Relja Antonić
—En el invierno
anterior a los bombardeos, en ese bosque se congeló un niño. Todo el pueblo lo
buscó. Lo encontraron recién en primavera, cuando el hielo se derritió. El
invierno siguiente el pueblo quedó abandonado. Todos se fueron a toda prisa. No
sé a dónde. Ninguno de ellos volvió a dar señales de vida. Creo que ningún ser
vivo resistiría ya el invierno en estos parajes. Nadie, salvo yo.
Estiró la boca arrugada en una
mueca. Los dientes, color arena, brillaban por la saliva de borracho que los
empapaba.
El dueño del motel era un
hombrecillo canoso y calvo en parte, gordo y grasiento por fuera, no más alto
que metro y medio, con bigotes amarillos. La rakia que servía, de una
botella tras otra, era una porquería repugnante, más amarilla que aquellos
bigotes, pero calentaba como un horno. Con el primer vasito el huésped ya había
empezado a marearse. El patrón no tenía ninguna otra bebida, ni siquiera preparaba
té; y detrás de la barra, a través de la neblina del alcohol, el huésped solo
distinguía una repisa con botellas de aquel licor amarillo, un listón con tres
ganchos vacíos para llaves… y nada más. Ni siquiera la puerta de una posible
cocina.
—¿Por qué te quedaste tú?
—¡Bah! —Se limpió la boca con la
manga de su suéter gris—. Cada invierno alguno queda atrapado en la ventisca y
no puede cruzar el puerto hasta que limpian el camino. Me cayó del cielo,
porque nadie quiso hacer una carretera que rodeara la montaña. Je, je...
El huésped no podía
dormirse. Le parecía oír voces humanas en el aullido del viento que descendía
de la montaña. El valle resonaba con los alaridos. Se estremeció, pero no de
frío. Estaba acostado vestido, y el calor del pino y del carbón quemados en la
estufa del pasillo corría por las tuberías. Se quitó la manta y miró por la
ventana.
Nadie te está mirando desde
afuera, idiota. Nadie puede estar ahí fuera con este temporal.
La habitación número 3 era
demasiado pequeña, y tenía la sensación de que dentro de ella no podía
estirarse en ninguna dirección… ni siquiera en la vertical. Al menos estaba
caliente. Se preguntó quién estaría en las otras dos habitaciones. No había
visto ningún automóvil delante del motel, ni siquiera el del dueño.
El dueño seguramente estaba en la
uno. ¿Y en la dos?
¿Cómo no me da hipotermia con
ese aguardiente? Un oso primero se herviría y después se congelaría, pensó.
Hijo, perdóname, le pareció oír. No volveré a golpearte jamás. Por favor, Dios.
Hm, estoy soñando despierto, y
no puedo dormirme ni aunque me maten. Las estúpidas historias locales no son
para una noche como esta. Maldito mi trabajo en la condenada ciudad del otro
lado de la montaña.
El viento golpeaba la ventana, el
pequeño motel temblaba, pero la habitación estaba ardiente. Al precipitarse
desde la montaña, la ventisca sonaba como una osa agonizante. Tal vez fuera una
avalancha, y no el viento.
No sacó la cartera del cajón. Se
envolvió con la bufanda, se puso la chaqueta de plumas y tomó la llave.
Hay alguien ahí fuera, lo juro.
No puede ser, idiota.
Mamá no me quiere.
Se estremeció.
Los pinos se balanceaban, y aun
desde dentro de la habitación los oía crujir. Y aquello que sonó como un
latigazo debía de ser una haya congelada. Cerró la habitación con llave. La
oscuridad del pasillo era como un jarabe negro y tibio. Sin embargo, en algún
momento le pareció que relampagueaba en blanco. Como si hubiera tragado el
sonido de la tormenta exterior, resonaba sordamente solo con los latidos de su
corazón. No oía sus pasos sobre la madera, ni al patrón en la habitación
vecina.
Dejó la llave de su cuarto bajo el
felpudo interior.
Tomó la manija caliente. Le pareció
sentir que al mismo tiempo estaba helada del otro lado. Abrió la puerta de
entrada y el frío espantoso lo golpeó.
—¡Por Dios, está sin llave!
Los aullidos del viento se tragaron
su susurro.
¿Y qué, idiota?
Se preguntó por qué demonios no
había sacado del coche la bolsa con ropa.
Necesito guantes.
