IVÁN, HIJO DE IVÁN
Finn Audenaert & Sergio Gaut vel Hartman
Hay un ruso con
bastón plantado en la puerta, así, sin más. Y eso, en pleno corazón de Gante.
Mi gato Alek asoma curioso entre mis piernas para observar al visitante
inesperado, que casi me derriba con un atronador «¡Dobry den!».
—Espero de verdad no haberlo
asustado —dice el hombre corpulento con un tono algo más bajo, casi dulce,
mientras se ajusta ligeramente en la cabeza su enorme gorro de piel—. Sigo el
ejemplo de Lev, mi abuelo materno. Él siempre se quedaba de pie frente al hogar
de los desconocidos para comprobar si tenían suficiente borsch en casa. —Tose;
sus mejillas se ponen aún más rojas de lo que ya estaban—. En aquel entonces,
allí, en casa, con la Madre Rusia… la gente hacía esas cosas con más
frecuencia.
Asiento despacio, aunque no tengo
la menor idea de por qué alguien haría algo así. El ruso me mira con aire
pensativo, como si pudiera oler mi falta de conocimientos culturales.
—¿Quiere pasar? —pregunto. La
historia de su abuelo ha roto el hielo. Yo nunca conocí a mis abuelos, algo que
todavía considero una gran pérdida.
Cruza el umbral con paso decidido,
se presenta –de manera algo decepcionante– como Iván Ivánovich (¿pero no era
ese un personaje famoso?) y apoya su elegante bastón, claramente más un
accesorio que otra cosa, contra la pared del pasillo. De inmediato, mi gato,
que por lo general no quiere saber nada de los extraños, empieza a maullar una
melodía sospechosamente parecida a una balada popular rusa. El Trepak de
Tchaikovski, creo. ¡Ese maldito Cascanueces! Iván, hijo de Iván, se pasa
una mano por la larga barba gris y tararea la melodía. Tras la última nota,
Alek se escabulle entre mis piernas hacia el fondo de la casa, buscando
refugio.
—Excelente —dice Iván, hijo de
Iván—. Tiene usted una mascota musical. Eso es una muy buena señal. En Rusia
decimos: un gato que canta es mejor que un vecino silencioso.
¿Qué puedo responder a eso? Me
limito a sonreír. Ah, sí, según su proverbio no debo quedarme callado.
—Claro, claro —digo
apresuradamente.
—No hace falta, ya me abrió la
puerta. Muy cortés por su parte —dice Iván, hijo de Iván, con afabilidad. Cada
vez me agrada más su voz melodiosa.
Saca un termo de color amarillo
brillante del bolsillo de su abrigo y sirve té en mis mejores tazas.
—Russian Caravan —dice con una
amplia la sonrisa, la más franca que jamás he visto en un rostro—. De primera
calidad.
¿Cómo terminamos en mi sala de
estar? ¿Y de dónde salieron esas tazas con tanta rapidez? Debe de ser su voz la
que me hace flotar por mi propia casa, ajeno al tiempo y al espacio.
Antes de darme cuenta, tengo entre
las manos una taza de té humeante. Huele delicioso.
—Me hubiera gustado viajar en el
Transiberiano —digo de pronto, estúpidamente—. Pasar por todas esas ciudades,
cruzar esos ríos —agrego—. Ekaterimburgo, Omsk, Novosibirsk, Krasnoyarks…
El ruso levanta la mano para
detenerme.
—No conozco esos lugares —dice,
hablando por primera vez con cierta espereza—. Mi ruta es Moscú a San
Petersburgo y de San Petersburgo a Moscú. No tengo ningún interés en recorrer
zonas salvajes e inhóspitas. ¿Usted cree que allí alguien apreciaría el
magnífico sabor del Russian Caravan?
La tajante afirmación me
desconcierta. Es cierto que mi conocimiento de la enorme extensión de Rusia es
pura y exclusivamente producto de mi amor por los mapas. Pero no preví una
reacción tan brusca. Por primera vez, Iván Ivánovich pierde su actitud cordial
y simpática y mira a su alrededor, como si hubiera despertado en un lugar
extraño.
—¿Qué hago aquí? —pregunta. Los
ojos parecen querer salirse de las órbitas. Todo su aspecto es ahora el de un
estereotipo del ruso colérico. Parece un mujik salido de una novela de Gorki,
no el amable burgués chejoviano que apareció frente a mi casa para comprobar si
tenía suficiente borsch.
—Usted… usted… —balbuceo.
—¡Yo, una mierda! ¿Sabe quién soy?
—Iván Ivanovich —logro articular.
El ruso se da la vuelta bruscamente
y sale al pasillo. Agarra el bastón que había dejado contra la pared, parece
dudar, luego vuelve corriendo y, con un movimiento hábil, golpea la mesa,
obligando al té que quedaba en las tazas a bailar un frenético kazachok.
—¿Puedo saber por qué me ha
secuestrado? ¿Acaso es usted un acólito de la secta judeomasónica que trata de
sacarme del tablero como si yo fuera un vulgar alfil?
Mi desconcierto ha ido en aumento.
No sé que actitud tomar para desembarazarme de ese demente. Por fortuna aparece
de nuevo en escena mi fiel Alek, dispuesto a sacar un recurso genial de la
galera para librarme de esta incómoda situación.
—¿Sabe una cosa, señor Iván
Ivanovich? —dice el gato con el mayor desparpajo—. Mi amo y yo no pertenecemos
a ninguna secta. Somos sencillos ciudadanos a los que el borsch les desagrada
de un modo total y completo. Debimos aclararle desde un primer momento que aquí
no va a encontrar ese brebaje repugnante.
—¡El borsch no es un brebaje
repugnante! —se exaspera el ruso—. Es una sopa tradicional de mi país que ha
sido elegida para la lista de Patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad
por la Unesco, el 1 de julio de 2022.
—¡Buen dato! —dice Alek atusándose
el bigote—. Pero eso no la hace menos asquerosa, según mi refinado paladar.
Iván Ivánovich abre la boca para
replicar, pero el vapor del té le entra de golpe en la garganta. Tose. El
bastón cae al suelo. Por un instante temo que se desplome, pero en lugar de eso
se queda inmóvil, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.
—Un gato que habla —murmura—.
Claro. Esto explica muchas cosas.
Se sienta despacio. El gorro de
piel se le escurre hasta cubrirle un ojo. Ya no parece colérico, sino cansado,
infinitamente cansado.
—¿Se siente bien? —pregunto. El
ruso mueve la mano, desestimando mi preocupación.
—Lev también hablaba con los
animales —dice al cabo de un momento—. Decía que, cuando uno cruza demasiadas
fronteras, la realidad empieza a aflojarse por las costuras.
Alek salta a la mesa, olisquea una
taza y la empuja con la pata. El té se derrama y, al tocar el suelo, desaparece
como si nunca hubiera existido.
—Se le acabó el tiempo —dictamina
el gato—. Última llamada.
Iván asiente, se pone el gorro,
toma el bastón. Antes de salir, me mira.
—Tiene razón —dice—. Tal vez el
borsch no sea para todos.
Cierra la puerta. En la mesa quedan
tres tazas vacías.
No recordaban haber
llegado, y sin embargo llevaban allí desde siempre. La mesa era redonda, hecha
de una madera que no envejecía; las botellas se vaciaban sin disminuir, y las
copas reaparecían llenas con una obstinación casi inmoral. No había ventanas ni
puertas, aunque Estefi insistía en que, si uno se concentraba lo suficiente,
era posible ver respirar una pared.
—Esto es un descarte —dijo Anika,
con la meticulosa convicción de alguien que había estudiado jurisprudencia
incluso para el fracaso—. Una nota al pie abandonada. Un archivo no guardado.
Walter alzó la vista de la copa.
Sus manos eran grandes, curtidas, inadecuadas para el espacio, y aun así las
apoyaba sobre la mesa como si estuviera comprobando un panel de control
invisible.
—No —corrigió—. Es peor. Un
simulador. Nos dejaron funcionando para ver qué haríamos por nuestra cuenta.
Estefi rio, una risa breve,
quebrada, que parecía disculparse antes de existir. Tenía los ojos delineados
de un modo que ya no ocultaba nada, y un temblor constante en los dedos, como
si aún sostuviera un pincel que alguien le había arrancado de la mano.
—A mí me cortaron por exceso
—dijo—. Demasiado triste, demasiado borracha, demasiado honesta. Siempre sobra
alguien así.
Anika bebió. El líquido tenía gusto
a algo que ninguna ley mencionaba jamás: derrota, quizá, o ironía.
—No te cortaron —dijo—. Te
postergaron. Que es una versión más educada de lo mismo.
Walter sonrió con una nostalgia que
no necesitaba explicación.
—A mí me sacaron porque no había
más espacio —dijo—. Fui al espacio, pero no alcanzó. Volví, y ahí se terminó
todo. Supongo que no era útil para el conflicto.
—Eras útil para la escenografía
—dijo Estefi—. Como yo era útil para el sufrimiento.
Anika apoyó el codo sobre la mesa.
—Creo que todavía podemos hacer
algo —dijo—. No estamos muertos. Eso sería definitivo. Estamos… suspendidos.
—Como en órbita —dijo Walter,
entusiasmándose con la idea—. Sin combustible, pero sin caer.
Hablaban del escritor como si fuera
una entidad remota, distraída, quizá culpable. Coincidieron en que no era
cruel; simplemente los había dejado de lado por cansancio, por miedo, o por una
frase que nunca encontró su lugar. Discutieron estrategias. Silencios que
duraban demasiado. Frases brillantes que nadie oiría. Apariciones repentinas en
sueños. Un personaje secundario que se negara a obedecer.
—Podríamos volvernos indispensables
—dijo Anika—. Forzarlo a elegir.
—O insoportables —sugirió Estefi—.
Eso siempre funciona.
Entonces ocurrió algo que no
figuraba en ninguna de sus conjeturas.
Un hombre apareció apoyado contra
una pared que antes no existía. Flaco, de ojos hundidos, con una sonrisa
torcida que no pedía permiso. Vestía un abrigo gastado y observaba la escena
con una mezcla de burla y cansancio antiguo.
—Qué reunión tan patética —dijo—.
Ni siquiera saben por qué existen.
Los tres lo miraron. Walter habló
primero.
—¿Y tú, quién eres?
El recién llegado inclinó la
cabeza, como si saludara a un jurado invisible.
—Raskólnikov —dijo—. Asesino,
redimido, condenado a ser leído una y otra vez. Vengo de una novela que no pudo
olvidarme.
Estefi vació su copa.
—¿Y qué haces acá?
Raskólnikov sonrió, con una
crueldad suave.
—Reírme —dijo—. Creen que pueden
obligar a un escritor a volver. No entienden nada. Los personajes no entran en
los libros por un acto de voluntad. Entran porque son necesarios. Y ustedes…
—miró alrededor, la mesa, las infinitas botellas— no son más que un
remordimiento bien escrito.
El silencio que siguió no tuvo
principio ni final. Solo la incómoda y brillante certeza de que alguien había
dicho en voz alta lo que ninguno se atrevía a pensar.
—Al menos estamos
bien escritos —murmuró Walter al cabo de un rato, más para la copa que para los
demás—. Bien pensados. Todo está en la mente, ¿saben…? —su voz se apagó.
—¿Qué? —preguntó Anika entre dos
sorbos de vino.
Al darse cuenta del potencial de su
idea, Walter negó con la cabeza.
—Nada.
—No, algo dijiste —insistió Anika,
apoyando la copa con un clonc exigente.
—Sí, sonó como “algo-algo mente”
—se sumó Estefi—. “Todo está en la mente, ¿saben?”. ¡Eso!
—Bueno, quizá lo esté —cedió
Walter—. Al fin y al cabo, nacimos en la mente del escritor, ¿no? Él es nuestro
Creador. Y seguimos existiendo en la mente de los lectores. Aunque seamos solo
una nota al pie, mencionada una sola vez en una página.
—Ajá, no yo —Anika se enderezó con
orgullo—. Yo me baso en Anika del folclore escandinavo, una mujer graciosa,
empática…
—¿Borracha? —se burló Walter—. No
recuerdo historias de “Anika la Borracha”.
—Bueno, así me escribió él… La
heroína olvidada que recurre al alcohol. Y ahora estoy olvidada dos veces.
—Intentó ahogar sus palabras con más vino.
—Eso mismo —bufó Estefi—. “Basada
en”. No eres ellas. Estás creada alrededor de una figura de cuento. ¿Y sabes
dónde fuiste creada? En la mente…
—Del escritor —terminaron Estefi y
Walter al unísono.
