Simonetta Olivo
1.
Es extraño cómo algunos recuerdos
permanecen hundidos en la conciencia durante tanto tiempo que, cuando vuelven a
la superficie, nos resultan ajenos. A los niños les suceden cosas increíbles, a
menudo aterradoras, que es necesario olvidar para poder crecer. Pero una vez
cumplida esa tarea evolutiva, puede ocurrir que baste un sonido, un olor, un
paisaje para rescatar lo olvidado.
En mi caso, fue el olor a cloro de
la piscina al aire libre del resort: llegó de la nariz al cerebro como una
descarga, y lo que había ocurrido aquel día en San Leone emergió, treinta años
después. En ese momento recordé también cómo mis padres hablaban a veces
precisamente en esos términos: de aquel día en San Leone, sin especificar nunca
nada más. Pero eran conversaciones entre adultos, y yo siempre tenía otras
cosas en la cabeza: el fútbol, los deberes, mi compañera de banco.
—¡Papá!
Me sobresalté, y a la memoria se le
añadió algo más que un simple detalle: la sensación particular de que el pasado
puede tener un eco, que se arrastra hasta el presente como una larga e
imparable ola.
La superficie de la piscina
brillaba con la luz de julio, y el fondo azul parecía un cielo invertido. Era
una promesa: de agua fresca, pero no fría, con los cuerpos a medio camino entre
el dentro y el fuera, como los sonidos, a veces fuertes, a veces amortiguados,
lejanos.
Había salido temprano de casa: papá
y mamá estaban a oscuras, encerrados en la habitación, discutiendo incluso
antes de levantar la persiana. Tal vez bastarían unos días de esas vacaciones
para que hicieran las paces. O al menos eso esperaba. Pero no lo pensé mucho:
la escuela había terminado y, por primera vez, tenía permiso para ir solo a la
piscina. Al fin y al cabo, a mis once años me había vuelto más grande de lo que
jamás había imaginado.
Me tiré de cabeza: un escalofrío me
recorrió entero, luego toqué el fondo con los pies (¡el año anterior no
llegaba!), y por último salí a la superficie con el pelo sobre los ojos, listo
para empezar las vacaciones.
Sentado en el borde de la piscina,
con los ojos cerrados y los pies haciendo pequeños chapoteos, escuchaba la
alternancia de las voces, las risas lejanas, los gritos divertidos de los
niños, los llamados de las madres, el sonido grave y fresco de los hidromasajes,
que se encendían y se apagaban a intervalos regulares.
En la parte de la piscina donde el
agua era más baja, una niña rubia con una camiseta de Alicia en el País de las
Maravillas golpeaba el agua con los pies y cantaba. El papá estaba sentado
frente a ella. El hombre asentía y reía, añadiendo a la canción alguna palabra
olvidada por la hija:
Alicia, cuéntanos
tu viaje increíble
al mundo inverosímil
que nadie sabe dónde está
dónde está ese mágico
país que sabes encontrar
más allá de las nubes o en el
fondo del mar
o quizás dentro de ti
La niña se lanzó hacia el padre con
un pequeño salto, se dejó levantar y arrojar al agua, de donde emergió con un
gritito de felicidad.
Entre todos los llamados, hubo uno
más fuerte y recurrente. Era una madre con el pelo negro recogido en una cola y
grandes gafas de sol. Llamaba a su hijo continuamente.
—¡Leooo! ¡Leooo!
Se empeñaba en secarlo, y él se
volvía a tirar al agua. Lo perseguía con algún alimento, el pañuelo para la
nariz, la crema solar, mientras él tenía la habilidad de escabullirse y
refugiarse en el agua, donde evidentemente la mujer no quería entrar, tanto que
se inclinaba para intentar atraparlo, estirándose y alargando la mano, sin
esperanza.
Me divertí un rato observando la
escena. El niño tendría unos seis años, un poco de sobrepeso, y el ingenio para
huir de la madre cuanto más ella lo perseguía.
Una voz a mis espaldas me distrajo.
—Hola. ¿Cómo te llamas?
Era de primaria, a simple vista.
Aunque hubiera querido hacerse pasar por mayor, el bañador de Spider-Man lo
delataba. Le respondí con el tono que los adultos usan con los niños
desconocidos, un poco falso, fingidamente interesado.
—¡Hola! Roberto. ¿Y tú, cómo te
llamas?