La ventisca le clavaba agujas en el
rostro y los párpados. Los dedos empezaron a entumecerse de inmediato, lo cual
no ayudó en absoluto con las llaves que se pegaban a la piel, ni mucho menos
con la cerradura congelada del maletero.
Aun así logró abrirlo.
Apretó los dientes. Se quitó una
bota, se puso una bolsa de nailon en el pie y luego dos pares de calcetines uno
sobre otro, y volvió a ponerse la bota. Repitió lo mismo con la otra pierna. El
viento arrojaba torcidamente la nieve fina dentro del maletero. La sacudió de
la bolsa.
Le brotaron lágrimas mientras se
quitaba la chaqueta y, sobre la sudadera, se ponía un chaleco de lana y luego
un suéter grueso. Se quitó el gorro y la bufanda, se cubrió la boca con un
pañuelo, la coronilla con otro, se puso la capucha de la sudadera, volvió a
colocarse el gorro encima, enrolló la bufanda alrededor del pañuelo, la nariz y
la capucha, se puso guantes de lana sin dedos en las manos, se echó rápidamente
la chaqueta de plumas y la cerró con cordones, y luego, sobre los guantes de
lana, se puso guantes de esquí.
Lamentó no tener más ropa en la
bolsa.
Oyó voces de un coro de personas,
ladridos de perros, y sobre todo el grito desgarrador de una mujer.
O tal vez solo era el viento.
Con los ojos llorosos por el frío
miró las maletas con mercancía y cerró de golpe el maletero. Oyó sollozos.
El viento, idiota.
Sin saber por qué, cruzó el
estacionamiento cubierto de nieve hacia el bosque. A la izquierda estaba la
ladera por la que había llegado con el coche, y el pueblo abandonado cuyas
casas arruinadas habían sido alcanzadas por las primeras ráfagas de la repentina
ventisca. A la derecha la montaña, y detrás de ella la maldita ciudad hacia la
que se dirigía.
Detrás de él, el motel oscuro se
hundía en los montículos de nieve; delante, el bosque negro de pinos que solo
la nieve iluminaba.
Dios mío, qué imbécil soy...
La segunda oleada de calor que
provocaba el aguardiente lo alcanzó bajo la ropa abrigada. Aunque por fuera
parecía una bola de nieve, por dentro hervía. Incluso empezó a sudar.
El bosque descendía y descendía
cuesta abajo, y a veces la nieve era más rala y los árboles más densos, y otras
veces al revés.
Intentó pensar cómo regresaría,
pero algo parecía impedírselo.
Apartó ese pensamiento, y la
ventisca se lo tragó junto con sus gemidos.
Siguió adelante, o creía seguir
adelante, hacia donde le parecía que había un claro, donde la ventisca teñía la
negrura de la noche de un gris violáceo.
No notó que sus huellas en la nieve
quedaban cubiertas en cuanto se alejaba cinco pasos de ellas.
El claro estaba realmente delante.
Ahora estaba seguro.
A los ojos parecía muy cerca, pero
la mente sentía que llevaba horas acercándose. Cuando por fin llegó, vio un
montículo de nieve que lo cubría.
¿Por qué vine aquí, por qué?
Sin embargo, lo sabía.
Alguien realmente lo había llamado.
Se preguntó si estaba siguiendo al
otro huésped del motel y por qué aquel había ido hacia el bosque. En sus
treinta años de vida nunca había visto ventisqueros tan grandes. Uno se elevaba
desde la continuación lejana del bosque, justo en la subida a la montaña, y al
otro lado del claro, donde los árboles lo detenían, alcanzaba al menos cinco
metros de altura. O tal vez diez.
La ventisca que barría entre los
árboles del bosque, en cuanto salió de su resguardo, lo atravesó incluso a
través de la chaqueta de plumas y de las demás capas de ropa. No creía que
fuera posible. Aunque, antes de esa noche, tampoco creía que un ataque de
obsesión pudiera obligarlo a vagar por una naturaleza helada.
Frente al pinar cuya seguridad
había abandonado, allí donde el ventisquero titánico no bloqueaba la vista,
distinguía otro círculo de bosque a través de la noche emborronada por la
ventisca.
Lloraba de frío.
Al pie del ventisquero lo esperaba
un niño, que también lloraba.
La violencia del shock obligó al
vagabundo a avanzar corriendo con la nieve hasta la cintura. En cambio, al niño
le llegaba a los tobillos. Quizás llevaba raquetas de nieve.
