Myriam Goluboff
La calle está en
silencio. El año pasado, a esta misma hora, once y media de una noche tibia de
marzo, estaba llena de gente. Figuras con disfraces de todo tipo se paseaban
sin perder sus risas, algunos tiraban cohetes y bengalas y lenguas de fuego de
colores se elevaban al cielo.
Al llegar a la piazzeta, en
la esquina de mi casa, en su centro, un carro, con la enorme figura de nuestro
presidente envuelto en una gran bandera norteamericana, emitía una serie de
arengas y amenizaba, entre una y otra, con desenfadado ritmo de cumbia. La
gente formaba corro a su alrededor, sonreía con sus ironías y movía las caderas
al compás de la música.
La ciudad era, toda ella, alegría y
diversión. Aquí, los carnavales son carnavales; no como los de Río, no como los
de Cádiz, pero, en este puerto, moldeado por los vientos y las lluvias, también
se disfruta la fiesta.
Sólo un año después, nada es igual.
Ya no hay fiesta, no hay bengalas, ni disfraces. Vivimos atrincherados en
cuanto cae la tarde. Miramos con desconfianza, observamos las caras que rondan
por el barrio, no nos sentimos seguros de nadie.
Cada vez hay más gente acurrucada
en los portales pidiendo limosna, solos, a veces abrazados a sus perros, de
ojos tan tristes como los de sus amos. Cada cara nueva es un interrogante.
Suponemos que vienen de las zonas ocupadas, desnutridos, enfermos…
Desconfiamos. Tememos que puedan
ser la avanzadilla de cuerpos especiales enmascarados. Sabemos que una amenaza
sorda se cierne sobre nosotros y, en tensa espera, sin una consigna concreta,
quedamos de noche en nuestras casas, en un estado de toque de queda voluntario.
Este lunes de Carnaval me siento
frente al ordenador para mandar un mensaje. Pero Yahoo no me permite entrar al
correo. En la pantalla sólo aparece un cartel que dice: “Pruebe más tarde”. Me
siento como si estuviera en un lugar desierto, donde no hubiera nadie. Si se
pierden esos muñequitos, será como si mis amigos se hubieran muerto, ya no
habrá comunicación posible, estaremos aislados.
La frustración y la angustia me
invaden.
Miro Hotmail y veo que funciona.
Eso me da tranquilidad, tiene que ser una avería pasajera. Preocupada, pero con
confianza, me voy a la cama.
Lo primero que hago al día
siguiente es encender el ordenador. Todo parece normal, Hotmail y el servidor
de la Universidad no tienen problema, pero el correo de Yahoo está totalmente
anulado.
¿Cuántos lazos se habrán roto esta
noche de carnaval 2004? Las gentes absorbidas en el magma del ciberespacio,
imposibles de rescatar, ya no están. Como si las hubiera perdido en una
batalla.
No conozco sus direcciones, no
podría mandarles una carta. Ni asumiendo el peligro que implica subir a un
avión, con la cantidad de atentados y secuestros que hay en el aire, podría
encontrarlos.
Nuestro contacto estaba dado por el
hilo invisible, frágil, de esos mensajes que vuelan por los aires, esa pantalla
que abre un universo afectivo sólo con dos palabras: “Yahoo mail” y que, cuando
no está, nos borra del mapa.
Todos los días intento conectar y
todos los días encuentro el mismo aviso.
En mi ciudad aparecen, cada vez
más, nuevos personajes extraños, cual marea que va creciendo lenta, pero
inexorablemente. Vienen huyendo de su tierra, ocupan las plazas y pueden ser
portadores inconscientes de una nueva peste, esa enfermedad de la que se habla,
desconocida y temible, o traer escondidos, en sus ropas raídas, frascos diminutos
que al abrirse la expandan a los cuatro vientos. También aparecen, sin ningún
aviso, tropas que invaden las calles con sus ejercicios militares. De Yahoo aún
no se sabe nada. Los primeros días había desaparecido el correo pero ahora ya
no vemos, en la pantalla, nada más que unas letras que dicen: “Yahoo”. Sólo
puedo mirar ese nombre, vacío de contenido, pero verlo ahí, me abre un hilo de
esperanza.
