lunes, 19 de enero de 2026

LA MALDICIÓN DE LA LUZ


Majda Arhnauer Subašić

 

Solo, desvalido y encorvado, está de pie frente al majestuoso edificio de vidrio del Centro Médico Estatal Central. Sus ojos, como hechizados, se clavan en una hoja de papel. Teme leer el diagnóstico que intuye y que lo llena de angustia. Las letras bailan ante su vista y, de pronto, desde el subconsciente irrumpe una escena terrible, vivida hacía mucho tiempo. El acontecimiento fatal, sepultado en las profundidades de lo inconsciente, cobra vida…

En su mente se dibuja la imagen de una anciana. Aquella aparición extraña lo ciega; en sus oídos resuena su voz sonora y amenazante.

—Aunque sigas con vida, que te quede claro: tus descendientes estarán por siempre, por siempre, malditos.

—Mi pequeño hijo… —solloza impotente y se encoge sobre sí mismo.

En su cabeza retumban los tambores de una orquesta infernal, que invocan recuerdos de un día como sacado de un sueño pantanoso. Se defiende de ellos, pero son ellos quienes lo engullen, porque la inyección del olvido ha cedido…

Fue una de esas noches despejadas en las que el cielo brillaba a la luz de las estrellas y la luna, inusualmente grande, le daba un matiz místico. La claridad lunar bañaba la bahía y el mar relucía con un fulgor plateado. En la carretera sinuosa, sobre los acantilados, se veía el rastro de las luces de un automóvil. Tras una curva, se perdieron en el bosque. Poco después, la limusina se detuvo ante una mansión a la que llevaba un camino mal señalizado. Cuatro figuras bajaron y avanzaron hacia el portal antiguo, coronado por un escudo de piedra. Caminaban en silencio, con reserva, como si quisieran ocultar su llegada. En sus miradas se leía incertidumbre, casi preocupación. La mansión parecía olvidada: muros gruesos y descascarados, en partes cubiertos de vegetación; pequeñas troneras con postigos cerrados; un portón de hierro. Un bosque oscuro, que llegaba casi hasta la entrada, protegía la vivienda del mundo exterior. Despertaba una sensación de misterio; más aún ahora, envuelta en el manto de la noche.

El portón de hierro se abrió lentamente. Era evidente que los estaba esperando. De la oscuridad se fue perfilando una figura. Dos ojos afilados, de un brillo insólito, se fijaron en ellos. El cuerpo, vestido con una prenda reluciente, causaba una impresión extraña: parecía como si la luz brotara del propio cuerpo y no del tejido.

—¡Pasen! —ordenó una voz cortante que intentaba sonar amable.

Con vacilación entraron y se quedaron inmóviles, sorprendidos. A diferencia del entorno lúgubre, no esperaban un gran vestíbulo donde todo brillaba y destellaba. El mobiliario tenía formas inusuales y colores tornasolados poco comunes. Suponían que se toparían con una anciana excéntrica –así la habían imaginado siempre–, pero aun así no esperaban un ambiente como aquel.

—Siéntense —los invitó al entrar en la siguiente sala, todavía más extrañamente iluminada.

Con un andar arrastrado se dirigió a un armario del que sacó una botella y unos vasos cuyos bordes centelleantes, al moverse, dibujaban sombras de tonos extraños sobre la pared de un blanco deslumbrante. Con incomodidad, se sentaron en lujosos sillones de matices fluorescentes.

—Tía… —balbuceó el primero—. Sabe, los tiempos cambian. Todo se vuelve más peligroso. Tenemos que pensar en el mañana. Pensar que podría pasarnos algo…

—Dilo de frente, querido Mark —lo animó con una voz melosa, mientras servía un vino de añada venerable en vasos de cristal grabados con símbolos del sol.