—Marco. ¿Querés hacer bombas?
Miré a mi alrededor para asegurarme
de que no hubiera ningún chico de mi edad o (peor aún) alguna chica cerca, y
acepté. Marco era simpático, aunque pequeño, y nos divertimos bastante, hasta
que se cayó, revelando claramente su edad: corrió llorando hacia los padres,
que lo envolvieron en la toalla y le pusieron un helado en la mano, remedio
universal.
Volví a apostarme en el borde de la
piscina, esperando. El sol pegaba fuerte, serían las once; sentía los hombros
ardiendo y los toqué con los labios para comprobar cuánto. Me habría quemado si
mamá no llegaba pronto con la crema. También tenía hambre y no llevaba ni una
moneda: una razón más para desear que llegaran mis padres.
De pronto sentí algo apretarse
entre el pecho y el estómago. No era dolor, sino algo parecido a un pequeño
miedo: no el incendio del susto, sino una llama fina que desde ese centro subía
hasta la garganta. Me pareció entonces que había demasiados ruidos, demasiada
gente, algo excesivo que me pesaba por dentro: las risotadas graves de los
hombres del bar, sus panzas llenas de cerveza cayendo sobre los bóxers, la
música de la baby dance, que un enjambre de niñas bailaba gritando, animadas
por la chica al borde de la piscina, una especie de cosplay de Wonder Woman.
Una nube pasó delante del sol, y
toda la luz de antes se volvió otra cosa: un término medio entre luz y sombra
que agudizó mi angustia. Había sido lindo venir solo; me había sentido grande,
por fin. Pero en ese momento deseaba intensamente que llegaran mis padres.
Quería comprobar que de verdad habían hecho las paces y que me compraran una
coca y un sándwich.
Esa sensación desagradable duró un
rato, hasta que una aleta de tiburón que se deslizaba por la superficie del
agua llamó mi atención. Me recordaba algo… ¡Sí! ¡Los gemelos! El tiburón de
plástico emergió junto con mis amigos del verano anterior; se habían puesto de
acuerdo para mantenerlo hundido de modo que solo sobresaliera la aleta, con la
idea de asustar a las niñas. Yo había hecho el mismo juego con Paolo y Andrea
el verano anterior, tarareando el tu du tu tu du tu du tu du de Tiburón
cada vez que nos acercábamos a la víctima desprevenida.
Dejé de sentir hambre: me tiré al
agua y nadé hacia ellos con mi mejor estilo, para que vieran cuánto había
crecido. Tenían mi edad, pero eran bajos y flacos, como pececillos.
Paolo me reconoció enseguida; se
subió a horcajadas sobre el tiburón y me saludó a los gritos, agitando el brazo
libre. Mientras le devolvía el saludo sentí el agua moverse detrás de mí y una
respiración ruidosa tomar aire a bocanadas. Me giré y encontré, a pocos
centímetros del mío, el rostro de Andrea, igual al del gemelo pero, por algún
motivo, absolutamente suyo. Por instinto di un salto hacia atrás, donde me
esperaba Paolo, que se lanzó sobre mí abandonando el tiburón para agarrarme de
los hombros y hundirme.
Reímos como niños.
Tenían un enorme paquete de papas
fritas, que me ofrecieron bajo su sombrilla. Hundía las manos en la bolsa con
avidez, más seguido que ellos. Paolo hablaba mucho y rápido; Andrea, en cambio,
escuchaba.
—¡Mirá esto! —exclamó Paolo
mostrándome con entusiasmo heroico una cicatriz en el costado—. Estuve en el
hospital para sacarme el apéndice. Dos días. Hasta dormí ahí.
—¡Buenísimo! Yo una vez me operé la
nariz.
—¿Y sabés cuándo fue, Andrea? ¡Una
vez que no cagaba hacía una semana!
Paolo se rio mostrando las papas
masticadas en la boca abierta; Andrea se puso rojo y pareció explotar: le dio
un puñetazo al hermano y luego lo tiró al agua, donde intentó ahogarlo un par
de veces (en realidad era el más fuerte). Pero la pelea duró poco: enseguida parecía
que no hubiera pasado nada y volvimos a hablar de cualquier cosa.
—¿Cómo son los profes de ustedes?
—Más o menos, salvo la de
matemáticas. ¡Pone amonestaciones todos los días a media clase! Y encima me
odia a mí y ama a Andrea. ¡Capaz que está enamorada de él!
