Majda Arhnauer Subašič
¿Quién demonios se
atreve a afirmar que los escritores rebosamos de inspiración y que las palabras
brotan solas sobre el papel, organizándose por sí mismas en conjuntos llenos de
sentido? Una afirmación tan absurda solo puede salir de la boca de alguien que
jamás haya estado en la piel de un escritor. Pero, en fin, ¿por qué dedicarse a
escribir? Hay que hacer algo para no embrutecerse por completo resumiendo
noticias triviales para la prensa amarillista o editando periódicos locales,
donde basta con procurar mencionar con suficiente frecuencia al alcalde y a las
demás autoridades, ensalzando sus méritos. Y todavía puedes sentirte afortunado
de que publiquen tus artículos. En lugar de escribir comentarios sobre la
política mundial o cuestiones existenciales, redactas textos sobre el aumento
de pecho de una actriz insignificante o la decimoquinta variante del tema «Cómo
convertirse en la mujer perfecta». Añades alguna receta de cocina y asunto
concluido. Y pensar que alguna vez tuviste que profundizar en Heidegger y
abrirte paso a través de la antropología social. ¡Ah, aquellos tiempos! Llenos
de entusiasmo, siempre dispuestos a debatir apasionadamente y ansiosos por
aprender y descubrir cosas nuevas, jamás imaginábamos que algún día nuestro
principal lema sería el dinero y nuestro objetivo, simplemente sobrevivir.
Pero para alimentar el alma –y
también para ganar algún dinero extra– hay que escribir algo más. Antes, sin
embargo, tiene que llegar una idea. La inspiración. Y ahí todo es sequía.
Bloqueo. Absoluto. Como si estuviera embrujado. Quizá unas bocanadas de
cannabis ayudaran. Lo tengo al alcance de la mano. Lo enrollo despacio y con
cuidado. Me dejo caer en el sillón y cierro los ojos. Aspiro con placer.
Retengo el humo. Resulta agradable el calor cuando llena los pulmones. A la
primera calada sigue una segunda, luego una tercera. Siento cómo se expande
poco a poco por el cuerpo hasta alcanzar cada célula. Me vuelvo cada vez más
ligero. Más libre. Bailoteo por la habitación, me elevo juguetonamente hasta el
techo y, como si nada, atravieso la pared nadando hacia la habitación contigua.
¡Vaya, esto es una locura!
Simplemente vuelas. Sin obstáculos ni límites atraviesas las barreras físicas.
Obtienes la confirmación de que todo cuanto existe no es más que un inmenso
vacío entre partículas en perpetuo movimiento.
Salgo a la calle y observo su pulso
desde la perspectiva de un pájaro. Los pequeños seres humanos en movimiento me
parecen ridículos. Se detienen obedientemente ante la luz roja del semáforo y
esperan, en lugar de utilizar el poder de desplazarse libremente y echar a
volar. Y pensar que todo es tan sencillo.
—¡Eh, gente! ¿Me ven? —les grito.
No hay respuesta.
Así que, además, soy invisible.
¡Excelente! Todo empieza a gustarme cada vez más. La emoción y la idea de las
aventuras que podré permitirme en este estado me impulsan todavía más.
Ahora sí que me vendría bien una
cerveza.
Flotando sobre los tejados me
dirijo al bar, desciendo frente a él y entro atravesando el cristal. Como no
hay camarera, me sirvo yo mismo. Instintivamente busco la billetera, pero
recuerdo que no necesito pagar, ya que nadie puede verme. Echo un vistazo
alrededor y me entran ganas de sentarme con un grupo de conocidos. La discusión
sobre la política actual parece haber exaltado a los muchachos, y la cantidad
de jarras de cerveza no hace más que avivar el ambiente. Abandono la escena y
sigo explorando los alrededores desde mi nueva perspectiva. Tal vez podría
pasar también por la tienda y llevarme algunas cosas para la cena, pero el
cansancio comienza a apoderarse de mí. La sensación de peso regresa a mi
cuerpo, que hasta hace un momento era ingrávido. Instintivamente sé que debo
volver a casa cuanto antes. Me vuelvo cada vez más torpe y parece como si mi
cuerpo estuviera atrapándose a sí mismo. Con las últimas fuerzas logro
aterrizar en mi sillón.
—Uf, eso sí que fue un buen viaje
—pienso al abrir los ojos.
¿Me habré excedido? ¿Era demasiado
fuerte? Pero valió la pena. Solo buscaba inspiración para escribir, y terminé
volando. Literalmente. Es increíble lo real que parecía todo. Oía, olía, tocaba
y, si no fuera una persona tan racional, no creería que todo hubiera sido
simple fantasía. Evidentemente pasó bastante tiempo, porque la aguja del reloj
ya se acercaba a la medianoche.
De pronto suena el timbre.
¿Quién puede llamar a estas horas?
Al abrir la puerta veo a mi amigo
Miran con mi billetera en la mano.
—¡Hola, amigo! —dice entre risas—.
Creo que te olvidaste esto en el pub. Estuvimos allí toda la noche, pero nadie
te vio. Incluso Tanja, la nueva camarera, dijo que juraría que no te había
visto; solo tu billetera apareció, como por arte de magia, sobre la barra.
Me palpo el bolsillo de los
vaqueros, donde siempre la llevo, y compruebo que realmente no está allí.
Empiezo a oír un zumbido en la
cabeza y un sudor frío me empapa.
¿Me estoy volviendo loco? ¿Qué está
pasando? ¿Sigo bajo los efectos y todo esto no es más que una ficción?
Los pensamientos se atropellan en
mi mente, el corazón me golpea el pecho y siento que estoy a punto de
desmayarme.
Miran sigue de pie frente a mí,
tendiéndome mi billetera.
—¿Qué te pasa? Estás muy pálido.
¿Te sientes mal? —lo oigo como a través de un velo.
Ni siquiera sé qué fue lo que
balbuceé. Probablemente le di las gracias. Confundido, regresé al apartamento y
me dejé caer en la primera silla que encontré.
Ya no entendía absolutamente nada.
Y todavía hoy –después de varios años– no estoy ni un poco más cerca de descubrir qué fue lo que realmente me ocurrió aquella noche.

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