Aziz Mountassir
En un pequeño
pueblo rodeado de montañas, vivía una joven llamada Isabella. Desde que era
niña, había soñado con un amor verdadero, un amor que la llevaría a los
rincones más profundos de su corazón. Un día, mientras recogía flores en un
prado, conoció a Alejandro, un pintor errante que había llegado al pueblo en
busca de inspiración.
Isabella se sintió atraída por su
sonrisa cálida y su mirada profunda. Los dos comenzaron a pasar tiempo juntos,
compartiendo risas y secretos bajo el cielo estrellado. Mientras Alejandro
pintaba el paisaje que los rodeaba, Isabella se dio cuenta de que había
encontrado el amor de su vida. Sin embargo, el tiempo no estaba de su lado.
Alejandro tenía un secreto: estaba enfermo, una enfermedad incurable que lo
debilitaba poco a poco.
A pesar de su estado, Alejandro
nunca dejó de sonreír y hacer reír a Isabella. Él creía que el tiempo que
pasaban juntos era más valioso que la tristeza que lo rodeaba. Así, cada día se
convirtió en un regalo. Pasaron semanas llenas de amor, risas y momentos
inolvidables, mientras Alejandro pintaba un último cuadro, una representación
de su amor.
Un día, mientras el sol se ponía en
el horizonte, Alejandro tomó la mano de Isabella y le dijo: "Te prometo
que mi amor por ti vivirá incluso después de que yo ya no esté". Con
lágrimas en los ojos, Isabella le respondió: "Siempre llevaré tu amor en
mi corazón".
Después de un tiempo, la salud de
Alejandro se deterioró. Isabella lo cuidó con todo su amor, pero un día,
mientras las flores del prado comenzaban a florecer, Alejandro se despidió. En
sus últimos momentos, susurró al viento: "Siempre estaré contigo".
Isabella, desgarrada por la
pérdida, visitaba el prado cada día, esperando escuchar el susurro de Alejandro
entre las flores. Lo que ella no sabía era que su amor había dejado una huella
inquebrantable en su corazón. Con el tiempo, comenzó a pintar también,
inspirada por sus recuerdos juntos.
Cada pincelada era un homenaje a su
amor eterno. Y aunque Alejandro ya no estaba físicamente a su lado, su espíritu
vivía en cada cuadro que ella creaba. Años después, el pueblo celebró una
exhibición de sus pinturas, donde Isabella mostró el último cuadro que
Alejandro había comenzado: un paisaje lleno de flores y un sol radiante,
simbolizando el amor que nunca moriría.
Al mirar sus obras, Isabella sonrió
entre lágrimas. Aunque el viento ya no susurraba su nombre, ella sabía que
siempre estaría con él, porque el verdadero amor nunca desaparece; vive en los
recuerdos y en el corazón de aquellos que aman.
Pasaron los años y
las pinturas de Isabella se hicieron famosas. Quienes visitaban sus
exposiciones admiraban la belleza de sus paisajes, pero pocos comprendían que
cada pincelada era una lágrima convertida en color. Ella no pintaba flores ni
montañas; pintaba los recuerdos de Alejandro, el hombre que jamás abandonó su
corazón.
Una tarde de otoño, durante una
nueva exposición, un hombre permaneció inmóvil frente al último cuadro que
Alejandro había comenzado y que Isabella había terminado. Lo contempló durante
largo rato, incluso cuando la sala ya estaba casi vacía.
Se llamaba Gabriel. Era profesor de
literatura, viudo desde hacía algunos años y poseía una mirada serena, aunque
profundamente melancólica.
Se acercó a Isabella y le dijo con
voz suave:
—Este cuadro no fue pintado con
colores... fue pintado con el alma.
Ella sonrió con delicadeza, pero
sus ojos seguían perdidos en un tiempo que solo ella conocía.
Desde aquel día, Gabriel comenzó a
asistir a todas sus exposiciones. Poco a poco nació una sincera amistad.
Paseaban por los jardines, hablaban de poesía, de música y del sentido de la
vida. Él nunca intentó borrar el recuerdo de Alejandro; comprendía que había
amores que ni la muerte conseguía destruir.
Sin darse cuenta, Gabriel terminó
enamorándose de Isabella.
Una tarde, mientras caminaban entre
los árboles, tomó valor y le confesó:
—No quiero ocupar el lugar de
Alejandro. Solo deseo caminar a tu lado el tiempo que la vida nos regale.
Isabella bajó la mirada y respondió
con un hilo de voz:
—Hay corazones que solo aman una
vez. El mío murió el día que él cerró los ojos.