El hombre apoyado contra la pared
intercambió una mirada con Walter. Los ojos de Walter se agrandaron; luego
apartó la vista.
—Creo que no captaron el
significado de lo que Walter acaba de decir —sonrió Raskólnikov con astucia—.
Bueno, todos menos Walter, claro. Y él tiene demasiado miedo como para decirlo
en voz alta. Tal vez deba hacerlo yo.
Su sonrisa se ensanchó aún más, y
sus ojos huecos se volvieron abismos en los que universos enteros podrían
desaparecer. —Walter negó frenéticamente con la cabeza—. Está bien, entonces se
los mostraré.
Esas palabras fueron seguidas de
inmediato por el “¡Puaj, sabe a meo!” de Anika. Escupió el vino que acababa de
probar en el suelo. El líquido tenía, en efecto, un sospechoso color
amarillento.
La sonrisa de Raskólnikov se volvió
casi imposible para su rostro flaco.
—Se los dije.
—¿Cómo hiciste eso? —Anika volvió a
escupir para sacarse el gusto.
—Creo que la verdadera pregunta es:
¿quién tiene la mente más aguda, más fuerte, y es lo bastante rápido?
—No, no puedes querer decir eso
—Walter golpeó la mesa con el puño—. Y no lo vas a hacer. Estamos todos juntos
en esto. —Señaló a cada uno en la sala, terminando en Raskólnikov, que se
encogió de hombros.
—Vivimos en la mente del escritor
—continuó Walter, acalorado—. Él es nuestro Creador. No puedes simplemente
deshacer lo que él…
—Tranquilo —intentó calmarlo
Estefi.
—¡No! —Walter negó con la cabeza—.
Aunque el escritor nos haya dejado de lado y olvidado, vivimos también en la
mente de los lectores, ¿se acuerdan? Vivimos. Somos. Por eso seguimos acá. Por
eso estamos teniendo esta conversación. En algún lugar, alguien está pensando
en nosotros. Tal vez incluso nos deje hacer lo que estamos haciendo ahora.
Pueden crearnos historias y mundos nuevos. O descartarnos, como hizo el
escritor. O incluso matarnos… Oh… —Su voz se apagó al darse cuenta de que había
dicho demasiado—. Mierda… —fue lo último que dijo.
No fue un desvanecimiento lento. No
hubo puf. Un segundo estaba allí; al siguiente, ya no.
La sala entera contuvo la
respiración. Todos miraron la silla vacía de Walter. Todos, excepto
Raskólnikov.
—¿Ven? —dijo, imperturbable—.
También vivimos en la mente de los otros.
—¡Lo mataste! —gritó Anika.
Raskólnikov negó con la cabeza.
—En todo caso lo descreé,
simplemente construyendo en mi cabeza mi propia narrativa sobre él.
—Te presentaste como asesino…
—murmuró Estefi—. Y eso es lo que eres.
El hombre flaco se encogió de
hombros.
—¿Significa que podemos traerlo de
vuelta? —dijo Anika con voz esperanzada—. ¿Crearlo de nuevo? ¿Solo haciendo una
nueva narrativa?
—Pueden intentarlo. O tal vez mi
narrativa incluya que nunca puedan volver a crearlo.
—¿Por qué harías algo así? —Anika
sonaba medio histérica.
—¿Y por qué no? Tal vez lo hice
porque puedo. Tal vez porque me aburro. O tal vez porque el escritor me creó
todopoderoso, dotado del impulso de dominar, despiadado, con una mente muy
superior a la de ustedes, ustedes… descartados. —Escupió la última palabra
sobre la mesa.
—Estás tan descartado como nosotros
—Anika se puso de pie.
Estefi le apoyó una mano de
advertencia en el brazo para hacerla sentar, pero Anika se mantuvo firme.
—Recuerden, por favor, que no fui
yo quien sugirió que todo está en la mente —Raskólnikov agitó un dedo, la uña
afilada como una pluma recién cortada—. Fue él. —El dedo señaló el lugar que
había ocupado Walter—. Pero su mente no era lo bastante fuerte, ¿no? Aunque
dijo las palabras en voz alta, dándoles aún más poder.
Su voz tenía un filo capaz de
cortar la mesa.
—Y ahora tú. —El dedo se movió
hacia Anika—. ¿Te atreves a desafiarme?
Anika intentó fundirse con la
silla, deseando con tanta fuerza la invisibilidad que por un instante se volvió
transparente, confirmando aún más que todo estaba en la mente.
—¿Te atreverías?
Su contorno comenzó a expandirse,
la voz atronadora, los ojos conteniendo universos enteros. Anika y Estefi
intentaron taparse los oídos. No pudieron moverse, atrapadas por el sonido que
emanaba del ser que era y no era Raskólnikov.
—Y quizá, solo quizá, mi mente lo
trasciende todo.
Recibió dos miradas aterrorizadas.
—Eso prueba mi punto. Gracias
—dijo, ya con voz normal.
Y el ser que era Raskólnikov quedó
solo.
El escritor miraba
la pantalla con incredulidad. Una a una, las letras, palabras y frases
desaparecían. No eran borradas. Simplemente se desvanecían.
—No. No no no no.
Agarró el teclado, comprobó si la
tecla delete estaba atascada, luego apagó todo, tomó la pantalla y la sacudió
como si pudiera obligar a las letras a volver. Se dejó caer en la silla,
mirando la pantalla en blanco. El cursor negro parpadeaba, invitando. O quizá
burlándose.
—No… Espera. ¿Qué?
El cursor empezó a moverse, dejando
letras a su paso. Letras formando palabras, palabras formando frases. Decía:
«—Hola, escritor —dijo Raskólnikov
con una sonrisa de oreja a oreja—. He notado que estás teniendo algunos
problemas con tu historia. Tal vez te pueda proporcionar alguna ayuda.»
LA MANTIS CIENTÍFICA
Alejandra Burzac & Facundo Martín Desimone
“A diferencia de su prima hermana segunda (por parte
paterna), la mantis científica (Mantis Sapientis) se diferencia de la mantis
religiosa (Mantis Ignorantis) por su color (un azul furioso que vira hacia el
lila) y por su pose. Como pueden apreciar, esta subespecie del género cubridor
(Mantis A Sécum) ostenta constantemente (cuando se mueve, cuando se alimenta,
cuando juega con sus vástagos o los educa, cuando duerme; incluso cuándo
fornica) una pose que recuerda graciosamente a un científico ruso, pelado y de
larga barba blanca, con su guardapolvo blanco, sus anteojos culo de botella y
un tubo de ensayo en cada mano, trabajando sin descanso en su laboratorio. La
Mantis Sapientis hembra, a diferencia de su prima-hermana (que, durante el acto
sexual con su compañero, da vuelta su cabeza lentamente y, por vaya uno a saber
qué designios de la naturaleza, le devora al macho la cabeza, apenas este
eyacula, segundos antes de finalizar el acto), prefiere comer, durante el acto
sexual, un suculento panaché de verduras. Porque la mantis científica, además,
es ovo-láctea-vegetariana. Y, además, siendo una de las poquísimas especies
animales capaz de disfrutar del placer del ocio, al igual que los seres
humanos, aborrece la idea de trabajar. Prefiere esperar a que los pequeñísimos
frutos y brotes que son la delicia de su culinaria se desprendan mágicamente de
arbustos, plantas y árboles, y luego...”
—¡Pero qué porquería de programa, la puta madre! —Martín
apago la tele y revoleó el control remoto, que se hizo mierda al estrellarse
contra la pared. Permaneció recostado contra la pared en la vieja cama de media
plaza, los brazos cruzados, la mirada fulminante perdida en la nada, en lo que
fuera que habitara más allá del óvalo de la ventana sin vidrios, respirando
pólvora, con el bocho bullendo a mil por hora. Por supuesto lo que tanto lo
enojaba no era la extrema bazofia de programas televisivos que invadían las
mentes de los televidentes y anulaban sus mentes y capacidad crítica-analítica,
situación que generalmente toleraba con cierta desidia e indiferencia. Lo que verdaderamente lo enajenaba de rabia era que esa
mantis Sapientes era casi idéntica a Gladys, su novia, mejor dicho su exnovia,
que también era ovo-láctea-vegetariana, propietaria de un cuerpazo monumental,
el que le había hecho perder no solo la cabeza sino el sueldo, los ahorros, un
departamento en Manhatan y un mini Cooper rojo dejándolo en la absoluta miseria
en un parpadeo.
MIEDO INHERENTE
Carlos Enrique Saldívar & Luciano Doti
«Cuando el niño despertó, el Cuco todavía estaba allí».
Listo. Presentaré este microrrelato a la revista.
Aunque… ¿no suena ya demasiado molesto obsequiar la enésima variación del
clásico de Monterroso? Además, como que no tiene demasiado sentido. Sin
embargo, eso me pasó a mí de niño, desperté en mi cama y el Cuco todavía estaba
ahí; quizá si le confieso esto al mundo (mediante una ficción) la criatura me
encontrará nuevamente y me devorará.
No, qué tontería. Publicaré este texto.
Ya han pasado unos días desde que mi texto fue
publicado. Me acuesto cada noche pensando en eso.
Ahora es de madrugada, acabo de despertar y el Cuco
todavía está aquí. Recuerdo una teoría que dice que los monstruos son
creaciones de nuestros miedos e imaginación, y la energía mental que ponemos en
ellos es la que les da vida.
El estómago del Cuco es húmedo y oscuro.
A MEDIDA
Betina Goransky & Sergio Gaut vel Hartman
—Estoy ansiosa, entusiasmada, no sé —dijo Sara mirando a su marido con expresión ávida mientras cruzaban la avenida. La mole del edificio del Centro de Investigaciones Cibergenéticas se alzaba ante ellos como una especie de templo extraterrestre.
—Tranquila —dijo Esteban atrayendo a su esposa y besándole el cabello—. Todo va a salir bien.
—Claro. Ya lo sé. Pero igual estoy nerviosa.
No volvieron a intercambiar palabra hasta que llegaron al mostrador circular ubicado en el medio del hall de entrada.
—Matrimonio N’Kobe Schultz —dijo Esteban presentando la documentación.
—Aguarden un instante —dijo la recepcionista tecleando sin apuro—. Cubículo 211. Los llamarán dentro de siete minutos. ¿Han leído las instrucciones con cuidado?
—Sí —dijo Sara—. Con mucho cuidado.
El mundo se había dado vuelta como un guante desde que Adrzej Znosko-Borowsky inventara el Diseñador Genético Molecular. Los “hijos a medida”, como habían empezado a llamarlos, estaban haciendo furor, tanto como un lustro atrás ocurriera con los clonados. Pero había que tener coraje; se hablaba de parejas a las que las cosas no les habían salido como correspondía.
—¿Más tranquila? —dijo Esteban luego de que un asistente de gran sonrisa les explicó el procedimiento hasta el mínimo detalle y contestó a todas las preguntas que quisieron formularle.
—Sí —dijo Sara—. Pero hay algo que no me termina de convencer, como si algo quedara fuera de nuestro control.
—Todo está bajo nuestro control —refutó Esteban—. El empleado acaba de decirnos…
—Está bien. Nos dijo todo lo que supimos preguntar, ¿y lo que no somos capaces de imaginar?
—Ya hablamos de todo esto en casa. Es suficiente. —La expresión de Esteban se endureció un poco—. ¿Quién convenció a quién de hacer esto? —La mano blanca como la leche del albino apretó la mano negra de la mujer; quería transmitir confianza, pero resultó un poco severo. Sara miró el techo.
—De acuerdo. Basta de dudas —dijo la mujer. Sonrió mostrando una hilera de dientes blancos y perfectos que contrastaban con su tez—. Estoy lista.
Dos técnicos vestidos de verde se acercaron para indicarles el camino al Cubículo 211.
—¿Han leído las instrucciones con cuidado? —dijo la mujer.
—Ya nos preguntaron eso cinco veces —respondió Esteban, molesto.
—Pero ¿las leyeron? —insistió el hombre.
Sara y Esteban asintieron. Aquello tomaba un cariz burocrático y la magia del momento parecía esfumarse.
—Ahora —dijo la mujer, melodramáticamente—, van a diseñar al hijo que desean. —Señaló el interior del cubículo, donde había un artefacto parecido a un prehistórico gramófono, aunque con dos conos semejantes a altavoces amplificadores, en vez de uno. Cuando estuvieron frente al aparato, y contra toda lógica, el técnico se ocupó de Sara y la mujer tomó a Esteban del brazo para que apoyara la frente sobre la superficie cóncava del cono.