Esta vez Andrea no reaccionó; al
contrario, siguió la conversación como si nada.
—Este año fuimos solos a la
escuela, en autobús. Y en casa calentamos el almuerzo en el microondas.
—¡Sí! ¡Y casi derretimos la
Nintendo de tanto jugar a escondidas de mamá!
Paolo era así: le gustaba hacer
chistes y parecer peor de lo que era. Me di cuenta de lo distintos que eran (el
año anterior no lo había pensado): Andrea parecía el más débil, pero en
realidad era el más fuerte; por eso Paolo fanfarroneaba tanto.
—¿Sabes que también tenemos
pistolas de agua? —exclamó Paolo, como quien recuerda de golpe algo
fundamental.
Andrea se puso de pie de un salto y
revolvió en el bolso de playa hasta sacar las pistolas. Me dieron una y
corrimos a la fuente para llenarlas. Delante nuestro estaba la niña de la
camiseta de Alicia, que seguía cantando sin inmutarse mientras llenaba el
baldecito:
Alicia, cuéntanos
tu viaje increíble…
De la canilla salía un hilo de agua
que tardó una eternidad en llegar al borde, y justo cuando la operación parecía
terminada, la niña vació todo en el suelo para empezar de nuevo. Nos miramos
exasperados. Me di vuelta buscando al padre con la mirada, esperando que se
diera cuenta de que había fila. No lo encontré. Andrea se adelantó.
—Nena…
…más allá de las nubes o en el
fondo del mar
o quizás dentro de ti
—¡Nena!
Se dio vuelta y, al vernos a los
tres de pie frente a ella con las pistolas en la mano, se echó a llorar.
En ese preciso momento escuchamos
un grito fuerte:
—¡Maaaaamá! ¡Maaaaamá! ¡Mamáááá!
La niña se calló. Tuve la impresión
de que todos los ruidos de la piscina se habían apagado alrededor de ese
llamado, que continuaba.
Era el niño al que su madre había
estado persiguiendo hasta hacía poco. Tenía la cara deformada por el miedo:
huir de ella había sido solo un juego, y dejar de ser perseguido el
acontecimiento más inesperado. Corría gritando de un lado a otro por el borde
de la piscina, pero nadie llegaba. Todos pensaron que alguien intervendría,
pero nadie lo hizo, hasta que el niño se sentó en el suelo, bajo el sol, y
empezó a llorar en silencio.
No podía apartar los ojos de él,
mientras Paolo y Andrea discutían sobre quién debía darme su pistola de agua.
Recuerdo con claridad que quizá por primera vez en mi vida me puse en el lugar
de otro. Y ese otro pensaba que su mamá había desaparecido para siempre, porque
no podía haber otra explicación para esa soledad.
La llamita de ansiedad de antes se
convirtió en incendio: sentí el corazón latirme en la garganta y la cabeza
liviana. Por un instante me di cuenta de que respiraba con dificultad. Miré
hacia la puerta de la piscina, esperando ver a papá con la toalla al hombro
levantando el brazo para saludarme, y a mamá justo detrás acomodándose el
sombrero de paja y luego persiguiéndolo, refunfuñando un ¿no podías
esperarme?. No los vi. Me dieron ganas de llorar. Pero duró poco, porque ya
no hubo tiempo para nada más.
Otro grito llenó el aire perfumado
de cloro.
Era el de la niña de la canción de
Alicia: llamaba a su papá, y él no llegaba.
2.
En el lapso de media hora
desaparecieron todos los adultos. Ocurrió todo tan rápido que no hubo tiempo de
pedir ayuda a nadie, y al final no quedó nadie a quien recurrir. Los llamados
desesperados y los llantos se sumaron y se agrandaron hasta formar un único
sonido espantoso, que me llenó los oídos durante unos veinte minutos, hasta que
por algún motivo se fue apagando, hasta desaparecer por completo.
Los niños ya no gritaban; alguno
seguía llorando, pero en voz baja.
Andrea se había llevado a Alicia
(no creo que se llamara así, pero desde ese momento la pensé con ese nombre por
culpa de su camiseta) y la había llevado al bar. Para que no llorara le dio un
helado, y después otro, y otro más. Recuerdo que, a pesar de lo extraordinario
de la situación, me sorprendió que hubiera abierto él solo el congelador de los
helados y los hubiera sacado sin pagar. Me pareció una barbaridad. En realidad,
no había nadie en la caja.
