sábado, 25 de julio de 2026

LA CASITA PROPIA

Oscar De Los Ríos

 

El sol de febrero de 2027 castigaba la ciudad. En un departamento alquilado en el centro de Rosario, Mateo y Sofía estaban frente a la pantalla de la notebook, el único objeto de la casa que parecía recibir toda la atención de la familia.

​Hacía apenas una hora que el gobierno nacional había anunciado por cadena nacional el nuevo Plan de Vivienda: "Cimientos de Libertad", un crédito del Banco Hipotecario Nacional diseñado para "gente de bien". Inmersos en una realidad de sueldos mínimos y horas extras, Mateo y Sofía sentían que la vida se les iba en un goteo incesante de contratos de alquiler y expensas extraordinarias.

​—Dale, Mateo, cargá de nuevo —rogó Sofía, con los ojos rojos de tanto tener la vista fija en la pantalla, como si apartarlos fuera renunciar a sus sueños.

​—El portal oficial colapsa cada vez que llego al campo del CUIL —respondió Mateo, con los dedos entumecidos.

​De repente, la pantalla cambió. Lograron ingresar al sitio web donde se realizaba la inscripción; el dato que les pasó un amigo por WhatsApp, de usar una VPN con sede en Israel, había hecho la magia. Pero el sistema no se rendía; parecía una carrera de obstáculos. En un arranque de eficiencia inesperada, les pidió un documento que no figuraba en ninguna guía previa: el “Certificado de Validación de Optimismo”. Mateo buscó frenéticamente en otras pestañas. Nadie sabía dónde se tramitaba, pero un hilo de una red social sugería que se obtenía tras responder un cuestionario psicotécnico donde el usuario debía marcar "Verdadero" a afirmaciones como "Los Cucas se robaron todo", “El León devoró la casta” o “En 40 años seremos potencia”.

​Por fin, luego del último clic, dio la confirmación y pudo avanzar a la siguiente pantalla, donde lo esperaba el captcha que determinaría que aún era un ser humano. No debieron clickear sobre semáforos en rojo ni bocas de incendio. El sistema les obligaba a identificar "tramos de rutas nacionales en condiciones de transitabilidad" sobre un mapa satelital. Mateo pasó cuarenta minutos haciendo clic sobre manchones grises y banquinas desmoronadas hasta que, finalmente, el círculo verde de aprobación apareció en pantalla.

​Cuando el correo electrónico de confirmación llegó a la bandeja de entrada, sintieron el alivio de la euforia. Habían calificado. Mateo y Sofía miraron a los chicos con esa chispa de esperanza contagiosa que solo tienen los que pagan alquiler en 2027. Se sintieron, por fin, parte de ese 1% que lograba ganarle al sistema, los elegidos para abandonar la precariedad del inquilino.

​Esa noche no se habló de deudas. Sofía, sentada en la cama, ya se imaginaba con una cinta metálica midiendo la pared al fondo del living.

​—Acá va a ir la biblioteca de madera maciza —decía, imaginando el olor del roble.

​Mateo, por su parte, había entrado en YouTube y veía tutoriales sobre cómo cuidar un césped que todavía no había plantado. Aprendía sobre el pH del suelo y el riego por aspersión mientras miraba el balcón de dos metros por uno, donde en cuatro macetas plásticas tenía todo su patrimonio botánico.

 

La sede de calle Santa Fe era un hormiguero de personas con carpetas bajo el brazo y esperanzas por realizar. Tras tres horas de cola fueron derivados a una oficina en el último piso: el despacho del Escribano.

​El lugar era aséptico, con un ventanal que miraba hacia el río Paraná. La vista le pareció a Sofía de buen augurio. El Escribano, un hombre de gestos medidos y traje gris impecable, tenía sobre el escritorio el contrato del crédito hipotecario y unos anteojos de cartón prensado con lentes de realidad aumentada. Se los extendió como quien entrega la llave de la puerta de entrada.

​—Pruébenlo, por favor. Aquí pueden visualizar cómo la casita propia se va haciendo realidad.

