Cristian Mitelman
Cuando
llegó a la aldea de Okugi, Wright seguía pensado en su hija. Habían sido para
él dos semanas en las que había alternado una mezcla de infierno y limbo. Los
médicos le dijeron que seguirían haciendo todo lo que podían, pero esas
palabras (en las que latía cierta impotencia) aumentaron su angustia. Y su
esposa, tal vez porque sabía cuán inútil podía ser su presencia en esos
momentos, le pidió que fuera, que esos tres días no iban a cambiar nada del
asunto, que ella iba a estar al lado de Sofía en todo momento. Y ahora, a un
paso de la aldea, escuchando las palabras de su intérprete, el veterano
profesor Himura, alternaba entre momentos de atención y otros en que la mente
recorría las galerías del hospital, otra vez la misma sala y el diagnóstico de
la fractura craneal y ese coágulo como una especie de invisible dedo de la
muerte.
Al Este se veían las suaves colinas bajo una capa de nieve
que refractaba los primeros colores del día.
Wright había estado ahí por primera vez hacía más de veinte
años. Okugi se había convertido en uno de sus temas de etnología. Había
regresado dos veces. Luego la universidad le confirió otras responsabilidades y
el pequeño villorrio quedó en uno de los suburbios de su carrera académica.
Varias veces había solicitado presupuesto para volver, pero habían venido años
de recortes y peleas políticas más o menos degradantes. A medida que pasaron
los años, sucesivas generaciones de alumnos le preguntaron por qué no
profundizaba sus estudios sobre aquella aldea perdida del Japón, una especie de
páramo en medio de la velocidad tecnológica de una isla pequeña e infinita. A Wright
le costaba responder que la etnología, como cualquier otra ciencia, vive del
dinero. Si quería escribir algo digno, debía regresar a aquella comarca para
dar término a uno de esos trabajos que se convierten en clásicos sin llegar a
salir del ámbito de la universidad: “La vivencia del tiempo y de la muerte en
una comunidad oriental”.
Por fin el proyecto prosperó luego de vencer un tenaz
combate de burocracias y rencillas académicas y ya no pudo volver. Y cuando
estaba por partir, el accidente de su hija venía a demostrarle lo atrozmente
absurdo que pueden llegar a ser los desvelos cotidianos. Iban a ser solamente
siete días.
Estar en el aeropuerto fue un pequeño infierno de culpa y
zozobra. Y luego pensaba, como si fuera una oración protectiva, que en una
semana iba a estar junto a Sofía, que tarde o temprano todo iba a estar bien.
El viaje alternó entre el sueño inducido por un tranquilizante y viejas fichas
en las que había consignado sus experiencias. Las leyó en medio de pensamientos
desordenados. En ellas consignaba la pulcritud de los movimientos; el eterno
hervor del agua en las cocinas, como si el té fuera una ceremonia permanente;
el aroma suave de las flores del cerezo, casi una presencia evanescente; las
tranquilas abluciones al atardecer.
La aldea de Okugi, a diferencia del resto, había
sobrevivido milagrosamente a la segunda bomba atómica. Aunque se encontraba a
pocos kilómetros de Nagasaki, los especialistas habían concluido en que la
existencia del monte Akaishi-dake y la cambiante dirección del viento habían
evitado los efectos atroces de la radiación. La aldea había quedado rodeada por
un escudo de piedra y un vacío atmosférico, o al menos eso era lo que había
convertido a la comarca en la única excepción al fuego devastador que había
descendido de los cielos.
Veinticinco años después del bombardeo, los habitantes de
Okugi gozaban de una salud que contrariaba las inexorables leyes oncológicas.
Una década después, seguían bebiendo de las porcelanas blancas que habían
heredado de los antepasados.
“Ya no voy a encontrar nada de eso”, pensó Wright, “ya
habrán muerto todos o una autopista habrá hecho lo que no pudo la fuerza del
átomo”.
Llegó tarde al hotel y allí pudo descansar un poco mejor.
Tal como había solicitado, el despertador sonó a las siete de la mañana. El
profesor Himura lo conduciría otra vez a la aldea suavemente escarlata, tal
como la conocían por las hayas silvestres que la rodeaban.
Años atrás le había prometido a Sofía que la llevaría. Esas
palabras ahora le parecían singularmente absurdas. Dolorosas. Sintió un poco de
miedo. Las cosas que uno dice pueden volver al cabo de los años de un modo
oscuro.
Descendieron por el camino de los ciruelos. Las hojas secas
se dejaban rozar por el aire frío y provocaban un leve tintineo en el aire.
Wright miró las casas. Se mantenían impertérritas, ajenas a
la modernización que había convertido al país en un arquetipo de la sociedad
moderna. Himura le dijo en un perfecto inglés si quería que lo acompañara en su
diálogo con los lugareños. Wright le respondió con su mediocre japonés que sí,
que iba a precisarlo. Aunque era un hombre que podía leer en varios idiomas, no
había logrado el dominio suelto de ninguna lengua. Como etnólogo lamentaba esta
carencia; sentía que era una valla que se alzaba entre los hombres y él, como
si la única forma que pudiera existir para conocerlos pasara por las
estructuras y las gramáticas.
Una pequeña casa blanca y un anciano que los miraba detrás
del alféizar le hizo recordar que había hablado con ese mismo hombre en las dos
visitas anteriores. Detrás del vidrio, la mirada sonriente no dejaba de
escrutarlo. Wright inclinó la cabeza para saludarlo. Supo que el anciano lo
había reconocido y que iba a abrirle la puerta.
