Nicole I. Nesca
Después de varios
días sin poder inclinarme, lo que me impedía afeitarme las piernas, entré en la
ducha. Estaba feliz. Feliz porque por fin podía agacharme y afeitarme las
piernas después de lo que me había parecido una eternidad. En realidad, solo
habían pasado un par de semanas. Un par de semanas desde mi histerectomía. Aún
estaba lidiando con las secuelas psicológicas de aquella operación, pero lo
llevaba bastante bien.
Sintiéndome bien por primera vez en
un par de días, entré en la ducha. Dispuesta a sentirme mejor. A sentirme
«normal». Lista para seguir adelante. Abrí el agua. Estaba tibia,
reconfortante, agradable. Incliné la cabeza para mojarme el cabello y sentí un
calambre en la parte baja del abdomen. Con los ojos cerrados seguí empapándome
el pelo. Entonces percibí una sensación caliente que comenzaba a deslizarse por
la cara interna de mis muslos. Abrí los ojos y vi sangre corriendo entre mis
piernas. Mucha sangre. Cerré el agua de inmediato, tomé una toalla y la apreté
entre las piernas. Todavía en estado de shock, empecé a llamar a gritos a mi
marido, que seguía dormido. Tenía miedo de moverme y miedo de gritar más
fuerte, mientras sentía cómo la sangre salía de mi cuerpo con cada latido del
corazón. Aterrada, me arrastré hasta el teléfono para llamar a mi suegra, que
se alojaba en el piso de arriba. Contestó y le pedí ayuda, rogándole que bajara
enseguida. Corrió escaleras abajo y me encontró en la cocina. Desnuda,
aferrando una toalla entre las piernas. Había un reguero de sangre desde la
ducha hasta el suelo de la cocina. Empecé a sentirme adormecida. Le pedí que
despertara a mi marido. Lo hizo. Y le dijo que llamara al 911. Me ayudó a
vestirme, a respirar y a tranquilizarme. Había perdido muchísima sangre. Ziggy,
mi marido, entró en la cocina todavía con los ojos cargados de sueño. Antes de
que le repitieran que llamara al 911, alcanzó a mirar dentro de la ducha. Luego
hizo la llamada.
Dos minutos después llegaron una
ambulancia y los bomberos. Llevaba una toalla de baño debajo del pantalón
deportivo y avancé hasta la ambulancia con dificultad, mientras mi familia
respondía todas las preguntas de los paramédicos. Escuchaba las sirenas
mientras me trasladaban a toda velocidad al servicio de urgencias del hospital
donde me habían operado. Estaba aterrada e intentaba mantenerme consciente. Tenía
miedo de dejar de hablar. Tenía miedo de moverme. Tenía miedo de estar
muriéndome. Mi presión arterial seguía descendiendo y tenía fiebre. No sentía
dolor alguno, y eso me asustaba todavía más que la pérdida de sangre. Mi marido
viajaba en el asiento delantero junto al conductor. No podía verlo ni oírlo,
pero sabía que estaba allí. Yo seguía hablando. Del tiempo. Del vecindario. De
cualquier cosa. Solo para mantenerme despierta.
Cuando llegué a urgencias, me
dejaron esperando en un pasillo mientras preparaban una habitación. Le dije a
la enfermera que estaba sangrando y que necesitaba una compresa. Me trajo un
protector diario. Le expliqué que necesitaba una mucho más grande. Con gran
esfuerzo logré subirme a la camilla de exploración y esperé. Podía sentir cómo
la sangre seguía abandonando mi cuerpo. Tenía muchísimo frío. Y muchísimo
sueño. Respondía todas las preguntas. Había muchísima gente a mi alrededor y,
sin embargo, nadie me examinaba. Ni siquiera levantaban la bata. Pregunta tras
pregunta. Rostro tras rostro. Finalmente dejaron entrar a mi hija y a mi
marido. También permitieron pasar a mi suegra, a mi tía y a mi tío. Comencé a
hiperventilar. Sentía que la vida se me escapaba. Empecé a sentir dolor. Y una
debilidad inmensa. Lloraba, pero no salían lágrimas. El pánico se apoderó de
mí. Exigí que viniera un médico. La doctora ordenó una ecografía junto a la
cama. Me examinó y preguntó por mis antecedentes familiares y quirúrgicos. Respondí.
Entonces llegaron las lágrimas. Llegó el dolor. Llegó la exploración. Y llegó
la morfina.
Mi frecuencia cardíaca comenzó a
acelerarse mientras mi presión arterial seguía descendiendo. La morfina fue un
alivio bienvenido en medio de aquellos momentos. Los momentos que me habían
llevado hasta allí. No sentía dolor. Sentía las lágrimas correr por mis
mejillas y, sin embargo, no podía sentirme llorar. Hablaba, pero mis palabras
eran ininteligibles. Creo que me reía, lloraba y alababa a Keith Richards en
una misma respiración. Estaba convencida de que me estaba muriendo. Seguía
hablando. Seguía hablando. No podía dejar de moverme ni de retorcerme sobre la
camilla. Llegaron más médicos. Me colocaron dos vías intravenosas y yo seguía
en la sala de urgencias. Intentaba mantener los ojos abiertos para poder ver a
mi hija, a mi marido y a mi familia. No quería cerrarlos. Tenía miedo de que no
volvieran a abrirse. No sé cuánto tiempo permanecí allí. No existía el tiempo. No
había ventanas. Solo más y más rostros. Más y más preguntas. El médico de
urgencias llamó a cirujanos y especialistas. Me examinaron una y otra vez. Más
morfina. Más lágrimas. Más risas. Más alucinaciones. Mi marido no podía apartar
la vista de mis ojos. Después de tantos exámenes, pinchazos y extracciones,
había sangre. Sangre en las sábanas. Sangre en la cama. Sangre en el suelo. Y
ninguna respuesta. Me ingresaron para mantenerme en observación. Doce horas
después, cuando por fin llegué a la habitación, envié a mi marido a casa para
que descansara. Lo mandé a descansar. Y entonces permití que mis ojos se
cerraran.