Gabriel sintió que aquellas
palabras atravesaban su pecho como un puñal. Sin embargo, sonrió con ternura.
—Entonces déjame ser solamente el
amigo que permanezca cuando todos los demás se marchen.
Y así fue.
Durante meses estuvo junto a ella.
Cargaba sus cuadros, la acompañaba a las galerías, le llevaba libros y flores
silvestres. Pero cada noche regresaba a casa con el mismo dolor: amaba a una
mujer cuyo corazón pertenecía para siempre a un hombre ausente.
Un amanecer encontró, frente a la
puerta de su casa, una pequeña caja de madera.
Dentro estaba el primer retrato que
Alejandro había pintado de Isabella y una carta escrita por ella.
"Gabriel, si el destino nos
hubiera permitido conocernos antes, quizás hoy estaríamos escribiendo nuestra
propia historia. Pero llegaste cuando mi corazón ya era un santuario lleno de
recuerdos. Perdóname por no poder ofrecerte lo único que me pedías: mi
amor."
Gabriel leyó aquellas líneas una y
otra vez.
Después desapareció.
Nadie volvió a verlo.
Un año más tarde, Isabella recibió
una carta enviada por el notario de una ciudad lejana.
Gabriel había fallecido en un
accidente de automóvil.
Entre sus últimas voluntades había
dejado una carta dirigida a ella.
Con las manos temblorosas, Isabella
comenzó a leer.
"Querida Isabella:
Nunca lamenté haberte amado. El
verdadero amor no exige ser correspondido; le basta con existir.
Solo me entristece haber llegado
demasiado tarde. Tu corazón ya tenía un dueño, y ni siquiera la muerte pudo
arrebatárselo.
Si alguna vez piensas en mí, no
llores. Sonríe. Porque conocerte fue el regalo más hermoso de mi vida.
Ahora me marcho con la esperanza de
que, donde terminan los caminos de los hombres, comiencen los caminos de las
almas.
Tal vez allí, por primera vez, el
tiempo llegue antes que el amor.
Siempre tuyo,
Gabriel."*
Por primera vez desde la muerte de
Alejandro, Isabella sintió que el peso de la culpa era más grande que el de la
tristeza.
Había perdido a dos hombres.
Uno porque la muerte se lo
arrebató.
El otro porque ella nunca pudo
abrirle la puerta de su corazón.
Nunca volvió a pintar.
Su estudio permaneció cerrado y
cubierto de silencio.
Una noche de invierno regresó al
prado donde había conocido a Alejandro.
Llevaba consigo el último cuadro y
las dos cartas.
Se sentó bajo el viejo árbol,
abrazó aquellos recuerdos y susurró entre lágrimas:
—Alejandro... te esperé toda la
vida.
Gabriel... perdóname por haberte
amado demasiado tarde.
Al amanecer, unos pastores
encontraron el cuadro apoyado contra el árbol.
Isabella descansaba inmóvil, con
una leve sonrisa dibujada en los labios y las dos cartas apretadas contra su
pecho.
El médico dijo que su corazón
simplemente dejó de latir.
Pero los ancianos del pueblo
contaban otra historia.
Decían que aquella madrugada el
viento sopló de una forma diferente.
Y que, entre las flores, pudieron
escucharse tres susurros:
El de un hombre que murió demasiado
pronto.
El de otro que llegó demasiado
tarde.
Y el de una mujer que jamás
consiguió dividir un corazón que había prometido amar una sola vez.
El Dr. Embajador Aziz Mountassir, nacido el 30 de marzo de 1961 en
Casablanca, Marruecos, es un distinguido poeta y periodista internacional,
además de un firme defensor de la paz y la humanidad. Su dedicación de toda la
vida a la diplomacia cultural, la literatura y las labores humanitarias lo han
consolidado como una voz global en favor de la armonía y la buena voluntad. A
través de su obra poética, sus colaboraciones internacionales y su liderazgo,
continúa inspirando el cambio y promoviendo la paz en todo el mundo. Es autor
de diez libros y su poesía ha sido traducida a más de dieciséis idiomas. Colaboró
en numerosas antologías internacionales de poesía y sus poemas han sido
interpretados por artistas internacionales tras su traducción. Por otra parte,
es participante activo en seminarios sobre paz y cultura en todo el mundo,
incluyendo países como México, Argentina, España, Egipto, Estados Unidos,
Canadá, Marruecos, India, Jordania, Ecuador, Costa Rica, Venezuela y Túnez.

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