—Visualicen la imagen del hijo que desean —dijo el técnico.
—¿Prefieren que sea niña o niño? —dijo la mujer.
—Niña —se apresuró a decir Sara.
—Sí, que sea una niña —corroboró Esteban.
—Todas las características que crean que debe tener la hija que van a concebir quedarán grabadas en un banco de memoria—dijo el técnico. Hacía eso varias veces por día; ya era una rutina para él—. Nosotros codificaremos los rasgos, colores y texturas y luego las introduciremos en el óvulo fecundado. No quiero abrumarlos con tecnicismos que a ustedes seguramente no les importan. Pero les garantizo que es un proceso muy sencillo.
Se concentraron. Cada uno de ellos tenía en mente a la hija ideal. Se llamaría Caissa.
Nueve minutos después, la vista preliminar estaba lista. Y Caissa sería exactamente como ellos la habían imaginado: la niña tendría el especto de un tablero de ajedrez.
DE TAL PALO
Luciano Lara & Graciela De Mary
El empresario más poderoso del país, un tal Albornoz, tenía teorías acerca de todo. En especial sobre el carácter de la gente.
Durante el largo cautiverio al que lo sometieron sus secuestradores entabló relación con uno de ellos que se hacía llamar Gaspar. El tipo lo vigilaba durante el día en el entrepiso disimulado de una fábrica en ruinas. A medida que pasaban las semanas y la negociación por el rescate seguía trabada, el jefe de la banda le daba menos de comer y lo golpeaba. Gaspar, por las mañanas, le servía mate cocido con pan y le aflojaba las vendas de los ojos y la mordaza. Era el momento en el que Albornoz, al borde del delirio, se explayaba a gusto.
—Es como le digo, Gaspar. Los bebés no deseados se convierten en seres que no hacen más que provocar molestias y desgracias y se vuelven malos. El rechazo se hace carne en ellos y avanzan entre turbulencias como los aviones pero a diferencia de estos nunca superan el techo de nubes ni surcan los cielos plácidos. Envenenan al mundo y no se cansan de hacer daño. Están quienes jamás se equivocan y todo les sale bien y por lo tanto suelen ser crueles porque nada ni nadie se compara con sus habilidades. A veces regalan un aprobado y la gente se siente agradecida bajo su sombra.
—No diga. ¿Y usted en qué grupo está? —preguntó el secuestrador por decir algo.
—Yo soy de los que se rebelan —contestó Albornoz orientando su mirada tabicada hacia Gaspar.
—No entiendo —respondió arqueando las cejas—, ¿usted es un bebé no deseado o no?
Gaspar no tenía demasiadas luces, y aunque Albornoz no estaba del todo en sus cabales, pensaba que con un poco de astucia podría manipularlo; contaba con una larga trayectoria manipulando gente. Se creía experto.
—No me refería a mí, hombre —Lo reprendió Albornoz en un tono que dejaba ver cierto fastidio—. ¿Acaso me ve cara de malo?
—Claro, lo dice por mí —respondió Gaspar resignado.
—De ninguna manera —lo interrumpió y comenzó a tutearlo—; para mí está claro que vos no sos el malo en esta historia, Gaspar: te están usando.
—¡Cállese! Usted qué sabe. —Gaspar intentó cortar el diálogo como si las afirmaciones del secuestrado lo incomodaran.
—Tengo experiencia en estas cosas —continuó Albornoz entusiasmado—; ¿acaso te pensás que no sé cómo se manipula a la buena gente a cambio de dinero? —Gaspar hizo una mueca y emitió un gruñido extraño—. ¿Se te ocurrió a vos?
—¿Qué dice?
—El secuestro, ¿se te ocurrió a vos? ¡Dale! Decime la verdad, a ver.
Gaspar no volvió a ser el mismo. Empezó a desconfiar del jefe de la banda que a esta altura ya estaba descontrolado. Los directivos de las empresas de Albornoz no cedían, estaban acostumbrados a negociar con peces gordos. Dilataban las respuestas, hacían contraofertas, exigían pruebas de vida.
—Le vamos a sacar una foto al viejo —ordenó el jefe.
—¡Pero si está hecho mierda! —se animó a decir Gaspar.
—Vos hacé lo que yo te digo.
La noche siguiente se alteró la rutina. Gaspar zamarreó al prisionero que ya estaba adormecido y le sacó las vendas. Una secreción purulenta le impedía abrir los ojos del todo. El jefe, que siempre había mantenido silencio frente a Albornoz, miraba la escena.
—Párese acá que le van a sacar una foto —ordenó Gaspar.
—¡Una foto! ¡Cómo al Zar de todas las Rusias! Muy apropiado. —Albornoz apenas se mantenía en pie. No intentó resistirse, más bien se irguió y alineó la cabeza con altivez.
—Siempre decías que Nicolás II murió con dignidad. De hecho fue la única historia que me contaste en toda mi puta infancia. Y no era un cuento muy lindo. —El jefe hablaba pausado, las palabras sonaban cavernosas, como maceradas en arena.
—Vos… ¡Por supuesto! Tu madre me sacó todo la plata que pudo y al final no abortó. Fue un gran error frecuentarte. —El rostro devastado de Albornoz se cubrió de sombras.
El jefe apuntó a la frente del padre y lo mató de un tiro certero. A Gaspar le tocó rociar el cuerpo con nafta y quemarlo en un descampado.
EL
ACCIDENTE
Cecilia Aravena Zúñiga & Eduardo
Contreras Villablanca
Arturo apagó su cigarrillo recién encendido y sin responder, cerró la pantalla del comunicador. El inspector jefe lo llamaba por tercera vez ese día para lo mismo, conocer sus avances en el caso de los estrangulamientos de las jóvenes estudiantes. Nueve cadáveres en menos de seis meses. Las encontraban desnudas, con los ojos vendados, en casas o calles de distintos barrios de Nueva Valdivia. ¿Qué le podía decir? Sólo conocía el modus operandi, más allá de eso, y del tipo de víctimas, aún no tenía ninguna pista certera. Era sorprendente la falta de rastros en una ciudad con tantas cámaras de vigilancia, privadas y públicas; las fijas puestas en los edificios, vías y domicilios, y las móviles instaladas en los drones de patrulla. Se tomó el último sorbo del café frio que quedaba en su vaso y salió a la calle.
La noche en el centro de la ciudad
era una locura. A los problemas diarios de tráfico se sumaba la afluencia de
miles de turistas que llegaban a mirar la erupción del volcán Calle-Calle, que
se levantaba en medio de la ciudad, por donde antes desembocara un río de ese
nombre. En el último siglo el surgimiento de volcanes se había hecho cada vez
más frecuente. A pesar de las advertencias de las autoridades de no sobrevolar
el área del cráter, medio mundo se acercaba a ver la burbujeante lava. Para
colmo el hedor a azufre se mezclaba con el de la basura de las calles y las
fritangas de los carritos de comida tailandesa y colombiana que saturaban las
veredas. Decidió caminar de vuelta a su departamento, subiendo las solapas de
su chaqueta para combatir las bajas temperaturas. Su barrio no estaba lo
suficientemente cerca del volcán como para entibiarse con sus vapores en esas
frías noches de inicios de primavera.
Mientras abría la puerta de su casa
pensó de nuevo en el asesino, ¿cómo no quedaban registros en las cámaras?
¿Sería miembro de alguna empresa de seguridad con acceso a las grabaciones? En
un caso así, quizás tendría la posibilidad de eliminar registros o parte de
ellos.
Aun no sabía que en ese mismo
momento, en el lado opuesto de la ciudad, sobre el sector más moderno, entre
las torres de residencias y el parque central, un aeromóvil de fuselaje azul superaba
la barrera de velocidad intentando alcanzar a otro de carrocería escarlata.
Producto de la aceleración, el metal brilloso de ambos dejaba estelas de esos
colores. El escarlata se dirigía hacia el volcán, quizás procurando perderse
entre el enjambre de aerovehículos. Después hizo un giro, pareció que el
perseguidor azul perdía a su presa, cuando de pronto emergió esquivando
turistas para seguir a la caza. Ahora se acercaban hacia las nuevas lagunas
surgidas después del tsunami del año 2083. De pronto, el auto de atrás aceleró
aún más y se acercó hasta impactar el propulsor trasero del que escapaba, una
pieza de este voló quebrándole un ala al perseguidor, los parachoques de ambos
vehículos se engancharon y los aeromóviles comenzaron a caer. El conductor del
auto escarlata desplegó al máximo las alas intentando evitar la caída, y quizás
queriendo sacudirse de su cazador. A pesar de eso se desplomaron en una
trayectoria diagonal. El agua de una de las lagunas amortiguó algo la caída,
las máquinas rebotaron contra la superficie y la inercia las impulsó hasta la
orilla. Quedaron totalmente destruidas, una de ellas comenzó a arder al tiempo
que un hombre salía arrastrándose desde su cabina.
A las dos y media de la mañana se
encendió el comunicador de la sala en la casa de Arturo. La cara del inspector
jefe con expresión de desagrado y el pelo revuelto apareció en la pantalla.
—Arturo, se necesita que cubras un
accidente en el sector oriente, los agentes de los suburbios no dan abasto con
las denuncias de extranjeros por asaltos, los turistas tienen prioridad. Además
estás castigado por tu nulo avance en los homicidios de las universitarias.
—Pero acabo de acostarme jefe, ¿de
verdad no hay nadie más en la prefectura?
—No. Dame detalles en la mañana. Y
por favor amárrate el pelo y cámbiate de ropa, si quieres que tus colegas te
tomen en serio.
En media hora Arturo, con el pelo
atado en una cola de caballo y con una gabardina verde llegaba a la zona del
accidente. A pesar de estar acordonada, un grupo de mirones circulaba
mezclándose con los policías y reporteros.
—Arturo, qué cara tienes. ¿Desde
cuándo te mandan a cubrir accidentes de tránsito? —preguntó un hombre de rasgos
asiáticos que lucía un impecable impermeable para la lluvia.
—Hola, Odori, ¿qué haces aquí? ¿El
Alcalde te mandó a buscar temas para aparecer en los diarios mañana?
—Sólo vine porque uno de los
fallecidos era un profesor conocido del jefe. Ya me voy, creo que fue un
lamentable accidente. Lo terrible es que al profesor lo acompañaba un androide
asistente personal que se autodesactivó. Esa será mala propaganda para la
industria —tiró la colilla de su cigarro al suelo y la pisoteó—. Bueno, mañana
tendremos más detalles. Buenas noches.
Arturo se acercó a los cuerpos de los
dos hombres fallecidos. Al verlo, el forense, un hombre rechoncho al que no
quedaba más que mirar hacia abajo, hizo su reporte.
—Dos cadáveres. El joven conductor
del vehículo escarlata murió desangrado por perforación en un pulmón, una
costilla quebrada lo atravesó —indicó hacia un lugar en el pecho con su corto
brazo derecho—. Al parecer estuvo veinte minutos sin recibir asistencia médica.
El otro, el profesor, recibió tres balazos: dos en el pecho y uno en el hombro,
el arma estaba en la mano del joven del pulmón perforado. El robot intentó
cauterizar la herida del hombro de su dueño, pero una de las balas que
impactaron en el pecho del profesor Jankovic llegó al corazón, contra eso el
droide no podía hacer nada.
—Los disparos al pecho deben ser
posteriores al del hombro, no tendría sentido que el droide intentara curarle
el hombro si Jankovic tenía una herida mortal en el corazón —dijo Arturo
tomándose la barbilla.
El forense movió la cabeza asintiendo
mientras su mirada iba de un cadáver a otro, finalmente se detuvo en el
profesor.
—Lo raro es que Jankovic perseguía al
joven —dijo sin dejar de contemplar al primero de ellos—, es lo que muestra la
cámara de seguridad más cercana que grabó su paso veloz una cuadra antes del
lugar del accidente. Van tan rápido que no se distingue quien conduce —afirmó
el perito y deslizando su dedo índice sobre la pantalla de su agenda virtual
AE3500, la minimizó hasta hacerla desaparecer en el aire.
Arturo recorrió el área que rodeaba a
ambas máquinas. Identificó el vehículo de cada fallecido. El aeromóvil de
Jankovic era el azul, perseguía al escarlata, ¿por qué? El parachoques
delantero del azul se había enganchado con el trasero del otro. El autómata no
podría haber sido el chofer del auto de Jankovic, la primera ley de la robótica
le impedía estrellarse contra otro ser humano: «Un robot no puede dañar a un
ser humano o por inacción dejar que un ser humano sufra daño». Imaginó la
caída, los autos con las alas desplegadas cayendo en espiral, imaginó al
conductor perdiendo sangre a montones de su hombro y al androide que lo
acompañaba intentando detener la hemorragia.
