lunes, 3 de agosto de 2026

HEMORRAGIA

Nicole I. Nesca

 

Después de varios días sin poder inclinarme, lo que me impedía afeitarme las piernas, entré en la ducha. Estaba feliz. Feliz porque por fin podía agacharme y afeitarme las piernas después de lo que me había parecido una eternidad. En realidad, solo habían pasado un par de semanas. Un par de semanas desde mi histerectomía. Aún estaba lidiando con las secuelas psicológicas de aquella operación, pero lo llevaba bastante bien.

Sintiéndome bien por primera vez en un par de días, entré en la ducha. Dispuesta a sentirme mejor. A sentirme «normal». Lista para seguir adelante. Abrí el agua. Estaba tibia, reconfortante, agradable. Incliné la cabeza para mojarme el cabello y sentí un calambre en la parte baja del abdomen. Con los ojos cerrados seguí empapándome el pelo. Entonces percibí una sensación caliente que comenzaba a deslizarse por la cara interna de mis muslos. Abrí los ojos y vi sangre corriendo entre mis piernas. Mucha sangre. Cerré el agua de inmediato, tomé una toalla y la apreté entre las piernas. Todavía en estado de shock, empecé a llamar a gritos a mi marido, que seguía dormido. Tenía miedo de moverme y miedo de gritar más fuerte, mientras sentía cómo la sangre salía de mi cuerpo con cada latido del corazón. Aterrada, me arrastré hasta el teléfono para llamar a mi suegra, que se alojaba en el piso de arriba. Contestó y le pedí ayuda, rogándole que bajara enseguida. Corrió escaleras abajo y me encontró en la cocina. Desnuda, aferrando una toalla entre las piernas. Había un reguero de sangre desde la ducha hasta el suelo de la cocina. Empecé a sentirme adormecida. Le pedí que despertara a mi marido. Lo hizo. Y le dijo que llamara al 911. Me ayudó a vestirme, a respirar y a tranquilizarme. Había perdido muchísima sangre. Ziggy, mi marido, entró en la cocina todavía con los ojos cargados de sueño. Antes de que le repitieran que llamara al 911, alcanzó a mirar dentro de la ducha. Luego hizo la llamada.

Dos minutos después llegaron una ambulancia y los bomberos. Llevaba una toalla de baño debajo del pantalón deportivo y avancé hasta la ambulancia con dificultad, mientras mi familia respondía todas las preguntas de los paramédicos. Escuchaba las sirenas mientras me trasladaban a toda velocidad al servicio de urgencias del hospital donde me habían operado. Estaba aterrada e intentaba mantenerme consciente. Tenía miedo de dejar de hablar. Tenía miedo de moverme. Tenía miedo de estar muriéndome. Mi presión arterial seguía descendiendo y tenía fiebre. No sentía dolor alguno, y eso me asustaba todavía más que la pérdida de sangre. Mi marido viajaba en el asiento delantero junto al conductor. No podía verlo ni oírlo, pero sabía que estaba allí. Yo seguía hablando. Del tiempo. Del vecindario. De cualquier cosa. Solo para mantenerme despierta.

Cuando llegué a urgencias, me dejaron esperando en un pasillo mientras preparaban una habitación. Le dije a la enfermera que estaba sangrando y que necesitaba una compresa. Me trajo un protector diario. Le expliqué que necesitaba una mucho más grande. Con gran esfuerzo logré subirme a la camilla de exploración y esperé. Podía sentir cómo la sangre seguía abandonando mi cuerpo. Tenía muchísimo frío. Y muchísimo sueño. Respondía todas las preguntas. Había muchísima gente a mi alrededor y, sin embargo, nadie me examinaba. Ni siquiera levantaban la bata. Pregunta tras pregunta. Rostro tras rostro. Finalmente dejaron entrar a mi hija y a mi marido. También permitieron pasar a mi suegra, a mi tía y a mi tío. Comencé a hiperventilar. Sentía que la vida se me escapaba. Empecé a sentir dolor. Y una debilidad inmensa. Lloraba, pero no salían lágrimas. El pánico se apoderó de mí. Exigí que viniera un médico. La doctora ordenó una ecografía junto a la cama. Me examinó y preguntó por mis antecedentes familiares y quirúrgicos. Respondí. Entonces llegaron las lágrimas. Llegó el dolor. Llegó la exploración. Y llegó la morfina.

Mi frecuencia cardíaca comenzó a acelerarse mientras mi presión arterial seguía descendiendo. La morfina fue un alivio bienvenido en medio de aquellos momentos. Los momentos que me habían llevado hasta allí. No sentía dolor. Sentía las lágrimas correr por mis mejillas y, sin embargo, no podía sentirme llorar. Hablaba, pero mis palabras eran ininteligibles. Creo que me reía, lloraba y alababa a Keith Richards en una misma respiración. Estaba convencida de que me estaba muriendo. Seguía hablando. Seguía hablando. No podía dejar de moverme ni de retorcerme sobre la camilla. Llegaron más médicos. Me colocaron dos vías intravenosas y yo seguía en la sala de urgencias. Intentaba mantener los ojos abiertos para poder ver a mi hija, a mi marido y a mi familia. No quería cerrarlos. Tenía miedo de que no volvieran a abrirse. No sé cuánto tiempo permanecí allí. No existía el tiempo. No había ventanas. Solo más y más rostros. Más y más preguntas. El médico de urgencias llamó a cirujanos y especialistas. Me examinaron una y otra vez. Más morfina. Más lágrimas. Más risas. Más alucinaciones. Mi marido no podía apartar la vista de mis ojos. Después de tantos exámenes, pinchazos y extracciones, había sangre. Sangre en las sábanas. Sangre en la cama. Sangre en el suelo. Y ninguna respuesta. Me ingresaron para mantenerme en observación. Doce horas después, cuando por fin llegué a la habitación, envié a mi marido a casa para que descansara. Lo mandé a descansar. Y entonces permití que mis ojos se cerraran.

