Itzel Alejandra Flores García
La primera vez que vi una ballena volando pensé que estaba muriendo.
Mi abuela Sonia estuvo conmigo desde que mi madre desapareció de pronto. La comida siempre en la mesa, cada cubierto en su lugar y una historia para contar.
Antes del Gran Ascenso, las ballenas habitaban el mar y cantaban bajo el agua para orientarse entre continentes. Sus cantos eran sonoros y nos acercábamos a la orilla para saludarlas.
—Tu mamá y yo nos quedábamos sentadas con los pies en el agua y los ojos atentos, percibiendo la enorme figura gris que se acercaba —me contaba mi abuela—. Era algo que hacíamos en familia desde que tu mami era pequeñita; esperábamos a que tu abuelo regresara de la pesca. Luego lo hicimos solo nosotras dos.
Mi abuela agachaba siempre la mirada cuando llegaba a este punto del relato, pero al verme tan interesada en escucharla, continuaba, intentando evitar que sus ojos se humedecieran.
«Ahhh-ooo-íiaaa-shhh»
—¿Alcanzas a entender? —le pregunté a tu mamá.
—Sí, desde hace tiempo están diciendo lo mismo, pero no sé cómo ayudarlas.
«Ahhh-ooo-íiaaa-shhh»
Días después, el cielo de Puerto Chale se oscureció justo cuando el sol estaba en lo más alto. Era la hora en que todos en el pueblo estábamos bajo techo.
—¡Abuelita!, ¿los temblores pasan pronto, verdad?
—Este no, Arya. Sospecho que hay algo más.
—Mis pies me están doliendo tanto que creo...
No alcancé a terminar la frase.
El suelo vibró con una fuerza desconocida y vimos a todas las ballenas salir del mar. Aquellos cetáceos eclipsaron la tarde cuando, flotando, subieron al cielo hasta perderse de vista.
Yo nunca vi el mar.
Cuando nací, ya solo quedaban salinas interminables y pangas oxidadas enterradas en el desierto, pero las historias de mi abuela lograban que imaginara con detalle cómo fue sucediendo todo aquello de la evaporación que ya se había vuelto inevitable desde el año 2035.
Mi abuela me contó que mi madre era la única persona que podía entender el lenguaje de las ballenas.
Yo tengo pocos recuerdos de ella. La veía desde la ventana de la casa, parada con los ojos fijos en las nubes, como intentando escuchar algo. Yo solo necesitaba sus brazos, esos que nunca sentí alrededor de mí.
—Mami está ocupada. No tardará —me decía mi abuela para que no me sintiera triste.
La miré mientras me decía aquello, pero al volver la vista hacia la ventana ya no la vi ahí; solo la arena seca y caliente estaba ante mis ojos.
El hueco en mi corazón no se ha llenado ni con las razones que mi abuela repetía.
Cuando cumplí dieciséis años encontré una caja de madera escondida debajo de su cama. No la abrí por curiosidad, sino porque buscaba una cobija. La tapa cedió con un crujido y aparecieron cuadernos, mapas amarillentos y fotografías. En una de ellas estaba mi madre. Sonreía mirando hacia arriba. No hacia la cámara, sino hacia algo que flotaba sobre ella.
Al reverso alguien había escrito una fecha y una frase:
“Todavía nos llaman”.
Esa noche no pude dormir.
Esperé a que mi abuela se acostara y revisé los cuadernos. La letra era la de mi madre. Había páginas llenas de símbolos extraños, dibujos de espirales y transcripciones de cantos.
«Ahhh-ooo-íiaaa-shhh»
Una y otra vez.
Al principio pensé que eran simples anotaciones, pero después encontré algo diferente.
“Las ballenas no están huyendo. Están regresando”.
Leí la frase varias veces.
¿Regresando a dónde?
Durante semanas continué leyendo a escondidas. Descubrí que, años antes del Gran Ascenso, muchas personas habían comenzado a escuchar sonidos imposibles. Algunos los confundían con zumbidos eléctricos. Otros con sueños repetidos.
Mi madre afirmaba que eran mensajes. Según sus notas, las ballenas no provenían originalmente de los océanos. Los océanos habían sido apenas una estación.
Una pausa.
Su verdadero hogar estaba mucho más arriba.
Recuerdo haber cerrado el cuaderno y reírme sola. Sonaba absurdo.
Sin embargo, mientras observaba el cielo nocturno comprendí que las historias absurdas son las que sobreviven cuando las explicaciones dejan de funcionar.