Lo que más apuntala mi espíritu son
los momentos en que conecto a través del Messenger de Hotmail y puedo
intercambiar noticias, impresiones, opiniones, con los trece amigos que tengo
allí, de México, de Perú y de Japón.
En esas conversaciones me entero de
la existencia de algunas zonas acordonadas, cerca de donde ellos viven,
superficies más o menos amplias que, en algunos casos, ocupan zonas rurales
poco pobladas pero, en otros, atrapan a millones de habitantes. Lugares donde
se ha decretado un ineludible aislamiento, para evitar que la enfermedad se
propague y donde se aísla a los pobladores de las comunicaciones para que no se
pueda tener certeza de la situación, de su gravedad, y cómo se expande por todo
el planeta.
Ya ha pasado un mes desde el
colapso de Yahoo. Abro Messenger y no más entrar, descubro que han desaparecido
dos contactos. Sólo hay once muñequitos en la pantalla. Me falta el de mi amigo
que vive cerca de Tokyo y el de Veracruz, en la costa atlántica mexicana.
Dos nuevas personas se perdieron en
el ciberespacio. Aún no pude superar la falta de Yahoo, y ahora empieza a
fallar mi Hotmail… Me siento abandonada, con una pérdida que resulta peor que
la de la muerte, porque no puedo tener certeza de qué es lo que les pueda estar
pasando.
Quizás estén en zonas acordonadas,
de epidemia, en peligro de muerte, o quizás estén bien, pero sin poder
comunicarse. La inquietud me provoca y genera teorías. Imagino un virus que
avanza atacando las señales y entonces no podremos impedir que, con el tiempo,
quedemos aislados, como electrones totalmente sueltos, desgajados de cualquier
átomo.
A medida que pasan los días, las
noticias son cada vez más inquietantes. Se habla de que se multiplican las
zonas arrasadas por los bombardeos, las muertes, las enfermedades. Y cada vez
más, masas humanas, pobres y desnutridas, avanzan por las carreteras, antes
atiborradas de coches y camiones pero hoy casi desiertas.
Corre la voz de que están
apareciendo, en diversos lugares del globo, los síntomas de una enfermedad que
resiste todos los medicamentos conocidos. Una variante de la neumonía atípica,
que mata por asfixia.
Desde el Gobierno Central
Universal, que se organizó por esta crisis y asumió todos los poderes, se tomó
la decisión de aislar las zonas afectadas. Ya desaparecieron otros más, ya no
puedo contactar para nada con los mexicanos. Sin embargo, hay novedades de D.F.
en algún periódico. Quiero pensar que no están en una zona aislada, que el
problema es sólo del sistema, de las conexiones.
Pero con ello aumenta mi sensación
de soledad y el temor, o casi diría la certeza, de que en poco tiempo todos
puedan ir desapareciendo. Las noticias siguen siendo cada vez más inquietantes,
focos de violencia se producen en muchos lugares cercanos. Violencia contra los
refugiados, por el estado de tensión que genera la incertidumbre, por vivir en
un mundo sin seguridad, con atentados indiscriminados, porque ya no podemos
tener amigos, no podemos confiar en nadie.
Al mismo tiempo, cada vez hay más
leyes universales y la vida local se va transformando. Ya se habla de que
permanecerá el Gobierno Único, que controla y coordina acciones en todo el
planeta. Habrá un Gobierno Universal. He tenido un tiempo de calma con los
contactos. Han pasado otros dos meses y, cada mañana, cuando voy a encender el
aparato, temo que haya desaparecido otra figura, otro nombre de la lista. Pero
no. Siguen todos ahí.
Hoy es domingo, el momento más
propicio para encontrarlos. Me acomodo frente al ordenador, doy al botón de
encendido y aparece mi pantalla totalmente negra. Apago y enciendo varias
veces, hago todas las pruebas que puedo y llamo con angustia a los técnicos de
guardia. No quiero esperar a mañana, porque cada día que pasa aumenta la
posibilidad de que alguien más falte.
Su respuesta me deja atónita: “Ya
tuvimos muchísimas llamadas. Los ordenadores no arrancan”.
Eso nunca lo había llegado a
imaginar. Siempre había temido que desaparecieran mis amigos. Pero ahora, no
era ninguno de ellos quien ha desaparecido. Soy yo misma. Y es mi mundo el que
está aislado, el que se ha borrado del mapa…

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