Puso las huellas de cada muerto en su
dispositivo y aparecieron en la pequeña pantalla sus datos. Ninguno con
antecedentes penales, ni siquiera multas de tránsito. El joven era informático
en un holding canadiense. Ingresos promedio. Vivía solo. El arma que causó la
muerte a Jankovic, estaba inscrita a su nombre: Daniel Garmendia. Sólo una tía
a la que se le podía avisar del deceso. El profesor era viudo desde hacía cinco
años. Académico en una universidad estatal, una hija viviendo en el barrio bohemio
de la ciudad, estudiante de música.
—¿Dónde está el robot? —le preguntó
al policía.
—La compañía de seguros lo guardó.
Quieren llevárselo para activarlo, ya que el androide se bloqueó. Seguramente
lo querrán utilizar nuevamente, porque Jankovic lo tenía en alquiler.
—¿Sufrió daños?
—Aparte de que está desactivado,
ninguno.
Un profesor persiguiendo en el aire,
como un loco, a un joven desconocido, o al menos sin relaciones conocidas con
el profesor. Un choque espectacular, el joven le dispara al profesor, seguramente
en reiteradas ocasiones, tres tiros dan en el blanco. Un robot que debió ser
interrumpido cuando intentaba salvar a su dueño. Daniel Garmendia, el asesino
moribundo que no recibe asistencia médica del mismo robot, que estaba obligado
a hacerlo porque la primera ley de la robótica lo forzaba a ayudar en
circunstancias así.
Probablemente el joven asesino le
había pedido ayuda al robot, de ser así, el androide habría violado además la
segunda ley «Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano,
excepto cuando estas órdenes se contradigan con la primera Ley». El moribundo
Garmendia, si bien había disparado contra el profesor, probablemente lo hizo
porque había sido perseguido y atacado por aquél, el robot debía prestarle
asistencia, porque salvar al joven no ponía en peligro la vida de otro ser humano.
No se trataba de un caso simple.
—Avísele al encargado de la compañía
que mañana a primera hora quiero revisar la memoria del robot. Buenas noches.
A las nueve de la mañana Arturo
cruzaba el umbral de su oficina. Justo cuando el inspector preguntaba por él a
su secretaria. Se acercó al escritorio del jefe dejando su expreso doble en la
orilla del escritorio.
—OK, Arturo, cuéntame lo de anoche.
El asistente del Alcalde llamó temprano. Están preocupados por el desperfecto del
robot. Una muy mala propaganda para la empresa en la que uno de los principales
accionistas es el propio Alcalde. Te doy trabajos fáciles para no estropearte
más tu jodida carrera, pero no hay caso. Llevas la mala suerte en el pellejo.
—Inspector, usted nunca me ha dado
trabajos fáciles. Al contrario lo único que quiere es que me vaya a asuntos
internos, en lo que usted dice que me iría mejor. —Mientras decía eso, y sin
pedir autorización, sacó una manzana de una canasta que tenía el inspector
sobre su escritorio, y le dio una mascada—. Para su alegría y tranquilidad le
reitero que de aquí no me mueve nadie. A los hechos. Jankovic, el profesor de
matemáticas, persiguió durante veinte kilómetros y doscientos metros a
Garmendia, el joven ingeniero en computación, estrellándolo justo arriba de las
lagunas de parque —apuntó hacia algún punto fuera del edificio—. Ambos
vehículos cayeron en una de ellas, lo que amortiguó el impacto. Los dos
quedaron heridos. El profesor fue auxiliado por su androide, que intentó
cauterizar una primera herida, pero por motivos que aún desconozco, el joven le
disparó dos veces en el pecho. Luego ese joven Garmendia se desangró frente al
robot, quien en vez de auxiliarlo se desactivó. Ahora voy a revisar la memoria
del androide, para dilucidar lo que sucedió.
—Arturo, es muy delicado este asunto.
En esta ciudad viven siete millones de personas y la mitad tenemos un robot que
se supone nos asisten en casos así. ¿Se imagina que haya un error de fábrica?
Tiene que llamarme apenas sepa algo más.
El ingreso a la compañía de seguros
era digno de la guarida de un espía de la guerra fría de hace más de un siglo:
un edificio sin ventanas al exterior, sin recepcionistas, sólo un timbre, una cámara
que confirmaba la identidad con la huella ocular y un ascensor que parecía
diseñado para transportar carga más que personas. Al abrirse las puertas en el
piso dieciséis, una voz por el altoparlante del ascensor le indicó que debía
desplazarse hacia su derecha sin salir de la cinta mecánica.
—Detective, pase por aquí —le dijo un
esbelto robot junior que portaba una bandeja con agua y café.
—Gracias —respondió Arturo y se sacó
el impermeable.
—Buen día oficial —saludó el jefe de
la sucursal, extendiéndole una mano—. Lo esperaba hace un rato. Tenemos en el laboratorio
al modelo DK-31 y podrá revisar la memoria RAM cuando usted disponga. Como
usted sabe, nosotros no podemos hacerlo por tratarse de información
confidencial del cliente. ¿Trae la autorización para acceder a la memoria?
—Arturo asintió, entregándole una tarjeta electrónica, que el hombre introdujo en
una ranura—. Quiero decirle que el robot no presenta ninguna falla atribuible a
la fabricación, por tanto nuestra compañía no asumirá ninguna demanda civil en
contra de nuestro cliente, la Industria de Automatización Doméstica (IAD), pero
evaluaremos eliminar el modelo, dependiendo de las pruebas que le hagamos una
vez que lo reactivemos.
—Entiendo. Comencemos, ¿vamos al
laboratorio de nuestra estación?
—No es necesario detective. Puede
utilizar nuestras dependencias. Por aquí por favor.
Ambos hombres traspasaron dos
compuertas automáticas y entraron a una sala climatizada con las paredes
cubiertas de ordenadores planos. El detective observó con detención lo avanzado
del modelo DK-31, casi indistinguible de un ser humano. Luego, conectó la
memoria del androide al procesador 3D y al microamplificador. En la sala además
del jefe de la compañía, estaba el experto en automatización de la industria
IAD. Los miró, y ellos asintiendo, se retiraron.
En la pantalla, el lenguaje de
máquina comenzó a traducirse en imágenes y sonidos reconocibles.
—«Roberto», espérame con el motor
encendido. No tardo.
La voz era del profesor, la imagen
difusa permitía ver los brazos y piernas del androide DK-31, llamado Roberto
por su dueño, al volante del aeromóvil. El vehículo había estacionado frente a
la casa de la hija del profesor. Arturo la reconoció porque había ido a avisar
del fallecimiento la noche anterior, pero nadie lo recibió.
Antes de que el profesor volviera, el
visor de DK-31 mostró el paso veloz de un aeromóvil escarlata por la misma
calle. A los pocos segundos se veía al profesor salir raudo de la casa y subir al
auto.
—«Roberto», yo conduciré.
En la imagen se veía que el profesor
lloraba mientras conducía. Arturo reparó en una pistola Sig 42 sobre las
piernas de Jankovic.
Luego de eso, se escuchó un estruendo
y la imagen se hizo borrosa, los sonidos no eran inteligibles. Arturo seguía
atento a la pantalla, eternos segundos sin imágenes, y solamente ruidos de
estática. Subió al máximo el volumen del micro-amplificador para tratar de
escuchar algo.
La imagen borrosa seguramente se
debía al agua y el fango en la cámara del robot, de pronto se aclaró la visión,
permitiendo ver al profesor que se arrastraba apuntando la pistola hacia el joven
que trata de salir de su vehículo incendiado, y luego desde la parte inferior
de la pantalla se ve emerger la mano del robot que le quita el arma a su dueño.
Luego inicia el proceso de cauterización del hombro. Por lo tanto, dedujo
Arturo, ese disparo era previo al choque, el chico Garmendia debió disparar
hacia atrás durante la persecución. De pronto se escuchó la voz entrecortada del
profesor, casi un balbuceo agónico en el que solo se distingue.
—...Dame el arma, debo matarlo
Mientras observa la escena, Arturo
constató que en este caso Roberto, al no entregarle la Sig 42, no violaba la
segunda ley que lo obliga a obedecer, ya que de hacerle caso a su dueño
violaría la primera: «...o por inacción
dejar que un ser humano sufra daño». Arturo escuchó entonces los dos
disparos que hicieron que el profesor saltara hacia atrás y cayera de espaldas.
El visor del robot se dirigió hacia el joven asesino que desde el suelo,
recostado sobre un codo le ordenó que lo salve. Entonces la imagen comenzó a saltar,
como si el droide convulsionara, luego todo se fue a negro.
El detective se irguió y salió
corriendo sin despedirse de los anfitriones. En la calle detuvo un aerotaxi.
—A estas coordenadas por favor —le
dijo al chofer y le entregó el papel con la dirección de la hija del profesor.
Mientras volaban, Arturo recapituló:
el llamado Roberto había violado la primera ley al no ayudar al asesino de su
dueño, Y también la segunda, al no obedecerle. Sólo una razón muy poderosa
podía llevarlo a eso: que el joven Garmendia fuera a su vez un peligro
inminente para otros seres humanos, es decir, un asesino serial. Ante eso la
programación del robot inevitablemente entraba en contradicción, cualquier
curso de acción que tomara llevaría a la muerte de un ser humano, en este caso
la del joven asesino, o la de sus futuras víctimas. En los cursos de programación
a eso le llamaban un «loop», contradicciones que dejaban al programa procesando
eternamente, hasta que alguien lo interrumpía o se fundía el computador.
A eso debían referirse los balbuceos
del profesor, por eso debía matar al joven. Jankovic venía de visitar la casa
de su hija, también estudiante, como todas las víctimas del asesino serial. El
aeromóvil escarlata del joven salió huyendo desde ahí; probablemente el
profesor llegó a casa de la hija a tiempo para encontrar ahí a Garmendia, con
las manos en la masa. ¿Habría llegado a tiempo el profesor? Probablemente no,
ya que lloraba mientras perseguía al fugitivo. El tipo era ingeniero
informático, seguramente tenía la habilidad suficiente como para hackear las cámaras
de seguridad. Todo calzaba.
Bajó de un salto cuando llegaron a la
casa. Tocó el timbre varias veces y esperó un rato. Luego comenzó a patearla.
Al echar abajo la puerta sintió el hedor de la muerte. En la alcoba, yacía el
cadáver desnudo de la joven. Las marcas del estrangulamiento y los ojos
vendados eran el modus operandi del asesino serial que lo tenía en las cuerdas.
El profesor lo había descubierto,
pero no alcanzó a proteger a su propia hija. ¿Habría llegado de casualidad
justo en el instante en que el asesino atacaba a su hija? ¿O habría descubierto
o sospechado algo que lo llevó hasta ahí en ese momento? Tendría que investigar
un poco más rastreando en los computadores de Jankovic.
Y no había error de fabricación de
los robots después de todo. El problema era peor; las tres leyes no daban
cuenta de todos los casos posibles. El robot había caído en una contradicción
tan fuerte entre las dos primeras leyes, que no fue capaz de imponer la
tercera, que lo obligaba a protegerse: «Un
robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté
en conflicto con la primera o la segunda Ley». Roberto había enfrentado un dilema
eterno sin solución, un dilema a lo Moebius, más bien un «trilema». Si se
protegía a sí mismo respetando la tercera ley, debía optar entre violar la
primera y la segunda dejando morir a Garmendia, o auxiliarlo y salvarle la vida
con lo que también violaría ambas leyes al permitir que siguiera matando
mujeres jóvenes.
Pensó que le gustaría ver la cara de
Odori. Su jefe, el Alcalde, no podrá estar muy tranquilo, al menos no hasta que
alguien formulara una cuarta ley que se hiciera cargo de los potenciales conflictos
entre las tres primeras.
Arturo se sentó en el borde de la
cama. Suspiró. Dos casos resueltos el mismo día. Las cosas cambiarían en la
estación. A ver qué cara le pondría ahora el inspector. Por lo pronto le envió un
mensaje pidiendo que oficiaran a la empresa de Daniel Garmendia, para pedirle
el registro de los horarios en que había tenido actividad laboral presencial o
virtual; debían descartar posibles coartadas en los días y horas de los
asesinatos previos.
