Luis Saavedra
Gato mañoso. Gato terco. Gato de tres patas
que llegó una noche muy fría. No, una madrugada muy fría a la que salí para
llegar al turno. Flaco y despeinado, aún con esa pelambrera corta que tienes
como abrigo de nada, tiritabas y no decías nada, apenas el fantasma de un
maullido en el hocico, desfallecido ya al borde de la lengua. Sin reaccionar,
sin estar presente sobre el techo de la extensión de mi hogar. Luché contra el
deber, pero finalmente te agarré sin resistencia y te entré a la casa. Me fui,
volví. Todavía estabas allí diez horas después, durmiendo, derritiéndote en un
sueño. Qué diablos, ya no pude dar marcha atrás entre el tira y afloja de las
dudas y los impulsos. Luego vino el desangre de las consultas y los controles
en el hospital, yendo y viniendo en una ordalía de calles y automóviles.
Agotados y curtidos, que yo creía en comunidad, mirando el borde del abismo sin
llegar realmente a asomarse. Al final de una semana, recién pudiste acostarte
sobre una frazada en una silla y dormir veinte horas seguidas para curar las heridas
propias y provocadas. Y yo también descansé, descansé en la idea de tenerte en
mis piernas y pasar mi mano por el lomo lleno de pellejo y hueso que
conformaban una geografía de vida cargada hacia el abandono y el delirio.
Acaricié esas orejas irregulares y también la forma del muñón de tu pata que no
estaba. ¿La perdiste? ¿La legaste? ¿Estaba firmada en tu espiral de ADN? Fue el
momento de estirarse como primera señal de confianza y calenté con mis manos de
viejo los parches de la piel rasurada para pinchar, colocar geles médicos,
apoyar aparatos de frialdad aullante. Nos hicimos compinches, a pesar de que
solo realmente vivías cuando estabas en el patio trasero y allí estaban todavía
las mesetas infinitas de los techos contiguos que fueron testigos de todo el
daño y el sufrimiento tuyo. Es lo que decía, te lo decía, pero me lo decía para
mí. Toda la existencia de una mala vida azotada por la falta de cariño y
alimento, que no solo demostraba mi punto, sino que justificaba encajarte
medicamentos en jeringas, pastillas, galletas, pedacitos de jamón. Pero lo
perdonabas todo por una mirada hacia los techos como queriendo decirme que allá
había un destino manifiesto, una profecía que no podías transmitir pero solo tú
podías cumplir. Y entonces comenzó a quebrarse nuestra unión. Me contrariaba tu
insistencia y me preguntaba que era aquello, que seguro era otra variante del calicivirus,
que se pega igual que el vampirismo transilvano, y, como esas hormigas
colonizadas por cordyceps, necesitabas saltar la pandereta y unirte al
deseo ajeno de convertirte en estatua zombi. Maldije la mala estrella que te
habían inoculado porque eso fue lo que quise creer, que no eras tú, sino una
programación externa que te hacía perseguir la promesa de un algo inexistente.
E insistías con la mirada, e insistías con los músculos tensos al borde de las
patas, e insistías con un maullido atronador que no te conocía. Yo te seduje
con pollito y panita, ricos en minerales y energía, con besos en los bigotes y
cabezadas, con mimos de frazada y plumón. Desaparecían todos esos espejismos
para corretear por el interior de la casa planeando las fugas, midiendo las
aberturas de las ventanas y el espesor de las cortinas. Me sentí humillado y
rebajado a un carcelero amoroso que revisaba cada punto de acceso. Te
preguntaba si eso era justo, pero la justicia es un concepto que solo juega
cuando es beneficio en el mundo feral. Así que inicié el camino para conocer lo
que realmente te aquejaba. Una enfermedad que es peor que tu debilidad y tus
achaques, que no está en los pulmones sino en el corazón. La enfermedad de la
libertad que tuvo y te tiene agarrado y te dirige como a un condenado. Que hace
que vayas por los techos volando al ras, elevado por la adrenalina de ser libre
y una clase de felicidad que es angustia y urgencia. Miras los tejados de teja
negra y plomiza y aladrillada con la melancolía verde de tus ojos y maúllas
despacito acusándome de ser el secuestrador de tus horas dormidas en la abulia.