—Verá… todos envejecemos… cada día estamos más cerca de la muerte…

El segundo tampoco pudo continuar. Habían planteado su visita y su discurso de otra manera, pero ahora de sus bocas salían frases vacías, expresiones sueltas que resultaban muy distintas de lo que habían supuesto. Como si algo confundiera sus pensamientos y les pusiera en la boca palabras completamente diferentes de las que pretendían pronunciar.

La mirada inquisitiva de sus ojos fríos –en la que se advertía algo amenazante– recorrió a cada uno, de uno en uno.

—Entonces se trata de mi patrimonio, por lo que veo, ¿verdad? —preguntó.

Con vergüenza, asintieron. Quizá los entendería. En ellos se encendió una chispa de esperanza y, en silencio, casi respiraron aliviados. Tal vez la tarea desagradable no sería tan difícil como temían. Quizá reconsideraría y revocaría el testamento con el que entregaba toda su fortuna a una institución misteriosa. Así se asegurarían, en adelante, una vida cómoda y su permanencia en los círculos a los que –por linaje– pretendían pertenecer.

Un largo silencio se convirtió en una quietud opresiva. A la espera de su respuesta, bajaron la vista al suelo. La tensión creció.

—Jóvenes, ingenuos, estúpidos —alzó por fin la voz—, como todos los Rollway. Solo piensan en el dinero, el prestigio, una vida agitada y… la ociosidad.

—¡Tía! —gritó una voz asustada—. Entienda que no tenemos malas intenciones. Todos le deseamos muchos años de vida exitosa y feliz. Nosotros, de veras…

La muchacha no logró terminar la frase. Las sombras del imponente candelabro de cristal parpadeaban justo delante de sus ojos. Qué raro: le dispersaba las ideas. No conseguía concentrarse.

—Sea razonable; siempre la consideraron inteligente y prudente. La más exitosa de la familia. Es un ejemplo —intentó halagarla el sobrino.

—¡Tía! —exclamó, casi suplicante, la voz del tercero.

—¿Tía? —se burló ella—. No es culpa mía si, por fuerza, pertenezco a esta familia maldita, que desde siempre busca cómo mantenerse con intrigas y vilezas a costa de los demás, someterlos y beneficiarse de lo ajeno. A lo largo de generaciones se acumuló sobre su linaje la ira de quienes fueron humillados y engañados por un clan que no conocía la clemencia ni la compasión, y menos aún la moral humana básica. Cuántas víctimas arruinadas por la codicia de nuestros antepasados maldijeron su sangre en el lecho de muerte. La espada de la venganza lleva tiempo tintineando de forma peligrosa, pero cada vez la detiene la esperanza de que la siguiente generación pagará la deuda con una conducta distinta y se redimirá así de los pecados y las injusticias del pasado. También ustedes tuvieron la oportunidad, pero la desperdiciaron, ya de jóvenes, con su proceder condenable, que cargó aún más el karma familiar. Son el último eslabón de la cadena. Con ustedes terminará esta ilustre estirpe de pasiones bajas, voracidad y depravación. Y ese ha sido mi objetivo desde hace mucho. Por eso, en otro tiempo, vencí mi resistencia y me casé con su tío. Solo para vengar a mi linaje, humillado y pisoteado hace siglos por los Rollway.

Sus últimas palabras adquirieron un timbre metálico; de sus ojos saltaron destellos salvajes; su cabello tomó un brillo extraño. La luz en la sala creció, cegándolos.

Comprendieron la situación. Se miraron y se pusieron de pie de golpe. Intentaron abrirse paso hacia la puerta, pero… ¡estaba cerrada! Ella, en cambio, permaneció sentada con calma, y en sus manos brillaba un control remoto cuando habló con tono burlón.

