrían ayudado o, por el contrario, me habrían perjudicado? ¿Esto ya había ocurrido antes? ¿Estoy condenado a recorrer eternamente una cinta de Möbius o puedo cambiar mi destino? Creo que dedicaré gran parte de esta nueva vida a encontrar la respuesta a esas y otras preguntas. Pero ahora tengo que dormir, porque mañana, además de iniciar un largo camino que nunca había previsto, tendré que descubrir la manera de regresar al pasado para hablar conmigo mismo, en este mismo día, antes de morir.
Valter Cardoso tiene 56 años, nació en Curitiba, Paraná, Brasil. Organizador de eventos multiculturales como Jedicon Paraná, Megacon Brasil y Literatiba. Miembro de la Academia de Letras José de Alencar. Fue coordinador del Centro de Literatura y Cine André Carneiro. Autor de cuentos, su último libro publicado fue Colorindo Giocondas, en 2022.

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