Pero el niño no tenía chaqueta ni
abrigo.
Las lágrimas corrían por su pequeño
rostro y se congelaban. El moco en la nariz había formado un diminuto
carámbano. Sollozaba en silencio. Los temblores grandes y lentos eran
provocados por el llanto; los pequeños y rápidos, por el frío. Sus labios morados
en la oscuridad parecían negros.
Tendría unos diez años.
Preguntándose cómo podía ser tan
estúpido, el desdichado viajero de treinta años aun así intentó racionalizar lo
que veía.
—Tú eres de la habitación dos
—concluyó—. ¿Dónde están tus padres?
No volveré a golpearte jamás.
Lo están buscando. Y quizá también
ellos se estén congelando.
Idiota, idiota, ¿no ves...?
El niño permaneció mudo, sin dejar
de llorar.
El hombre adulto, de pie bajo él,
en la nieve hasta la cintura, aterrado y conmocionado, empezó a quitarse su
chaqueta, su bufanda y su gorro.
Me voy a mear encima, maldita
sea...
Se los puso al niño moribundo.
Le vino a la mente la historia que
le había contado el dueño del motel mientras le servía vaso tras vaso de rakia.
La olvidó enseguida. La nieve se la tragó, igual que su voz, igual que todo lo
demás que intentaba ordenar en su cerebro.
Oyó ladridos y llamados desde todas
partes.
Quizá no todos habían abandonado el
pueblo.
¡El dueño mintió!
Si no se ponen en marcha, pensó,
sufrirán hipotermia, ayudada por aquel aguardiente...
—Vamos —le dijo al niño, y con los
dedos agonizantes tomó suavemente el guante de esquí que le había dado, tal vez
demasiado grande.
Echó a andar hacia el bosque,
incapaz de asombrarse por la desaparición de sus huellas debido al shock que le
había causado el niño.
El niño soltó su mano.
La nieve caía a través del pequeño.
Comprendió.
Se volvió, temblando, tanto de frío
como de horror.
El niño subía por el ventisquero.
No dejaba huellas.
Y se desvanecía.
Seguía temblando mientras se volvía
transparente.
—¡NO!
Voy a morir.
Corrió hacia su ropa de invierno.
También ella se desvanecía junto
con la aparición, que se alejaba de él y se alejaba del mundo.
Desaparecieron juntos.
En el hombre solo quedaron el
suéter –que se iba empapando–, el chaleco, la sudadera y el pañuelo.
Las orejas le latían dolorosamente.
No, no, no, no, no...
—¡NO! ¡Nooo!
No sabía decir nada más.
Corrió en la dirección en que el
niño había ido, con la intención de recuperar su ropa. Las lágrimas se
congelaban justo debajo de sus ojos. A través del pañuelo sentía que la nariz
estaba a punto de desprenderse.
El ventisquero ya estaba por encima
de su cabeza.
Cavó en él con dedos muertos. La
nieve le caía sobre la capucha y la espalda. La sentía a través de toda la
ropa, y estaba mojado. Continuó cavando frenéticamente.
Una hora.
Tal vez dos.
Tres.
O cuatro.
No lo sabía.
En diciembre la noche es eterna.
Cuando penetró en la profundidad del
ventisquero empezó a hacer más calor por la blancura que lo cubría desde
arriba. El techo de la cueva de nieve se helaba. El viento no entraba.
De verdad ahora es soportable...
O quizá lo diga el congelamiento.
Si me duermo, estoy perdido.
Se preguntó si podría quedarse allí
un tiempo, con la esperanza de que, gracias a algún milagro bíblico, alguien lo
encontrara.
Todavía temblando, y con los dedos
inútiles, palpó los bolsillos.
El móvil.
Probablemente en la cueva no haya
señal. Saldré al borde cuando me descongele un poco… solo un poco…
¿Pero a quién llamar?
A tu socio en la ciudad de
enfrente, idiota.
El dueño había dicho que ya por la
mañana limpiarían el camino, porque esa carretera era importante.
Se quitó los guantes de lana y se
frotó las manos con la nieve que tomó bajo los pies.
Es sorprendente cuánto he cavado.
Sabía que sobreviviría.
Y entonces oyó bajo sí un siniestro
CRAC.
¿Qué claro, idiota?
¡Un lago!
