Barbara Saláth
El proyectil se
incrustó en la carrocería. Lia se encogió en el asiento del acompañante y rodeó
con los brazos su vientre apenas abultado.
—¡A la derecha, a la derecha!
—gritó, pero Ron movió el brazo hacia la izquierda y condujo el automóvil en
dirección contraria—. ¿Adónde mierda vamos? Por ahí solo están los puertos.
Ante sus ojos desmesuradamente
abiertos pasó como una exhalación la bocacalle por la que ella habría escapado.
Los vehículos de las fuerzas de seguridad ocupaban todo el ancho de la calzada
y tampoco habían dejado espacio suficiente en la acera para pasar. A sus
espaldas ocurría lo mismo.
—¿Por qué nos obligan a ir hacia
los puertos? —gimió.
—No nos están obligando. Todavía no
han tenido tiempo de bloquear todas las calles —respondió el hombre entre
dientes, mientras concentraba la mayor parte de su atención en zigzaguear entre
el tránsito.
—No estarás pensando en
teletransportarnos, ¿verdad?
—Si es la única salida que nos
queda...
—Sabés que...
—¡Lo sé, Lia! —estalló el hombre,
lanzándole una mirada—. En este momento, tu miedo a la teleportación es un poco
menos importante que nuestras vidas. Que la vida de LOS TRES.
—Fue culpa mía quedar embarazada
sin autorización, pero no deberías actuar como si fueras el único capaz de
solucionar esto.
—Jamás dije que nuestro hijo fuera
una equivocación.
—¡Claro que lo dijiste!
—Dije que era un problema. Y
tendrás que admitir que nos ha creado uno bastante grande.
Ron levantó una mano, alarmado, y
la desplazó hacia su hombro derecho. El automóvil obedeció la orden, cambió de
dirección y frenó, evitando por muy poco chocar contra un vehículo de carga que
retrocedía en medio de la calle. Al descubrir una abertura entre dos
automóviles por la que podían escabullirse, el hombre volvió a acelerar.
Lia se volvió nerviosamente.
—Se están acercando. Nos encierran
contra los PortPuntos.
Ante ellos apareció la estación de
teleportación. Detrás de las paredes apenas translúcidas de los cilindros color
antracita, apoyados unos contra otros, los viajeros en movimiento parecían
ondas de energía. Frente a las cabinas, grupos de distintos tamaños despedían a
quienes se marchaban o aguardaban a los recién llegados. Estos salían al
exterior con el equipaje de mano máximo permitido o sin ninguna pertenencia,
confiando la satisfacción de sus necesidades a los créditos almacenados en sus
chips. Lia examinó con recelo sus rostros, pero, como siempre, no descubrió
ninguna señal reveladora. Todos parecían personas normales.
—Los perdimos —suspiró Ron mientras
se internaba por las estrechas calles entre las cabinas—. Por aquí podremos
escapar.
Cuando el automóvil quedó fuera de
la vista desde la avenida principal, lo estacionó. Lia se precipitó fuera de su
asiento y Ron corrió con ella de la mano hacia el lugar donde la multitud era
más compacta. Adoptaron el lento paso de los peatones, pero el corazón les
golpeaba los tímpanos y quienes venían en dirección contraria se quedaban
mirando sus caras enrojecidas.
—Ponte la capucha —sugirió Lia,
mientras se cubría también la cabeza.
—Lo estamos haciendo bien —la animó
Ron, apretándole la mano.
Llegaron a la zona central del
PortPunto, donde las cabinas estaban tan próximas unas de otras que no quedaba
espacio para aguardar. Allí solían programar su llegada viajeros solitarios que
se desplazaban por asuntos de negocios. Se abrió la puerta de una cabina y
salió a la acera un hombre bien afeitado, vestido con un traje a la moda.
Entrecerró los ojos ante la luz del sol, que vibraba entre los grupos de
cabinas, y después sacó sus anteojos y se los colocó. Lia conocía el modelo,
provisto de numerosas funciones integradas. Durante algún tiempo ella también
había ahorrado créditos para comprar uno, pero el embarazo había barrido de su
mente cuanto no estuviera relacionado con las necesidades del bebé, y Lia había
descubierto con sorpresa la cantidad de cosas inútiles de las que se había
rodeado.
Observó cómo el hombre se alejaba y
subía a un taxi.
