miércoles, 9 de septiembre de 2026

PORTMORTEM

Barbara Saláth

 

El proyectil se incrustó en la carrocería. Lia se encogió en el asiento del acompañante y rodeó con los brazos su vientre apenas abultado.

—¡A la derecha, a la derecha! —gritó, pero Ron movió el brazo hacia la izquierda y condujo el automóvil en dirección contraria—. ¿Adónde mierda vamos? Por ahí solo están los puertos.

Ante sus ojos desmesuradamente abiertos pasó como una exhalación la bocacalle por la que ella habría escapado. Los vehículos de las fuerzas de seguridad ocupaban todo el ancho de la calzada y tampoco habían dejado espacio suficiente en la acera para pasar. A sus espaldas ocurría lo mismo.

—¿Por qué nos obligan a ir hacia los puertos? —gimió.

—No nos están obligando. Todavía no han tenido tiempo de bloquear todas las calles —respondió el hombre entre dientes, mientras concentraba la mayor parte de su atención en zigzaguear entre el tránsito.

—No estarás pensando en teletransportarnos, ¿verdad?

—Si es la única salida que nos queda...

—Sabés que...

—¡Lo sé, Lia! —estalló el hombre, lanzándole una mirada—. En este momento, tu miedo a la teleportación es un poco menos importante que nuestras vidas. Que la vida de LOS TRES.

—Fue culpa mía quedar embarazada sin autorización, pero no deberías actuar como si fueras el único capaz de solucionar esto.

—Jamás dije que nuestro hijo fuera una equivocación.

—¡Claro que lo dijiste!

—Dije que era un problema. Y tendrás que admitir que nos ha creado uno bastante grande.

Ron levantó una mano, alarmado, y la desplazó hacia su hombro derecho. El automóvil obedeció la orden, cambió de dirección y frenó, evitando por muy poco chocar contra un vehículo de carga que retrocedía en medio de la calle. Al descubrir una abertura entre dos automóviles por la que podían escabullirse, el hombre volvió a acelerar.

Lia se volvió nerviosamente.

—Se están acercando. Nos encierran contra los PortPuntos.

Ante ellos apareció la estación de teleportación. Detrás de las paredes apenas translúcidas de los cilindros color antracita, apoyados unos contra otros, los viajeros en movimiento parecían ondas de energía. Frente a las cabinas, grupos de distintos tamaños despedían a quienes se marchaban o aguardaban a los recién llegados. Estos salían al exterior con el equipaje de mano máximo permitido o sin ninguna pertenencia, confiando la satisfacción de sus necesidades a los créditos almacenados en sus chips. Lia examinó con recelo sus rostros, pero, como siempre, no descubrió ninguna señal reveladora. Todos parecían personas normales.

—Los perdimos —suspiró Ron mientras se internaba por las estrechas calles entre las cabinas—. Por aquí podremos escapar.

Cuando el automóvil quedó fuera de la vista desde la avenida principal, lo estacionó. Lia se precipitó fuera de su asiento y Ron corrió con ella de la mano hacia el lugar donde la multitud era más compacta. Adoptaron el lento paso de los peatones, pero el corazón les golpeaba los tímpanos y quienes venían en dirección contraria se quedaban mirando sus caras enrojecidas.

—Ponte la capucha —sugirió Lia, mientras se cubría también la cabeza.

—Lo estamos haciendo bien —la animó Ron, apretándole la mano.

Llegaron a la zona central del PortPunto, donde las cabinas estaban tan próximas unas de otras que no quedaba espacio para aguardar. Allí solían programar su llegada viajeros solitarios que se desplazaban por asuntos de negocios. Se abrió la puerta de una cabina y salió a la acera un hombre bien afeitado, vestido con un traje a la moda. Entrecerró los ojos ante la luz del sol, que vibraba entre los grupos de cabinas, y después sacó sus anteojos y se los colocó. Lia conocía el modelo, provisto de numerosas funciones integradas. Durante algún tiempo ella también había ahorrado créditos para comprar uno, pero el embarazo había barrido de su mente cuanto no estuviera relacionado con las necesidades del bebé, y Lia había descubierto con sorpresa la cantidad de cosas inútiles de las que se había rodeado.

