lunes, 5 de octubre de 2026

LOS TONOS DEL CREPÚSCULO

Cecilia Aravena Zúñiga

 

Habíamos pasado las horas más ardientes protegidos en nuestro habitáculo. Mi piel aún tenía ampollas de la última puesta de sol que me atreví a ver. Salimos cuando el cielo encarnado que precede la puesta de sol le abrió paso al azul de luna. La temperatura bajó a treinta y ocho grados.

Rara vez dejábamos nuestra sección, pero nos atrajo el anuncio de la exhibición de un clásico del siglo XX. Nos sentamos en la sala de espera en silencio junto a una veintena de personas. Me concentré en la imagen reflejada en el escaparate que tenía al frente. Todos nos veíamos iguales, con nuestros trajes ceñidos de color plateado y nuestras cabezas pelonas en cuerpos enjutos, comparados con los de las estrellas del antiguo cine. Greta se dio vuelta hacia mí, cuando saqué del bolsillo un gramo de droga sintética. Se la ofrecí guiñándole un ojo. Al fin y al cabo sólo faltaba un par de días para el nuevo reparto.

—Te va a gustar esta cinta, está entre los mejores —dije con entusiasmo abriendo la web frente a sus ojos, con un movimiento de mi mano en el aire. Apareció una proyección de fotografías del elenco y el detalle de las principales críticas.

Me quedé a su lado mientras ella tragaba las cápsulas y volví a abrir un par de ventanas antes de ingresar a la sala. Nos sentamos en butacas contiguas. Desde la primera escena me cautivó el personaje de Brando el crepúsculo de tintes rosa y los tejados de París. Con las primeras escenas, la vi humedecer su boca lívida y deseé besarla como en el film. Los actores juntaban sus labios y hacían danzar las lenguas, intercambiando todo tipo de secreciones. Después se frotaban entre sí, sudando como bestias hasta llegar a un jadeo agónico. Creo que Greta me hubiese apartado, aquello debía parecerle torpe y efímero.

Brando me fascinó en El último Tango en París, por su carácter, y la atracción que ejercía sobre Jeanne. Envidié el devaneo y la porfiada inclinación animal de ambos. ¿Qué se sentirá penetrar un cuerpo y convulsionar de placer? ¿Cómo olerá?

Cerré los ojos imaginando que mis dedos se desplazaban por las caderas de aquella actriz, recorriendo su piel tibia y suave. Noté que mi respiración se agitaba y al abrirlos estaba el rostro de Brando ocupando gran parte de la pantalla unidimensional con una lágrima cayendo por su mejilla. De mi pecho emergió un sollozo ahogado y profundo que me dolió como si me rasgara las costillas.

¿Por qué me cautivaba ése crepúsculo púrpura y la silenciosa obscenidad de Brando? Me invadió una extraña nostalgia, pero ¿cómo podía añorar algo que no conocía? ¿Por qué me sentía así? Incómodo por el extravío y sin pensarlo le tomé una mano a Greta. La sentí fría y huesuda. Ella se sacudió y dándome un ligero golpe en el hombro volvió a entrelazarlas.

Al terminar la película, quise aplaudir tragándome un gemido, pero la veintena de espectadores salieron raudos de la sala. Tomamos el elevador en silencio. Greta con la mirada fija en mí. En la cinta mecánica de la superficie, me repugnó el verdor de los bosques y la quietud del lago de tono turquesa proyectado en los muros de los edificios. Me pareció que ese color tan juvenil y fresco hacía más falso el paisaje. No quise detener la vista en los respiraderos ni en las chimeneas, fijé la mirada en los transeúntes que se nos atravesaban presurosos. El vapor los difuminaba, haciéndolos ver incorpóreos. Avanzamos hasta un figón de bebidas comprimidas y nos sentamos frente a la barra.

—¿Te gustó? —pregunté intentando hacer que mi voz sonara grave como la de Brando en la película.

—No, es muy triste.

—¿Te refieres al pasado del film, o a este presente tan distinto? —pregunté sintiéndome entusiasmado por la plática que se iniciaba.

—Max ¿Qué pasa por tu mente? Obvio que hablo de lo antiguo. Vivir en la chifladura del deseo de nuestros antepasados, ¡Que barbarie! ¿Te imaginas a esos seres conscientes de su decadencia? ¿Tolerando lo breve de sus vidas?

—Supongo que eran felices con la pasión que sentían, sus anhelos, la ilusión de trascender —respondí marcando en el dispensador la opción de tequila y sintiendo que me caía un aguacero en la cabeza.

—¿De qué hablas? Eran irracionales e impulsivos. No sé qué buscaban. Sólo disfruté de la cadencia del saxofón y los atardeceres rosados de París —contestó Greta.

—Eran bellos los crepúsculos en esa ciudad —respondí intentando retomar el camino de una buena conversación.

—Sí, qué lástima que ahora las puestas de sol no puedan disfrutarse. ¿Te quedan estimulantes?

Al acercarle mi último gramo de droga, sus ojos áureos se quedaron suspendidos en los míos. Luego alzó una mano, acariciando la parte metálica de mi cabeza. Me gustó el cosquilleo y respondí rozando los sensores de su traje, a pesar de sentir la condescendencia de su gesto, le sonreí y los brazaletes de ambos refulgieron.

En el lado superior izquierdo de su hombro apareció una nueva ventana. Mi procesador me informaba que el índice de coincidencias en nuestras preferencias intelectuales y disposición productiva había aumentado.

—¿Por qué sonríes Max?

—Eres totalmente compatible conmigo —dije bajando la vista hacia los conductos de ventilación de los trenes subterráneos.

—¡Qué novedad! Por algo estamos juntos hace quince años. Recuerda que el mismo día en que nos conocimos comenzamos a sintonizar nuestros terminales —señaló Greta con cierto aire de satisfacción.

—Sí y el intercambio de datos fue veloz y perfecto —contesté, trayendo a mi mente la imagen de Brando desplomándose en el crepúsculo lluvioso y gris de Paris ante una Jeanne impávida con el revólver en la mano.

Cecilia Aravena Zuñiga es una escritora chilena, autora de los libros Fragmentos de Chile (2018), La verdad secuestrada (2019), Estación Yungay (2020), Investigando humanos y otros cuentos para el fin del mundo (2020) y Proyecto D and D (2022). Su obra también integra diversas antologías de cuento y poesía publicadas entre 2007 y 2025, entre ellas Entrepuentes, Polinizando, Disparar a matar, Crímenes con M de mujer, Martes Negro y Nuevas Vidas para Heredia. Ha participado como jurado en concursos literarios, incluyendo el de la Municipalidad de Santiago, y publica reseñas y críticas en el diario digital El Mostrador. Actualmente integra el Comité Editorial de la revista digital Descentrados.cl, sección Letras.

  

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