jueves, 28 de mayo de 2026

LUNES DE CARNAVAL 2004

Myriam Goluboff

 

La calle está en silencio. El año pasado, a esta misma hora, once y media de una noche tibia de marzo, estaba llena de gente. Figuras con disfraces de todo tipo se paseaban sin perder sus risas, algunos tiraban cohetes y bengalas y lenguas de fuego de colores se elevaban al cielo.

Al llegar a la piazzeta, en la esquina de mi casa, en su centro, un carro, con la enorme figura de nuestro presidente envuelto en una gran bandera norteamericana, emitía una serie de arengas y amenizaba, entre una y otra, con desenfadado ritmo de cumbia. La gente formaba corro a su alrededor, sonreía con sus ironías y movía las caderas al compás de la música.

La ciudad era, toda ella, alegría y diversión. Aquí, los carnavales son carnavales; no como los de Río, no como los de Cádiz, pero, en este puerto, moldeado por los vientos y las lluvias, también se disfruta la fiesta.

Sólo un año después, nada es igual. Ya no hay fiesta, no hay bengalas, ni disfraces. Vivimos atrincherados en cuanto cae la tarde. Miramos con desconfianza, observamos las caras que rondan por el barrio, no nos sentimos seguros de nadie.

Cada vez hay más gente acurrucada en los portales pidiendo limosna, solos, a veces abrazados a sus perros, de ojos tan tristes como los de sus amos. Cada cara nueva es un interrogante. Suponemos que vienen de las zonas ocupadas, desnutridos, enfermos…

Desconfiamos. Tememos que puedan ser la avanzadilla de cuerpos especiales enmascarados. Sabemos que una amenaza sorda se cierne sobre nosotros y, en tensa espera, sin una consigna concreta, quedamos de noche en nuestras casas, en un estado de toque de queda voluntario.

Este lunes de Carnaval me siento frente al ordenador para mandar un mensaje. Pero Yahoo no me permite entrar al correo. En la pantalla sólo aparece un cartel que dice: “Pruebe más tarde”. Me siento como si estuviera en un lugar desierto, donde no hubiera nadie. Si se pierden esos muñequitos, será como si mis amigos se hubieran muerto, ya no habrá comunicación posible, estaremos aislados.

La frustración y la angustia me invaden.

Miro Hotmail y veo que funciona. Eso me da tranquilidad, tiene que ser una avería pasajera. Preocupada, pero con confianza, me voy a la cama.

Lo primero que hago al día siguiente es encender el ordenador. Todo parece normal, Hotmail y el servidor de la Universidad no tienen problema, pero el correo de Yahoo está totalmente anulado.

¿Cuántos lazos se habrán roto esta noche de carnaval 2004? Las gentes absorbidas en el magma del ciberespacio, imposibles de rescatar, ya no están. Como si las hubiera perdido en una batalla.

No conozco sus direcciones, no podría mandarles una carta. Ni asumiendo el peligro que implica subir a un avión, con la cantidad de atentados y secuestros que hay en el aire, podría encontrarlos.

Nuestro contacto estaba dado por el hilo invisible, frágil, de esos mensajes que vuelan por los aires, esa pantalla que abre un universo afectivo sólo con dos palabras: “Yahoo mail” y que, cuando no está, nos borra del mapa.

Todos los días intento conectar y todos los días encuentro el mismo aviso.

En mi ciudad aparecen, cada vez más, nuevos personajes extraños, cual marea que va creciendo lenta, pero inexorablemente. Vienen huyendo de su tierra, ocupan las plazas y pueden ser portadores inconscientes de una nueva peste, esa enfermedad de la que se habla, desconocida y temible, o traer escondidos, en sus ropas raídas, frascos diminutos que al abrirse la expandan a los cuatro vientos. También aparecen, sin ningún aviso, tropas que invaden las calles con sus ejercicios militares. De Yahoo aún no se sabe nada. Los primeros días había desaparecido el correo pero ahora ya no vemos, en la pantalla, nada más que unas letras que dicen: “Yahoo”. Sólo puedo mirar ese nombre, vacío de contenido, pero verlo ahí, me abre un hilo de esperanza.

Lo que más apuntala mi espíritu son los momentos en que conecto a través del Messenger de Hotmail y puedo intercambiar noticias, impresiones, opiniones, con los trece amigos que tengo allí, de México, de Perú y de Japón.

