Ana Lúcia Merege
Blixi trabaja en la
posición central de la cinta transportadora. Por las ventanas de la Fábrica es
casi imposible que entre un rayo de sol, salvo en verano, cuando brilla pálido
en el cielo durante largas horas. A la mayor parte del personal eso no le gusta
y prefiere que cierren las ventanas, dejando la iluminación a cargo de los
globos de cristal de nieve; es como si el invierno durara todo el año. O quizá
el otoño, la época de mayor demanda, cuando el Patrón exige un esfuerzo
adicional para aumentar la producción. En la práctica, eso significa trabajar
el doble. Y como la pausa entre los turnos, cuando pueden salir un poco, nunca
coincide con el mediodía, pasan varios meses sin ver la luz del sol.
Blixi es un buen operario, pero el
Jefe del Taller lo vigila de cerca y, a veces, lo reprende por distraerse. Eso
viene ocurriendo con mayor frecuencia en los últimos años, sin que exista una
razón: el ambiente no ofrece novedades, y mucho menos el trabajo, ejecutado con
movimientos medidos y perfectos. Unir dos piezas, clavar, encajar o pegar,
pasar al siguiente en la cinta; unir otras dos piezas, clavar, y así
sucesivamente. No es un mal trabajo –esa idea ni siquiera se les ocurriría–,
pero Blixi lleva allí tanto tiempo, sus manos están tan acostumbradas a repetir
aquellos movimientos que, aun sin proponérselo, su mirada se desprende de la
cinta y recorre el taller como si buscara algo.
—¿Qué? —pregunta el Jefe, cada vez
más áspero e irritado.
Pero la respuesta de Blixi consiste
en bajar la cabeza y volver al trabajo.
O al menos así había sido hasta
hoy.
Es el día que suelen llamar la
Víspera, una jornada frenética y agitada en la Fábrica, porque precede a
aquella en la que se distribuye la producción de todo un año. Blixi está en su
puesto y maneja un pincel, que sumerge en el pegamento para unir dos partes de
una casita de juguete. Como de costumbre, todos trabajan sin levantar la vista,
salvo el Jefe del Taller, que va de un lado a otro inspeccionando productos y
operarios. Sus botas producen un ruido constante, con un ritmo tan acompasado
como el de un reloj; está allí desde el comienzo del turno, incorporado a los
demás sonidos de la Fábrica y, precisamente por eso, llama la atención de Blixi
cuando se detiene de improviso.
Intenta resistirse, concentrándose
en la secuencia de movimientos frente a la cinta, pero el impulso crece dentro
de él, aumenta hasta hacerse más fuerte que su voluntad.
Entonces, Blixi mira.
El Jefe del Taller está de pie,
leyendo un papel que acaba de bajar por el tubo de hielo. Eso no le habría
robado más que un instante de atención a Blixi de no ser por un detalle: el
Jefe necesitó luz para leer el memorando y, en lugar de usar un globo de nieve,
abrió una ventana.
Y, por casualidad –solo puede haber
sido casualidad–, lo hizo durante la única hora de sol de ese día de invierno.
Una estrecha franja de claridad se
desliza por el taller, invade los ojos de Blixi y lo ciega para cualquier otra
cosa que no sea esa luz.
La cinta continúa avanzando, las
piezas de las casitas pasan frente a él sin que siquiera las vea. El operario
que sigue en la línea de montaje intenta cubrir la falla, enseguida ayudado por
el compañero siguiente, pero, al tener también su propia secuencia de
movimientos que cumplir, no tardan en verse entorpecidos. Sin saber qué hacer,
uno de ellos llama a Blixi en voz alta y logra devolverlo a su puesto; pero el
grito atrae la atención del Jefe del Taller, cuyos ojos centellean al ver las
piezas acumuladas sobre la cinta.
Se vuelve hacia Blixi con la
pregunta de siempre, más furioso que nunca, en la punta de la lengua; una
pregunta que, sin embargo, muere en su boca al darse cuenta de que es inútil.
Porque, por primera vez, aunque
como siempre haya vuelto al trabajo, la expresión de Blixi deja claro que tiene
una respuesta.
El procedimiento estándar para esos
casos es uno solo, y el Jefe no habría llegado donde llegó si no cumpliera las
normas. Sin decir una palabra, pasa las hojas de su portapapeles hasta
encontrar el nombre de Blixi y anota el código correspondiente, información
que, al final del turno, será enviada al personal de la oficina. Ellos se
encargarán del caso, quizá dentro de uno o dos días; no es probable que lo
hagan en medio del caos de la Víspera, aunque, quién sabe. Entre todas las
noches del año, precisamente esta es aquella en la que cualquier cosa puede
suceder.
Y, en efecto, sucede.
Y mucho antes de lo que el Jefe
esperaba: a mitad del turno siguiente, cuando una orden enviada por el tubo de
hielo conduce a Blixi al sector de empaquetado.
