Cecilia Aravena Zúñiga
La frente de Osvaldo brillaba de sudor, algunas gotas
de transpiración se deslizaban por su nariz. Con su antebrazo las detuvo y
continuó introduciendo códigos, las claves de seguridad de cada planta se
modificaban automáticamente cada quince minutos, obligándolo a reprogramar
varias veces su ordenador. Llegar al habitáculo donde estaba la caja de
seguridad, había sido más difícil de lo que esperaba. Su sorpresa fue mayor al
descubrir que la caja se encontraba conectada a la alarma de la Sociedad de Escritores.
Disponía de menos de cinco minutos para terminar, antes que llegaran los
custodios.
Había sido ingenuo: era obvio que la
sociedad debía garantizar la protección de la memoria del escritor consagrado
que aseguraba su manutención. El salón principal que en el siglo veintiuno
servía para lanzamientos de obras maestras impresas, ahora estaba reservado a
la caja de seguridad con la memoria del premiado escritor, ganador del Nobel de
literatura, el Jorge Amado, y el Miguel de Cervantes. El único edificio de la
ciudad con suelo de parqué con largos cuadrados en diagonal, escaleras de
mármol y paredes revestidas con madera de ciruelo. Así debía ser, a tono con lo
que se cobijaba, el tesoro de esa memoria ciborg era invaluable.
Osvaldo escuchó el zumbido de los
androides. Odiaba el sonido que hacían al desplazarse, el roce de sus
rodamientos contra el suelo le evocaba cuchillos afilándose. Detestaba a los
autómatas y ahora ya estaban en el acceso del edificio. Su respiración se
agitó, con un transmisor gigap traspasó toda la información de las memorias ciborg
a su propia cabeza.
—Espero no quedar psicótico —pensó.
Era lo más rápido.
Ningún dispositivo había alcanzado la
velocidad de la mente humana, sólo tardó unos instantes en almacenar en su
mente los pensamientos, recuerdos e inspiraciones del autor.
Su cuerpo esmirriado pasó con
facilidad por los ductos del alcantarillado del siglo veintiuno que estudió
durante meses. Se puso su traje anti radiación, y logró llegar al exterior
antes del cierre automático de las compuertas. Tenía su aeromóvil estacionado
en las proximidades. En el volante la pantalla del tablero le indicaba que su
respiración se normalizaba. Miró los espejos laterales, no había personas ni
androides en el área. Antes de instruir al vehículo que se pusiera en marcha,
observó sus ojos en el espejo retrovisor. Los tenía enrojecidos por las cuatro
noches sin dormir preparando el robo.
Ya en su departamento usó el gigap
para vaciar los contenidos al ordenador. Se conectó al visor de memoria para
plagiar los motivos, la inspiración, las historias del escritor del siglo.
Abrió un par de latas de suero de patata y revisó una y otra vez los diez
terabytes. La secuencia de recuerdos y conversaciones cotidianas se sucedían.
Todas las imágenes eran igual de insulsas. Apretó la opción buscar y digitó
fechas anteriores a los lanzamientos de sus obras consagradas, estimó meses,
incluso días anteriores. Sus latidos se aceleraron. En las fechas de las
entrevistas a Berlizand, anteriores a las premiaciones, él decía que estaba
escribiendo. ¿Cómo era posible que en esas fechas en su mente no hubiera rastro
de aquello? Ni una sola situación que pudiera relacionarse con alguna de las
obras o con los motivos de sus personajes, ningún indicio ningún evento. Ni una
sola conversación que aludiera a las magistrales situaciones descritas en sus
novelas. Nada. Revisó una y otra vez la memoria. Estuvo más de cuatro horas
escudriñando cada archivo. Con la boca abierta y los ojos desorbitados, miraba
la pantalla. Por fin tragó saliva.
Un escalofrío recorrió su espalda,
haciéndolo tiritar.
— ¡Berlizand es un fraude!, no es el
autor de sus novelas —Al decirlo, su voz se convirtió en un gemido. Sintió que
sus piernas flaqueaban, desplomándose en el diván apostado a un costado de su
escritorio.
En la torrecilla del suburbio, la casa de Adrián
Berlizand acababa de activarse, la mano arrugada y pecosa del escritor manipuló
el panel digital. Al pulsar el botón «Comienzo del día» las persianas subieron
automáticamente, reproduciéndose los mensajes del contestador y sintonizando
como música de fondo, la antigua baladista Lauryn Hill. El anciano caminó a la
cinta mecánica que se desplazaba hasta la cocina. La cúpula transparente en el
techo, dejaba ver un cielo calipso sin nubes.