—¿Cómo escaparemos sin el
automóvil? —preguntó, cayendo repentinamente en la cuenta.
—Nos esconderemos en una cabina
hasta que oscurezca —decidió Ron, arrastrándola hacia la que acababa de quedar
libre.
Varias puertas se abrieron de golpe
y las fuerzas de seguridad invadieron el reducido espacio. Lia gritó, asustada
tanto por los uniformados que los rodeaban como por el tirón con que Ron
intentó llevarla hasta la cabina elegida.
El hombre extendió una mano hacia
el botón de apertura y dejó su costado desprotegido.
El agente necesitó mucho valor para
disparar. Si alcanzaba a un civil o dañaba alguna instalación, perdería su
empleo; sin embargo, tenía un blanco despejado. El proyectil penetró entre las
costillas de Ron y le destrozó el pulmón derecho.
—¡Ron! —gritó Lia. Se arrodilló
junto al hombre caído en la acera, con los ojos inundados de lágrimas.
—Sácalo de aquí, Lia —jadeó Ron.
—Ron, Ron... —repitió ella
desesperadamente.
—Llévatelo. Así no habremos vivido
en vano.
De la boca de Ron brotó sangre
espumosa. Después su cabeza cayó hacia un lado y la mirada se le volvió
vidriosa.
Lia percibió movimiento a su
alrededor. Al principio no comprendió por qué no le disparaban también a ella.
Tal vez quisieran al bebé. ¿Serían ciertos los rumores sobre niños secuestrados
y explotados? ¿Existía realmente una organización que los destinaba al trabajo
sexual o a la extracción de órganos?
Se puso de pie de un salto junto al
cadáver de Ron. Sintió que una mano le rozaba la piel de la muñeca después de
intentar sujetarla y fallar. Golpeó con la palma el botón de apertura. La
puerta se abrió y ella retrocedió hacia el interior de la cabina, mientras
descargaba duros puñetazos contra el uniformado que intentaba seguirla. Una vez
sola, respiró con un silbido y miró frenéticamente a ambos lados. Había entrado
por voluntad propia en una trampa, en el único lugar que había procurado evitar
durante toda su vida.
No podía seguir el plan de Ron.
Sabían en qué cabina se encontraba y podían esperarla indefinidamente. Peor
aún: no tardarían en conseguir autorización para activar a distancia su
teleportación. Tenía que viajar.
Subió a la plataforma que recibiría
su organismo cuando este se desintegrara durante el traslado y se situó frente
al panel de control. Examinó con desconfianza los pictogramas. Ella y Ron
habían planeado ir a Stordamal. Al pasar la mano sobre el selector de destinos,
aparecieron sucesivamente Stordal, Stordammen y Dammen. Ninguna ruta conducía a
Stordamal.
Precisamente habían elegido esa
ciudad porque allí no se había construido ningún PortPunto.
¡Piensa, Lia!
Su mente comenzó a despejarse y su
visión se agudizó. Solo entonces comprendió hasta qué punto el miedo había
reducido su campo visual.
Abrió el mapa y examinó las
regiones costeras. Florianópolis. Ciudad turística junto al océano Atlántico.
La multitud de visitantes le permitiría ocultarse. Sin embargo, optó por Praia
Grande, en el estado de São Paulo. En los barrios pobres de aquella extensa
zona urbana podría dar a luz lejos de miradas indiscretas y conseguir ayuda si
surgían complicaciones. En lugares así siempre se encontraba algún submarino a
la venta, lo bastante pequeño para eludir la vigilancia de las autoridades y lo
bastante resistente para soportar los rigores del océano.
—¡Haz que me equivoque! —imploró
mientras activaba el icono que iniciaba el proceso.
No percibió los haces exploradores
que recorrieron su cuerpo célula por célula y registraron toda su información,
diferenciándola del feto. Sus sentidos se apagaron cuando la organización
material de su cuerpo se desintegró en átomos. Al recobrar la conciencia, se
encontró rodeada por una oscuridad que nunca había experimentado. Al cabo de un
momento, la nada homogénea pareció ondular y comenzaron a surgir las primeras
figuras. A medida que sus siluetas se definían, Lia descubrió la multitud
apiñada detrás de ellas. La hilera no parecía tener fin. No solo la cabina
habría sido demasiado pequeña para contenerlas: tampoco habría bastado todo el PortPunto.
