Frank Hebben
La voz de una vieja película.
Mono apagado, dos compases de música,
una luz de lluvia en la ventana.
—La compro —dijo la
muchacha de ojos de mariposa—. ¿Cuántos fragmentos costará?
El comerciante se inclinó sobre el
transmisor, un aparato con forma de cubo, con cables a ambos lados y adhesivos
dorados para la frente.
—Quince.
—¿Qué? ¿Quince? —La muchacha
despegó el adhesivo con dos dedos—. Eso son más de tres recuerdos.
—De la mejor calidad —añadió el
comerciante con una sonrisa de vendedor—. Imágenes cristalinas, emociones
limpias. Solo aceptamos Alpha-Memories.
—Caro, muy caro.
—¡Y con razón! —El comerciante
abrió las manos—. Este recuerdo proviene del año 1964, Europa occidental, tal
vez Francia; tiene más de doscientos años. —Su sonrisa se ensanchó—. La Bohème,
si entiende a qué me refiero.
—La Bohème —repitió la muchacha
pensativa—. Bien, de acuerdo, ¿también intercambian recuerdos malos?
—Depende.
—Tengo una experiencia de la
fábrica escolar, dos noches en prisión y el asesinato de mi madre.
El comerciante aspiró aire entre
los dientes.
—¿Asesinato? Somos un negocio
serio, no podemos aceptar algo así aquí. Recuerdos de libros, de películas que
nuestro gobierno hizo destruir, esos sí nos interesan. Atardeceres, recuerdos
de animales y plantas. Un picnic en el bosque. ¿Tiene fragmentos así?
—No —respondió la muchacha con
tristeza, y sus ojos destellaron en mil colores—. Oh, una vez tuve un perro.
—¿Un perro? Hay coleccionistas para
eso. ¿Qué raza era?
—No lo sé. Tenía el pelaje azul
rey.
El comerciante hizo un gesto de
rechazo.
—Nada artificial, lo siento.
—Lo pensaré otra vez —susurró la
muchacha. Se colocó la capucha de su impermeable de plástico y tiró de las
cintas—. Adiós.
—Vuelva cuando le ocurra algo
bueno. —El comerciante retiró el adhesivo—. ¡Que tenga una buena noche!
Gota tras gota, lluvia ácida,
a veces sangre teñida de rojo por el neón.
Un club entre las sombras.
Adentro, las voces
estaban amortiguadas artificialmente; de los reservados solo llegaba un
murmullo agradable. La muchacha se sentó junto al escaparate y observó a la
gente que pasaba apresurada. Llovía a cántaros.
—¿Qué puedo traerte? —preguntó la
camarera mientras dejaba la bandeja con las tazas para tener las manos libres.
Sacó una libreta y un lápiz, y esperó.
—Sunburn sin hielo —dijo la
muchacha sin mirarla—. Doble.
—Mal día, ¿eh?
—Mala vida.
La lluvia seguía cayendo. Pasaron
dos hombres, una mujer, un hombre más, un policía. La muchacha se apartó
rápidamente de la ventana.
—¿Cómo te llamas? —preguntó la
camarera.
—Céline.
—Ánimo, Céline, no dejes que te
aplasten.
—Sunburn sin hielo, doble.
—Enseguida.
Céline se quitó el bolso y el
impermeable de plástico, y colgó ambas cosas en un gancho. Cuando la camarera
regresó con la bebida, ella pagó de inmediato y con el importe exacto, sin
dejar propina, y luego se acurrucó en el rincón entre el acolchado y la
ventana. Su aliento empañó el vidrio. Con cuidado, llevó el vaso a sus labios y
bebió un sorbo. Cerró los ojos y pensó en su recuerdo favorito, el único
hermoso que le quedaba; todos los demás habían sido vendidos.
El mar azul e inmenso, tan frío y claro.
Su respiración uniforme entrando y saliendo.
Arriba, aves y el sol.