—Baja la intensidad de las luces y
llama a mi asistente —dijo con voz grave.
El sistema operativo, dejó el
ambiente apenas iluminado y apareció desde una esquina de la habitación el
modelo doméstico, P-Cactur24, que se acercó al anciano con una bandeja metálica
con un plato de vidrio que contenían cinco cápsulas celestes y un vaso con un
líquido viscoso de color verde.
—Gracias Cactur, no tengo apetito. No
me siento bien —dijo el anciano, acomodándose en un piso metálico que
automáticamente lo acercó a la barra de la cocina.
—Adrián, debe consumir alimentos
antes de los remedios. Detecto un alza de presión y sus pulsaciones se han
acelerado —respondió el androide de un metro y medio de altura y aspecto
cilíndrico.
—¿Quién se llevó mi memoria? El robo
fue hace horas, ¿Por qué no me han contactado? —dijo Adrián, mirando su
celular—. De la Sociedad de Escritores me han enviado mensajes. Ofrecen pagar
el rescate de mi memoria. No entienden cómo sucedió.
—El robo fue bien planificado, se
realizó en poco tiempo y con total éxito. Seguramente lo contactarán muy pronto
—respondió P-Cactur 24, dando vuelta sus sensores hacia la impresora
tridimensional que terminaba de reproducir el piso que había comprado el
escritor.
— ¿Querrán dinero por ella? Si la han
revisado ¿seré víctima de chantaje?, y ¿qué haré? ¿Confesar que nunca he
escrito nada? ¿Qué aquellos relatos nostálgicos del siglo veintiuno no son
míos? Cactur, ¿estaba activado el GPS en el dispositivo? —preguntó el anciano
al tiempo que se acercaba al taburete—. Mira, Cactur, igual que los que se
usaban en el siglo veinte ¿parece de cuero verdad? Esto sí es de mi agrado, muy
distinto a los asientos de plástico recubierto y plegables que se convierten en
otra cosa accionando un botón.
—Su memoria está a ocho kilómetros.
En el edificio comercial de la ciudad. ¿Desea que vaya a recuperarlo?
—No, no quiero que nos expongamos a
la prensa. Temo que se trate de un fanático que está esperando vernos aparecer
para subir esto a las redes sociales. ¿Qué puedo declarar, si se hace público?
Quizás no entiendes lo importante que es para la humanidad que el arte y la
creación hayan quedado para los humanos. Mucha gente sufrió cuando ustedes
asumieron el derecho, la medicina, la ingeniería, todo... no puede descubrirse
la verdad. La literatura es creación exclusiva de las personas. Es lo que nos
queda.
—Puede decir que no hace falta vivir
lo que se escribe. Que basta con saber de qué son capaces los seres humanos, de
conocer su lado sombrío y su lado resplandeciente, o con haber visto su
necesidad de autodestrucción. Usted puede reconocer la verdad.
—¿Te has vuelto loco? Basta, no me
des lecciones. Mis novelas son un aliciente para la humanidad. Además,
recibiría el repudio de mis colegas, me obligarían a devolver mis premios y las
editoriales me demandarían ¡No! Nunca reconoceré que mi trabajo lo hizo otro,
por ningún motivo. ¡Esto es un desastre! ¡Una tragedia! —El anciano se dejó
caer en la butaca nueva y se tapó la cara con las manos. Gemía. Con cada
sollozo su espalda se encorvaba y parecía que iba a quebrarse.
De pronto levantó la vista, se bajó
del asiento y caminó hacia el droide.
—Han pasado más de ocho horas desde
el atraco. Si quisieran dinero ya hubieran contactado a la Sociedad de
Escritores, o a mí. No, se trata de un intento de plagiar mis obras, accediendo
a lo que debiese guardar mi memoria. Tienen que haberla revisado ya y ahora
están decidiendo cómo denunciarme. Si hubiesen querido dinero habrían venido a
robar aquí. Todo el mundo sabe que vivo solo. Es mucho más fácil acceder al
panel de control de esta casa que sortear las medidas de seguridad de la
Sociedad de Escritores. Estoy acabado. Imagino la burla en los medios. No tengo
escapatoria.