Paolo estaba sentado en el borde de
la piscina, la mirada fija en el agua, en silencio. Me acerqué, me senté a su
lado y traté de hablarle.
—¿Qué haces?
No me respondió enseguida. Miró
hacia su hermano y luego escupió al agua. Se hacía el duro, pero se notaba que
tenía ganas de llorar.
—Espero a Andrea. Después nos
vamos, al bungalow.
—Claro. Yo también voy.
En ese instante nos levantamos como
resortes, al mismo tiempo. La idea de irnos de ahí se había vuelto concreta al
decirla. De hecho me asombró no haberlo pensado antes: fuera de la piscina
encontraríamos a nuestros padres, o a cualquier adulto que pudiera intervenir.
En toda esa jornada extraña ese fue el único momento en que pensé con lucidez
que yo y los gemelos no éramos como esos niños: nuestros padres no habían sido
tragados por la cosa que había hecho desaparecer a los suyos, presumiblemente.
Más aún: así como habíamos venido solos, también podíamos irnos. Por qué aparté
esa evidencia y me quedé ahí hasta el final todavía hoy no me queda del todo
claro. Supongo que fue por el trajín enorme que hubo hasta la noche.
Muchos niños empezaron a quejarse
de hambre; les dije que se pusieran en fila y que yo repartiría los sándwiches
del bar. El simple hecho de estar en esa espera ordenada los tranquilizó;
algunos incluso se pusieron a reír y a charlar. Pensé que quizás así se sentían
como en la escuela o en el campamento. Estaba ocurriendo algo normal: formar
una fila, obedecer a alguien; con eso alcanzaba para volver a una especie de
normalidad.
Mientras tanto, Paolo y Andrea
habían llevado a los más chicos al césped, a la sombra. Por turnos, los niños
corrían delante de ellos y ellos tenían que alcanzarlos con las pistolas de
agua: cada vez que el chorro los tocaba, se reían y saltaban como si hubieran
ganado un premio. Alicia y el niño cuya mamá había desaparecido primero jugaban
con tizas de colores: habían dibujado en el asfalto de la zona cercana al bar
una casa y parecían tranquilos permaneciendo dentro de esos límites coloreados.
En el fondo no estaba tan mal estar
sin padres. Habíamos creado una especie de orden. Claro que hacía falta que
nosotros fuéramos un poco más grandes. Pero a esa altura todo parecía ir sobre
ruedas. Salvo que el sol empezaba a bajar. Cuando me di cuenta sentí en el
pecho un apretón helado, que enseguida reprimí, porque un chico de unos ocho
años le estaba pegando a mi amigo de las bombas. Le daba patadas en las
canillas, una tras otra, mientras Marco permanecía inmóvil, la vista en el
suelo, como si estuviera cumpliendo un castigo. En realidad el otro era
realmente grandote y, lo juro, tenía un rayo estilizado rapado en el pelo
cortísimo. El típico matón de primaria. Intervine.
—¿Qué pasa?
Estaba listo para agarrar al
matoncito de las orejas, esperando que no se le ocurriera patearme también a mí
las canillas con esas piernas de futbolista en ciernes.
—¡Dijo que mi mamá no va a volver
más!
Miré a Marco: la cabeza gacha no
logró ocultar una mueca a medio camino entre la sonrisa torcida y la risa. Como
en el juego de las estatuas, recuperó voz y movimiento de golpe.
—¡Sí! ¡Se fue! ¡Porque das asco! Y
en cambio mis padres van a volver ya mismo.
Ante eso el pequeño skinhead empezó
a sorberse la nariz y a apretar la mandíbula. Se esforzó tanto por no llorar
que le empezó a salir sangre de la nariz.
—¡Ve a buscar una botellita de agua
del refrigerador y una servilleta!
Me dirigí a Marco como el capitán
de un barco se dirige a la tripulación; debí sonar convincente, porque se borró
la expresión de quien ha ganado un duelo y salió corriendo como una liebre al
quiosco.
Me acordé de lo que siempre hacía
mi mamá cuando me sangraba la nariz, y usé exactamente las mismas palabras:
—Bueno, ahora debes mantener la
cabeza un poco hacia atrás; te mojo la frente con un poco de agua fresca, y tú te
aprietas la nariz justo acá, con el pañuelo.