Se saludaron con un susurro. El etnólogo recuperó el
diálogo que habían tenido en aquellas dos ocasiones. El hombre comenzó a
hablarle lentamente; Himura traducía con los ojos semicerrados, como quien
escucha una música que viene de lejos. Parecía que el anciano proseguía con lo
que veinte años atrás le había insinuado: la idea del tiempo como un efluvio de
la mente, una creación que discurre según el cauce que sabemos (o podemos)
darle.
Wright recordó sus conocimientos del Zen; la idea de una
mente que al encontrarse a sí misma se repliega y lograr hallar el vacío. En
sus primeros trabajos monográficos había trazado una distinción crucial entre
el tiempo kantiano y las ideas del zen. Para Kant (o para Occidente) la mente
poseía una temporalidad intuitiva en sí que convergía con ese mundo que estaba
más allá de la conciencia. El tiempo del mundo en sí mismo es inabordable y
sólo es captado por una mente que posee una estructura temporal en sí. Si a un
hombre le quitaran la intuición del tiempo y viera las trasformaciones de un
árbol, no entendería que todo es parte de un mismo continuum. Cada momento
viviría desgajado del resto, en una especie de eternidad del presente.
Pero lo que este hombre decía, dentro de su simpleza, iba
por otro sendero. La mente es la misma temporalidad. Como etnólogo, a Wright
este concepto le parecía una pequeña joya que permitía explicar una de las
tantas formas de encarar la existencia. Como hombre occidental, veía en esta
idea un solipsismo casi animista. Cada hombre pasaba a ser un espíritu con la
capacidad de vivir un tiempo diferente. Le parecía que esta idea rompía los
simples moldes de la lógica. Dos décadas atrás no se había animado a preguntarle
qué temporalidad había en un subte donde todos viajan al unísono. Cortar el
discurso del anciano no era un gesto de cortesía, pero tal vez ya no tuviera la
oportunidad de regresar. Le formuló a Himura la cuestión. Inmediatamente, el
profesor se la tradujo al anciano.
Había una sonrisa tranquila en los ojos del anciano, como
si la pregunta fuera hecha por un alumno poco aventajado al que hay que
comprender en su torpeza.
Dijo que una sola vez en la vida lo habían llevado a Tokio.
Efectivamente, había conocido el subte. Luego esbozó una de esas frases que a Wright
le parecían folklorismos intraducibles: cien hombres en una sola pieza rasgan
las telas del tiempo.
De la cocina provino el sonido de una tetera. El anciano
les pidió que compartieran con él un té de ciruelo. Cumplieron la ceremonia y
salieron nuevamente al sendero. Más al sur, donde comenzaba las estribaciones
graníticas, fueron a la casa de la señora Akiko. Era una de las últimas casas
del poblado y la encontraron barriendo la entrada con una escobilla de mimbre. Una
estela de polvo se adormeció lentamente a sus pies. Era un polvillo blanco, que
contrastaba con el color ceniciento que tenía el otro pedregullo del monte. La
mujer se quedó mirando un sol parecido a una barca estancada en el cielo y les
preguntó si querían pasar.
“Los señores iban a volver y la casa, al igual que siempre,
tiene sus imperfecciones”, les dijo.
Wright había mantenido correspondencia con ella tiempo
atrás y recordaba que alguna vez le había escrito que deseaba regresar a Okugi,
aunque nunca le había dado una fecha certera. Eran mensajes de buenas
intenciones en los que la señora había esbozado algunas ideas que el etnólogo
utilizó luego en una de sus monografías.
En la casa todo se había conservado igual. La foto del
hijo, que había muerto en el Pacífico, se hallaba junto a los ancestros. El
pequeño panteón familiar…
Wright extrajo un papel y se lo acercó a la anciana. Le
preguntó si recordaba. La mujer tocó el papel con alguna indiferencia. Jugueteó
con él y se lo devolvió. Era una esquela que ella le había enviado poco después
de su primer viaje. Con hermosos caracteres había escrito que las piedras
negras del otro del pueblo eran las que no habían vencido al tiempo. Aquella
frase (en la que el profesor intuía una metáfora) podía existir alguna clave de
la subsistencia de la aldea luego del bombardeo. Aunque Himura tradujo la
palabra “metáfora” e intentó una explicación, la mujer se sintió extrañada. Era
un concepto que no pertenecía a su mundo. Wright pensó que para Occidente la
metáfora es una forma retórica; en el Oriente se acercaba más a un razonamiento
cotidiano que formaba parte de la misma realidad del mundo. Una piedra era real
y a la vez la metáfora de otro tipo de existencia.
La mujer se hallaba sumida en un presente que escapaba a lo
que el etnólogo podía explicar. Le mostró una losa rota. Le dijo que era la
misma que había usado el día de la bomba. Allí servía el arroz y las berenjenas
hervidas. Pasó el dedo por la hendidura y le dijo a Wright que hiciera lo
mismo. “Lo importante es que no se ensanche la rajadura”, le susurró a Himura,
“lo importante es que siga tal como estaba; entonces la muerte seguirá junto a
las piedras oscuras”, y señaló al monte con un leve movimiento de manos.
El profesor pensó en su hija. De pronto sintió una especie
de vértigo angustioso. La mujer lo observaba como si estuviera detrás de un
velo transparente. Los dos hombres agradecieron y decidieron marcharse.
Caminaron una hora más por Okugi y luego regresaron a la ciudad.
En el hotel, apenas almorzó. Necesitaba descansar, dormir
un poco. A través del ventanal vio el centelleo de la gran urbe. Al acostarse
se sintió levemente mareado. Empezaba a adormecerse cuando sonó el teléfono. El
conserje le dijo que había una llamada de su país. Sintió un ruido de
interferencia y luego oyó una voz distante. Era su esposa. La reconoció por ese
ligero temblor cuando necesitaba hablarle. Llamaba desde el hospital.
Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.

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