Las enfermeras permanecían sentadas junto a mí, vigilando constantemente mis signos vitales. Mi frecuencia cardíaca seguía aumentando mientras la presión arterial continuaba bajando. Me pidieron que me pusiera de pie. Perdí el conocimiento. Me quedé dormida al instante y me despertó la cirujana de guardia. Me dijo que debía llamar a un familiar porque tendrían que volver a operarme. Estaba muy enferma y necesitaban averiguar la causa. Tenía el cabello rubio y los ojos azules, como mi madre. Creo que confié en ella. Tenía que confiar. Llamé a mi marido, al que acababa de enviar a casa, y le dije que tenía que regresar. Me iban a llevar inmediatamente al quirófano. Le pedí que no se preocupara y le dije cuánto lo quería. Después llamé a mi madre, que estaba en Ohio. También le dije que no se preocupara y que mi marido la llamaría más tarde. Eran las diez de la noche en Winnipeg. Las once en Ohio. Tenía la cabeza embotada. No podía concentrarme. Ya no conseguía mantener los ojos abiertos. Mientras me llevaban al quirófano, hice un esfuerzo por mirar el techo. Miré las luces. Respondí sus preguntas. Vi cómo la mascarilla cubría mi boca y mi nariz. Respiré profundamente. Esperé unos segundos. Y después... Nada.

Oscuridad.

La segunda operación duró cinco horas. Me extrajeron un litro y medio de sangre, además de una infección. Repararon una hemorragia lenta y eliminaron adherencias intestinales. No recuerdo mucho más de aquella noche. Mi marido estaba allí. Cansado. Preocupado. Volví a enviarlo a casa prometiéndole que lo llamaría por la mañana. Dormí. Dormí bajo los efectos de la morfina durante unas horas. A la mañana siguiente la cirujana entró temprano en mi habitación. Con su cabello rubio y sus ojos azules me explicó todo lo que había ocurrido. Quise llorar. Pero había demasiada gente alrededor. Seguía sin poder comer. Y seguía en estado de shock. Esperé otra tomografía para confirmar que aún tenía un gran hematoma. Así era. Los días transcurrieron conectada a la morfina y a los antibióticos. Todavía en estado de shock. Todavía aturdida por la morfina. Todavía incapaz de llorar. Había demasiada gente alrededor. Me transfundieron dos bolsas de sangre. Me administraron más medicamentos. No me permitieron volver a casa durante siete días. El sexto día seguía con dolor, pero rechacé la morfina. Comencé a temblar entre una dosis y otra, y aquello me daba más miedo que el propio dolor. En el hospital me ofrecían toda la morfina que quisiera, durante todo el tiempo que quisiera. Los dejé pincharme, examinarme, inyectarme medicamentos y retirarme sondas. Miraba las paredes. Escuchaba a la gente hablar. Los oía, pero no lograba escucharlos de verdad. Familiares y amigos entraban y salían. Médicos y enfermeras entraban y salían. Por el pasillo se oía llorar a hombres y mujeres. A cualquier hora del día o de la noche. Veía mujeres sin cabello empujando sus portasueros mientras avanzaban lentamente por el corredor. Mujeres embarazadas. Mujeres que habían perdido a sus hijos. Sus órganos. Y algunas, la vida. Las oía llorar. Yo seguía sin poder hacerlo. Esperaba a que todos estuvieran dormidos para iniciar mis caminatas nocturnas por los pasillos. Me quedaba contemplando la noche desde una ventana al final del corredor, observando los automóviles que iban y venían en la oscuridad. Esperaba sentirme mejor. Esperaba poder llorar. Las lágrimas no llegaron hasta una semana después. Llamé a mi padre para contarle lo que había sucedido. Y entonces aparecieron. En cuanto empecé a llorar, colgué el teléfono, me tendí en el sofá de mi casa y lloré durante un día entero. Poco a poco empecé a caminar más. Fui dejando los analgésicos. Y empecé a comprender que seguía viva. Que volvería a estar bien.

Todavía hoy soy incapaz de ducharme si estoy sola en casa. Todavía tengo pesadillas en las que vuelvo a desangrarme. Todavía bajo la mirada hacia el suelo cada vez que me ducho. Han pasado seis meses desde aquella hemorragia. Si tiene que sangrar, que sangre.

Nicole Nesca nació en Youngstown, Ohio, en 1973. Desde temprana edad desarrolló una pasión por la música, la pintura y la escritura, la cual cultivó a lo largo de su vida adulta. Durante su estancia en Canadá, publicó tres libros de poesía y prosa, recopilados en la antología KAMIKAZE WHITE NOISE, además de otros tres libros de poesía y prosa. Ha publicado en varias revistas digitales y ha participado en tres antologías impresas. También es una pintora prolífica y ha comenzado a exponer y vender sus obras en plataformas en línea, mientras amplía su portafolio.

 

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