miércoles, 27 de mayo de 2026

YA LO HICE CALLAR

Salam Ibrahim

 

El color opaco del crepúsculo llena de desánimo sus dulces rasgos mientras, tropezándose con sus propios pasos cansados, avanza sobre el camino en pendiente, cubierto de cantos rodados suaves como canicas. Su vestido largo ora se enrosca entre sus piernas, ora dibuja una línea que acaricia las piedras y entretanto siente el agotamiento acumulado por la larga distancia que ya lleva a las espaldas, subiendo y bajando a través de los pasos escarpados de la montaña. Desde unos ojos apagados como un par de agujeros, mira la cara luminosa de su niño, que duerme plácidamente entre sus brazos exhaustos, y se ahoga con el escarmiento.

Apenas había transcurrido un año desde su boda cuando su marido desapareció en el frente. Ella regresó a casa de su familia, embarazada de un niño que no vería a su padre. Estuvo siguiendo con pesar las listas de los prisioneros retrasmitidas por Radio Teherán. El parecido de los nombres la dejaba exhausta y los dispositivos de interferencia le cortaban el aliento, pero no se cansó de la larga espera ni flaquearon las fuerzas ante el anhelo de escuchar una notica de su prisión, mientras los días se plegaban sobre sí mismos a una lentitud despiadada, similares, concentrados con los dolores y las penas de la guerra.

Alza la vista hacia el pálido cielo, a punto de echarse sobre ella. La desolación traspasaba con sus colmillos su alma arrugada y las rocas afiladas cortaban como cuchillos el horizonte incierto.

 La calle asfaltada atraviesa la llanura plana debajo de ellos, como una cuerda negra invisible entre las colinas lejanas. Se puso a prueba a sí misma para encontrarse con su hermano, quien vería a su hijo por primera vez y pensaba en su apesadumbrado padre, que caminaba en el silencio en la cola del grupo de refugiados.

No había vuelto a abrir la boca desde la bofetada que le soltaron los hombres de seguridad en el patio de casa, en presencia de la familia. Ella se encogió de dolor y se pegó a la pared mientras el rostro del padre se ahogaba con el sufrimiento y la ira hasta volverse oscuro como un pozo. Pero fue cuando lo citaron en el departamento de seguridad y le pidieron que volviera con su hermano pequeño, alistado con los revolucionarios de las montañas, cuando el silencio hizo presa de él. Regresó a casa con el rostro encendido y la mirada perdida, buscando refugio cerca de la chimenea. Conforme le preguntó su madre, estalló, escupiendo su frase cargada de rencor.

—Los perros… Los perros… ¡me amenazan con el exilio!

Tras desahogarse con los insultos, se calmó y el pesar que cargaba sus facciones se aflojó… Pero la última vez fue diferente porque su cara quedó gris desde entonces.

Se hace la oscuridad cubriéndolo todo. Los cuerpos se acercan entre sí reduciendo el espacio a un metro escaso.

…No la dejaron llevar la tela con la que amarraba su cuerpo. Una multitud de hombres armados y mal encarados entró por la puerta abierta de casa y les empujaron con las culatas hasta sacarlos fuera, a la calle, en pijama. Los amontonaron en un camión militar IFA atestado de niños, mujeres y ancianos, que salió pitando por las calles de la ciudad tomando la carretera general. Los bajaron en un camino de tierra.

—¡No regresen sin sus hijos! —dijeron.

En la montaña, el silencio llena la noche lóbrega y oscura con un sopor que invita al letargo. Ella siente un deseo irrefrenable de dormir y de olvidar el contenido de su pasado y su presente, cuando de repente escucha el llanto de su hijo que con fuerza estalla lánguido junto a un murmullo agitado resoplando cerca de su oído.

—¡Hágalo callar, hermana! Ya estamos cerca de la calle y del puesto de guardia.

Inmediatamente se abre el botón de la ropa, saca su seno y le encaja el pezón entre los labios. Los pensamientos se agitaban en su cabeza, dando vueltas con aquellas preguntas para las que no tenía respuesta. ¿Adónde se dirigían? ¿Dónde estarían? ¿Qué sería de ellos?, hasta que se le nubla la mente y deja de pensar, perdida en la incertidumbre que tejía los días que estaban por venir, mientras sus pasos eran ya como los de un sonámbulo: un montón de tristezas errante por la penumbra de la negra noche.

—Sube y date prisa en cruzar.

El susurro de un combatiente. No se había apartado de ella ni un segundo desde que se hizo de noche. Fija la vista en las piedras y afirma uno de los pies sobre el borde del canto, tantea con el otro y trepa con cuidado hacia el camino empedrado. Cruza deprisa, a pesar del dolor que le cubre toda la planta del pie.

—Aquel es el puesto de vigilancia. Camina despacio y en silencio.