A la mañana siguiente enfrenté a mi abuela.
—¿Mi mamá se volvió loca?
La pregunta cayó sobre la mesa como una piedra.
Mi abuela tardó en responder.
—No.
—Entonces ¿por qué escribió todo esto?
Ella suspiró.
—Porque escuchaba cosas que los demás no podíamos escuchar.
—¿Y era verdad?
—No lo sé.
Aquella respuesta me decepcionó más que cualquier mentira.
Los meses pasaron. La salud de mi abuela comenzó a deteriorarse. Caminaba despacio y olvidaba palabras sencillas. A veces me llamaba por el nombre de mi madre.
Una tarde de calor insoportable me pidió que la ayudara a subir a la azotea. Nos sentamos en silencio. El horizonte parecía una sábana blanca extendida hasta el infinito.
—Tu mamá no desapareció —dijo de pronto.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
—¿Qué quieres decir?
—Se fue.
—Es lo mismo.
—No. Desaparecer es no dejar rastro. Ella eligió irse.
La rabia que había guardado durante años despertó de golpe.
—¿Y me dejó?
—Creí que volvería.
No respondí.
El viento levantó pequeñas nubes de sal.
—La noche antes de marcharse me dijo que las ballenas habían encontrado un camino.
—¿Un camino hacia dónde?
Mi abuela señaló el cielo.
No insistí porque pensé que deliraba. Pero unos días después ocurrió algo imposible.
Estaba regresando de la escuela cuando vi una sombra gigantesca desplazarse sobre el desierto. Levanté la vista. Allí estaba. Una ballena. No una imagen. No una nube. Una ballena verdadera.
Su cuerpo cruzaba lentamente el firmamento. Detrás de ella venían otras. Eran enormes. Silenciosas. Majestuosas.
Por primera vez comprendí por qué quienes habían visto el mar hablaban de ellas con reverencia.
Entonces escuché el débil canto. Muy lejano, pero inconfundible.
«Ahhh-ooo-íiaaa-shhh»
El sonido vibró dentro de mi cabeza y por un instante entendí, no con palabras. No exactamente. Entendí una dirección. Una invitación. Un llamado.
Corrí hasta la casa; busqué los cuadernos y revisé cada página. Los símbolos ya no parecían garabatos. Formaban mapas. Coordenadas. Trayectorias. Mi madre había intentado descifrarlos durante años.
Esa noche permanecí despierta observando las estrellas y entonces noté algo.
Las ballenas no viajaban al azar. Seguían rutas precisas entre ciertos puntos luminosos.
Como antiguas navegantes; como si el cielo fuera un océano invisible.
Las seguí durante semanas y fui tomando nota. Hice cálculos y aprendí a reconocer patrones hasta que una madrugada descubrí que todas convergían en una misma región del firmamento. Un espacio oscuro entre las estrellas. Una ausencia. ¿Una puerta?
La idea era ridícula. Pero cada dato parecía confirmarla. Recordé entonces algo que mi abuela solía repetir:
“Hay criaturas que no pertenecen al lugar donde las encontramos”.
Quizá las ballenas habían vivido durante milenios en los mares porque el planeta era capaz de albergarlas. Quizá el agua era una especie de refugio temporal. Y quizá, cuando la Tierra comenzó a secarse, algo las llamó de regreso.
Fue entonces cuando ocurrió. Aquella madrugada el cielo comenzó a vibrar y las nubes se abrieron lentamente, como cortinas húmedas, y apareció la criatura: inmensa, silenciosa, avanzando entre la niebla azulada con una lentitud sagrada.
No era una ballena como las otras. Esta era mucho más grande. Sobre su lomo crecían pequeñas hierbas plateadas y piedras cubiertas de musgo, como si transportara un pedazo olvidado de la Tierra. La observé durante largos minutos sin atreverme a respirar. Sentí que algo antiguo despertaba dentro de mí. Entonces comprendí algo que nadie en las ciudades hubiera querido admitir:
La ballena no estaba buscando un lugar adónde ir. Estaba buscando a alguien capaz de recordarla. Y en ese instante sentí que me observaba. No con ojos. No como lo hacen los animales, sino con una memoria inmensa que parecía atravesar generaciones enteras. Escuché nuevamente el canto, pero esta vez distinguí algo más. Una voz. La voz de mi madre. No palabras exactas. Solo una presencia. Una certeza. Como si ella estuviera del otro lado de una puerta apenas entreabierta.