El cóctel hizo
efecto, un cálido cosquilleo en el vientre, como el amor, y Céline suspiró con
placer; ahora se sentía mucho mejor. Pidió otro vaso.
—¿Sunburn? —preguntó la camarera.
—Doble.
—Enseguida.
—Espera —dijo Céline—. Estoy
buscando a alguien, alguien que intercambie malos recuerdos.
—Quieres deshacerte de ellos,
¿verdad, pequeña? ¿Qué es, un amor desgraciado? Corazón, todos sufrimos por
eso.
—¿Conoces a alguien? —preguntó
Céline en voz baja.
—Quizá la Aguja los acepte. Malos
recuerdos y nuevas drogas, eso es lo único que la mantiene viva; ella ya no
puede sentir nada por sí misma. Pruébalo, ofréceselos. Merodea por el puerto,
en el mercado de pulgas de los sueños.
—Sé dónde es.
—Busca detrás de los puestos. Bien,
te traeré el cóctel.
—Gracias.
Cuando la camarera regresó a la
mesa, Céline vació la bebida de un trago, pagó y se puso de pie. Tomó su
impermeable y se lo puso encima, agarró el bolso y salió del bar. En la
siguiente esquina dobló a la izquierda y siguió las calles hasta llegar al mercado
de pulgas del puerto. Tras buscar un poco encontró a la Aguja, apoyada
cansadamente contra una farola, una mujer en sus últimos años, de cuerpo
consumido y mejillas hundidas.
—¿A ti te llaman la Aguja?
—¿Quién quiere saberlo? —Los ojos
azul cristal de la mujer la atravesaron; implantes de neón.
—¿Intercambias malos recuerdos?
—preguntó Céline.
—¿Perdiste tu peluche? —La Aguja
estiró los labios en una sonrisa.
—Hablo de un asesinato, el de mi
madre.
Breve silencio.
—Pobre idiota —dijo la Aguja—. Tan
joven y tu vida ya está arruinada.
—No, no, yo no fui.
—Ah, ya veo. ¿Buena calidad?
—Eso creo.
—Bien —dijo la Aguja—, déjame
verlo. —Metió la mano detrás de la farola, donde estaban sus pertenencias, sacó
un cubo y se pegó el adhesivo en la frente—. Acércate, voy a echarle un
vistazo. —La Aguja hizo un gesto; Céline palpó su arma, dudó un instante y se
acercó—. Quiero algo bonito a cambio.
—¿Algo bonito? ¿Un recuerdo de
nieve?
—¿Tienes algo así? —preguntó Céline
sorprendida.
—¿Yo? —Una carcajada sacudió a la
Aguja—. ¡Claro!
—¿Y qué tienes?
—¿Qué tal payasos? Un viejo sueño
con payasos.
—Bien, ¿por qué no?
—Acércate.
Noche, oscura es la callejuela.
Un bisturí, no dos.
Hojas grabadas.
Un dragón en una, un demonio en la otra.
¡Rasga, corta!
Y sangre por todas partes.
—Ahora yo —dijo la
Aguja, y pulsó el segundo botón del transmisor.
¡Ja, ja!
Los payasos coloridos y riendo.
Las tartas vuelan.
Tin tin tin tin
¡Miren, ahí viene el cuerpo de bomberos!
Céline soltó una risita alegre. No sabía
por qué, pero se sentía aliviada. Una sombra se había apartado de su alma.
Relajada, se quitó el adhesivo de la frente.
—Un buen intercambio —le dijo a la
Aguja.
—¿Te gusta? Yo también estoy
satisfecha, emociones intensas, miedo. —Pensó en la noche—. Ah, bien —dijo
entonces—. Espera un momento, ¡conozco a ese tipo!
—¿A quién?
—Al de los bisturíes.
—No tengo idea de qué estás
hablando. —Céline se volvió para irse.
—Del asesino de tu madre.
Ella se detuvo.
—¿Qué?
El efecto del Sunburn desapareció.
—Salvador Dalí.
