miércoles, 27 de mayo de 2026

OBRAS CONSAGRADAS

Cecilia Aravena Zúñiga

 

La frente de Osvaldo brillaba de sudor, algunas gotas de transpiración se deslizaban por su nariz. Con su antebrazo las detuvo y continuó introduciendo códigos, las claves de seguridad de cada planta se modificaban automáticamente cada quince minutos, obligándolo a reprogramar varias veces su ordenador. Llegar al habitáculo donde estaba la caja de seguridad, había sido más difícil de lo que esperaba. Su sorpresa fue mayor al descubrir que la caja se encontraba conectada a la alarma de la Sociedad de Escritores. Disponía de menos de cinco minutos para terminar, antes que llegaran los custodios.

Había sido ingenuo: era obvio que la sociedad debía garantizar la protección de la memoria del escritor consagrado que aseguraba su manutención. El salón principal que en el siglo veintiuno servía para lanzamientos de obras maestras impresas, ahora estaba reservado a la caja de seguridad con la memoria del premiado escritor, ganador del Nobel de literatura, el Jorge Amado, y el Miguel de Cervantes. El único edificio de la ciudad con suelo de parqué con largos cuadrados en diagonal, escaleras de mármol y paredes revestidas con madera de ciruelo. Así debía ser, a tono con lo que se cobijaba, el tesoro de esa memoria ciborg era invaluable.

Osvaldo escuchó el zumbido de los androides. Odiaba el sonido que hacían al desplazarse, el roce de sus rodamientos contra el suelo le evocaba cuchillos afilándose. Detestaba a los autómatas y ahora ya estaban en el acceso del edificio. Su respiración se agitó, con un transmisor gigap traspasó toda la información de las memorias ciborg a su propia cabeza.

—Espero no quedar psicótico —pensó. Era lo más rápido.

Ningún dispositivo había alcanzado la velocidad de la mente humana, sólo tardó unos instantes en almacenar en su mente los pensamientos, recuerdos e inspiraciones del autor.

Su cuerpo esmirriado pasó con facilidad por los ductos del alcantarillado del siglo veintiuno que estudió durante meses. Se puso su traje anti radiación, y logró llegar al exterior antes del cierre automático de las compuertas. Tenía su aeromóvil estacionado en las proximidades. En el volante la pantalla del tablero le indicaba que su respiración se normalizaba. Miró los espejos laterales, no había personas ni androides en el área. Antes de instruir al vehículo que se pusiera en marcha, observó sus ojos en el espejo retrovisor. Los tenía enrojecidos por las cuatro noches sin dormir preparando el robo.

Ya en su departamento usó el gigap para vaciar los contenidos al ordenador. Se conectó al visor de memoria para plagiar los motivos, la inspiración, las historias del escritor del siglo. Abrió un par de latas de suero de patata y revisó una y otra vez los diez terabytes. La secuencia de recuerdos y conversaciones cotidianas se sucedían. Todas las imágenes eran igual de insulsas. Apretó la opción buscar y digitó fechas anteriores a los lanzamientos de sus obras consagradas, estimó meses, incluso días anteriores. Sus latidos se aceleraron. En las fechas de las entrevistas a Berlizand, anteriores a las premiaciones, él decía que estaba escribiendo. ¿Cómo era posible que en esas fechas en su mente no hubiera rastro de aquello? Ni una sola situación que pudiera relacionarse con alguna de las obras o con los motivos de sus personajes, ningún indicio ningún evento. Ni una sola conversación que aludiera a las magistrales situaciones descritas en sus novelas. Nada. Revisó una y otra vez la memoria. Estuvo más de cuatro horas escudriñando cada archivo. Con la boca abierta y los ojos desorbitados, miraba la pantalla. Por fin tragó saliva.

Un escalofrío recorrió su espalda, haciéndolo tiritar.

— ¡Berlizand es un fraude!, no es el autor de sus novelas —Al decirlo, su voz se convirtió en un gemido. Sintió que sus piernas flaqueaban, desplomándose en el diván apostado a un costado de su escritorio.

 

En la torrecilla del suburbio, la casa de Adrián Berlizand acababa de activarse, la mano arrugada y pecosa del escritor manipuló el panel digital. Al pulsar el botón «Comienzo del día» las persianas subieron automáticamente, reproduciéndose los mensajes del contestador y sintonizando como música de fondo, la antigua baladista Lauryn Hill. El anciano caminó a la cinta mecánica que se desplazaba hasta la cocina. La cúpula transparente en el techo, dejaba ver un cielo calipso sin nubes.