En esas conversaciones me entero de la existencia de algunas zonas acordonadas, cerca de donde ellos viven, superficies más o menos amplias que, en algunos casos, ocupan zonas rurales poco pobladas pero, en otros, atrapan a millones de habitantes. Lugares donde se ha decretado un ineludible aislamiento, para evitar que la enfermedad se propague y donde se aísla a los pobladores de las comunicaciones para que no se pueda tener certeza de la situación, de su gravedad, y cómo se expande por todo el planeta.

Ya ha pasado un mes desde el colapso de Yahoo. Abro Messenger y no más entrar, descubro que han desaparecido dos contactos. Sólo hay once muñequitos en la pantalla. Me falta el de mi amigo que vive cerca de Tokyo y el de Veracruz, en la costa atlántica mexicana.

Dos nuevas personas se perdieron en el ciberespacio. Aún no pude superar la falta de Yahoo, y ahora empieza a fallar mi Hotmail… Me siento abandonada, con una pérdida que resulta peor que la de la muerte, porque no puedo tener certeza de qué es lo que les pueda estar pasando.

Quizás estén en zonas acordonadas, de epidemia, en peligro de muerte, o quizás estén bien, pero sin poder comunicarse. La inquietud me provoca y genera teorías. Imagino un virus que avanza atacando las señales y entonces no podremos impedir que, con el tiempo, quedemos aislados, como electrones totalmente sueltos, desgajados de cualquier átomo.

A medida que pasan los días, las noticias son cada vez más inquietantes. Se habla de que se multiplican las zonas arrasadas por los bombardeos, las muertes, las enfermedades. Y cada vez más, masas humanas, pobres y desnutridas, avanzan por las carreteras, antes atiborradas de coches y camiones pero hoy casi desiertas.

Corre la voz de que están apareciendo, en diversos lugares del globo, los síntomas de una enfermedad que resiste todos los medicamentos conocidos. Una variante de la neumonía atípica, que mata por asfixia.

Desde el Gobierno Central Universal, que se organizó por esta crisis y asumió todos los poderes, se tomó la decisión de aislar las zonas afectadas. Ya desaparecieron otros más, ya no puedo contactar para nada con los mexicanos. Sin embargo, hay novedades de D.F. en algún periódico. Quiero pensar que no están en una zona aislada, que el problema es sólo del sistema, de las conexiones.

Pero con ello aumenta mi sensación de soledad y el temor, o casi diría la certeza, de que en poco tiempo todos puedan ir desapareciendo. Las noticias siguen siendo cada vez más inquietantes, focos de violencia se producen en muchos lugares cercanos. Violencia contra los refugiados, por el estado de tensión que genera la incertidumbre, por vivir en un mundo sin seguridad, con atentados indiscriminados, porque ya no podemos tener amigos, no podemos confiar en nadie.

Al mismo tiempo, cada vez hay más leyes universales y la vida local se va transformando. Ya se habla de que permanecerá el Gobierno Único, que controla y coordina acciones en todo el planeta. Habrá un Gobierno Universal. He tenido un tiempo de calma con los contactos. Han pasado otros dos meses y, cada mañana, cuando voy a encender el aparato, temo que haya desaparecido otra figura, otro nombre de la lista. Pero no. Siguen todos ahí.

Hoy es domingo, el momento más propicio para encontrarlos. Me acomodo frente al ordenador, doy al botón de encendido y aparece mi pantalla totalmente negra. Apago y enciendo varias veces, hago todas las pruebas que puedo y llamo con angustia a los técnicos de guardia. No quiero esperar a mañana, porque cada día que pasa aumenta la posibilidad de que alguien más falte.

Su respuesta me deja atónita: “Ya tuvimos muchísimas llamadas. Los ordenadores no arrancan”.

Eso nunca lo había llegado a imaginar. Siempre había temido que desaparecieran mis amigos. Pero ahora, no era ninguno de ellos quien ha desaparecido. Soy yo misma. Y es mi mundo el que está aislado, el que se ha borrado del mapa…


Myriam Goluboff, nacida en Buenos Aires en 1935, es arquitecta por la Universidad de Buenos Aires. Vive en La Coruña, España, desde 1975. Es profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.

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