—En realidad no me conocen. Mi cátedra en la universidad es solo una tapadera. En verdad estoy más dedicada a la investigación que a la docencia. Mi seudónimo es una leyenda en el mundo científico y militar: Leon Keney. Conozco grandes secretos de la OTAN, y en las sesiones de la STO –la organización que representa su cerebro– ese nombre se pronuncia con respeto. Mi fórmula revolucionaria y el descubrimiento que se deriva de ella son el potencial de la Alianza. Soy la segunda Madame Curie. Pero no busco sustancias radiactivas: eso ya es pasado. Me lancé a este maravilloso fenómeno natural: la luz. La oscilación de la que nace todo.

—¡Estás loca! —se oyó una voz furiosa.

Ocho ojos, aterrorizados hasta la muerte, se clavaron en ella. Por fin uno de ellos se atrevió, abalanzándose para intentar arrancarle el dispositivo de las manos. Pero…

—¡Timmy! —gritó asustada la muchacha.

Timmy cayó llevándose las manos a la cabeza. Su bello rostro, de rasgos infantiles, se transformó en una mueca monstruosa.

—Así se supone que murió Alejandro Magno —los instruyó con frialdad—, solo que entonces el rayo fatal habría salido por accidente del cristal de la corona. Por lo demás, se trata de un arma antigua que se dice que proviene de los tiempos de la Atlántida.

—¿Un nuevo láser mortal? —se horrorizaron.

Solo les quedaba huir. ¿Adónde? Decidieron en un instante. La dirección parecía ser la correcta. Solo ahora advirtieron que la mansión era un enorme laberinto. Las puertas se cerraron automáticamente. Entonces corrieron sin rumbo. La luz en las salas parpadeaba y de pronto apareció una piscina frente a ellos.

—El agua está contaminada —les advirtió una voz llegads de quién sabe dónde.

Pero una fuerza incontenible empuja al joven hacia las profundidades. Una visión lo llamó. En ella vio el sol… miles de soles… y a él le gustaban el sol y la luz… no, no: ¡los odiaba! Sus pensamientos se desmoronaron en fragmentos inconexos. Ante la amenaza mortal, se arrojó al agua, donde vio la luz, ese maravilloso fenómeno natural al que no podía resistirse. El agua espumosa engulló el cuerpo. No quedó rastro… ¡pero sí lo había! En la superficie, ya calma, apareció una cabeza. Se distinguía cada hueso, cada músculo, cada vena. Era transparente. Se elevo, emitiendo un extraño reflejo.

En terror absoluto, un muchacho y una muchacha huyeron buscando una salida. De pronto, solo hubo oscuridad. Solo el resplandor del agua. Y un sonido metálico que penetraba el cuerpo hasta los huesos. El joven quiso tomar a la muchacha de la mano, pero agarró el vacío. ¡No estaba! ¿A dónde se había ido? La llama agitaba los brazos, chocaba con las paredes. Estaba tan oscuro… pero no, allí había una fuente de luz… que ofrecía una escena como sacada de un sueño pantanoso. Bajó la cabeza y cerró los ojos. No podía soportar la visión de su hermana transformándose en una momia. El cabello se le volvió gris, se arrugó, el cuerpo se convirtió en una hoja seca; los miembros no fueron más que fundas escamosas. Solo los ojos saltones, llenos de un horror incomprensible, lo miraban fijamente.

—¡Polvo eres y en polvo te convertirás! —resonó majestuosa la voz de timbre metálico.

—¡Oh, Dios! ¿Cuándo terminará esta pesadilla? ¡Quiero despertar! —se suplicó a sí mismo en un susurro.

La luz aumento de nuevo. Se volvió turbia. El silencio lo llenó de pavor. Al cabo de un tiempo, fue roto un tictac rítmico. Entonces recordó. Había oído a su padre hablar en secreto del extraño descubrimiento de una científica misteriosa que se ocultaba tras un nombre masculino. Así que esta era la célebre inversión radiante, el nuevo hallazgo destinado a reconfigurar la ciencia sobre bases completamente nuevas.

—Mark, sálvate de este infierno —le susurró una voz interior.

