miércoles, 5 de agosto de 2026

FORAJIDO

Luis Saavedra

 

Gato mañoso. Gato terco. Gato de tres patas que llegó una noche muy fría. No, una madrugada muy fría a la que salí para llegar al turno. Flaco y despeinado, aún con esa pelambrera corta que tienes como abrigo de nada, tiritabas y no decías nada, apenas el fantasma de un maullido en el hocico, desfallecido ya al borde de la lengua. Sin reaccionar, sin estar presente sobre el techo de la extensión de mi hogar. Luché contra el deber, pero finalmente te agarré sin resistencia y te entré a la casa. Me fui, volví. Todavía estabas allí diez horas después, durmiendo, derritiéndote en un sueño. Qué diablos, ya no pude dar marcha atrás entre el tira y afloja de las dudas y los impulsos. Luego vino el desangre de las consultas y los controles en el hospital, yendo y viniendo en una ordalía de calles y automóviles. Agotados y curtidos, que yo creía en comunidad, mirando el borde del abismo sin llegar realmente a asomarse. Al final de una semana, recién pudiste acostarte sobre una frazada en una silla y dormir veinte horas seguidas para curar las heridas propias y provocadas. Y yo también descansé, descansé en la idea de tenerte en mis piernas y pasar mi mano por el lomo lleno de pellejo y hueso que conformaban una geografía de vida cargada hacia el abandono y el delirio. Acaricié esas orejas irregulares y también la forma del muñón de tu pata que no estaba. ¿La perdiste? ¿La legaste? ¿Estaba firmada en tu espiral de ADN? Fue el momento de estirarse como primera señal de confianza y calenté con mis manos de viejo los parches de la piel rasurada para pinchar, colocar geles médicos, apoyar aparatos de frialdad aullante. Nos hicimos compinches, a pesar de que solo realmente vivías cuando estabas en el patio trasero y allí estaban todavía las mesetas infinitas de los techos contiguos que fueron testigos de todo el daño y el sufrimiento tuyo. Es lo que decía, te lo decía, pero me lo decía para mí. Toda la existencia de una mala vida azotada por la falta de cariño y alimento, que no solo demostraba mi punto, sino que justificaba encajarte medicamentos en jeringas, pastillas, galletas, pedacitos de jamón. Pero lo perdonabas todo por una mirada hacia los techos como queriendo decirme que allá había un destino manifiesto, una profecía que no podías transmitir pero solo tú podías cumplir. Y entonces comenzó a quebrarse nuestra unión. Me contrariaba tu insistencia y me preguntaba que era aquello, que seguro era otra variante del calicivirus, que se pega igual que el vampirismo transilvano, y, como esas hormigas colonizadas por cordyceps, necesitabas saltar la pandereta y unirte al deseo ajeno de convertirte en estatua zombi. Maldije la mala estrella que te habían inoculado porque eso fue lo que quise creer, que no eras tú, sino una programación externa que te hacía perseguir la promesa de un algo inexistente. E insistías con la mirada, e insistías con los músculos tensos al borde de las patas, e insistías con un maullido atronador que no te conocía. Yo te seduje con pollito y panita, ricos en minerales y energía, con besos en los bigotes y cabezadas, con mimos de frazada y plumón. Desaparecían todos esos espejismos para corretear por el interior de la casa planeando las fugas, midiendo las aberturas de las ventanas y el espesor de las cortinas. Me sentí humillado y rebajado a un carcelero amoroso que revisaba cada punto de acceso. Te preguntaba si eso era justo, pero la justicia es un concepto que solo juega cuando es beneficio en el mundo feral. Así que inicié el camino para conocer lo que realmente te aquejaba. Una enfermedad que es peor que tu debilidad y tus achaques, que no está en los pulmones sino en el corazón. La enfermedad de la libertad que tuvo y te tiene agarrado y te dirige como a un condenado. Que hace que vayas por los techos volando al ras, elevado por la adrenalina de ser libre y una clase de felicidad que es angustia y urgencia. Miras los tejados de teja negra y plomiza y aladrillada con la melancolía verde de tus ojos y maúllas despacito acusándome de ser el secuestrador de tus horas dormidas en la abulia. Las paredes desconocidas de mi casa, los muros del patio trasero, el frío que se cuela cuando no estoy y que te corretea hasta el rincón de la silla y la frazada de lana. Este espacio finito que se parece a un laberinto que no deseas explorar, que es tan distinto de las sabanas de los techos, de toda esa extensión llena de promesas que te fue arrebatada. ¿Quién te la arrebató? ¿Fui yo? Tal vez nunca fue un rescate sino un secuestro, porque la libertad es más intensa que la vida y de poder comunicarte conmigo me hubieras dicho que querías morir en la ley que forjaste desde las edades primales en las que no te conocía. Qué terrible