Caminó hacia la ventana del living,
desde ahí se podía ver el penacho de humo que el volcán Calle-Calle acababa de
expulsar. Era cerca de las once de la mañana, se divisaban menos turistas
revoloteando alrededor. Probablemente la poca visibilidad los había ahuyentado.
Las Trancas, enero de 2020 / Santiago, marzo de 2020.
PIEDRA HABLA A LA LLUVIA
Alex
S. Johnson & Dora Gómez Q.
En
privado, se abre paso entre un vacío que gira en su mente: suavidad de algodón
de azúcar, cuero áspero, voluntad de hierro. Se queda de pie frente a la
fuente, jadeando como un perro, con la lengua ligeramente colgando, un tanto
ridícula en el infierno de espejos de los yoes que ha creado. Su amante la
observa desde la cúpula del edificio manchado de agua que durante siglos ha
amenazado con descender al canal, como un adorador enloquecido, pero que de
alguna manera siempre falla... de alguna manera, en el último momento, como un
suicidio ambivalente, se detiene, y se puede ver el agua donde se ha asentado
en su boca.
Una mano roza su pierna
distraídamente. Geneva mira la mano, las joyas, el ojo azul cobalto con su
intensidad, muy parecida a la de Robert, y sabe que su mirada está puesta en
ella ahora, dentro de ella. Jadear como un perro... lo escribió distraída, con
su pluma plateada, casi luchando con la página, siempre escribiendo a pluma,
nunca con una computadora, nunca jamás con una computadora. Se arrodilla en el
suelo e imagina que ella lo imagina como ella, imagina que él es ella como un
perro, y siente cómo el pelaje comienza a volverse suave y lento como percebes
alrededor de sus ojos y en algunos lugares de su nariz, y entonces su nariz se
vuelve plana, invertida, aplastada, y le cuesta respirar porque es de una raza
especial, pero no imposible...
Ella sabe que la fuente tiene ojos
conocidos que la observan y le da la espalda, también es un perro, jadea,
aúlla, echa espuma por la boca, grita, ya siempre es ella como un perro, él
como un perro, jadeando, empujando, envolviendo, subiendo la escalera de los
sueños, y su volumen compartido de mapas se derrama a través del murmullo de la
fuente, encontrándose con las lenguas del sol, el abrazo erótico del viento al
aire libre, al fresco, atrayendo los placeres del abandono, de la oscuridad...
Se conocieron en la Galería de los
Espejos de Versalles y siempre imaginan que son amantes que se encuentran por
primera vez en chorros de ojos reflejados, en estrellas de ojos, en fuentes.
brotando desde que los ojos conocieron el picor de las lágrimas y los perros el
dolor. Son perros, perros de oscuridad, lenguas de fuego, y aúllan, gritan,
ladran y chillan de rodillas, y las patas resuenan, mil silencios resonantes,
hasta el primer silencio primigenio que yacía sobre la tierra antes de que la
tierra supiera su nombre, antes de la idea de los nombres, antes de que el
primer perro mirara las estrellas y las estrellas les dedicaran sus mil y mil
chorros plateados de ojos-lengua...
Y ella es vista, y él es visto, a
través de las fuentes que crecen en la oscuridad, que recogen susurros como una
arboleda de árboles chismosos, que recogen fuentes de oscuridad, los dedos
tanteadores de las nubes y los chorros de ojos ahora forjados con sangre, un
gesto de convertirse en algo, joyas, sueños, perros, estrellas, fuentes.
El agua de la fuente cesa de golpe,
pero el eco del jadeo persiste, flotando en el aire denso como el olor a ozono
antes de la tormenta. Geneva estira el cuello hacia el cielo, con los ojos
forjados en sangre fijos en la cúpula donde Robert, se disuelve en la humedad
de los muros.
El pelaje, denso y húmedo de
percebes, empieza a arder bajo el sol que ahora reclama su lugar en el patio.
Geneva busca su pluma plateada en el
suelo, entre los mapas derramados que el viento empieza a arrastrar hacia el
canal. La tinta se mezcla con el agua estancada, dibujando galaxias oscuras
sobre el papel húmedo. Al tocar el metal frío, comprende la trampa de
Versalles: no construyeron la Galería de los Espejos para reflejar a los reyes,
sino para encerrar a los perros que aúllan por dentro.
Desde la cúpula, cae una sola gota.
No es agua, es cobalto líquido. Golpea el centro de la fuente con el peso de un
veredicto. Robert ya no la mira desde arriba; está abajo, atrapado en el fondo
del recipiente vacío. El reflejo en el fondo de la fuente no se mueve, pero el
dolor del perro late en las sienes de Geneva con la fuerza de un río
subterráneo. Al estirar los dedos hacia el cobalto líquido, imaginan que la
piedra finalmente cede, inicia su lento, majestuoso y silencioso descenso hacia
el canal hundiéndose en las aguas sin provocar una sola onda. Ya no hay cúpula,
ni mapas que rescatar del viento. Solo queda el espacio puro donde las lenguas
de fuego se transforman en escarcha.
Robert está allí, despojado de joyas
y de trampas de espejos, extendiendo unos brazos que ya no son de hombre ni de
animal, sino de pura luz de estrella extinguida.
La trampa de las identidades se ha roto para siempre. Ella también se deja caer.
EL HOMBRE DEL REVÓLVER
Sergio Gaut vel Hartman & Heiko H. Caimi
—No creo que lo
haga —dijo Honorio—. He intentado comprender por qué va siempre armado. Pero,
por lo que he podido averiguar, jamás ha disparado con ese revólver; es más, ni
siquiera creo que sepa cómo quitar el seguro... aunque no pienso que el motivo
por el que la gente lo odia sea la pistola. Él mismo es un anacronismo, un
hombre de otra época, una especie de reliquia.
—Estoy seguro de que nadie le teme
—concordó Gregorio—. Lleva demasiado tiempo por aquí como para inspirar temor a
alguien. Su presencia resulta familiar para todos. Forma parte del paisaje,
como un árbol o una roca.
—No estoy de acuerdo —intervino
Marcelino—. Nadie se siente cómodo en su presencia. Apuesto a que la mayoría de
la gente de aquí, si tuviera que permanecer en el mismo lugar un par de horas,
terminaría volviéndose violenta. Este hombre es distinto a todos los demás...
es como si fuera antiguo y al mismo tiempo un ser inacabado, incompleto, una
especie de experimento fallido.
El crepúsculo descendía sobre la
ciudad, tiñendo de rojo las viejas fachadas de las casas y proyectando largas
sombras sobre las calles adoquinadas. En la taberna, el murmullo de las
conversaciones se hacía cada vez más intenso mientras se seguía hablando del
hombre del revólver.
—¿Y su historia? —preguntó Honorio,
mirando a los otros dos con curiosidad—. ¿Saben algo concreto sobre él?
Gregorio se inclinó hacia adelante,
apoyando los codos en la mesa de madera desgastada.
—Dicen que llegó aquí hace más de
veinte años. Nadie sabe exactamente de dónde viene. Jamás ha hablado de su
pasado y, si alguien se lo pregunta, cambia de tema o se marcha sin decir una
palabra.
Marcelino asintió, dando un sorbo a
su cerveza.
—Lo que sabemos es que siempre ha
vivido solo, en esa vieja cabaña al borde del bosque. No tiene familia ni
amigos íntimos. Su única compañía es ese revólver que lleva siempre consigo.
Honorio frunció el ceño, perdido en
sus pensamientos.
—Pero ¿para qué llevar una pistola
si nunca la usa? ¿De qué le sirve esa falsa e infantil sensación de seguridad?
Gregorio se encogió de hombros.
—Quizá sea un modo de protegerse,
no de un peligro físico, sino de su pasado. Algo en su historia debió de
marcarlo profundamente.
El ambiente en la taberna se tornó
más tenso. Los tres hombres, ensimismados, guardaron silencio un momento,
contemplando posibles respuestas a las preguntas que se habían planteado.
Marcelino rompió el silencio con
voz baja y pensativa:
—Quizá nunca sepamos la verdad.
Pero lo que es seguro es que su presencia nos influye a todos, de un modo u
otro. Tal vez porque representa algo que todos tememos afrontar: el pasado, los
errores, las decisiones que nos han traído hasta aquí.
Honorio y Gregorio asintieron
despacio, reconociendo la veracidad de aquellas palabras. La figura del hombre
del revólver, solitaria y enigmática, parecía encerrar más misterios de los que
cualquier relato pudiera desvelar.
En la cabaña al borde del bosque,
el hombre del revólver encendió una lámpara de aceite y se sentó junto a la
ventana, contemplando el cielo estrellado. Su mano reposaba sobre el arma.
Permaneció inmóvil unos instantes
más. Luego apagó la lámpara, se encasquetó el sombrero y salió. El revólver le
colgaba del costado. Cruzó el sendero que conducía al pueblo con paso lento,
casi absorto. Las luciérnagas titilaban entre la hierba alta y el rumor de sus
pisadas parecía pertenecer más a la noche que a la tierra.
Cuando empujó la puerta de la
taberna, el chirrido de la madera bastó para apagar cualquier conversación. Los
vasos se detuvieron a mitad de aire, las cartas quedaron suspendidas en las
manos de los jugadores. Todos lo miraron.
Pero él había llegado a tiempo de
oír. Había captado tan solo el final de la última frase de Honorio, antes de
que este se volviera y comprendiera por qué el silencio se había abatido sobre
el local:
—...por qué llevas ese revólver no
son tus asuntos, son asuntos de todos.
Se quedó detenido en el umbral y su
mirada barrió lentamente la sala, sin ira ni ironía. Tenía el aire de alguien
que hubiera llegado con muchos años de retraso a una cita.
—Tiene razón —dijo. Su voz era
sorprendentemente joven—. Son asuntos de todos.
Nadie abrió la boca.
El hombre se acercó a la mesa de
Honorio, Gregorio y Marcelino. Se despojó con calma de la cartuchera y la
depositó sobre la mesa. El cuero emitió un ruido seco, y la culata del revólver
produjo un golpe sordo y metálico.
—Querían saber por qué lo llevo.
Honorio tragó saliva.
—Sí, pero...
—Entonces miren.
Extrajo lentamente el revólver de
la funda.
Alguien reculó; otro se hizo la
señal de la cruz.
El hombre abrió el tambor. Estaba
vacío. Lo cerró de nuevo y le tendió el arma a Honorio.
—Compruébelo.
Honorio la tomó con manos inseguras.
La hizo girar entre los dedos, abrió a su vez el tambor.
—Está descargada —murmuró.
—Lo está desde hace veintisiete
años.
En la taberna solo se escuchaba el
crepúsculo de la chimenea.
—Entonces, ¿por qué...?
El hombre sonrió por primera vez.
Era una sonrisa cansada.
—Para saber quiénes son ustedes.
Los demás se miraron sin
comprender.
—Una pistola cargada revela poco.
Da miedo. Es natural tenerle miedo. Pero una pistola descargada... —Hizo una
pausa—. Una pistola descargada revela a los demás. —Se volvió hacia el resto de
los clientes—. En todos estos años nadie me ha preguntado si estaba cargada. Ni
siquiera si sabía usarla. Prefirieron inventar mi vida. Me atribuyeron una
guerra, un crimen, una venganza, una locura. Me construyeron un pasado a la
medida de sus conveniencias. —Señaló el arma—. Esto nunca ha sido un arma. Es
un espejo. —Nadie se atrevió a hablar—. La llevo siempre conmigo porque todo
hombre necesita conocer el pueblo en el que vive. Y la mejor manera es
ofrecerle algo a qué temer. —Calzó despacio la cartuchera en el cinturón,
guardando de nuevo la pistola con un gesto rápido y esquivo—. Los miedos son
sinceros. Las personas, mucho menos. —Se encaminó hacia la salida. En el dintel
se detuvo otra vez—. Ah... casi lo olvidaba.
Sacó el revólver y apuntó hacia el
techo. El estruendo fue ensordecedor. Una nube de cal se precipitó sobre las
cabezas de los presentes. Las mujeres gritaron. Varios hombres se arrojaron
bajo las mesas. El hombre contempló el agujero humeante en el techo y luego el
tambor del arma.
—Ahora vuelve a estar descargada.
Salió a la noche. Nadie encontró el
valor para perseguirlo. Solo entonces Honorio comprendió que, durante
veintisiete años, aquel hombre había llevado un revólver descargado. El miedo,
en cambio, siempre había estado cargado.