Observó cómo el hombre se alejaba y subía a un taxi.

—¿Cómo escaparemos sin el automóvil? —preguntó, cayendo repentinamente en la cuenta.

—Nos esconderemos en una cabina hasta que oscurezca —decidió Ron, arrastrándola hacia la que acababa de quedar libre.

Varias puertas se abrieron de golpe y las fuerzas de seguridad invadieron el reducido espacio. Lia gritó, asustada tanto por los uniformados que los rodeaban como por el tirón con que Ron intentó llevarla hasta la cabina elegida.

El hombre extendió una mano hacia el botón de apertura y dejó su costado desprotegido.

El agente necesitó mucho valor para disparar. Si alcanzaba a un civil o dañaba alguna instalación, perdería su empleo; sin embargo, tenía un blanco despejado. El proyectil penetró entre las costillas de Ron y le destrozó el pulmón derecho.

—¡Ron! —gritó Lia. Se arrodilló junto al hombre caído en la acera, con los ojos inundados de lágrimas.

—Sácalo de aquí, Lia —jadeó Ron.

—Ron, Ron... —repitió ella desesperadamente.

—Llévatelo. Así no habremos vivido en vano.

De la boca de Ron brotó sangre espumosa. Después su cabeza cayó hacia un lado y la mirada se le volvió vidriosa.

Lia percibió movimiento a su alrededor. Al principio no comprendió por qué no le disparaban también a ella. Tal vez quisieran al bebé. ¿Serían ciertos los rumores sobre niños secuestrados y explotados? ¿Existía realmente una organización que los destinaba al trabajo sexual o a la extracción de órganos?

Se puso de pie de un salto junto al cadáver de Ron. Sintió que una mano le rozaba la piel de la muñeca después de intentar sujetarla y fallar. Golpeó con la palma el botón de apertura. La puerta se abrió y ella retrocedió hacia el interior de la cabina, mientras descargaba duros puñetazos contra el uniformado que intentaba seguirla. Una vez sola, respiró con un silbido y miró frenéticamente a ambos lados. Había entrado por voluntad propia en una trampa, en el único lugar que había procurado evitar durante toda su vida.

No podía seguir el plan de Ron. Sabían en qué cabina se encontraba y podían esperarla indefinidamente. Peor aún: no tardarían en conseguir autorización para activar a distancia su teleportación. Tenía que viajar.

Subió a la plataforma que recibiría su organismo cuando este se desintegrara durante el traslado y se situó frente al panel de control. Examinó con desconfianza los pictogramas. Ella y Ron habían planeado ir a Stordamal. Al pasar la mano sobre el selector de destinos, aparecieron sucesivamente Stordal, Stordammen y Dammen. Ninguna ruta conducía a Stordamal.

Precisamente habían elegido esa ciudad porque allí no se había construido ningún PortPunto.

¡Piensa, Lia!

Su mente comenzó a despejarse y su visión se agudizó. Solo entonces comprendió hasta qué punto el miedo había reducido su campo visual.

Abrió el mapa y examinó las regiones costeras. Florianópolis. Ciudad turística junto al océano Atlántico. La multitud de visitantes le permitiría ocultarse. Sin embargo, optó por Praia Grande, en el estado de São Paulo. En los barrios pobres de aquella extensa zona urbana podría dar a luz lejos de miradas indiscretas y conseguir ayuda si surgían complicaciones. En lugares así siempre se encontraba algún submarino a la venta, lo bastante pequeño para eludir la vigilancia de las autoridades y lo bastante resistente para soportar los rigores del océano.

—¡Haz que me equivoque! —imploró mientras activaba el icono que iniciaba el proceso.

No percibió los haces exploradores que recorrieron su cuerpo célula por célula y registraron toda su información, diferenciándola del feto. Sus sentidos se apagaron cuando la organización material de su cuerpo se desintegró en átomos. Al recobrar la conciencia, se encontró rodeada por una oscuridad que nunca había experimentado. Al cabo de un momento, la nada homogénea pareció ondular y comenzaron a surgir las primeras figuras. A medida que sus siluetas se definían, Lia descubrió la multitud apiñada detrás de ellas. La hilera no parecía tener fin. No solo la cabina habría sido demasiado pequeña para contenerlas: tampoco habría bastado todo el PortPunto. Y todas gritaban, gemían o lanzaban alaridos.