—¿Dalí? —preguntó Céline mientras
abría distraídamente el cierre de su bolso.
—Es su nombre de la calle. —La
Aguja rebuscó dentro de su abrigo y sacó una lata; la abrió y se metió tres
píldoras en la boca. Sus pupilas parpadearon, primero amarillas y luego rojo
sangre—. Lleva años cazando en el barrio dorado, recolectando órganos y piel
para sus creaciones. Hay compradores para ese tipo de… obras de arte. Vi una
exposición hace poco.
—Quiero todos los recuerdos.
—Niña, déjalo, ese hombre es
realmente peligroso.
—Los quiero todos. —Céline sacó su
pistola—. ¡Todos, todos! ¡Y quiero recuperar los míos!
Amplia luz azul del mar.
En la sala, cuadros, claros y fríos; órganos, grasa
Su respiración uniforme.
Él ríe. Él sonríe.
Codiciosa fascinación.
Una mujer los quiere y los compra, para DeLanys.
Arriba, aves y el sol.
—¡No! —gritó Céline
mientras arrancaba el adhesivo—. ¡Me lo arruinaste con tu aparato de mierda!
—Le apoyó la pistola en la garganta.
—Yo… —jadeó la Aguja—. ¿Qué hice…?
Céline quitó el seguro del arma.
—¡No ella, cualquier cosa menos
ella!
—Lo siento, no quería… —La Aguja se
arrodilló lentamente—. ¡Por favor!
—¡Maldita basura! —rugió Céline,
apartando el arma. Dos lágrimas brotaron de sus ojos—. ¡No tenía nada más!
Llorando, se dio vuelta y salió
corriendo.
Casas, calles, personas.
Todo sombras tras el vidrio.
Ira y tristeza y ningún camino fuera del laberinto
La joven vendedora
de cabello rubio acero de DeLanys llevaba una bata médica; el cliente común no
podía imaginar por qué. Céline abrió las puertas de vidrio del atelier y se
acercó a la primera de las obras expuestas; El mago, tinta sobre cartón,
2134.
—Un retrato maravilloso —dijo la
vendedora detrás de ella—. El rostro es expresivo, aunque parece vacío, esos
ojos ardientes, las mejillas esqueléticas, huecas pero marcadas.
—¿Cuánto cuesta? —preguntó Céline.
La vendedora sonrió
artificialmente.
—Oh, eso no puedes pagarlo. En una
subasta alcanzaría más de veintiocho mil.
—¿Fragmentos?
—¡Qué va! —rio la vendedora—.
¡Efectivo! —Señaló un soporte con postales 3D—. Pero tenemos reproducciones de
primera calidad que puedes enviarles a tus amigos.
Céline se apartó.
—No me gusta tanto. —Miró hacia una
cortina verde hospital que separaba aquella sala de la siguiente—. Prefiero el
arte orgánico.
—¡Aaah! —exclamó la vendedora,
recuperando su sonrisa artificial; Céline se preguntó cuánto habría costado—.
¿Has oído hablar de eso?
—¿De las obras de Dalí?
—Sí, exactamente.
—Fui invitada a la última
exposición.
—Y quieres volver a verlas —añadió
la vendedora—. Lo entiendo. Es un verdadero artista, pone la piel de gallina.
—No podría describirse mejor.
—Céline intentó imitar la sonrisa—. ¿Puedo verlas ahora?
—Hoy estoy sola en la tienda,
sabes, no tengo tiempo para ese tipo de favores.
—Por favor.
—Está bien, haré una excepción
contigo. —La joven de la bata le guiñó un ojo—. Pero solo un momento.
—Muchas gracias —dijo Céline.
—No hay problema, ven. —Apartó la
cortina y dejó pasar a Céline; ambas recorrieron un largo corredor y luego
bajaron dos escaleras. A un lado se abría un atelier iluminado con una luz azul
ártica. En las paredes colgaban vitrinas de cristal, cada una cubierta con una
tela. Céline fue conducida hacia la más grande de las piezas expuestas.