CONJETURAL
Dora Gómez Q &
Michael Schmidt
Había días en que el
mundo parecía decidido, como si cada objeto hubiera firmado un contrato
silencioso con la gravedad, con el tiempo, con su propia forma. La taza era una
taza, el cielo era cielo, y la memoria —aunque frágil— obedecía todavía a
cierta lógica. Pero otros días… otros días todo se aflojaba.
Nadie
supo señalar con exactitud cuándo empezó. Tal vez fue primero una sospecha
mínima: una puerta que no llevaba exactamente al mismo lugar de siempre, una
palabra que, al repetirse, perdía su significado y adquiría otro, apenas
insinuado. O tal vez fue el momento en que alguien afirmó haber recordado un
hecho que nunca ocurrió, y sin embargo lo recordaba con una nitidez
insoportable.
Desde
entonces, la realidad dejó de ser un suelo firme y pasó a comportarse como una
superficie de agua apenas contenida.
Al
principio, la gente trató de corregirlo. Se hicieron registros, mapas,
inventarios de lo existente. Se escribieron definiciones más estrictas, se
diseñaron instrumentos para medir lo inmedible. Pero cuanto más se intentaba
fijar el mundo, más parecía deslizarse entre los dedos. Las reglas no se
rompían: se desplazaban.
Hubo
quien propuso que la realidad nunca había sido estable, que simplemente ahora
estábamos viendo sus costuras. Que aquello que llamábamos «lo real» no era más
que una versión consensuada, una coincidencia provisional entre múltiples
posibilidades que competían en silencio.
Otros,
en cambio, empezaron a experimentar.
Solo
se conservan, de aquellos comienzos, retazos de realidad alternativa, siete
historias registradas, narradas como si fueran cuentos o guiones de películas,
y con acotaciones sugerentes, como si un sistema desconocido calibrara el
desfasaje de lo acontecido.
Estas
páginas fueron encontradas en los archivos de un investigador de los sucesos,
aunque se ignora si los escribió él, o era una recopilación de otros
investigadores que llevaban un registro diario de los acontecimientos y de cómo
eran percibidos por ellos.
Se
ignora el significado de las acotaciones que por entonces hacía el sistema, se
supone que eran ajustes de una realidad alternativa, y que aparecían sin el
control de los investigadores.
Estos
registros son muy antiguos y los comparto por si todavía hay alguien que le
interese la historia, aunque cada vez somos menos, pero igual quiero dejar
testimonio antes de que sea borrado de mi memoria.
En
la ciudad no se hablaba de desapariciones.
No
oficialmente.
Las
estadísticas no las registraban como tales, los noticieros no las nombraban y
los informes públicos evitaban cualquier término que implicara pérdida. En su
lugar, utilizaban una fórmula más limpia, más tolerable: «Eventos de
discontinuidad.»
La
gente aprendía rápido ese lenguaje. Era más fácil aceptar una palabra técnica
que enfrentarse a una ausencia sin explicación.
Además,
había algo que ayudaba: solo una persona recordaba a los que desaparecían. Los
demás lo olvidaban.
El
algoritmo había sido creado siete años atrás, con otro propósito: «la
predicción de riesgo urbano», así lo llamaron al principio. Un sistema capaz de
anticipar delitos, conflictos sociales, patrones de violencia. Funcionaba bien.
Demasiado bien.
Pero
en algún momento –nadie supo precisar cuándo– empezó a hacer otra cosa: a registrar eventos que no correspondían a
ningún modelo previo. No predecía robos. No anticipaba accidentes. No señalaba
amenazas. Solo escribía. Una línea breve. Siempre la misma estructura: «Evento
confirmado». Y debajo, un nombre. Nada más. Ese nombre era una persona que
desaparecía, y luego otra persona, solo una, lo recordaría, pero era borrado de
la memoria de toda la comunidad.
El taller del
laboratorio del ingeniero Jan Eichhorn lucía impecable y ordenado, con un
aspecto clínico.
Jan
se inclinó sobre el tubo de ensayo y observó las estructuras de la pieza de
trabajo, fabricada con un material compuesto innovador. Los filigranos patrones
consistían en óxido de titanio y habían penetrado en el cuerpo de poliamida,
formando allí los contornos de un azulejo de Einstein. Este azulejo de Einstein
cubría por completo las paredes exteriores de la pieza de trabajo sin
repetirse, sin importar si se giraba, se desplazaba o se reflejaba. Dentro de
estas paredes, es decir, en el interior del cilindro, había pequeñas burbujas
incrustadas que atravesaban el cuerpo de forma periódica y estaban llenas de
nitrógeno comprimido.
Lleno
de satisfacción, el ingeniero Eichhorn contempló la disposición. Con energía
tomó la pieza de trabajo, introdujo el cilindro en la prensa de prueba –un
aparato en el que primero fijó la pieza en un soporte flexible dotado de
diversos sensores– antes de cerrar el dispositivo con esmero y accionar el
regulador de presión. Siguiendo un algoritmo preestablecido, se generó una
presión superior a la atmosférica para comprobar la estabilidad del cilindro.
Dos atmósferas, tres, cuatro, cinco. La presión aumentaba mientras Eichhorn
leía los distintos valores de medición en los monitores. Además de la presión,
se indicaban el volumen total del cilindro, la fuerza ejercida sobre las
paredes exteriores y la proporción de óxido de nitrógeno que debía desprenderse
a través de las grietas previsibles del material. La fuerza que actuaba sobre
las paredes exteriores aumentó tal como se esperaba y, pasado un tiempo, la
concentración de óxido de nitrógeno se incrementó.
Sin
embargo, el experimento dio un giro dramático.
Por
motivos inexplicables, la presión cayó. El gas regresó al interior de las
burbujas y este proceso incomprensible generó una fuerza que abombó las paredes
exteriores hacia afuera.
Pero
eso fue solo el principio de un proceso misterioso. La presión exterior
descendió a cero y la prensa se abrió por sí sola. El cilindro se deslizó hacia
adelante, salió literalmente disparado de la prensa y, mientras descendía
tambaleándose hacia el suelo, fue ganando volumen. Al tocar el suelo, la pieza
de trabajo alcanzó el tamaño de un ataúd.
La
transformación continuó. El diámetro creció de manera constante y la superficie
lateral mostró de pronto también azulejos de Einstein. Jan Eichhorn contempló
los azulejos de Einstein y, mientras los observaba, estos cambiaron de forma.
Los azulejos se volvieron regulares y periódicos; los bordes se alisaron y
formaron círculos que se unieron y aumentaron de tamaño hasta que solo quedó la
superficie lateral en forma de un círculo virginal. Este círculo se volvió
lechoso, transparente y desarrolló una succión tan potente que Eichhorn se
precipitó hacia el interior del ataúd cilíndrico. Apenas el ingeniero Eichhorn
atravesó el cuerpo, la pieza de trabajo desapareció.
Eichhorn
aterrizó en un prado floreciente. Unos tallos suaves amortiguaron su caída con
delicadeza. El calor seco lo golpeó como una pared y el sudor brotó por todos
sus poros. Confundido, se sentó y miró a su alrededor. El prado se extendía
hasta el horizonte y estaba salpicado de una colorida variedad de flores y
hierbas. El aire, impregnado de fragancias a rosas, lavanda y jazmín, resultaba
denso, pero olía de maravilla. El cielo azul alegró su corazón, de modo que se
puso de pie de un salto y corrió por el prado como un niño, lanzando gritos de
júbilo. Olvidó por completo de dónde venía y qué había hecho antes. Su vida
transcurría en el aquí y el ahora, y se sentía como el jardín del Edén.
«Evento
confirmado».
Jan Eichhorn.
EL ESCRIBA DE THOTH
Ana Lúcia Merege & Lu Evans
El escriba real Hori recibe una estatua que lo representa como regalo del faraón. Al mirar a los ojos de la estatua, Hori recuerda el momento mágico en que, siendo un joven aprendiz, el dios Thot lo bendijo para convertirse en el más grande de todos los escribas.
*La estatua del "Escriba Sentado" fue redescubierta en la necrópolis de Saqqara en 1850 por el egiptólogo Auguste Mariette, y hoy es una de las más famosas del mundo.
Eso es todo, ya está hecho. Ahora es
todo o nada,
pensó Hori.
El niño de doce años se escabulló
por los pasillos del templo. Bajo el brazo, la caja donde guardaba sus
instrumentos de escritura ocultaba el tesoro robado: el pincel de junco
desgastado y de fibras secas que el Maestro Geb conservaba como trofeo en su estudio.
—Jamás, bajo ninguna circunstancia,
toquen esto —advirtió a cada nuevo grupo de aprendices—. Este pincel es un
regalo de Thot. Solo los escribas más extraordinarios se atreven a usarlo.
—¿Y qué pasa después? —preguntaba
casi siempre alguno de los recién llegados.
—¡Ah! ¡Que yo sepa, nadie ha tenido
jamás tal honor! —exclamó el anciano, esparciendo saliva entre los dientes que
le quedaban—. Sin embargo, mi predecesor, el venerable Menna, oyó del sumo
sacerdote que el pincel otorgaría a tal escriba una maestría insuperable; que
jamás volvería a cometer un error, y que las palabras y los dibujos trazados
por su mano serían los más perfectos de todo Kemet. Pero, al parecer
—concluyó—, con la pereza y la negligencia que demuestran, ninguno de sus
colegas jamás tendrá ese privilegio.
Hori apretó los dientes con fuerza
al recordar el discurso. Lo había oído innumerables veces y siempre le había
parecido injusto, al igual que los castigos por cada pequeño error. Si solo
eran unos pocos, era posible salir impunes con una simple reprimenda, pero los
alumnos menos habilidosos –lo cual Hori no suponía que fuera su caso– o los más
distraídos y soñadores —como él sin duda lo era— se veían obligados a copiar
interminables listas de palabras. Eso, claro, cuando no los estaban castigando.
Los estudiantes tienen las orejas en la espalda.
—Eso es —dijo el maestro Geb
mientras blandía el bastón. Esa es la única manera en que aprenden.
Sin embargo, por mucho que intentara
hacer trampa y copiar, e incluso siendo el mejor artista de la clase, Hori
seguía confundiendo los jeroglíficos o escribiéndolos al revés; la tableta en
la que practicaba volvía a sus manos cubierta de manchas de tinta roja, y él
suspiraba y se resignaba a sufrir otro castigo más.
Pero, por la gracia de los dioses,
eso terminaría hoy.
El plan se le ocurrió de repente, al oír de nuevo la
historia del pincel de Thoth, pero al muchacho le había costado meses reunir el
valor necesario, y luego tuvo que esperar el momento oportuno. Este llegó hoy
cuando, cansado de las tres o cuatro palizas que había propinado a otros
alumnos durante el día, el Maestro Geb decretó que el castigo de Hori sería
permanecer en el templo después del atardecer y organizar sus materiales de
escritura. Solo, no veía la hora de correr al estudio y, con el corazón latiéndole
con fuerza, apoderarse de la reliquia con la que aseguraría el fin de sus
problemas. Pues sus dibujos, elogiados incluso por el maestro cuando estaba de
buen humor, le aseguraban que tenía el talento necesario para manejar el
pincel; la magia divina del artefacto corregiría los jeroglíficos y se
convertiría en el más grande de todos los escribas de Kemet.
Han
transcurrido varias décadas desde aquel episodio.
Hori era ahora el escriba real, responsable de administrar
los cultivos y el ganado, recaudar impuestos, realizar el censo, organizar el
pago de los trabajadores y redactar leyes. En otras palabras, era la columna
vertebral de la burocracia del reino, trabajando codo a codo con los sacerdotes
e incluso con el faraón.
Ese día, Hori estaba feliz y sonriente, observando la
estatua de piedra caliza pintada en un vibrante marrón rojizo, un color
tradicionalmente asociado con los hombres. Un regalo del faraón, la estatua
representaba al escriba con las piernas cruzadas, trabajando en papiro,
expresando el dominio de la escritura como símbolo de poder. No medía más de 50
centímetros, pero impresionaba por sus rasgos realistas: cabello corto y
oscuro, una expresión facial concentrada, una postura ligeramente encorvada,
pliegues de grasa en el vientre y flacidez en el pecho, lo que demostraba que
Hori era un hombre rico y bien alimentado. Al igual que el escriba de carne y
hueso, la estatua vestía una Shendyt, una falda de lino blanco que
delataba su profesión.
Sin embargo, lo más impresionante eran los ojos, de
contornos muy marcados, con incrustaciones de una combinación de magnesita para
la parte blanca y cristal de roca para el iris y la pupila.