Pensó frenéticamente. ¡Tiene que haber una solución! ¡Alguna salida debe estar en alguna parte! ¡Debo encontrarla a cualquier precio! Tengo que…

Por instinto, se lanzó escaleras arriba. No parecía tener fin. Corrió sin juicio hasta que por fin alcanzó la parte alta. Se volvió y, al pie, la vio a ella. Estaba erguida, con el arma en las manos. Advirtió que intentaba ajustar la dosis mortal. Huyó y por fin alcanzó la cima, donde se detiene sintiéndose protegido, fuera de su alcance. ¡Ganó! Se le escapó por muy poco.

Ella no podía seguirlo. Por la edad, era lenta y las piernas ya no le respondían. Pero quería atraparlo. Incluso a costa de su vida. Subió el primer escalón.

La luz en el salón superior lo cegó y el aire se volvió cada vez más pesado. Avanzó con dificultad, arrastrándose. Lo acompañaba un tictac cada vez más fuerte, que parecía provenir de su interior. La vista se le apagó, el oído le fallaba. Pero logró acercarse a la puerta que había visto poco antes a lo lejos. Aún le quedaban fuerzas para abrirla. Ahora estaba convencido de haber vencido, definitivamente.

Cayó y cayó hacia las profundidades. Cada vez era menos consciente. Con sus últimas fuerzas, se arrastró hasta el borde del bosque y se desplomó al amparo de los matorrales. Más que verla, la intuyó: toda brillante y terrible, junto a la barandilla del balcón. Su voz retumbó en la oscuridad.

—Aunque sigas con vida, que te quede claro: tus descendientes estarán por siempre, por siempre, malditos.

Un dolor agudo le entumeció el cerebro y fue apoderándose poco a poco de todo el cuerpo. Se hundió en la oscuridad. Solo sintió una brisa fría y refrescante que soplaba desde el bosque cercano. Oyó –o tal vez lo imaginó– el chapoteo de las olas y el graznido de las gaviotas. El pensamiento se apagó y cayó en un sueño profundo y reparador.

Era blanco, de un blanco nevado que lastimaba los ojos. Todo: las sábanas, la cama, el armario; incluso la enfermera tenía las mejillas pálidas. Un pensamiento le atravesó el cerebro como una chispa. La niebla ante sus ojos se disipaba y recordó el largo viaje en automóvil, la bahía, el bosque, el hermoso paisaje de mayo.

Pero era diciembre.

El personal médico respiró hondo, aliviado, porque había terminado la batalla de siete meses por su vida. Mark Rollway despertó del coma: el último y único descendiente superviviente del linaje Rollway. Nunca se supo qué ocurrió aquella noche en la misteriosa mansión en algún lugar de la costa. La investigación se cerró con una rapidez inusual y los medios se envolvieron en silencio. Fue una gran victoria de la medicina arrancar de las manos de la muerte a un joven que apenas empezaba a vivir. Pero la victoria no era segura. Nadie podía prever qué consecuencias se manifestarían en sus descendientes o en él mismo.

Y volvió a vivir. Sin recuerdos del pasado, porque la inyección del olvido empezó a hacer efecto…

Majda Arhnauer Subasic es una autora eslovena residente en Liubliana que escribe principalmente relatos. Su obra combina fantasía, misticismo, historia, espiritualidad y temas existenciales. Sus relatos y poemas han aparecido en numerosas revistas literarias, fanzines y antologías eslovenas, incluyendo colecciones de fantasía eslovena contemporánea (Supernova, Jasubeg en Jered, Ventilator besed, Locutio). Ha recibido varios reconocimientos literarios, entre ellos premios en el concurso Koroska v besedi, una nominación a Cuento Esloveno del Año por Sodobnost (2016) y el primer puesto en el concurso de ciencia ficción de Časopis za kritiko znanosti (2019). Su relato "La Ira de la Diosa Ekvorna" apareció en la antología de ciencia ficción y fantasía de Europa del Este The Viral Curtain (2021).

 

 

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