Nota un espectro murmurándole aquella frase mientras desciende por un pasadizo que baja del camino en pendiente hacia una depresión lóbrega. Alza el pecho hacia una luz tenue que suspendida sobre una colina tapa una parte de las estrellas del cielo. Uno de sus pies resbala, pierde el equilibrio y cae rodando, pero un par de brazos fornidos se le echan encima, ayudándola a subir, al tiempo que el gemido doliente de un niño desgarra el silencio. Se siente violentada, tropezando con sus propios pasos y las voces contenidas de pánico que le llegan replicándose desde todos los rincones de esa oscuridad que la envuelve como cuatro paredes.

—¡Cállelo, cállelo… Nos van a descubrir.

Con unos dedos atolondrados busca su seno de nuevo. Encaja el pezón en la boca del niño y en ese gesto le viene a la mente el enfado de aquella anciana del pueblo a la que dejaron una tarde dando voces: ¡Mal rayo les parta a las mujeres! Por su culpa el puesto de vigilancia ha abierto fuego contra el grupo y han muerto tres chicos. Maldita sea, no ha podido acallar el llanto de su hijo.

El niño agita la cabeza a derecha e izquierda escupiendo el pezón de la boca y apretando los dientes, suelta un berrido. Ella le sujeta la pequeña cabeza con la mano y lo rodea con firmeza tratando de introducirle el pezón por la fuerza otra vez. La voz de la anciana resuena en sus oídos, clara, dolorosa: No sirven para nada… para traerle cansancio a los hombres, eso es para lo único que sirven.

Al fin consigue encajar el pezón entre los dientes pegados... ¡Por Dios! Van a pagar por mi culpa. ¡Cállate, por favor! Señor, ten piedad, ten piedad.

Nunca había sentido su peso como en aquel instante. ¡Cuánto le hubiera gustado poder lanzarlo lejos…! Su cuerpo tiembla bajo la ropa holgada mientras presiona suavemente la mano sobre su boca. La tensión del ambiente se hace trizas con un murmullo alterado al silbido de un disparo que atraviesa por encima de sus cabezas, seguido de un resplandor rojo que procede del puesto de control situado debajo, y el murmullo se hace audible, desbordado por el pánico.

—¡Pero haga que se calle de una vez!

Sus manos temblorosas se estremecen. Atrae hacia sí la cara de su hijo hundiéndola contra su pecho y ahogando el grito que ya nadie oiría más que ella, como si procediera del fondo de un pozo profundo. Poco a poco comienza a desvanecerse hasta que se interrumpe definitivamente, y la calma vuelve a pintarlo todo con la única perturbación del susurro de los pies y el canto intermitente de las chicharas. Aspira una bocanada de aire de la fría brisa del anochecer, se siente aliviada, y con ello, un profundo cansancio le hace relajar las articulaciones. Descienden por un valle angosto siguiendo un paso que se extiende en línea recta sobre la falda, en compañía del profundo silencio de la noche y su cielo interminable, con sus estrellas engarzadas y suspendidas como praderas de luz. Ignora qué distancia han recorrido cuando a la luz tenue de las estrellas vislumbra una silueta que se acerca a ella y le pregunta con una voz clara.

—Ya no hay el peligro, ¿cómo está el niño?

Afloja los brazos con los que apretaba el cuerpo del pequeño, que sereno seguía pegado a su pecho. Lo separa un poco mirándole la cara que irradiaba blancura, y en el gesto se cae la cabeza hacia atrás, flácida como una pasta. Se queda clavada en el sitio, sintiendo como un frío intenso se le hinca en los huesos, y con un movimiento fuera de sí lo levanta para pegar la oreja en su pecho. Escucha tac…tac…tac, latidos fuertes, sucesivos que corren como un torrente llenando sus oídos. Aguanta la respiración y agudiza el oído una vez más. Pierde las fuerzas cuando tiene por cierto que aquellos latidos no eran otros que los de su propio corazón asustado. Extiende los brazos con el niño tranquilo e inmóvil hacia el combatiente, fulminado ante ella como un leño quemado, y su voz rota casi imperceptible, mate, ahogada, ronca, llena de angustia, exclama entre sus labios trémulos:

—Míralo, mí…ra…lo… Ya lo hice ca…llar… Ya lo hi…ce…ca…llar.

Salam Ibrahim nació en 1954 en Diwaniya, Irak. Opositor al régimen, es detenido en más de cinco ocasiones en la década de los setenta. En 1982, huye a las montañas, poniéndose al servicio de los revolucionarios. Víctima de un ataque químico en 1987, deambula entre los campamentos de refugiados hasta establecerse en 1992 en Dinamarca, país donde reside actualmente. Entre sus trabajos: La visión de la certeza (1994), El lecho de la arena (2000), La vida es un instante (2010), Ejecución a un pintor (2016).

 

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