Víctor Lowenstein
Son
las tres de la tarde del sábado veintidós de enero de 2006. Es un día cálido y
tranquilo. No vuela una mosca. Estoy sentado en la cama del cuarto que he
alquilado sólo con un fin. Ese fin es esperar. No ignoro que desde el otro lado
de la ciudad alguien se moviliza para venir a mi encuentro. Cruza en bote el
Docke, o ya tomó el ómnibus hasta la General Paz, o quizá el treinta y nueve lo
esté trayendo a provincia, donde le restará caminar las siete cuadras que lo
separan del hotel en el que paro. Tal vez esté ya desandando a pie este último
trayecto que lo conducirá hasta mí.
Espero, en silencio.
Estoy tan quieto
que empiezo a verme como si estuviera dentro de una película. O dentro de una
gran caja monitoreada. La cámara me enfoca de arriba, casi desde el techo (creo
que en cine se le llama toma cenital) y veo al tipo sentado tocándose las rodillas
y haciendo algunos movimientos nerviosos; todo el cuerpo lo tiene quieto y a la
vez urgido por esos pequeños tics que denotan una zozobra interna.
La cara lo dice
todo. Tiene los ojos como después de un largo insomnio, desorbitados en los mil
puntos invisibles que llenan la vacuidad del cuarto. Ordinario, sin muebles más
que la cama de una plaza sobre la que desespera. Veo sus mejillas transpiradas.
La tensión en la carótida se hace visible al volver el rostro hacia la puerta
en la que creyó oír un golpe. Falsa alarma. Aún no llega la hora en que deba
levantarse para recibir a su visitante, y puede permanecer un rato más en la
dudosa comodidad que me brinda el colchón.
Toda espera es una estrategia inocua para burlar la muerte.
Torpe excusa que dota de un sentido pasajero a la inanidad de los hechos. Hoy
espero, eso da propósito al día.
Camino; doy cortos paseos a
lo ancho del espacio entre la cama y la pared, frente a la puerta. No se oye
nada además de mis pasos. Los pensamientos se suceden en mi conciencia, que los
descarta con la misma ansiedad con que busca otros.
Creo que el horror es esto: desesperar en pensares que se
suceden en procura de no sé qué magia resolutiva; pretextar llegar quien sabe
dónde sin haber salido de donde siempre estuvimos, es decir en la ignorancia.
Entonces concluyo que
esperar es horroroso.
¿Y mi amigo, que no viene?
Por momentos me olvido completamente de él. Por consiguiente,
de mi esperar. Entonces deja de existir. No en mi memoria, mas si en el
presente en el que hasta la espera pasa a otro plano. Son instantes fugaces que
no obstante constituyen mi vida, porque la vida son momentos, y éstos están
llenos de matices, y el presente es un concepto ridículo ya que hace una hora
estaba abúlico y hace dos segundos horrorizado; ahora mal que mal aburrido, y
es en una de esas extrañísimas circunvoluciones que realizo entre la cama y la
pared que siento que no existe otra cosa más que mis pasos en este rincón del
cuarto, y lo que cuenta es el poder de duración que puedan tener algunos
pensamientos con los que paso el tiempo, porque la mente trabaja sola y no
sabría como parar de pensar todo lo que llega a mi conciencia.
Doy un paso detrás del otro
pero no avanzo a ninguna parte. Mi inquietud en cambio se eleva en una in
crescendo que sube no sé si hacia ningún lado o con trayectoria definida,
quisiera de verdad especular un destino posible para mi sentimiento, pero ni
eso puedo.
Me miro. Quiero decir lo que puede verse de mí, lo que creo
ser. No será ninguna maravilla pero siempre estuve conforme con esta cara.
Envejece con demasiada rapidez para mi gusto, pero basta un poco de descanso y
un baño para verme mejor. Hoy es un mal día. La piel pálida, parece exudar un
sudor frío; una especie de pátina grasosa que envuelve el semblante como una
bolsa de plástico que se pegotea al rostro y le impide respirar. Me cuesta
hacerlo.
El aire es rancio cuando la
existencia se torna irrespirable.
La ventana no abre. La persiana se ha atrancado y la cinta
para izarla está inutilizada. Probé, pero sólo conseguí ensuciarme las manos.
Los marcos están herrumbrosos. La cortina hiede de podrida. Estoy en una
maldita cárcel.
Padezco la tristeza del blues
man. Me pregunto si el lapso que dura un rapto de melancolía puede ser
infinito. Si existe un tiempo fijo, un estado de gracia donde no exista algo
como un transcurrir, el después de hora. Conozco esos raros momentos poéticos,
esos agujeros negros de la realidad en que como ahora, soy capaz de olvidar la
cercanía de mi visitante; la estancia penosa en este cuarto rentado. La espera.
¿Y si lo que soy es este ambulante pasajero del hotel barato
que ocupa un cuarto para esperar a un amigo que le traerá la mercancía o la
mala noticia, me da lo mismo, no me produce más extrañeza que ver un perro
muerto en la calle? Pobre perro, pero todos acabaremos muriéndonos.
Lo veo detenerse. Acercarse a la puerta boquiabierto. Mierda,
tanto elucubrar me perdí de prestar atención a un posible golpe en la puerta. El
hombre palidece, horrorizado. Se paraliza su corazón.
Es un antiguo miedo que emerge
desde el fondo.
Se ha hecho ya muy tarde. Tal vez demasiado. Un destiempo
inesperado o indeseado pudo haber estropeado la cita. Los minutos cuentan. Un
error podría ser irreparable. Sin estar del todo seguros de que alguien ha
golpeado por segunda vez a la puerta, ya que estoy bastante nervioso, veo cómo me
apresuro por correr a abrirla.
Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”. Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird, y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

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ResponderEliminarExcelente!