​Mateo se colocó el visor. De repente, el despacho desapareció. En su lugar surgió un living inmenso, de techos altos y pisos de porcelanato. Era una vivienda de tres ambientes, impecable, con patio y asador.

​—Es escalable según el ancho de banda que contraten —explicó el Escribano desde algún lugar de la realidad física.

​—Pero... ¿cuándo nos mudamos? —preguntó Sofía, que ya le había arrebatado los anteojos a su marido y giraba sobre su propio eje maravillada por la cocina de mármol virtual.

​—La entrega física será por sorteo —respondió el funcionario con una sonrisa profesional—. El último sorteo está programado para hacerse en treinta años; son muchas las casas a entregar. Mientras tanto, ustedes ya son propietarios. Pueden entrar y recorrer su casa cuando quieran, desde cualquier lugar con conexión.

​Desde un rincón de la oficina, otro funcionario le susurró al Escribano, pero lo suficientemente fuerte para que Mateo y Sofía oyeran:

​—¿Y si se atrasan en alguna cuota? ¿Aún van a tener el beneficio de ingresar al sitio web o los van a bloquear?

​—Por supuesto que van a poder seguir soñando. Con el tiempo, el sueño va a ser tan importante como la casita propia. Y los mantendrá contentos. La tranquilidad es el verdadero bien de mercado aquí.

​Los meses siguientes fueron una lenta agonía financiera. La cuota del crédito, ajustada por el “Índice de Inflación” empezó a devorar los ingresos de la familia. Primero fueron las salidas a comer; luego, el ajuste llegó a las necesidades básicas; no se compraron zapatillas nuevas para Enzo, mientras Mateo remendaba las viejas con pegamento; Emma escondió la nota de la maestra pidiendo un libro de lectura nuevo; se cancelaron los festejos de cumpleaños.

​Pero cuando los invitaban a alguno y alguien les preguntaba: “¿Cuándo se mudan a la casa propia?”, ellos respondían con una fe dogmática:

​—Hay que darles tiempo.

​Una frase que funcionaba como un escudo contra la angustia. Se convencían de que el sacrificio físico de hoy era el cimiento de la casita propia de mañana.

​La crisis final llegó cuando el dueño del departamento que alquilaban les comunicó que no renovaría el contrato. Necesitaban mudarse. Desesperado, Mateo volvió al Banco Hipotecario. Buscó al funcionario que lo había atendido antes, el que hablaba con el Escribano.

​—Comprendo la urgencia, Mateo —le dijo el hombre con un tono paternal—. Pero deben darse tiempo. El sorteo mensual los puede hacer propietarios físicos en cualquier momento. Solo es cuestión de no perder la fe en el sistema.

​Mateo volvió a la casa con los hombros caídos. Las cajas de cartón ya estaban apiladas en el living, listas para un desalojo que tenía como destino la casa de sus padres. Después  de un rato de incertidumbre, se animó a contarle a Sofía la charla con el funcionario del banco, esperando que ella estallara en llanto o en furia. Pero Sofía, que sostenía los anteojos de cartón como si fueran un rosario, lo miró con una serenidad que le infundió ánimos.

​—Es cierto, Mateo —dijo ella con una voz suave, casi mística—. Debemos darnos tiempo.

 

La última noche en el departamento fue una comunión familiar con fe en el futuro. Solo quedaban muebles vacíos. Todo lo demás había sido embalado; sobre la mesa estaban los lentes de realidad aumentada.

​En medio de la penumbra, Mateo, Sofía y los dos chicos se sentaron en círculo en el sillón a mirar el televisor. En un programa de noticias la realidad trascendía la pantalla:

​—Pasando al ámbito gubernamental, el jefe de Gabinete deberá mañana comparecer en Comodoro Py por…

​—Pónganselos —ordenó Mateo.

​Cada uno se colocó sus anteojos de cartón. Al instante, las paredes del departamento vacío desaparecieron. Se encontraron de nuevo en su salón de techos altos, frente a la biblioteca de madera maciza cargada de clásicos y el ventanal que daba a un césped verde esmeralda.

​—Debemos darnos tiempo —susurró Mateo, mientras Sofía acariciaba la cabeza de sus hijos.

Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

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