—Hay otra solución. Su memoria se
desintegrará cuando usted muera, la materia orgánica y el dispositivo
tecnológico son interdependientes. Le sugiero la autoeliminación. El ladrón no
tendrá nada en sus manos y usted seguirá siendo el autor más leído del siglo
veintidós. Nadie jamás podrá cuestionar su autoría. Sus obras siempre le
pertenecerán.
El escritor levantó la vista y dejó
de sollozar. Sus ojos estaban desorbitados.
—Cactur, déjame solo por favor.
El androide salió de la habitación.
El ruido de sus rodamientos desplazándose se fue disipando.
— Apaga la música y las luces —ordenó
Adrián y permaneció en silencio mirando hacia la bóveda de cristal. El cielo
turquesa sin nubes iluminaba la sala.
Cerca tres horas más tarde, Adrián
Belizard pulsó el botón para abrir la cúpula del techo de la casa, sin
mascarilla. Los rayos ultravioleta enrojecieron su piel en instantes y el aire
saturado de anhídrido carbónico le impidió continuar respirando.
El sector comercial de la ciudad se concentraba en un
edificio de noventa pisos. Había tiendas, oficinas, y viviendas. En varias
plantas había parques y gimnasios. Sus habitantes no bajaban nunca de la torre.
El modelo P-Cactur24, subió al piso 13, cerca de las cuatro de la tarde,
desplegó uno de sus brazos hasta la puerta y golpeó dos veces. En el dintel
apareció el rostro macilento de Osvaldo con los ojos enrojecidos. Su pecho se
levantaba con cada gemido.
—Buenas tardes. Soy el asistente del
escritor Adrián Berlizand.
—Vi su memoria desintegrarse, eso
solo tiene una explicación. ¿Por qué lo hizo? Yo lo admiraba, sólo quería
descubrir su fuente de inspiración, soñaba en escribir como él ¡Qué desastre!
No quería que las cosas salieran así. Iba a tomar algunas de sus ideas, de sus
experiencias, de sus recuerdos. Sólo quería escribir como él. No soy
responsable de su suicidio. ¿Verdad? ¿Cómo llegaste a mi casa? —Osvaldo se dejó
caer al suelo. La bata que lo cubría se abrió, mostrando su cuerpo albo y
lampiño.
—Llegué por las emisiones de la
memoria ciborg que robó. —El androide movió la parte superior de su
estructura—. Detecto que su temperatura es alta y que está intoxicado con
alcohol. Lleva varios días sin dormir y sin alimentarse apropiadamente. Vine a
ofrecerle mis servicios de asistencia. Necesito un hogar o seré desactivado por
la central de automatización doméstica.
—Se mató por mi culpa. Yo sólo quería
conocerlo más. No le hubiese denunciado. Amo sus obras. Le han dado significado
a mi vida y a la de muchos, pero me di cuenta de que era un fraude. El no
escribió ninguna de sus obras consagradas ¿Por qué guardaba su memoria si no
había nada valioso en ella?
—Las editoriales lo exigen y los
seguros también. Además la Sociedad de Escritores no hubiese entendido que no
lo hiciera. —Cactur avanzó hacia el dispensador de agua destilada, llenó un
vaso y se acercó a Osvaldo—. Tome. Se sentirá mejor.
Osvaldo, se secó la cara con la manga
de su camisa, y tragó rápido el líquido.
—No necesito un asistente, me las
arreglo muy bien en este escondrijo de dieciocho metros cuadrados. Apenas como
y casi no salgo de la casa. Conozco algunas personas que podrían interesarse,
pero debes esperar que me reponga. La muerte de Adrián es terrible para toda mi
generación. Sus obras alimentaban la confianza en la humanidad, la posibilidad
de trascender. La tecnología nos ha arrinconado como ratas, nuestra esencia
humana, capacidad creativa y subjetividad sólo se vierte en la escritura, en el
arte. Lo único en lo que ustedes no pueden meterse.
—Sí podemos, por eso vine a ofrecerle
mis servicios como ghost writer.
—¿Qué? ¿Qué has dicho? ¿Tú? No puede
ser ¿Eres el autor de las novelas? No, no lo puedo creer. No puede ser.
Osvaldo se levantó de golpe y aporreó
con los pies la base de Cactur, luego con los puños arremetió contra la parte
superior del androide. Sus manos comenzaron a sangrar. La máquina apretó su
botón de reposo y se apagaron sus circuitos.
Los gritos de Osvaldo se mezclaron con el zumbido de los autómatas desplazándose en la calle.

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