Un lago recién congelado en el
valle, con una corteza lo bastante fuerte para soportar metros de nieve… pero
no a un caballo estúpido y pesado…
Algo lo había atraído.
Y lo había matado.
En el segundo de lucidez antes de
la muerte, un millón de pensamientos le cruzaron la mente. Se hundió como una
piedra y sintió que el corazón se le rompía mucho antes de empezar a ahogarse.
El temporal empezó cuando descendí
al valle. La tormenta llegó de repente, demasiado rápido incluso para esa época
del año. El ritmo al que caía la nieve cortó todos los caminos…
Los aullidos y llamados en la
noche.
El llanto.
Su total incapacidad para pensar
con claridad.
¿Y la rakia?
Quizá…
Todo estaba planeado.
El valle maldito lo estaba
esperando.
Y está claro dónde están el
ocupante, o los ocupantes, que se alojaban en la habitación dos.
Ahora todo se volvió repentinamente
claro.
El hielo le invadía los pulmones,
pero el corazón ya estaba partido.
Ya estoy completamente muerto.
Pero aun así lo vio.
El lago no era profundo.
Los automóviles yacían en el fondo.
En ellos había personas solitarias, parejas y familias. Probablemente llevaban
años enterrados allí, aunque permanecían eternamente congelados y por lo tanto
conservados.
Sí, enterrados, porque estaban
colocados en los asientos, con las manos cruzadas sobre el pecho y los ojos
cerrados, aunque en posición sentada.
Mis párpados se congelaron
abiertos.
Alguien se los cierra después.
También había gente sin “ataúd”.
Atados para que no flotaran,
embalsamados en bloques de hielo, yacían los habitantes del pueblo. Todos,
supuso su conciencia fuera del cuerpo. Sus manos estaban cruzadas, los párpados
cerrados, las expresiones de sus rostros eran serenas…
Pero estaban congelados.
Y también había perros del pueblo,
que colgaban, pero hacia el lado equivocado. Congelados, el lago los tiraba
hacia la superficie, mientras las correas los mantenían atados a piedras en el
fondo.
El muerto suponía que no todos los
cadáveres habían terminado en el lago, y que muchos habían sido arrastrados al
fondo desde el bosque.
También estaba allí el cuerpo del
niño, con una expresión llorosa en el rostro, un espasmo en la cara. Era lo
único que demostraba con cada músculo que algo aún vivo lo había impulsado a
saltar al lago y abrazar la roca del fondo. Igual que ese algo que me
había impulsado a venir aquí.
El dueño del motel
se levantó antes del amanecer.
Como el huésped no respondía, buscó
la llave. La encontró, entró en la habitación número 3 y recogió la cartera del
cajón.
Para sus adentros maldecía a los
huéspedes de la habitación dos, un hombre y una mujer, que se habían llevado la
llave consigo.
Se echó un trago de rakia,
orinó en el baño común del motel y luego sacó la camioneta del pequeño garaje
detrás del edificio.
Condujo el automóvil vacío solo
hasta el borde del bosque y, maldiciendo entre dientes, lo enterró en la nieve.
Se resolverá antes de que llegue el
deshielo.
Mientras aún quede espacio en el
laguito…
Seguía nevando.
Hasta que pase la maquinaria que
limpia los caminos, desaparecerán las huellas.
Se encerró en el motel y lo dejó a
oscuras. Pasarán de largo como si estuviera abandonado.
El motel no parece vacío solo
cuando él quiere trabajar y cuando tiene que esperar a algún huésped.
A veces le daba lástima todo
aquello. Sentía verdadera compasión por los clientes.
La bebida lo ayudaba a olvidar.
Conocía a todo el pueblo.
Los echaba de menos, sobre todo en
invierno.
Pero, en general, quería vivir.
Y cuando llegue el momento de
morir, no querrá unirse a ellos ni compartir el destino común del que se salvó
aquel primer invierno, rezando.
Habrá más clientes antes de que
termine el año… Tres veces más antes de la primavera. El negocio marcha, y él
sobrevive invierno tras invierno, solo. A veces hay que darle algo al Invierno
para sobrevivir al Invierno. Y cuando no es invierno, la naturaleza salvaje que
lo rodea quiere llevarse a alguien. Deja huesos, en la madera o en la tierra. La
naturaleza salvaje siempre encuentra la manera. Y a veces, solo a veces, si
está de buen humor o saciada, se busca un ayudante.
Le dio otro buen trago a aquel repugnante
matarratas.

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