Es una sala gigantesca, situada en
el último piso de la Fábrica. Para sorpresa de Blixi, se parece mucho al Taller,
con las mismas cintas transportadoras en las que trabajan centenares de
operarios. La diferencia es que, en lugar de montar juguetes, aquí la serie de
movimientos sirve para envolverlos, algunos en cajas, otros en bolsas de tela o
de papel de colores. El operario situado al final de cada cinta adorna el
paquete con un lazo y el bulto cae por un tubo hacia algún lugar de los pisos
inferiores. Todas las cintas, por cierto –y son muchas–, terminan en ese mismo
tubo, de modo que los paquetes deben de estar acumulándose muy deprisa allá
abajo.
Blixi está pensando en el tamaño de
aquella pila cuando el Supervisor se acerca a él.
A diferencia del Jefe del Taller,
su expresión no refleja impaciencia; su voz es monótona, pero suave, y su
cadencia hace que Blixi se relaje y asienta a todo lo que escucha.
Sí, sabe que la Fábrica tiene
reglas y admite que las ha infringido varias veces durante los últimos años,
cuando dejó de prestar atención a la cinta. También es consciente de que la
infracción de hoy fue más grave, no solo porque provocó una falla en la
producción, sino porque –y en ese punto la voz del Supervisor adquiere un tono
más íntimo– con su actitud Blixi demostró estar descontento, y eso contradice
las directrices del Patrón respecto de los operarios.
Ellos no pueden trabajar en la
Fábrica si no son felices.
La imagen del Patrón, hasta
entonces adormecida en su marco sobre la pared, cobra súbitamente vida al oír
la mención de su nombre. Crece ante los ojos de Blixi; es casi como si el
Patrón estuviera allí en persona, con sus largas barbas blancas y las mejillas
que parecen manzanas. Sonríe, sus ojos desbordan confianza y bondad, y Blixi se
deja envolver por ellas como por una nube.
Ahora sí, siente que todo saldrá
bien, inspirado por aquella visión.
Ahora estás listo para hacer tu
última contribución a la Fábrica.
Sigue las instrucciones siguientes
sin vacilar, caminando hasta el borde del círculo abierto en el suelo, donde a
cada segundo las cintas transportadoras descargan regalos. El Supervisor pega
un lazo en su delantal mientras el Patrón continúa sonriendo: ahí está el
pequeño Blixi; fue un buen operario y ahora servirá a la Fábrica en su
propósito más elevado.
Blixi apoya las manos en la cintura
e hincha el pecho, lleno de orgullo.
Y es precisamente en ese instante
cuando los inocentes ojos azulados del Patrón lo alcanzan con un rayo.
La caída es inmediata, y la rigidez
que invade sus miembros es tan rápida que no llega siquiera a debatirse.
También su grito se extingue en la garganta después de los primeros metros.
Se extingue para siempre, lo sabe,
igual que sabe lo que ocurrirá a continuación.
Es uno de los efectos de la
descarga: deshace las ilusiones y revela de una sola vez la verdad sobre
quienes no logran adaptarse a la Fábrica.
Blixi no tiene dudas sobre lo que
lo espera en las próximas horas. Rígido, reducido quizá a una cuarta parte de
su tamaño, su cuerpo caerá sobre una cinta transportadora, kilómetros más
abajo, entre los demás paquetes destinados a cargar el trineo. Su conciencia
durará todavía algún tiempo, el suficiente para percibir la partida del
vehículo y, tal vez –si la posición entre los juguetes se lo permite–, sentir
el contacto del viento por última vez.
Y quizá haya estrellas.
Piensa en su brillo, en el
centelleo semejante al de los cristales de hielo, y recuerda cuánto lo
sorprendió descubrir que los mortales les hacen pedidos.
Entonces, de pronto, recuerda que
para los humanos la Víspera es la noche en que todos los deseos se cumplen; y,
aunque él no sea uno de ellos, aunque en realidad no llegue a creer en las
estrellas, antes de que todo se apague todavía tiene tiempo de formular su
primer y último deseo.
Quedar en el fondo del trineo,
entre los juguetes destinados al otro lado del mundo.
Y, al llegar allí, ser entregado a
un niño que juegue durante todo el año bajo la luz del sol.
Ana Lúcia Merege nació en 1969 en
Río de Janeiro. Es licenciada en Bibliotecología y maestría en Ciencias de la
Información. Es autora de varios libros de fantasía, como O Caçador, O
Castelo das Águias y Os Pilares de Melkart, todos ellos publicados
por la editorial Draco. Organiza y participa en eventos de literatura
fantástica. Como investigadora, ha publicado varios artículos y los libros Histórias
de Fada: orígenes, história e permanência no mundo moderno (Editorial
Claridade) e História do Livro: molduras e transformações (Fundación
Biblioteca Nacional). Vive en Niterói, Río de Janeiro, con su marido y sus
hijos, trabaja con manuscritos de la Biblioteca Nacional y tiene pasión por los
viajes, la mitología y los cuentos de hadas.

Muito obrigada, Sérgio! Espero que todos gostem do conto!
ResponderEliminar