Lia retrocedió tambaleándose, tropezó con el borde de la plataforma y cayó de espaldas. Quiso alejarse, pero no había adónde ir: las figuras habían formado un círculo cerrado a su alrededor. Parecían seres humanos, aunque sus facciones se veían como si alguien las hubiera borroneado con un pincel blando y bajo su piel sobresalían tendones tensos. Lia levantó los brazos para protegerse el vientre, pero cuando intentó abrazarlo sus manos atravesaron el cuerpo sin encontrar resistencia. Solo sintió un leve cosquilleo en el lugar donde debía estar el feto.

Quiso gritar, pero no encontró la manera de hacerlo. Con toda seguridad, su cuerpo ya se había desintegrado y su conciencia esperaba el nacimiento del nuevo. Eso significaba que la vida no terminaba con la destrucción del organismo. Quizá no fuera cierto que un clon reemplazaba a quienes utilizaban la teleportación. Ella se había equivocado y el plan alternativo de Ron podía funcionar.

Sin embargo, resultaba inconcebible que, después de tantas teleportaciones, nadie hubiera hablado de aquel encuentro aterrador. ¿Tal vez el recuerdo de lo experimentado se borraba durante la transferencia de la conciencia como una consecuencia benéfica del trauma?

Miró hacia abajo: quería ver en qué clase de montón de materia se había convertido su cuerpo, pero el lugar de la plataforma estaba ocupado por una masa turbulenta, profunda y oscura. La sustancia ya formaba una esfera alrededor de Lia y avanzaba hacia ella, reduciendo progresivamente su espacio. La alcanzó desde todas las direcciones al mismo tiempo. Con el contacto penetraron en Lia el dolor y la frustración insoportable de aquellos seres; ella, a su vez, supo que ellos percibían su terror.

Entonces dejó de ser Lia. Primero se fundió con el feto e inmediatamente después el torbellino la absorbió. Millones de almas rozaron la suya y, con cada contacto, como sinapsis recorriendo circuitos neuronales recién formados, introdujeron pensamientos en ella, hasta que ya no pudo distinguir cuáles le pertenecían y cuáles no. Se convirtió en parte de una gigantesca amalgama en formación, una entidad que se aproximaba al momento de actuar y que casi había adquirido la capacidad de sincronizar y dirigir las emociones acumuladas en su interior. Lia también comprendió el plan como si fuera suyo: las almas atrapadas en los PortPuntos recuperarían la existencia terrenal. Al mismo tiempo, vibraba en ella el temor compartido por todas: quizá nunca lograrían desprenderse de la amalgama que las organizaba y, si expulsaban de los cuerpos las almas de los clones, esas envolturas carnales ya no pertenecerían a nadie.

El PortPunto de Praia Grande se alzaba en el litoral del estado de São Paulo, cerca de São Vicente. La luz del sol danzaba sobre el revestimiento color antracita de las cabinas. En las calles que se ramificaban entre los grupos de cilindros, taxis individuales aguardaban a los recién llegados. Los viajeros salían al exterior con el equipaje de mano máximo permitido o sin ninguna pertenencia, confiando la satisfacción de sus necesidades a los créditos almacenados en sus chips.

Lia no sintió ningún alivio liberador al comprobar que Ron había tenido razón. Una vez en la acera, contempló el cielo de un azul resplandeciente, salpicado de nubes algodonosas. Se secó la humedad de los ojos y después se acarició el vientre.

—Para que no hayamos vivido en vano —susurró, y emprendió el camino hacia los barrios pobres.

Barbara Saláth nació el 31 de diciembre de 1971 y creció en el distrito obrero de Csepel, en Budapest, experiencia que influyó en su visión poco complaciente de la realidad. Trabaja en el ámbito del suministro de sangre, donde el contacto con situaciones humanas difíciles también ha dejado huella en su escritura. Cultiva la ciencia ficción, el género policial y la narrativa realista, unidos por su interés en las ciencias naturales. Publica tanto en medios digitales como impresos desde 2015 y es autora de diez novelas. Es miembro fundadora de la Asociación Editorial Vízió, desde la cual procura orientar y apoyar a escritores principiantes.

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