Las paredes desconocidas de mi casa, los muros del patio trasero, el frío que
se cuela cuando no estoy y que te corretea hasta el rincón de la silla y la
frazada de lana. Este espacio finito que se parece a un laberinto que no deseas
explorar, que es tan distinto de las sabanas de los techos, de toda esa extensión
llena de promesas que te fue arrebatada. ¿Quién te la arrebató? ¿Fui yo? Tal
vez nunca fue un rescate sino un secuestro, porque la libertad es más intensa
que la vida y de poder comunicarte conmigo me hubieras dicho que querías morir
en la ley que forjaste desde las edades primales en las que no te conocía. Qué
terrible figura he construido, la mía en tu imaginación feral de aceites de
mango. Quizás el problema sea que estamos en puntos opuestos con respecto de la
libertad; yo le tengo un miedo cerval, la rehúyo para quedarme en un estado de
estabilidad que se parece mucho a la estasis de la ciénaga. Conservo,
reutilizo, tímidamente corro una valla allí y acomodo mis conceptos por allá,
hago malabares con la economía del yo, retengo por la noche los sueños en que
soy un poco, solo un poco, más libre, de la forma anodina en que me asegure
resultados del cien por ciento. Siempre en la seguridad del que puede perder
poco y lo pierde todo. Y sentí sucio. Tanto discutir sobre la libertad me llevó
a un estado taciturno. Me exasperan tus vibrisas y tus orejas mordidas por diez
mil dientes ferales, que se agitan nerviosos cuando llega el atardecer y el
cielo se torna una pintura impresionista en un Chile que no se impresiona con
nada. Las nubes que estallan en el infinito se agitan también en tu corazón
para evaporarse, condensarse en tu garganta y salir como un maullido fantasmal
que se escapa, como tú quisieras escapar. La verde sombra de tu mirada analiza
cada voluta de vapor de los incendios celestes. ¿Esperando qué? Nadie, estás
solo en el mundo y solo me tienes a mí, pero eso no te basta y eso me ofende.
No soy suficiente por no querer tu libertad, por no compartir esa especial
conexión con la divinidad, con la vastedad y extensión del alma gestáltica. Así
que tomo esa decisión que no quería, pero que no me queda más que aceptar, y te
deposito en la silla de terraza, donde pasas la mayor parte de tu recuperación
hecha de pequeños guiños y pequeños traslados hacia el interior y el exterior
de la casa. Me llevo tu frazada ilustrada por un dibujo de ojos grandes que
expresan tanta felicidad, pero que no se pega a la ropa. Te dejo desnudo sobre
el cojín, con tu pelambrera temblando en oleadas, esa expresión del control
corporal que admiré desde muy niño, la capacidad de controlar un trozo de piel
y hacerla ebullir. Te dejo ilusionado y excitado porque la luz del sol se
muere, como tú quieres morirte sin mí, o tal vez matarme, o tal vez matar la
idea de libertad canalla que llevo en la cabeza, y la idea estúpida de poseerte
para amarte. Y a mi vez te odio porque me condenas a una vida de mirar las
canaletas y los tejados y las esquinas de los cielos y el rostro de cada felino
de azul acerado que me mire desde arriba con indiferente verdor. Cómo podría
odiarte, se me pasa a los diez minutos. Pero me voy y no quiero mirar atrás
mientras siento el cabello de mi nuca erizarse cuando maúllas aliviado,
triunfante, anhelado, fieramente libre. Y sin embargo. Y sin embargo, no puedo
evitar darme vuelta y observar la silla vacía y tú ascendiendo como un redentor
de tres patas que han recorrido millones de años-luz. Te elevas enflaquecido y
tenaz, escupiendo en la cara del dios de la gravedad, como una imagen detenida
de un salto estelar. Los ojos entrecerrados y la boca ligeramente abierta que
podría ser una pintura renacentista de la pasión y el éxtasis, la gloria
infinita de los espacios abiertos. Aunque no te elevan querubines, sino tu sola
creencia de que los libres son etéreos, inalcanzables, como ideas encarnadas,
imposibles de retener, atravesando el granito, el uranio, y mis manos
temblorosas que solo quieren acariciarte con todo el amor que mi corazón
factoría puede procesar. La elevación te lleva a la esfera de luz, el sol
particular de la libertad, la nave madre de los deseos estelares y de tu
planeta personal de noches cristalinas por el frío lunar que tanto deseas.
Desapareces en la esfera luminosa, que a su vez se aleja y se mezcla con las
estrellas, y en mi garganta queda una borra tristona, amarga, pero que es
tranquila conformidad. Te regalo mi corazón para que hagas una pierna extra, la
que te faltaba, mi gato de tres piernas, que compensabas con tus dos colas y
las pequeñas antenitas detrás de las orejas. Mío nunca fuiste, fuiste
indomablemente tuyo. Gato extraño, gato mañoso, gato acerado, gato en la
eternidad de mi memoria.
CUENTO FINALISTA DEL CERTAMEN "ENTRE AMIGOS" 2026

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