—Baja la intensidad de las luces y llama a mi asistente —dijo con voz grave.

El sistema operativo, dejó el ambiente apenas iluminado y apareció desde una esquina de la habitación el modelo doméstico, P-Cactur24, que se acercó al anciano con una bandeja metálica con un plato de vidrio que contenían cinco cápsulas celestes y un vaso con un líquido viscoso de color verde.

—Gracias Cactur, no tengo apetito. No me siento bien —dijo el anciano, acomodándose en un piso metálico que automáticamente lo acercó a la barra de la cocina.

—Adrián, debe consumir alimentos antes de los remedios. Detecto un alza de presión y sus pulsaciones se han acelerado —respondió el androide de un metro y medio de altura y aspecto cilíndrico.

—¿Quién se llevó mi memoria? El robo fue hace horas, ¿Por qué no me han contactado? —dijo Adrián, mirando su celular—. De la Sociedad de Escritores me han enviado mensajes. Ofrecen pagar el rescate de mi memoria. No entienden cómo sucedió.

—El robo fue bien planificado, se realizó en poco tiempo y con total éxito. Seguramente lo contactarán muy pronto —respondió P-Cactur 24, dando vuelta sus sensores hacia la impresora tridimensional que terminaba de reproducir el piso que había comprado el escritor.

— ¿Querrán dinero por ella? Si la han revisado ¿seré víctima de chantaje?, y ¿qué haré? ¿Confesar que nunca he escrito nada? ¿Qué aquellos relatos nostálgicos del siglo veintiuno no son míos? Cactur, ¿estaba activado el GPS en el dispositivo? —preguntó el anciano al tiempo que se acercaba al taburete—. Mira, Cactur, igual que los que se usaban en el siglo veinte ¿parece de cuero verdad? Esto sí es de mi agrado, muy distinto a los asientos de plástico recubierto y plegables que se convierten en otra cosa accionando un botón.

—Su memoria está a ocho kilómetros. En el edificio comercial de la ciudad. ¿Desea que vaya a recuperarlo?

—No, no quiero que nos expongamos a la prensa. Temo que se trate de un fanático que está esperando vernos aparecer para subir esto a las redes sociales. ¿Qué puedo declarar, si se hace público? Quizás no entiendes lo importante que es para la humanidad que el arte y la creación hayan quedado para los humanos. Mucha gente sufrió cuando ustedes asumieron el derecho, la medicina, la ingeniería, todo... no puede descubrirse la verdad. La literatura es creación exclusiva de las personas. Es lo que nos queda.

—Puede decir que no hace falta vivir lo que se escribe. Que basta con saber de qué son capaces los seres humanos, de conocer su lado sombrío y su lado resplandeciente, o con haber visto su necesidad de autodestrucción. Usted puede reconocer la verdad.

—¿Te has vuelto loco? Basta, no me des lecciones. Mis novelas son un aliciente para la humanidad. Además, recibiría el repudio de mis colegas, me obligarían a devolver mis premios y las editoriales me demandarían ¡No! Nunca reconoceré que mi trabajo lo hizo otro, por ningún motivo. ¡Esto es un desastre! ¡Una tragedia! —El anciano se dejó caer en la butaca nueva y se tapó la cara con las manos. Gemía. Con cada sollozo su espalda se encorvaba y parecía que iba a quebrarse.

De pronto levantó la vista, se bajó del asiento y caminó hacia el droide.

—Han pasado más de ocho horas desde el atraco. Si quisieran dinero ya hubieran contactado a la Sociedad de Escritores, o a mí. No, se trata de un intento de plagiar mis obras, accediendo a lo que debiese guardar mi memoria. Tienen que haberla revisado ya y ahora están decidiendo cómo denunciarme. Si hubiesen querido dinero habrían venido a robar aquí. Todo el mundo sabe que vivo solo. Es mucho más fácil acceder al panel de control de esta casa que sortear las medidas de seguridad de la Sociedad de Escritores. Estoy acabado. Imagino la burla en los medios. No tengo escapatoria.

—Hay otra solución. Su memoria se desintegrará cuando usted muera, la materia orgánica y el dispositivo tecnológico son interdependientes. Le sugiero la autoeliminación. El ladrón no tendrá nada en sus manos y usted seguirá siendo el autor más leído del siglo veintidós. Nadie jamás podrá cuestionar su autoría. Sus obras siempre le pertenecerán.

El escritor levantó la vista y dejó de sollozar. Sus ojos estaban desorbitados.

—Cactur, déjame solo por favor.

El androide salió de la habitación. El ruido de sus rodamientos desplazándose se fue disipando.

