Cecilia Aravena Zúñiga
Habíamos pasado las horas más ardientes protegidos en
nuestro habitáculo. Mi piel aún tenía ampollas de la última puesta de sol que
me atreví a ver. Salimos cuando el cielo encarnado que precede la puesta de sol
le abrió paso al azul de luna. La temperatura bajó a treinta y ocho grados.
Rara vez dejábamos nuestra sección,
pero nos atrajo el anuncio de la exhibición de un clásico del siglo XX. Nos
sentamos en la sala de espera en silencio junto a una veintena de personas. Me
concentré en la imagen reflejada en el escaparate que tenía al frente. Todos
nos veíamos iguales, con nuestros trajes ceñidos de color plateado y nuestras
cabezas pelonas en cuerpos enjutos, comparados con los de las estrellas del
antiguo cine. Greta se dio vuelta hacia mí, cuando saqué del bolsillo un gramo
de droga sintética. Se la ofrecí guiñándole un ojo. Al fin y al cabo sólo
faltaba un par de días para el nuevo reparto.
—Te va a gustar esta cinta, está
entre los mejores —dije con entusiasmo abriendo la web frente a sus ojos, con
un movimiento de mi mano en el aire. Apareció una proyección de fotografías del
elenco y el detalle de las principales críticas.
Me quedé a su lado mientras ella
tragaba las cápsulas y volví a abrir un par de ventanas antes de ingresar a la
sala. Nos sentamos en butacas contiguas. Desde la primera escena me cautivó el
personaje de Brando el crepúsculo de tintes rosa y los tejados de París. Con
las primeras escenas, la vi humedecer su boca lívida y deseé besarla como en el
film. Los actores juntaban sus labios y hacían danzar las lenguas,
intercambiando todo tipo de secreciones. Después se frotaban entre sí, sudando
como bestias hasta llegar a un jadeo agónico. Creo que Greta me hubiese
apartado, aquello debía parecerle torpe y efímero.
Brando me fascinó en El último Tango
en París, por su carácter, y la atracción que ejercía sobre Jeanne. Envidié el
devaneo y la porfiada inclinación animal de ambos. ¿Qué se sentirá penetrar un
cuerpo y convulsionar de placer? ¿Cómo olerá?
Cerré los ojos imaginando que mis
dedos se desplazaban por las caderas de aquella actriz, recorriendo su piel
tibia y suave. Noté que mi respiración se agitaba y al abrirlos estaba el
rostro de Brando ocupando gran parte de la pantalla unidimensional con una
lágrima cayendo por su mejilla. De mi pecho emergió un sollozo ahogado y
profundo que me dolió como si me rasgara las costillas.
¿Por qué me cautivaba ése crepúsculo
púrpura y la silenciosa obscenidad de Brando? Me invadió una extraña nostalgia,
pero ¿cómo podía añorar algo que no conocía? ¿Por qué me sentía así? Incómodo
por el extravío y sin pensarlo le tomé una mano a Greta. La sentí fría y
huesuda. Ella se sacudió y dándome un ligero golpe en el hombro volvió a
entrelazarlas.
Al terminar la película, quise
aplaudir tragándome un gemido, pero la veintena de espectadores salieron raudos
de la sala. Tomamos el elevador en silencio. Greta con la mirada fija en mí. En
la cinta mecánica de la superficie, me repugnó el verdor de los bosques y la
quietud del lago de tono turquesa proyectado en los muros de los edificios. Me
pareció que ese color tan juvenil y fresco hacía más falso el paisaje. No quise
detener la vista en los respiraderos ni en las chimeneas, fijé la mirada en los
transeúntes que se nos atravesaban presurosos. El vapor los difuminaba,
haciéndolos ver incorpóreos. Avanzamos hasta un figón de bebidas comprimidas y
nos sentamos frente a la barra.
—¿Te gustó? —pregunté intentando
hacer que mi voz sonara grave como la de Brando en la película.
—No, es muy triste.
—¿Te refieres al pasado del film, o a
este presente tan distinto? —pregunté sintiéndome entusiasmado por la plática
que se iniciaba.
—Max ¿Qué pasa por tu mente? Obvio
que hablo de lo antiguo. Vivir en la chifladura del deseo de nuestros
antepasados, ¡Que barbarie! ¿Te imaginas a esos seres conscientes de su
decadencia? ¿Tolerando lo breve de sus vidas?
—Supongo que eran felices con la
pasión que sentían, sus anhelos, la ilusión de trascender —respondí marcando en
el dispensador la opción de tequila y sintiendo que me caía un aguacero en la
cabeza.
—¿De qué hablas? Eran irracionales e
impulsivos. No sé qué buscaban. Sólo disfruté de la cadencia del saxofón y los
atardeceres rosados de París —contestó Greta.
—Eran bellos los crepúsculos en esa
ciudad —respondí intentando retomar el camino de una buena conversación.
—Sí, qué lástima que ahora las
puestas de sol no puedan disfrutarse. ¿Te quedan estimulantes?
Al acercarle mi último gramo de
droga, sus ojos áureos se quedaron suspendidos en los míos. Luego alzó una
mano, acariciando la parte metálica de mi cabeza. Me gustó el cosquilleo y
respondí rozando los sensores de su traje, a pesar de sentir la condescendencia
de su gesto, le sonreí y los brazaletes de ambos refulgieron.
En el lado superior izquierdo de su
hombro apareció una nueva ventana. Mi procesador me informaba que el índice de
coincidencias en nuestras preferencias intelectuales y disposición productiva
había aumentado.
—¿Por qué sonríes Max?
—Eres totalmente compatible conmigo —dije
bajando la vista hacia los conductos de ventilación de los trenes subterráneos.
—¡Qué novedad! Por algo estamos
juntos hace quince años. Recuerda que el mismo día en que nos conocimos
comenzamos a sintonizar nuestros terminales —señaló Greta con cierto aire de
satisfacción.
—Sí y el intercambio de datos fue veloz y perfecto —contesté, trayendo a mi mente la imagen de Brando desplomándose en el crepúsculo lluvioso y gris de Paris ante una Jeanne impávida con el revólver en la mano.

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