—De esta no tenemos reproducciones,
así que mírala bien —rio la vendedora—. Aquí. —Arrancó la tela de un tirón.
Otro mal recuerdo más, pensó Céline
antes de que el shock la dominara. Solo quedó un zumbido en su cabeza, como el
de un televisor sin imagen. Se quedó mirando fijamente la vitrina, incapaz de
decir una palabra.
—…está sellada al vacío,
naturalmente; de otro modo la conservación…
Sudor frío en la frente.
—…la muerte como arte, ese es uno
de los mensajes principales de su…
Las manos temblaban.
—…en la primera etapa, hace unos
siete años… —La vendedora interrumpió su explicación—. Oye, ¿te sientes bien?
Céline apartó la vista de la obra y
la miró.
—¿Qué?
—Dije: ¿te sientes bien?
—Oh… sí, sí, es solo que aquí hace
muchísimo frío.
La vendedora volvió a cubrir la
vitrina.
—Tenemos que mantener esta sala
refrigerada, también por la conservación. —Se dirigió hacia la puerta; Céline
la siguió—. Lo siento, no tengo más tiempo. Tal vez mañana.
—Gracias —consiguió decir Céline
mientras intentaba disipar el mareo—. Me gustaría un autógrafo.
—¿Mío? —La mujer le guiñó un ojo—.
Te refieres a él. No tenemos tarjetas autografiadas; tendrás que pedírselo
personalmente.
—¿Cuándo es la próxima exposición?
¿Hoy?
—Quieres decir la inauguración. No,
¿por qué lo preguntas?
—¿Dónde puedo encontrar a Salvador
Dalí?
—Vaya, de verdad estás fascinada
con él, ¿eh? —rio la vendedora—. No es frecuente que chicas tan jóvenes se
interesen tanto por el arte moderno.
Subieron el primer tramo de
escalera; en el descanso del segundo, Céline se detuvo bruscamente.
—¿Dónde encuentro al artista?
¿Dónde?
—Lo siento, no podemos dar nombres
ni direcciones; la semana que viene tendrás oportunidad…
Céline sacó el arma del bolso,
apuntó primero al pecho y luego a la garganta de la vendedora.
—La dirección de ese loco, ahora
mismo. No lo repetiré.
—Estás loca —dijo la mujer con
calma—. Guarda esa pistola y vete, o llamaré a la policía. —Se volvió hacia la
escalera y subió un par de peldaños, hasta que Céline le barrió las piernas. Su
mentón golpeó violentamente contra los escalones y gritó de dolor.
—¿Dónde vive ese cerdo? —escupió
Céline entre dientes—. ¡Habla!
—Es médico en el hospital St. John
—jadeó la mujer. Se palpó el tabique nasal para comprobar si estaba roto—. Vive
y trabaja allí.
—¿Su nombre?
—Doctor Randell, se llama doctor
Randell. —La vendedora se puso de pie con cautela—. Estás obsesionada, ¡déjalo
en paz!
—Abajo —siseó Céline apuntándole
con el arma—. ¡Vamos! —Obligó a la vendedora a bajar las escaleras y regresar a
la sala de las obras—. Ponte contra la pared.
—No, por favor —suplicó la
vendedora.
—¡Contra la pared! —gritó Céline—.
¡De espaldas a mí! —Metió la mano apresuradamente en el bolso y sacó un pequeño
cubo—. Toma el adhesivo. ¡Toma el adhesivo, maldita sea! Pégalo en tu frente.
Céline se colocó el suyo.
—Bien, quiero todos los recuerdos
sobre mí, todo el último cuarto de hora. ¿Entendido?
—Sí —respondió la vendedora en voz
baja, y Céline pulsó el botón.
Una muchacha con bolso, impermeable,
ojos de mariposa.
Parece triste.
Sola en el mundo.
Como tantos otros, también.
—No te des vuelta.
—¿Quién es usted? —preguntó la
vendedora, confundida.