— Apaga la música y las luces —ordenó Adrián y permaneció en silencio mirando hacia la bóveda de cristal. El cielo turquesa sin nubes iluminaba la sala.

Cerca tres horas más tarde, Adrián Belizard pulsó el botón para abrir la cúpula del techo de la casa, sin mascarilla. Los rayos ultravioleta enrojecieron su piel en instantes y el aire saturado de anhídrido carbónico le impidió continuar respirando.

 

El sector comercial de la ciudad se concentraba en un edificio de noventa pisos. Había tiendas, oficinas, y viviendas. En varias plantas había parques y gimnasios. Sus habitantes no bajaban nunca de la torre. El modelo P-Cactur24, subió al piso 13, cerca de las cuatro de la tarde, desplegó uno de sus brazos hasta la puerta y golpeó dos veces. En el dintel apareció el rostro macilento de Osvaldo con los ojos enrojecidos. Su pecho se levantaba con cada gemido.

—Buenas tardes. Soy el asistente del escritor Adrián Berlizand.

—Vi su memoria desintegrarse, eso solo tiene una explicación. ¿Por qué lo hizo? Yo lo admiraba, sólo quería descubrir su fuente de inspiración, soñaba en escribir como él ¡Qué desastre! No quería que las cosas salieran así. Iba a tomar algunas de sus ideas, de sus experiencias, de sus recuerdos. Sólo quería escribir como él. No soy responsable de su suicidio. ¿Verdad? ¿Cómo llegaste a mi casa? —Osvaldo se dejó caer al suelo. La bata que lo cubría se abrió, mostrando su cuerpo albo y lampiño.

—Llegué por las emisiones de la memoria ciborg que robó. —El androide movió la parte superior de su estructura—. Detecto que su temperatura es alta y que está intoxicado con alcohol. Lleva varios días sin dormir y sin alimentarse apropiadamente. Vine a ofrecerle mis servicios de asistencia. Necesito un hogar o seré desactivado por la central de automatización doméstica.

—Se mató por mi culpa. Yo sólo quería conocerlo más. No le hubiese denunciado. Amo sus obras. Le han dado significado a mi vida y a la de muchos, pero me di cuenta de que era un fraude. El no escribió ninguna de sus obras consagradas ¿Por qué guardaba su memoria si no había nada valioso en ella?

—Las editoriales lo exigen y los seguros también. Además la Sociedad de Escritores no hubiese entendido que no lo hiciera. —Cactur avanzó hacia el dispensador de agua destilada, llenó un vaso y se acercó a Osvaldo—. Tome. Se sentirá mejor.

Osvaldo, se secó la cara con la manga de su camisa, y tragó rápido el líquido.

—No necesito un asistente, me las arreglo muy bien en este escondrijo de dieciocho metros cuadrados. Apenas como y casi no salgo de la casa. Conozco algunas personas que podrían interesarse, pero debes esperar que me reponga. La muerte de Adrián es terrible para toda mi generación. Sus obras alimentaban la confianza en la humanidad, la posibilidad de trascender. La tecnología nos ha arrinconado como ratas, nuestra esencia humana, capacidad creativa y subjetividad sólo se vierte en la escritura, en el arte. Lo único en lo que ustedes no pueden meterse.

—Sí podemos, por eso vine a ofrecerle mis servicios como ghost writer.

—¿Qué? ¿Qué has dicho? ¿Tú? No puede ser ¿Eres el autor de las novelas? No, no lo puedo creer. No puede ser.

Osvaldo se levantó de golpe y aporreó con los pies la base de Cactur, luego con los puños arremetió contra la parte superior del androide. Sus manos comenzaron a sangrar. La máquina apretó su botón de reposo y se apagaron sus circuitos.

Los gritos de Osvaldo se mezclaron con el zumbido de los autómatas desplazándose en la calle.


Cecilia Aravena Zuñiga es una escritora chilena, autora de los libros Fragmentos de Chile (2018), La verdad secuestrada (2019), Estación Yungay (2020), Investigando humanos y otros cuentos para el fin del mundo (2020) y Proyecto D and D (2022). Su obra también integra diversas antologías de cuento y poesía publicadas entre 2007 y 2025, entre ellas Entrepuentes, Polinizando, Disparar a matar, Crímenes con M de mujer, Martes Negro y Nuevas Vidas para Heredia. Ha participado como jurado en concursos literarios, incluyendo el de la Municipalidad de Santiago, y publica reseñas y críticas en el diario digital El Mostrador. Actualmente integra el Comité Editorial de la revista digital Descentrados.cl, sección Letras.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

YA LO HICE CALLAR