—¿Di… di… decía una mentira, no?
Fulminé a Marco con la mirada para
que entendiera que era mejor que se callara.
—Claro. Una mentira. Pero ahora no
hables, que si no te vuelve a salir sangre.
Me di cuenta de que yo y los
gemelos éramos lo más parecido a un adulto que tenían esos niños, algunos de
los cuales eran apenas unos meses menores que nosotros. A esa conciencia se le
sumó un temor que creció hora tras hora, mientras el cielo resbalaba hacia la
tarde y se oscurecía. ¿Y si después de los adultos le tocaba el turno a los más
grandes? Ese pensamiento me torturaba; un par de veces miré hacia la reja de la
piscina pensando en escabullirme. Pero siempre había un compromiso más
importante, una tarea nueva necesaria para sostener ese tinglado sin que nadie
se lastimara, o alguien que me tiraba de la camiseta para pedirme que lo
llevara a hacer pis al baño.
Mi temor se volvió certeza cuando
ya no se encontró rastro de Andrea.
3.
Organizamos la búsqueda: Paolo y yo
en los vestuarios; Marco y el skinhead detrás del bar. Cuando quedó claro que
el gemelo no estaba en ninguna parte, Paolo se transformó. Palideció tanto que
parecía un fantasma, y con ese rostro blanco, impresionante, se quedó inmóvil y
sin expresión durante unos minutos, como congelado. De pronto se puso a
sollozar ruidosamente, con una especie de grito ronco entre un sollozo y el
siguiente. Me acerqué para tranquilizarlo, pero él saltó hacia atrás como si yo
fuera un escorpión a punto de picarlo; corrió llorando hacia la puerta de
salida. Por un instante me sentí aliviado: tal vez no era mala idea ir a ver
qué estaba pasando afuera. Pero Paolo se detuvo en seco, como si hubiera
chocado contra un muro invisible que le impedía avanzar. Si Andrea hubiera
estado, es probable que hubiera atravesado ese obstáculo y habría salido
corriendo. Pero solo no podía: afuera, entre las ramas de los árboles que
rodeaban la piscina, avanzaba una sombra que se parecía a la oscuridad.
Alicia me tiró de la manga.
—¡Llora! ¿Se hizo daño?
La tomé de la mano.
—No, tiene un poco de miedo.
A mi respuesta, Alicia empezó a
quejarse y a pedir por su papá; y tras ella todos los demás niños volvieron a
ponerse mal, aferrándose a mí entre lágrimas y mocos. Mierda, pensé: nunca hay
que decirles la verdad a los niños.
La tarde se iba tiñendo de noche.
El agua de la piscina ya no era azul, ningún rayo de sol hacía brillar la
superficie, y todos nos manteníamos lejos, como si ese gris pudiera tragarnos.
Paolo seguía inmóvil frente a la
reja; no se había movido de ese punto, donde parecía plantado como una estatua.
De pronto gritó, con voz ahogada:
—¡Están llegando! ¡Están llegando!
Todos, yo incluido, entendimos lo
inevitable: las criaturas monstruosas que se habían llevado a los padres y a
Andrea avanzaban con la oscuridad y venían a llevarnos también a nosotros. Los
niños se apretaron contra mí como si yo pudiera evitar lo peor. Yo quería
llorar y salir corriendo, pero logré contenerme porque yo era el grande.
Más allá y dentro de la piscina no
había más que oscuridad, y en la ausencia de luz se juntaban y se movían
arrastrándose bestias negras que habían olfateado nuestra soledad y venían a
alimentarse del miedo. Dicen que los adultos no ven los monstruos que persiguen
a los niños por la noche. De golpe tuve la certeza de que nosotros sí los
veríamos, y de que a los padres les habían ahorrado ese horror: simplemente
habían desaparecido, y a nosotros nos tocaría todo el horror del mundo.
Alicia se aferró a mi pierna:
lloraba con un jadeo sofocado, como un animalito atrapado. Nos apretamos unos
contra otros. El viento sacudió los árboles que emergían de la oscuridad con
ruido de hojas y de noche, y luego el silencio cayó sobre la piscina.