—Tengo un arma apuntándote. Si te
das vuelta, estás muerta.
—¡Quiere robar las obras!
—¡Pueden quedarse con toda esta
basura! —Retrocediendo, Céline caminó hacia la salida—. Ahora voy a cerrar la
puerta. Cuenta hasta cien y después llama a los policías. Quédate junto a la
pared; no quiero dispararte.
—Sí, de acuerdo.
Céline cerró la puerta tras ella.
Y entonces corrió. Subió las
escaleras, atravesó la tienda, salió por la puerta y volvió a la lluvia. A la
izquierda, luego a la derecha, y siguió corriendo, siempre hacia el barrio
dorado.
Rostros vacíos, brillantes como vidrio.
La luz de neón pinta máscaras de colores.
Chamanes, ángeles y demonios.
Bajo la lluvia, el
hospital parecía una iglesia, un edificio ancho coronado por una cruz luminosa.
Céline avanzó decidida hacia la entrada principal, la atravesó y preguntó por
recepción. Allí habló con una enfermera.
—Busco al doctor Randell.
—¿De qué se trata?
—Es mi padre, tengo que hablar con
él. Mi madre murió.
—Oh, lo siento mucho. —La enfermera
tomó una lista y recorrió las líneas con sus largas uñas—. El turno del doctor
Randell acaba de terminar. Si se apresura, tal vez pueda alcanzarlo en la
salida del personal; salga por allí a la derecha y doble la esquina.
Céline volvió apresuradamente,
atravesó la puerta giratoria y pasó junto a las columnas publicitarias hasta
llegar al callejón lateral. Un médico caminaba hacia ella; se detuvo.
—¿Doctor Randell?
—¿Sí?
—He visto sus cuadros, sus obras de
arte hechas de carne.
—¿Y le gustaron? —Con una intuición
repentina, el doctor Randell tomó distancia.
—No —respondió Céline mientras
sacaba el arma—. ¡Me repugnan!
—A mucha gente le ocurre —explicó
el doctor Randell mientras se alejaba paso a paso. Echó una rápida mirada hacia
una furgoneta estacionada en la esquina—. No comprende el mensaje. La belleza
total del ser humano, eso es lo que quiero mostrar. Ni más ni menos.
—¿Para eso matas personas? ¡Eso es
enfermizo! —Céline redujo la distancia—. Quédate donde estás.
—¿Matar? Uso cadáveres como materia
prima.
—¡No me mientas! —gritó Céline
mientras se acercaba aún más—. ¡Cazas de noche, eliges nuevas víctimas como un
animal! ¡Lo vi, cerdo perverso!
El doctor Randell adoptó una
expresión amable.
—Disparates, me está confundiendo
con otra persona.
—Hojas grabadas, un dragón y un
demonio.
—Maldita sea —exclamó Randell, y
corrió hacia la furgoneta, abriendo la puerta con desesperación.
—¡Alto!
Dos disparos resonaron en el
callejón. Uno hizo añicos la ventanilla del vehículo; el segundo impactó en la
pierna de Randell.
—¿Qué quieres? —Con esfuerzo,
intentó arrastrarse hasta el asiento del conductor.
Céline le disparó en el brazo;
Randell jadeó, tembló y cayó sobre la cuneta.
—¿Qué quiero? —gritó ella con voz
ronca—. Por fin una vida, un hogar, familia y amigos. ¡Y olvidar todo esto!
¡Despídete de este mundo, psicópata demente!
Una mancha de sangre en el pecho,
grande como un puño.
Los ojos vacíos y blancos como plástico
Un último aliento y nada más
—Hermana mía,
¿quiere desprenderse de algo más? —preguntó el sacerdote con suavidad—. Yo
acepto todos los recuerdos, los tristes, los malos, los crueles. —Alzó las
manos hacia el cielo—. ¡Para ustedes soy el receptáculo!
—No, gracias —respondió sonriendo Céline
mientras se colocaba la capucha—. Ya no tengo nada más que confesar.

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