Oscar De Los Ríos
El
sol de febrero de 2027 castigaba la ciudad. En un departamento alquilado en el
centro de Rosario, Mateo y Sofía estaban frente a la pantalla de la notebook,
el único objeto de la casa que parecía recibir toda la atención de la familia.
Hacía apenas una hora que el
gobierno nacional había anunciado por cadena nacional el nuevo Plan de
Vivienda: "Cimientos de Libertad", un crédito del Banco Hipotecario
Nacional diseñado para "gente de bien". Inmersos en una realidad de
sueldos mínimos y horas extras, Mateo y Sofía sentían que la vida se les iba en
un goteo incesante de contratos de alquiler y expensas extraordinarias.
—Dale, Mateo, cargá de nuevo —rogó
Sofía, con los ojos rojos de tanto tener la vista fija en la pantalla, como si
apartarlos fuera renunciar a sus sueños.
—El portal oficial colapsa cada
vez que llego al campo del CUIL —respondió Mateo, con los dedos entumecidos.
De repente, la pantalla cambió.
Lograron ingresar al sitio web donde se realizaba la inscripción; el dato que
les pasó un amigo por WhatsApp, de usar una VPN con sede en Israel, había hecho
la magia. Pero el sistema no se rendía; parecía una carrera de obstáculos. En
un arranque de eficiencia inesperada, les pidió un documento que no figuraba en
ninguna guía previa: el “Certificado de Validación de Optimismo”. Mateo buscó
frenéticamente en otras pestañas. Nadie sabía dónde se tramitaba, pero un hilo
de una red social sugería que se obtenía tras responder un cuestionario
psicotécnico donde el usuario debía marcar "Verdadero" a afirmaciones
como "Los Cucas se robaron todo", “El León devoró la casta” o “En 40
años seremos potencia”.
Por fin, luego del último clic,
dio la confirmación y pudo avanzar a la siguiente pantalla, donde lo esperaba
el captcha que determinaría que aún era un ser humano. No debieron clickear
sobre semáforos en rojo ni bocas de incendio. El sistema les obligaba a
identificar "tramos de rutas nacionales en condiciones de
transitabilidad" sobre un mapa satelital. Mateo pasó cuarenta minutos
haciendo clic sobre manchones grises y banquinas desmoronadas hasta que,
finalmente, el círculo verde de aprobación apareció en pantalla.
Cuando el correo electrónico de
confirmación llegó a la bandeja de entrada, sintieron el alivio de la euforia.
Habían calificado. Mateo y Sofía miraron a los chicos con esa chispa de
esperanza contagiosa que solo tienen los que pagan alquiler en 2027. Se
sintieron, por fin, parte de ese 1% que lograba ganarle al sistema, los
elegidos para abandonar la precariedad del inquilino.
Esa noche no se habló de deudas.
Sofía, sentada en la cama, ya se imaginaba con una cinta metálica midiendo la
pared al fondo del living.
—Acá va a ir la biblioteca de
madera maciza —decía, imaginando el olor del roble.
Mateo, por su parte, había entrado
en YouTube y veía tutoriales sobre cómo cuidar un césped que todavía no había
plantado. Aprendía sobre el pH del suelo y el riego por aspersión mientras
miraba el balcón de dos metros por uno, donde en cuatro macetas plásticas tenía
todo su patrimonio botánico.
La
sede de calle Santa Fe era un hormiguero de personas con carpetas bajo el brazo
y esperanzas por realizar. Tras tres horas de cola fueron derivados a una
oficina en el último piso: el despacho del Escribano.
El lugar era aséptico, con un
ventanal que miraba hacia el río Paraná. La vista le pareció a Sofía de buen
augurio. El Escribano, un hombre de gestos medidos y traje gris impecable,
tenía sobre el escritorio el contrato del crédito hipotecario y unos anteojos
de cartón prensado con lentes de realidad aumentada. Se los extendió como quien
entrega la llave de la puerta de entrada.
—Pruébenlo, por favor. Aquí pueden
visualizar cómo la casita propia se va haciendo realidad.