En esa inmovilidad pensé en todos
los superhéroes de mis cómics de Marvel: ¿se rendirían así? No. Miré alrededor
buscando una vía de escape para todos. Si hubiéramos tenido armas, no habríamos
sabido usarlas. Si nos separábamos corriendo, nos atraparían uno por uno,
despedazándonos en un rincón.
Los más pequeños tenían un único
pensamiento: su mamá, a la que llamaban en voz baja, como si pudiera aparecer
de golpe y llevarlos a la luz segura de la cocina de su casa, donde nada malo
podía ocurrir. Yo era uno de ellos, pero mi diferencia –estar en el borde entre
la infancia y la adolescencia– me permitía observarlos desde afuera: sentí una
pena enorme.
Entonces vi las tizas de colores en
el suelo.
Todavía era lo suficientemente
chico como para saber que el horror tiene límites, que solo los niños saben
trazar.
—¡Las tizas! ¡Marco, agarra las
tizas!
Me miró con cara interrogativa.
—¡Vamos! Empieza de ese lado, yo de
este. ¡Hagamos una línea alrededor de todos!
Me había acordado del juego de
Alicia y en ese momento estuve seguro de que podía funcionar: la línea de
colores nos serviría de escudo contra el horror que avanzaba. No era un
pensamiento normal, pero nada lo era ese día.
Ya era casi de noche cuando vimos a
Paolo correr hacia afuera como un loco, directo hacia los monstruos que lo atraparían.
Ordené a todos los niños que permanecieran inmóviles y en silencio dentro de
los límites de tiza. Por instinto, nos tomamos todos de la mano.
No sé cuánto tiempo estuvimos así.
¿Segundos? ¿Horas? El tiempo estaba deformado por el miedo.
Apareció una lucecita, lejos, que
fue creciendo hasta iluminar el césped, después el agua y por último a
nosotros.
Era una linterna.
Detrás estaban Andrea y Paolo,
sonriendo junto a una mujer, sin duda su madre.
Y mis padres. Papá levantó el brazo
para que lo viera; mamá dejó caer la cartera y echó a correr.
4.
Nos fuimos esa misma noche, después
de poner a los niños a salvo. Nunca supe qué había ocurrido de verdad, ni si
todos los adultos desaparecidos volvieron alguna vez. Una vez un tipo me hizo
un montón de preguntas; creo que era un policía: le conté todo lo que había
pasado, excepto lo de las tizas. En el momento me había parecido una idea
genial y, quién sabe, tal vez lo fue, pero con el paso de los días y las
semanas me pareció cada vez más una tontería.
No volví a pensar en lo que había
ocurrido en San Leone durante décadas, hasta que el olor a cloro y el llamado
de mi hijo se entrelazaron y formaron una red para atrapar ese recuerdo.
La superficie de la piscina
brillaba con la luz de julio, y el fondo azul parecía un cielo invertido. Alcé
a mi hijo en brazos; se rio y se retorció sin lograr soltarse. Al grito de
¡Booomba! caímos al agua.
Durante unos instantes estuvimos
bajo la superficie, donde solo se ven sombras y los sonidos se vuelven otra
cosa, incomprensible y lejana.
Cuando salimos a la superficie, unidos en un solo cuerpo, el mundo regresó de golpe, entero.
Simonetta Olivo vive y trabaja en
Trieste. Ha publicado sus relatos en las series Urania y Millemondi Urania
(Mondadori), así como en la revista Robot (Delos Books). Es autora de los
libros de relatos Fantafiabe (Delos Digital, 2018) e Insogno
(Delos Digital, 2019). En 2019, publicó cuatro microrrelatos con Words Without
Borders bajo el título "Microverses" y fue editora y autora de la
antología Atterraggio In Italia (Delos Digital). Sus cuentos han
contribuido a las antologías Fantatrieste (Kipple Officina Libraria,
2020), 2050 – Quel che resta di noi (Delos Digital, 2021), La
boutique degli incanti (Delos Digital, 2022) y Universi smarriti. Il
meglio della scienza italiana indipendente. (Delos Digital, 2023), L’Italia
del soprannaturale (Edizioni Scudo, 2023), Dormono sulla collina – Tra
Masters e De Andrè (Kipple Officina Libraria, 2023). En 2024, Delos Digital
publicó la antología personal L’ultima estate del mondo y la novela
corta Vita Nova. La misma editorial también publicó la antología S/Confinati,
de la que es editora, en julio de 2024.

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