Y todas gritaban, gemían o lanzaban alaridos.
Lia retrocedió tambaleándose,
tropezó con el borde de la plataforma y cayó de espaldas. Quiso alejarse, pero
no había adónde ir: las figuras habían formado un círculo cerrado a su
alrededor. Parecían seres humanos, aunque sus facciones se veían como si alguien
las hubiera borroneado con un pincel blando y bajo su piel sobresalían tendones
tensos. Lia levantó los brazos para protegerse el vientre, pero cuando intentó
abrazarlo sus manos atravesaron el cuerpo sin encontrar resistencia. Solo
sintió un leve cosquilleo en el lugar donde debía estar el feto.
Quiso gritar, pero no encontró la
manera de hacerlo. Con toda seguridad, su cuerpo ya se había desintegrado y su
conciencia esperaba el nacimiento del nuevo. Eso significaba que la vida no
terminaba con la destrucción del organismo. Quizá no fuera cierto que un clon
reemplazaba a quienes utilizaban la teleportación. Ella se había equivocado y
el plan alternativo de Ron podía funcionar.
Sin embargo, resultaba inconcebible
que, después de tantas teleportaciones, nadie hubiera hablado de aquel
encuentro aterrador. ¿Tal vez el recuerdo de lo experimentado se borraba
durante la transferencia de la conciencia como una consecuencia benéfica del
trauma?
Miró hacia abajo: quería ver en qué
clase de montón de materia se había convertido su cuerpo, pero el lugar de la
plataforma estaba ocupado por una masa turbulenta, profunda y oscura. La
sustancia ya formaba una esfera alrededor de Lia y avanzaba hacia ella,
reduciendo progresivamente su espacio. La alcanzó desde todas las direcciones
al mismo tiempo. Con el contacto penetraron en Lia el dolor y la frustración
insoportable de aquellos seres; ella, a su vez, supo que ellos percibían su
terror.
Entonces dejó de ser Lia. Primero
se fundió con el feto e inmediatamente después el torbellino la absorbió.
Millones de almas rozaron la suya y, con cada contacto, como sinapsis
recorriendo circuitos neuronales recién formados, introdujeron pensamientos en
ella, hasta que ya no pudo distinguir cuáles le pertenecían y cuáles no. Se
convirtió en parte de una gigantesca amalgama en formación, una entidad que se
aproximaba al momento de actuar y que casi había adquirido la capacidad de
sincronizar y dirigir las emociones acumuladas en su interior. Lia también
comprendió el plan como si fuera suyo: las almas atrapadas en los PortPuntos
recuperarían la existencia terrenal. Al mismo tiempo, vibraba en ella el temor
compartido por todas: quizá nunca lograrían desprenderse de la amalgama que las
organizaba y, si expulsaban de los cuerpos las almas de los clones, esas
envolturas carnales ya no pertenecerían a nadie.
El PortPunto de Praia Grande se
alzaba en el litoral del estado de São Paulo, cerca de São Vicente. La luz del
sol danzaba sobre el revestimiento color antracita de las cabinas. En las
calles que se ramificaban entre los grupos de cilindros, taxis individuales
aguardaban a los recién llegados. Los viajeros salían al exterior con el
equipaje de mano máximo permitido o sin ninguna pertenencia, confiando la
satisfacción de sus necesidades a los créditos almacenados en sus chips.
Lia no sintió ningún alivio
liberador al comprobar que Ron había tenido razón. Una vez en la acera,
contempló el cielo de un azul resplandeciente, salpicado de nubes algodonosas.
Se secó la humedad de los ojos y después se acarició el vientre.
—Para que no hayamos vivido en vano
—susurró, y emprendió el camino hacia los barrios pobres.
Barbara Saláth nació el 31 de
diciembre de 1971 y creció en el distrito obrero de Csepel, en Budapest,
experiencia que influyó en su visión poco complaciente de la realidad. Trabaja
en el ámbito del suministro de sangre, donde el contacto con situaciones
humanas difíciles también ha dejado huella en su escritura. Cultiva la ciencia
ficción, el género policial y la narrativa realista, unidos por su interés en
las ciencias naturales. Publica tanto en medios digitales como impresos desde
2015 y es autora de diez novelas. Es miembro fundadora de la Asociación
Editorial Vízió, desde la cual procura orientar y apoyar a escritores
principiantes.

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