miércoles, 31 de diciembre de 2025

LA ESPERA Y EL DESTIEMPO

Víctor Lowenstein

 

Son las tres de la tarde del sábado veintidós de enero de 2006. Es un día cálido y tranquilo. No vuela una mosca. Estoy sentado en la cama del cuarto que he alquilado sólo con un fin. Ese fin es esperar. No ignoro que desde el otro lado de la ciudad alguien se moviliza para venir a mi encuentro. Cruza en bote el Docke, o ya tomó el ómnibus hasta la General Paz, o quizá el treinta y nueve lo esté trayendo a provincia, donde le restará caminar las siete cuadras que lo separan del hotel en el que paro. Tal vez esté ya desandando a pie este último trayecto que lo conducirá hasta mí.

Espero, en silencio.

Estoy tan quieto que empiezo a verme como si estuviera dentro de una película. O dentro de una gran caja monitoreada. La cámara me enfoca de arriba, casi desde el techo (creo que en cine se le llama toma cenital) y veo al tipo sentado tocándose las rodillas y haciendo algunos movimientos nerviosos; todo el cuerpo lo tiene quieto y a la vez urgido por esos pequeños tics que denotan una zozobra interna.

La cara lo dice todo. Tiene los ojos como después de un largo insomnio, desorbitados en los mil puntos invisibles que llenan la vacuidad del cuarto. Ordinario, sin muebles más que la cama de una plaza sobre la que desespera. Veo sus mejillas transpiradas. La tensión en la carótida se hace visible al volver el rostro hacia la puerta en la que creyó oír un golpe. Falsa alarma. Aún no llega la hora en que deba levantarse para recibir a su visitante, y puede permanecer un rato más en la dudosa comodidad que me brinda el colchón.

Toda espera es una estrategia inocua para burlar la muerte. Torpe excusa que dota de un sentido pasajero a la inanidad de los hechos. Hoy espero, eso da propósito al día.

Camino; doy cortos paseos a lo ancho del espacio entre la cama y la pared, frente a la puerta. No se oye nada además de mis pasos. Los pensamientos se suceden en mi conciencia, que los descarta con la misma ansiedad con que busca otros.

Creo que el horror es esto: desesperar en pensares que se suceden en procura de no sé qué magia resolutiva; pretextar llegar quien sabe dónde sin haber salido de donde siempre estuvimos, es decir en la ignorancia.

Entonces concluyo que esperar es horroroso.

¿Y mi amigo, que no viene?

Por momentos me olvido completamente de él. Por consiguiente, de mi esperar. Entonces deja de existir. No en mi memoria, mas si en el presente en el que hasta la espera pasa a otro plano. Son instantes fugaces que no obstante constituyen mi vida, porque la vida son momentos, y éstos están llenos de matices, y el presente es un concepto ridículo ya que hace una hora estaba abúlico y hace dos segundos horrorizado; ahora mal que mal aburrido, y es en una de esas extrañísimas circunvoluciones que realizo entre la cama y la pared que siento que no existe otra cosa más que mis pasos en este rincón del cuarto, y lo que cuenta es el poder de duración que puedan tener algunos pensamientos con los que paso el tiempo, porque la mente trabaja sola y no sabría como parar de pensar todo lo que llega a mi conciencia.

Doy un paso detrás del otro pero no avanzo a ninguna parte. Mi inquietud en cambio se eleva en una in crescendo que sube no sé si hacia ningún lado o con trayectoria definida, quisiera de verdad especular un destino posible para mi sentimiento, pero ni eso puedo.

Me miro. Quiero decir lo que puede verse de mí, lo que creo ser. No será ninguna maravilla pero siempre estuve conforme con esta cara. Envejece con demasiada rapidez para mi gusto, pero basta un poco de descanso y un baño para verme mejor. Hoy es un mal día. La piel pálida, parece exudar un sudor frío; una especie de pátina grasosa que envuelve el semblante como una bolsa de plástico que se pegotea al rostro y le impide respirar. Me cuesta hacerlo.

El aire es rancio cuando la existencia se torna irrespirable.

La ventana no abre. La persiana se ha atrancado y la cinta para izarla está inutilizada. Probé, pero sólo conseguí ensuciarme las manos. Los marcos están herrumbrosos. La cortina hiede de podrida. Estoy en una maldita cárcel.

Padezco la tristeza del blues man. Me pregunto si el lapso que dura un rapto de melancolía puede ser infinito. Si existe un tiempo fijo, un estado de gracia donde no exista algo como un transcurrir, el después de hora. Conozco esos raros momentos poéticos, esos agujeros negros de la realidad en que como ahora, soy capaz de olvidar la cercanía de mi visitante; la estancia penosa en este cuarto rentado. La espera.

¿Y si lo que soy es este ambulante pasajero del hotel barato que ocupa un cuarto para esperar a un amigo que le traerá la mercancía o la mala noticia, me da lo mismo, no me produce más extrañeza que ver un perro muerto en la calle? Pobre perro, pero todos acabaremos muriéndonos.

Lo veo detenerse. Acercarse a la puerta boquiabierto. Mierda, tanto elucubrar me perdí de prestar atención a un posible golpe en la puerta. El hombre palidece, horrorizado. Se paraliza su corazón.                          

Es un antiguo miedo que emerge desde el fondo.

Se ha hecho ya muy tarde. Tal vez demasiado. Un destiempo inesperado o indeseado pudo haber estropeado la cita. Los minutos cuentan. Un error podría ser irreparable. Sin estar del todo seguros de que alguien ha golpeado por segunda vez a la puerta, ya que estoy bastante nervioso, veo cómo me apresuro por correr a abrirla.


Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

 

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TRES VENTANAS