Esos ojos atentos y sabios eran el resultado de lo que le
había sucedido a Hori décadas atrás. Los recuerdos volvieron a la mente
extasiada del escriba.
Solo
en el templo tras la puesta del sol, el joven aprendiz de escriba descuidó la
organización de los materiales que le había ordenado su maestro. Era un
castigo, pero Hori lo vio como una oportunidad. Corrió al estudio y, sintiendo
que el corazón le latía con fuerza en el pecho, tomó el pincel sagrado de Thot.
Analizó la pieza con atención, pero el pincel parecía tan
común como cualquier otro instrumento de escritura. Decepcionado, Hori ya
pensaba en devolver el objeto a su lugar original cuando sintió que se volvía
pesado en su mano. Se sobresaltó.
El peso aumentó tanto que obligó al muchacho a arrodillarse
en el suelo, con la mano atrapada entre el pincel y el piso de granito rojo.
Intentó en vano liberarse, temiendo que se le rompieran los dedos, lo que
acabaría con cualquier esperanza de convertirse en escriba.
Gritó de dolor y miedo, pero el templo estaba vacío y nadie
acudió en su ayuda.
Entonces ocurrió algo aún más increíble: miles de filamentos
se desprendieron del pincel, llenando la habitación y brillando como diminutos
rayos de sol que se curvaban formando diversos diseños…
Tras permanecer flotando alrededor del chico durante unos
segundos, se movieron simultáneamente con una velocidad imposible de comprender
y se clavaron en los ojos de Hori.
No despertó hasta el día siguiente, conmocionado por el
Maestro Geb, quien estaba furioso porque el niño se había quedado dormido en el
trabajo y, además, tenía en sus manos el pincel sagrado.
La paliza no tardó en llegar, pero Hori ni siquiera sintió
los golpes. Estaba feliz y sonriente, pues ahora poseía el conocimiento
necesario para convertirse en el más grande de todos los escribas.
ALIENTO
Meghashree Dalvi & Sergio Gaut vel Hartman
—¡Otra vez
cancelaron nuestro plan! —grité, exasperado. Sin darme cuenta, cerré el
portátil de un golpe.
—¿Qué? ¿Otra vez? Era de esperar.
Hace dos días que vienen llegando alertas. Y desde ayer ni siquiera hemos visto
el sol. Tendríamos que haber ido hace dos días.
—Sí. Y si hubiéramos ido, habríamos
quedado atrapados allí. ¿Quién iba a imaginar que la calidad del aire iba a
empeorar tanto de un momento a otro? Ahora decretaron un confinamiento de una
semana. Eso significa que tendremos que esperar otra semana para visitar a la
tía.
—En cuanto levanten el
confinamiento iremos enseguida, ¿de acuerdo? —dijo Gayatri mientras terminaba
de ordenar la casa—. Además, seguimos en contacto por videollamada. Y tiene una
enfermera robot.
—Eso no es suficiente para una
persona mayor. Ni para mí, en realidad. Las videollamadas y la telemedicina
sirven para salir del paso, pero necesito verla en persona. Voy a empezar los
trámites. Enviaré la documentación. Les diré que se trata de una emergencia y
que tengo que visitarla. A ver si consigo el permiso; si me lo conceden, iré y
volveré en un par de días.
Me levanté y empecé a caminar de un
lado a otro.
—¿Con el aire tan contaminado? ¿Y
si te pasa algo por el camino? ¿Y qué harás con la comida?
—Ya veremos. Primero hay que
conseguir el permiso.
Volví a abrir el portátil y empecé
a revisar la documentación.
—El coche ya llegó,
Ranjan —me avisó Gayatri—. ¿Consultaste el pronóstico del tiempo?
Le eché un último vistazo al
equipaje.
—¿Para qué? Sabemos de memoria lo
que va a decir: más de cuarenta y dos grados, posibilidad de lluvia en
cualquier momento y visibilidad muy reducida.
—Está bien. —Llevó la bolsa hasta
la puerta—. Te preparé los ladús blandos que tanto le gustan a tu tía.
—¿Cuándo hiciste eso? —pregunté,
sorprendido.
—Saqué tiempo de donde pude. No
importa. También puse tu comida en esa misma bolsa. Y llámame de vez en cuando.
—Claro. Cuando llegue haré una
videollamada para que puedas hablar con la tía. ¿De acuerdo?
Cuando subí al automóvil sin
conductor advertí que era un vehículo de nivel cinco.
—Yo había pedido uno de nivel
cuatro —protesté.
—Así es. Pero, debido al
confinamiento, únicamente pueden circular vehículos de nivel cinco —respondió
el coche.
—El confinamiento se debe a la
contaminación del aire. ¿Qué tiene que ver eso con el nivel del vehículo?
Espera, no arranques todavía. No pienso viajar hasta que me den una explicación
satisfactoria. Un vehículo de nivel cinco significa que, ocurra lo que ocurra,
no podré asumir el control. ¿Y qué haré si surge una emergencia? Por eso
siempre solicito un coche de nivel cuatro. Me gusta saber que, si hace falta,
todavía tengo alguna posibilidad de intervenir.
—Tiene razón, Ranjan. Sin embargo,
muy pocas personas han recibido autorización para viajar. Para evitar cualquier
irregularidad, el Gobierno ha establecido que solo podrán circular vehículos de
nivel cinco. Indique su decisión. Si cancela el viaje, se le descontarán
cincuenta créditos en concepto de gastos de cancelación —respondió el automóvil
con voz impersonal.
¿Cincuenta créditos por cancelar un
viaje que costaba doscientos? Me irrité. Pero también sabía que las compañías
de vehículos autónomos cobraban esa diferencia aprovechando las circunstancias
especiales que estábamos viviendo. Y como había preparado todo para visitar a
mi tía decidí seguir adelante. Me acomodé, por costumbre, en el asiento del
conductor.
El primer puesto de
control apareció al cruzar el límite del Gran Bombay.
La documentación estaba en regla.
El sistema autónomo del puesto tomó algunos datos directamente del vehículo y
autorizó el paso.
La carretera estaba completamente
desierta. En aquella atmósfera grisácea tampoco había mucho que ver. Al menos
en Bombay todavía se cruzaban algunos trabajadores de servicios esenciales y
policías, todos con enormes máscaras de gas y cilindros de oxígeno colgados de
la espalda.
Instintivamente miré hacia la
izquierda.
Allí estaban los cilindros de
oxígeno de emergencia. Aunque yo era el único pasajero, la normativa exigía dos
delante y tres detrás. Hice un cálculo mental. Incluso si la situación se
complicaba mucho, podría completar todo el viaje respirando oxígeno. Aquello me
tranquilizó un poco.
En ese momento sonó el teléfono
móvil.
—¡Le deseamos un excelente viaje!
Si necesita más oxígeno, puede solicitarlo en cualquier momento llamando a este
número. Esté donde esté, un dron se lo entregará de inmediato.
El mensaje, pronunciado con un
entusiasmo artificial, me hizo hervir la sangre.
Bastó con que mirara los cilindros
de oxígeno para que el sistema de seguimiento del coche registrara ese dato, lo
compartiera y una empresa dedujera mis necesidades y me enviara un anuncio
personalizado.
De todos modos, ya no tenía sentido
seguir con las quejas. Ya había expresado mi descontento con el vehículo. Si
insistía, elaborarían un perfil psicológico mío y podrían cancelar el viaje.
El coche era de nivel cinco:
completamente automatizado, autónomo y capaz de tomar todas las decisiones por
sí mismo.
En ese caso, yo no podría hacer
absolutamente nada. Simplemente daría media vuelta y me llevaría de regreso a
casa. Por momentos, me daba la impresión de que no solo era capaz de registrar
mis movimientos oculares y detectar cuáles eran mis intereses inmediatos, sino
que también podía leer mis pensamientos. ¡Las delicias de la tecnología!
¡Maldita tecnología! Bastaba mirar por la ventanilla para advertir el
contraste. A la altura de Chembur las refinerías ya no se distinguían. Solo
aparecían manchas rojizas detrás de la neblina, como brasas suspendidas. En
Vashi el coche cruzó el puente sin que pudiera verse el agua. Bajo la calzada
solo existía una masa gris, inmóvil, que podría haber sido el mar o una nube. Y
la cadena de los Ghats Occidentales que debería haber aparecido al llegar a
Kharghar, era invisible. En su lugar solo había una pared opaca.
Pero no. Yo estaba prisionero en mi
maravilloso, incomparable, ultramoderno vehículo de nivel 5…
—Un llamado de Gayatri por
intrafono —anunció la voz impersonal del sistema. ¿Había alguna razón de fuerza
mayor que impedía que mi esposa se comunicara directamente conmigo?
—Por motivos de seguridad —fue la
respuesta a mi pregunta, directamente abducida de mis cavilaciones— todas las
llamada son intervenidas por la Unidad de Control Sanitario.
—¿Ranjan? —La voz de mi esposa pareció
brotar del espacio interior del vehículo, procesada y mejorada sin ninguna
necesidad—. ¿Todavía estás viajando?
La pregunta era superflua. La
vivienda de la tía Smita estaba en Karjat, a setenta kilómetros de casa. Y
dadas las circunstancias, la velocidad máxima había sido limitada a veinticinco
kilómetros por hora. Pero debía ser paciente, por lo que le contesté a Gayatri
con el mejor tono que logré rescatar de mi fastidio.
—No, querida, estoy viajando.
Supongo que pronto llegaremos a Panvel…
—Hemos superado Panvel hace
exactamente dos minutos y cuarenta y nueve segundos —dijo el auto sin que nadie
se lo pidiera. Pero yo repetí como un idiota:
—Pasamos Panvel hace tres minutos,
más o menos.
—Hace exactamente tres minutos y
quince segundos —me corrigió el sistema.
—Llámame cuando llegues —dijo Gayatri.
—¡Por supuesto! —exclamé con más
énfasis del necesario.
Me dediqué a mirar el paisaje —lo
que se podía ver, dada la mínima visibilidad— y vi los drones del Servicio
Estatal pulverizando reactivos para limpiar el aire; sujetos de las brigadas
cambiando filtros gigantes junto a la autopista; vehículos abandonados porque
agotaron el oxígeno y paneles luminosos indicando que la exposición máxima
recomendada sin la protección adecuada era de diecisiete segundos.
No obstante, me dije, es mejor ver
el vaso medio lleno y no el vaso medio vacío... siempre que el sistema no
decidiera preguntarme si prefería agua mineral, vino o cerveza, metiéndose de
nuevo en lo que no debía importarle. Pero por una vez logré recordar las
recomendaciones de mi terapeuta: no contesté nada.
Por fortuna, me dije, y deseché el
pensamiento casi de inmediato para evitar interferencias, en una hora estaré en
la casa de la tía Smita…
Al dejar atrás Panvel la bruma
empezó a aclararse. No era un cielo limpio; simplemente el gris dejaba de ser
compacto. Por primera vez desde que había salido de casa pude distinguir la
silueta borrosa de una colina.
—Índice de
calidad del aire: cuatrocientos treinta y ocho. Riesgo extremo. Se autoriza una
parada técnica de hasta diez minutos. —La información era innecesaria, por lo
que lancé un bufido de desaprobación. Pero el sistema no supo o no quiso
interpretar mi gesto. Y el auto se detuvo en el recinto de descontaminación. No
sería una estación de servicio tradicional sino algo propio de ese nuevo mundo.
Un edificio hermético con esclusas de aire; robots cambiando automáticamente
los filtros del vehículo; reposición de oxígeno; pulverización descontaminante
sobre la carrocería y una cafetería completamente vacía, ya que nadie podría
quitarse la máscara para beber una infusión. Había bajado con la ilusión de
respirar un poco mejor... y descubrí que tampoco podía hacerlo.
Caminé unos pasos mientras se
completaba el servicio y advertí que había un anciano sentado frente al
ventanal observando unas montañas que apenas se adivinaban.
—Parece que aquí el aire está un
poco mejor en esta zona —le comenté.
— Hace años, desde aquí se veía
toda la cordillera —respondió.
Un poderoso altavoz interrumpió,
tal vez afortunadamente, el diálogo que yo me proponía mantener con el anciano.
—Debe volver a abordar el coche en exactamente
dieciocho segundos.
Suspiré. Estábamos a solo quince
minutos de nuestro destino.
—Trece minutos y cuarenta y ocho
segundos —dijo el auto.