figura he construido, la mía en tu imaginación feral de aceites de mango. Quizás el problema sea que estamos en puntos opuestos con respecto de la libertad; yo le tengo un miedo cerval, la rehúyo para quedarme en un estado de estabilidad que se parece mucho a la estasis de la ciénaga. Conservo, reutilizo, tímidamente corro una valla allí y acomodo mis conceptos por allá, hago malabares con la economía del yo, retengo por la noche los sueños en que soy un poco, solo un poco, más libre, de la forma anodina en que me asegure resultados del cien por ciento. Siempre en la seguridad del que puede perder poco y lo pierde todo. Y sentí sucio. Tanto discutir sobre la libertad me llevó a un estado taciturno. Me exasperan tus vibrisas y tus orejas mordidas por diez mil dientes ferales, que se agitan nerviosos cuando llega el atardecer y el cielo se torna una pintura impresionista en un Chile que no se impresiona con nada. Las nubes que estallan en el infinito se agitan también en tu corazón para evaporarse, condensarse en tu garganta y salir como un maullido fantasmal que se escapa, como tú quisieras escapar. La verde sombra de tu mirada analiza cada voluta de vapor de los incendios celestes. ¿Esperando qué? Nadie, estás solo en el mundo y solo me tienes a mí, pero eso no te basta y eso me ofende. No soy suficiente por no querer tu libertad, por no compartir esa especial conexión con la divinidad, con la vastedad y extensión del alma gestáltica. Así que tomo esa decisión que no quería, pero que no me queda más que aceptar, y te deposito en la silla de terraza, donde pasas la mayor parte de tu recuperación hecha de pequeños guiños y pequeños traslados hacia el interior y el exterior de la casa. Me llevo tu frazada ilustrada por un dibujo de ojos grandes que expresan tanta felicidad, pero que no se pega a la ropa. Te dejo desnudo sobre el cojín, con tu pelambrera temblando en oleadas, esa expresión del control corporal que admiré desde muy niño, la capacidad de controlar un trozo de piel y hacerla ebullir. Te dejo ilusionado y excitado porque la luz del sol se muere, como tú quieres morirte sin mí, o tal vez matarme, o tal vez matar la idea de libertad canalla que llevo en la cabeza, y la idea estúpida de poseerte para amarte. Y a mi vez te odio porque me condenas a una vida de mirar las canaletas y los tejados y las esquinas de los cielos y el rostro de cada felino de azul acerado que me mire desde arriba con indiferente verdor. Cómo podría odiarte, se me pasa a los diez minutos. Pero me voy y no quiero mirar atrás mientras siento el cabello de mi nuca erizarse cuando maúllas aliviado, triunfante, anhelado, fieramente libre. Y sin embargo. Y sin embargo, no puedo evitar darme vuelta y observar la silla vacía y tú ascendiendo como un redentor de tres patas que han recorrido millones de años-luz. Te elevas enflaquecido y tenaz, escupiendo en la cara del dios de la gravedad, como una imagen detenida de un salto estelar. Los ojos entrecerrados y la boca ligeramente abierta que podría ser una pintura renacentista de la pasión y el éxtasis, la gloria infinita de los espacios abiertos. Aunque no te elevan querubines, sino tu sola creencia de que los libres son etéreos, inalcanzables, como ideas encarnadas, imposibles de retener, atravesando el granito, el uranio, y mis manos temblorosas que solo quieren acariciarte con todo el amor que mi corazón factoría puede procesar. La elevación te lleva a la esfera de luz, el sol particular de la libertad, la nave madre de los deseos estelares y de tu planeta personal de noches cristalinas por el frío lunar que tanto deseas. Desapareces en la esfera luminosa, que a su vez se aleja y se mezcla con las estrellas, y en mi garganta queda una borra tristona, amarga, pero que es tranquila conformidad. Te regalo mi corazón para que hagas una pierna extra, la que te faltaba, mi gato de tres piernas, que compensabas con tus dos colas y las pequeñas antenitas detrás de las orejas. Mío nunca fuiste, fuiste indomablemente tuyo. Gato extraño, gato mañoso, gato acerado, gato en la eternidad de mi memoria.


CUENTO FINALISTA DEL CERTAMEN "ENTRE AMIGOS" 2026

Luis Saavedra Vargas (Santiago, Chile, 1971). Fue director del fanzine de ciencia ficción chileno Fobos (1998-2004) y editor de las antologías de ciencia ficción Púlsares (2002-2004). Sus relatos han sido publicados en Años luz (Chile); la antología digital Schegge Di Futuro (Italia); y Dimension Latino (Francia); entre otros. Su cuento “Ol’fairies Bar” fue finalista en el concurso Domingo Santos 2005 (España). Es miembro fundador del Grupo Poliedro, dedicado a la literatura fantástica, y su primer libro en solitario salió en 2021 llamado Lentos Animales Interdimensionales.


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