Mateo se colocó el visor. De
repente, el despacho desapareció. En su lugar surgió un living inmenso, de
techos altos y pisos de porcelanato. Era una vivienda de tres ambientes,
impecable, con patio y asador.
—Es escalable según el ancho de
banda que contraten —explicó el Escribano desde algún lugar de la realidad
física.
—Pero... ¿cuándo nos mudamos?
—preguntó Sofía, que ya le había arrebatado los anteojos a su marido y giraba
sobre su propio eje maravillada por la cocina de mármol virtual.
—La entrega física será por sorteo
—respondió el funcionario con una sonrisa profesional—. El último sorteo está
programado para hacerse en treinta años; son muchas las casas a entregar. Mientras
tanto, ustedes ya son propietarios. Pueden entrar y recorrer su casa cuando
quieran, desde cualquier lugar con conexión.
Desde un rincón de la oficina,
otro funcionario le susurró al Escribano, pero lo suficientemente fuerte para
que Mateo y Sofía oyeran:
—¿Y si se atrasan en alguna cuota?
¿Aún van a tener el beneficio de ingresar al sitio web o los van a bloquear?
—Por supuesto que van a poder
seguir soñando. Con el tiempo, el sueño va a ser tan importante como la casita
propia. Y los mantendrá contentos. La tranquilidad es el verdadero bien de
mercado aquí.
Los meses siguientes fueron una
lenta agonía financiera. La cuota del crédito, ajustada por el “Índice de Inflación”
empezó a devorar los ingresos de la familia. Primero fueron las salidas a
comer; luego, el ajuste llegó a las necesidades básicas; no se compraron
zapatillas nuevas para Enzo, mientras Mateo remendaba las viejas con pegamento;
Emma escondió la nota de la maestra pidiendo un libro de lectura nuevo; se
cancelaron los festejos de cumpleaños.
Pero cuando los invitaban a alguno
y alguien les preguntaba: “¿Cuándo se mudan a la casa propia?”, ellos
respondían con una fe dogmática:
—Hay que darles tiempo.
Una frase que funcionaba como un
escudo contra la angustia. Se convencían de que el sacrificio físico de hoy era
el cimiento de la casita propia de mañana.
La crisis final llegó cuando el
dueño del departamento que alquilaban les comunicó que no renovaría el
contrato. Necesitaban mudarse. Desesperado, Mateo volvió al Banco Hipotecario.
Buscó al funcionario que lo había atendido antes, el que hablaba con el Escribano.
—Comprendo la urgencia, Mateo —le
dijo el hombre con un tono paternal—. Pero deben darse tiempo. El sorteo
mensual los puede hacer propietarios físicos en cualquier momento. Solo es
cuestión de no perder la fe en el sistema.
Mateo volvió a la casa con los
hombros caídos. Las cajas de cartón ya estaban apiladas en el living, listas
para un desalojo que tenía como destino la casa de sus padres. Después de un rato de incertidumbre, se animó a
contarle a Sofía la charla con el funcionario del banco, esperando que ella
estallara en llanto o en furia. Pero Sofía, que sostenía los anteojos de cartón
como si fueran un rosario, lo miró con una serenidad que le infundió ánimos.
—Es cierto, Mateo —dijo ella con
una voz suave, casi mística—. Debemos darnos tiempo.
La
última noche en el departamento fue una comunión familiar con fe en el futuro.
Solo quedaban muebles vacíos. Todo lo demás había sido embalado; sobre la mesa
estaban los lentes de realidad aumentada.
En medio de la penumbra, Mateo,
Sofía y los dos chicos se sentaron en círculo en el sillón a mirar el
televisor. En un programa de noticias la realidad trascendía la pantalla:
—Pasando al ámbito gubernamental,
el jefe de Gabinete deberá mañana comparecer en Comodoro Py por…
—Pónganselos —ordenó Mateo.
Cada uno se colocó sus anteojos de
cartón. Al instante, las paredes del departamento vacío desaparecieron. Se
encontraron de nuevo en su salón de techos altos, frente a la biblioteca de
madera maciza cargada de clásicos y el ventanal que daba a un césped verde
esmeralda.
—Debemos darnos tiempo —susurró Mateo, mientras Sofía acariciaba la cabeza de sus hijos.

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