Dejamos atrás Chowk; el coche
abandonaba definitivamente la zona más densamente urbanizada. Se veían algunos
depósitos logísticos y campos parcialmente abandonados. En Shelu aparecían las
primeras viviendas bajas y pequeños cultivos protegidos por cúpulas filtrantes
o barreras vegetales y en Bhivpuri Road el aire mejoraba algunas décimas; por
primera vez se distinguían las laderas de los Ghats Occidentales.
Y, ¡por fin!, Karjat: calles
tranquilas, árboles todavía vivos, aunque cubiertos por una película gris. Tenía
maravillosos recuerdos de ese lugar, recuerdos de la infancia y primera
adolescencia. La tía Smita era la hermana más querida de mi mamá… pero traté de
reprimir esas emociones. No quería que el sistema se apropiara también de
ellas.
El auto se detuvo. La casa de la
tía Smita seguía siendo la misma de siempre: una construcción baja, de paredes
color crema y techo inclinado, rodeada por un pequeño jardín donde apenas
sobrevivían algunos hibiscos cubiertos de polvo gris. Los años habían añadido
paneles solares sobre las tejas, ventanas de doble sellado y un discreto módulo
de filtrado que zumbaba encima de la puerta principal. Solo la pequeña esclusa
de descontaminación, construida junto al porche, delataba que el mundo exterior
ya no era el mismo.
La enfermera abrió la puerta y me
hizo pasar. Me inquietó el silencio. La casa estaba impecable. Había dos tazas sobre
la mesa.
—¿Dónde está mi tía?
—¿Trajo los ladús? Ella los mencionó
varias veces durante la noche; sabía que usted los traería... en el caso de que
pudiera venir. —Miré la bolsa que aún sostenía con la mano izquierda, la bolsa
que contenía los ladús que Gayatri había preparado—. Su tía insistió en
respirar aire exterior, señor Ranjan. Dijo que prefería hacerlo una última vez
antes que seguir viviendo sin poder respirar —añadió la enfermera robot con el
mismo tono neutro con que habría informado la temperatura exterior.
EL TREN NOCTURNO
Iván Bojtor & Sergio Gaut vel Hartman
Durante mucho tiempo pensó que solo lo
había soñado. Sin embargo, una noche volvió a escuchar ese ruido. Al principio
era solo un sonido lejano e inidentificable, luego se intensificó y con el
tiempo se convirtió en un estruendo tan fuerte que hizo temblar la casa. Se
levantó de la cama, se calzó las pantuflas y se deslizó hasta la ventana en la
penumbra de la habitación. A pesar de entrecerrar los ojos, afuera estaba
oscuro, no veía nada. El ruido se calmó, como si lo que lo causaba se estuviera
alejando. El sonido que escuchaba era familiar, pero creer que realmente era eso
parecía tan absurdo que quedó completamente desconcertado.
Hacía meses que vivía solo en esa casa solitaria; solo
ocasionalmente iba a la ciudad para abastecer la nevera vacía. Su sentido del
tiempo estaba completamente trastocado; a veces se quedaba despierto hasta el
amanecer y luego dormía todo el día, otras veces se despertaba al amanecer y se
acostaba después del almuerzo. En la casa no había televisión ni teléfono. La
antigua computadora ubicada en un rincón simplemente acumulaba polvo. El reloj
de pared tenía la batería agotada; hacía dos meses que marcaba las doce.
En esa atemporalidad, una noche, durmiendo sobre una mesa
con un libro entre las manos, se despertó de repente. Escuchó el conocido ruido
retumbante. Se tambaleó hacia la ventana y vio lo que esperaba.
Un convoy de trenes pasaba frente a la antigua casa de
guarda de la estación. Vio la tenue luz que brillaba en las ventanas sucias que
pasaban rápidamente y también algún movimiento, como si varios pasajeros se
estuvieran preparando para bajar. Se asustó.
Después de todo, no habría sido sorprendente que un tren
pasara frente a una antigua casa de guarda. Pero lo cierto era que habían
levantado las vías mucho tiempo atrás.
Al día siguiente fue al médico. Le recetaron algún calmante.
Los tomó por un tiempo. En esas noches en las que, de alguna manera, el tren
pasaba una y otra vez frente a la casa, se tomaba uno o dos, luego dejó de
hacerlo.
Al dejar las ventanas abiertas por la noche debido al calor
del verano, esperaba el silbido del tren que se acercaba, así tenía tiempo de
prepararse para observarlo mejor. Al frente iba una locomotora a vapor que
tiraba de ocho vagones. Parecía completamente real. Solo que no veía las
ruedas. Por encima del suelo, todo el convoy parecía flotar en la niebla.
Cuando se alejó, todavía escuchó durante mucho tiempo el ruido de ruedas que no
existían en rieles inexistentes.
Cada vez más, se apoderaba de él la idea de que el tren
emergía de alguna parte del tiempo y, después de dejar la antigua estación,
retrocedía hasta allí. El tren debía haber pasado por ese lugar en algún
momento de los ciento veinte años durante los cuales la línea estuvo en
funcionamiento. Recolectó viejos horarios, los estudió. Hojeó las viejas copias
del periódico local en el archivo, buscando algún indicio para explicar lo que
estaba sucediendo, pero no encontró nada.
Luego, nuevamente, cayó en la incertidumbre. Estaba seguro
de que no veía ninguna inscripción en el tren. Leyó en alguna parte que la
falta de inscripciones era característica de los sueños. ¿Había soñado todo
esto?
Una noche, se despertó al chirrido de los frenos. Miró desde
detrás de la cortina. Un sueño, seguro que era solo un sueño. El tren estaba
allí frente a la casa. El olor asfixiante del humo lo golpeó. Cuando salió al
antiguo andén, el tren ya se había puesto en marcha, solo las luces del último vagón
parpadeaban a lo lejos.
Ya iba a volver a acostarse cuando vio las vías. Y cuando
levantó la vista, al otro lado del terraplén, a la luz de la luna, vio una
figura alejándose.
Lo invadieron una serie de impulsos contradictorios. Salir
de la casa e ir en persecución del hombre, mujer o ente que se desvanecía en la
niebla; regresar al lecho y tratar de dormirse, algo que, últimamente, le
costaba horrores; permanecer junto a la ventana, imaginando que la figura
podría invertir la marcha e ir a su encuentro. ¿Y si acaso se trataba de un yo
perdido que vagaba en la bruma en busca del cuerpo perdido, del cuerpo
abandonado? No tenía duda de que mucho de lo que había sido en el pasado ya no
lo habitaba, que los delirios de la juventud y los proyectos de la madurez estaban
profundamente enterrados en zonas inhóspitas de sí mismo. La figura fugitiva
podía ser la muerte, por ejemplo, la Parca que había venido a buscarlo y
simplemente se burlaba de él, haciéndole creer que no era el destinatario de
sus afanes.
Se alejó de la ventana, se acercó al armario en el que
guardaba una botella de licor y buscó un vaso un poco menos sucio que los
demás. ¿No era eso lo que hacían los seres abrumados, ya fuera por la culpa, el
miedo o el simple y tajante fracaso? Borracho podría anular el efecto de la
alucinación, se dijo. Los borrachos ven y dicen la verdad.
El licor le quemó la garganta y, por un instante, el temblor
de las manos cedió. Permaneció inmóvil, con el vaso suspendido a la altura del
pecho. Entonces lo oyó. No provenía de las vías ni del tren ya perdido en la
distancia. Era un golpe seco, cauteloso, sobre la puerta principal. Uno, dos,
tres. Como si alguien llamara con los nudillos y esperara una respuesta desde
hacía muchos años. Dejó el vaso sobre la mesa, pero el vidrio chocó contra la
madera con un tintineo que le pareció escandaloso. Los golpes cesaron. Al
abrir, no encontró a nadie. Solo la tierra húmeda del sendero y, marcada con
absoluta nitidez sobre el barro reciente, una hilera de huellas que no se
acercaban a la casa: se alejaban de ella. Como si quien hubiera llamado hubiese
estado siempre del lado de adentro.
La locura. No había considerado la locura como una
posibilidad cierta. ¿Acaso la demencia no es un guiso que se cuece en la
soledad, aderezado con especias tan abundantes como el rencor, el fracaso, la
indiferencia y la sangre invisible que mana de las heridas que no cierran?
Pero si estoy tan perturbado, se dijo, que puedo ver trenes
inexistentes y huellas que nunca fueron impresas en el fango, ¿qué importancia
tiene que yo crea en lo que proponen mis sentidos?
Se dejó caer pesadamente en el viejo sillón de la sala.
Estaba tan deteriorado que al hacerlo sintió que se hundía en una ciénaga y
que, finalmente, había encontrado el camino que llevaba hacia la nada.
Cerró los ojos. El silencio regresó poco a poco, como el
agua que vuelve a llenar un pozo después de haber arrojado una piedra. Se
obligó a respirar despacio. Cuando los abrió otra vez, descubrió que algo había
cambiado.
Sobre la mesa descansaba un billete de cartón amarillento. No
recordaba haberlo visto nunca. Lo tomó entre los dedos. Era grueso, áspero, con
los bordes desgastados por el tiempo. Apenas podía leerse una palabra impresa
con tinta casi borrada: IDA.
Del destino no quedaba más que una mancha. Sintió un frío
que no provenía de la noche. Buscó una explicación razonable. Tal vez el
billete hubiera estado siempre allí, entre los papeles viejos; tal vez lo había
recogido días antes en el archivo de la estación y su memoria, cada vez más
resquebrajada, había decidido olvidarlo. Era una explicación mediocre, pero
seguía siendo una explicación. Sin embargo, el reverso acabó con ella. Había
una fecha. No correspondía a ningún calendario ferroviario conocido. Era el día
siguiente. Volvió a mirar el reloj detenido. Las doce. Desde afuera llegó el
silbato. No sonó lejano, como otras veces. Parecía provenir del jardín. Se
acercó lentamente a la ventana. Las vías habían vuelto. Nítidas. Brillantes.
Recién colocadas, como si nunca hubieran sido arrancadas. El tren esperaba
inmóvil frente al andén. No despedía humo. No había nadie asomado a las
ventanillas. La única puerta abierta era la del último vagón. Entonces
comprendió qué era lo que lo había inquietado desde la primera noche. Nunca
había visto a nadie subir. Solo bajar. Y la figura que se perdía en la niebla
siempre caminaba en la misma dirección: alejándose del tren, como alguien que
acababa de llegar.
Esta vez era distinto.
La puerta permanecía abierta.
Esperando.
Tomó la única decisión posible. Solo vaciló un instante,
debatiendo consigo mismo si era necesario llevar equipaje. Decidió que no.
Caminó los diez o doce pasos que lo separaban de la
escalerilla. Apoyó el pie en el escalón metálico y tomó impulso.
Había otros pasajeros, en contra de lo que había imaginado.
Todos los asientos estaban ocupados. Todos menos uno. Parecían dormir,
profundamente sumidos en sueños imposibles e impenetrables. Algunos roncaban.
Había mujeres, algunas jóvenes, otras ancianas. Viajantes de comercio. Un
mendigo. Un sacerdote.
Si todos los asientos están ocupados, menos uno, reflexionó,
debo aceptar que es el que me está destinado.
Avanzó por el pasillo y se sentó. Pronto estaré dormido,
como todos los otros, se dijo, pero antes debo comprobar algo muy importante.
Palpó el bolsillo y notó que el billete estaba donde tenía
que estar. No fuera cosa que el guarda se lo reclamara y lo hiciera bajar del
tren en movimiento porque carecía de pasaje.
La locomotora silbó.
En la casa vacía, el reloj de pared volvió a funcionar. El
minutero avanzó por primera vez en mucho tiempo.
Los autores: Alejandra Burzac (Argentina),
Alex S. Johnson (Estados Unidos), Ana Lúcia Merege (Brasil), Betina Goransky (Argentina),
Carlos Enrique Saldívar (Perú), Cecilia
Aravena Zúñiga (Chile), Claudia Isabel Lonfat (Argentina), Dora Gómez Q (Argentina),
Eduardo Contreras Villablanca (Chile), Facundo Martín Desimone (Argentina), Finn
Audenaert (Bélgica), Graciela De
Mary (Argentina), Heiko H. Caimi (Italia), Iván Bojtor (Hungría), Juan Pablo Goñi Capurro (Argentina), Lu
Evans (Brasil), Luciano Doti (Argentina), Luciano Lara (Argentina), Meghashree
Dalvi (India), Michael Schmidt (Alemania), Miriam Ootjers (Países Bajos),
Oscar de los Ríos (Argentina),
Rose Cuello (Argentina), Sergio
Gaut vel Hartman (Argentina).

















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