Semanas después mi abuela murió mientras dormía. La casa quedó demasiado silenciosa. Durante días no supe qué hacer conmigo misma. Paseaba por toda la casa y hurgaba más en los papeles de mi madre hasta que encontré una última carta escondida dentro de uno de los cuadernos. Estaba dirigida a mí. La reconocí enseguida. Era la letra de mi madre.
“Si estás leyendo esto, significa que lograste escuchar. No busques explicaciones perfectas. Yo también las busqué. Solo puedo decirte que las ballenas recuerdan cosas que nosotros olvidamos. Recuerdan caminos. Recuerdan lugares. Y recuerdan a quienes las escuchan. Si alguna vez decides seguirlas, no lo hagas para encontrarme. Hazlo para encontrarte a ti misma”.
Lloré al terminar. No porque hubiera resuelto el misterio, sino porque comprendí que tal vez nunca lo resolvería. Y estaba bien.
Algunas preguntas son demasiado grandes para encerrarlas en una respuesta.
Ahora tengo la edad que tenía mi madre cuando se marchó. Cada noche subo a la azotea. Observo las rutas luminosas que atraviesan el cielo. A veces las ballenas pasan tan alto que parecen montañas flotantes. Otras veces sus sombras cubren la luna y el pueblo entero queda sumergido durante unos segundos en una penumbra extraña, como si alguien cerrara los ojos desde el otro lado del mundo.
Todavía cantan. Todavía llaman. Sin embargo, ya no estoy segura de que estén diciendo lo mismo que escuchó mi madre. Ni siquiera estoy segura de que exista un mensaje.
Con los años he aprendido que entender algo no siempre significa traducirlo.
Hay noches en que el canto desciende tan cerca que las ventanas vibran. Entonces cierro los ojos y creo reconocer una voz. No palabras. Tampoco recuerdos. Más bien una sensación parecida a cuando uno entra en una habitación donde alguien acaba de estar. Una presencia nada más.
Quizá sea mi madre. Quizá sea el deseo de encontrarla. Quizá ambas cosas sean la misma.
Hace unos meses encontré una última anotación escondida entre las páginas de uno de sus cuadernos. Era apenas una línea escrita con prisa:
"No están regresando. Están recordando."
No había ninguna explicación. Ninguna fecha. Ninguna firma.
Desde entonces pienso mucho en esa frase.
Las ballenas continúan atravesando el cielo. Siguen desapareciendo en la misma región oscura entre las estrellas. A veces creo que su número disminuye. Otras veces me parece que son más cada año. No lo sé. Tampoco sé qué ocurrió realmente durante el Gran Ascenso.
Tal vez las ballenas escaparon de un planeta moribundo. Tal vez descubrieron un camino que siempre había estado allí. Tal vez no haya ningún misterio y nosotros solo inventamos historias para soportar las ausencias.
Lo único que sé es esto.
Anoche una de ellas pasó tan cerca que pude distinguir las marcas de su piel iluminadas por la luz de la luna y por un instante vi algo sobre su lomo. La figura era demasiado pequeña para distinguirla con certeza. Pudo haber sido una roca o pudo haber sido un árbol; una ilusión o una mujer observando la Tierra desde las alturas.
Cuando quise verla mejor, la ballena ya se alejaba.
No la seguí. No la llamé. Permanecí inmóvil hasta que desapareció entre las nubes. Luego escuché el canto una vez más y, por primera vez en mi vida, no intenté comprenderlo. Por algún motivo el vacío de mi corazón ya no estaba.
CUENTO FINALISTA DEL CERTAMEN "ENTRE AMIGOS" 2026
Itzel Alejandra Flores García estudió la licenciatura en Literatura Latinoamericana en la Universidad Iberoamericana y se ha dedicado a la docencia y al fomento de la lectura como actividad principal desde hace 25 años. Estudió la maestría en Historia del Pensamiento en la Universidad Panamericana y ha incursionado en el ámbito editorial en Alfaguara Penguin Random House y en Editorial Soconusco Emergente. Ha publicado algunas ficciones y microficciones en el blog SINERGIA del Taller 9 de escritura creativa dirigido por Sergio Gaut vel Hartman. Es autora del libro de ensayos. La voz que se hace escritura. La palabra. que se hace voz, que recoge lo más importante de sus tesis de licenciatura, publicado por Editorial Soconusco Emergente en 2023.

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