Las enfermeras permanecían sentadas
junto a mí, vigilando constantemente mis signos vitales. Mi frecuencia cardíaca
seguía aumentando mientras la presión arterial continuaba bajando. Me pidieron
que me pusiera de pie. Perdí el conocimiento. Me quedé dormida al instante y me
despertó la cirujana de guardia. Me dijo que debía llamar a un familiar porque
tendrían que volver a operarme. Estaba muy enferma y necesitaban averiguar la
causa. Tenía el cabello rubio y los ojos azules, como mi madre. Creo que confié
en ella. Tenía que confiar. Llamé a mi marido, al que acababa de enviar a casa,
y le dije que tenía que regresar. Me iban a llevar inmediatamente al quirófano.
Le pedí que no se preocupara y le dije cuánto lo quería. Después llamé a mi
madre, que estaba en Ohio. También le dije que no se preocupara y que mi marido
la llamaría más tarde. Eran las diez de la noche en Winnipeg. Las once en Ohio.
Tenía la cabeza embotada. No podía concentrarme. Ya no conseguía mantener los
ojos abiertos. Mientras me llevaban al quirófano, hice un esfuerzo por mirar el
techo. Miré las luces. Respondí sus preguntas. Vi cómo la mascarilla cubría mi
boca y mi nariz. Respiré profundamente. Esperé unos segundos. Y después... Nada.
Oscuridad.
La segunda operación duró cinco
horas. Me extrajeron un litro y medio de sangre, además de una infección. Repararon
una hemorragia lenta y eliminaron adherencias intestinales. No recuerdo mucho
más de aquella noche. Mi marido estaba allí. Cansado. Preocupado. Volví a
enviarlo a casa prometiéndole que lo llamaría por la mañana. Dormí. Dormí bajo
los efectos de la morfina durante unas horas. A la mañana siguiente la cirujana
entró temprano en mi habitación. Con su cabello rubio y sus ojos azules me
explicó todo lo que había ocurrido. Quise llorar. Pero había demasiada gente
alrededor. Seguía sin poder comer. Y seguía en estado de shock. Esperé otra
tomografía para confirmar que aún tenía un gran hematoma. Así era. Los días
transcurrieron conectada a la morfina y a los antibióticos. Todavía en estado
de shock. Todavía aturdida por la morfina. Todavía incapaz de llorar. Había
demasiada gente alrededor. Me transfundieron dos bolsas de sangre. Me
administraron más medicamentos. No me permitieron volver a casa durante siete
días. El sexto día seguía con dolor, pero rechacé la morfina. Comencé a temblar
entre una dosis y otra, y aquello me daba más miedo que el propio dolor. En el
hospital me ofrecían toda la morfina que quisiera, durante todo el tiempo que
quisiera. Los dejé pincharme, examinarme, inyectarme medicamentos y retirarme
sondas. Miraba las paredes. Escuchaba a la gente hablar. Los oía, pero no
lograba escucharlos de verdad. Familiares y amigos entraban y salían. Médicos y
enfermeras entraban y salían. Por el pasillo se oía llorar a hombres y mujeres.
A cualquier hora del día o de la noche. Veía mujeres sin cabello empujando sus
portasueros mientras avanzaban lentamente por el corredor. Mujeres embarazadas.
Mujeres que habían perdido a sus hijos. Sus órganos. Y algunas, la vida. Las
oía llorar. Yo seguía sin poder hacerlo. Esperaba a que todos estuvieran
dormidos para iniciar mis caminatas nocturnas por los pasillos. Me quedaba
contemplando la noche desde una ventana al final del corredor, observando los
automóviles que iban y venían en la oscuridad. Esperaba sentirme mejor. Esperaba
poder llorar. Las lágrimas no llegaron hasta una semana después. Llamé a mi
padre para contarle lo que había sucedido. Y entonces aparecieron. En cuanto
empecé a llorar, colgué el teléfono, me tendí en el sofá de mi casa y lloré
durante un día entero. Poco a poco empecé a caminar más. Fui dejando los
analgésicos. Y empecé a comprender que seguía viva. Que volvería a estar bien.
Todavía hoy soy incapaz de ducharme
si estoy sola en casa. Todavía tengo pesadillas en las que vuelvo a
desangrarme. Todavía bajo la mirada hacia el suelo cada vez que me ducho. Han
pasado seis meses desde aquella hemorragia. Si tiene que sangrar, que sangre.
Nicole Nesca nació en Youngstown,
Ohio, en 1973. Desde temprana edad desarrolló una pasión por la música, la
pintura y la escritura, la cual cultivó a lo largo de su vida adulta. Durante
su estancia en Canadá, publicó tres libros de poesía y prosa, recopilados en la
antología KAMIKAZE WHITE NOISE, además de otros tres libros de poesía y prosa.
Ha publicado en varias revistas digitales y ha participado en tres antologías
impresas. También es una pintora prolífica y ha comenzado a exponer y vender
sus obras en plataformas en línea, mientras amplía su portafolio.

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