martes, 3 de marzo de 2026

EL DESEO DEL PASADO

Simonetta Olivo

 

—Mamá, apóyate aquí, que si no te resbalas.

Mi madre camina con pasos lentos, cortos, concentrada como una gimnasta en las olimpiadas. La oigo jadear. El calor de agosto nos asalta y pega la ropa a la piel: la suya, pálida, tensa, seca, por momentos invadida por manchas de la edad; la mía, apenas dorada, con arrugas incipientes y alguna flacidez vergonzosa escondida bajo el pareo.

—¿Has traído la crema solar?

—Sí, mamá.

—¿Y la fruta?

—También. ¿No hace un sol precioso hoy?

—Demasiado calor. Este es el último año que vengo.

Siempre dice lo mismo, cada verano, desde que papá ya no está: este es el último año que vengo. Pero luego en agosto regresa. A estas alturas, pienso que quizá apuesta por una partida suya que se adelante al verano siguiente.

El socorrista nos espera cada mañana, la sombrilla ya abierta, para ayudarme a acomodar a mamá en la tumbona sin que ninguna de las dos se rompa. Ya ni siquiera puede leer los periódicos, así que desde esa posición no le queda más que mirar hasta donde alcanza la vista y contarme sus historias, siempre las mismas.

—Cuando era pequeña, en verano ayudaba a mi padre en la tienda: a despachar el pan, a hacer las cuentas, a limpiar el suelo. ¡No existían las vacaciones! Conocimos a algún veraneante: venía al pueblo vecino al nuestro a tomar el aire. Pero eran ricos y pensaban todo distinto que nosotros. Vi el mar por primera vez a los nueve años, cuando me enviaron a una colonia porque la abuela Irma se estaba muriendo y no había tiempo para ocuparse de los niños. ¡Las maestras de la colonia eran realmente malas! Y nunca había nada decente para comer. La primera vez que me fui de vacaciones me llevó tu padre: tú todavía no habías nacido. Nos quemamos tanto que no podíamos dormir, pero me gustaba mucho comer pescado en la pensión… ¿cómo se llamaba? Da Irene, pensión Da Irene.

Los recuerdos de mamá nacen unos dentro de otros y se multiplican como burbujas de jabón, desordenados y evanescentes. Es como si no pudiera quedarse en una imagen más que unos segundos, porque el flujo de la memoria la arrastra enseguida a otro lugar, como a una náufraga a merced de las corrientes. Normalmente la escucho un poco, asiento, finjo no haber oído nunca esa historia, pero dentro de un tiempo ya calculado sé que debo cortar y cambiar de tono, antes de que empiece a llorar como una niña.

—Voy a darme un baño.

—¿No estará movida el agua?

—No, mamá.

—Sal pronto, que no se te pongan los labios azules.

¡Esa historia de los labios azules! Cuando era niña me había convencido: a esa señal empezaba un desmayo y había que salir deprisa del agua, antes de morir ahogada. Quizá entonces se lo inventó para que regresara a la sombrilla, pero es evidente que en algún momento empezó a creerlo, y el hecho de que yo tenga casi cincuenta años no hace menos urgente su advertencia.

Preocuparse por mi supervivencia siempre ha sido su manera de llenar la ausencia de una relación explícitamente amorosa. Mi madre nunca ha sido afectuosa, ni conmigo ni con nadie. Su cuerpo anguloso no me provoca más que una sensación de extrañeza y un incómodo deseo de mantenerlo a distancia. Es algo desconocido: cuesta creer que me haya llevado dentro.

Mis hijas me enseñaron, a pesar mío, a ser distinta de ella: me abrazaron, me besaron, mamaron de mí, se instalaron en mi cama, me pidieron las buenas noches, que les repitiera mi amor cada día, cada mañana; hicieron de su vínculo palabras y gestos que aprendí como una lengua extranjera. Así me sentí con todo el derecho de recordarles, a veces enfadada, a veces en broma, que habían salido de mi vientre. De todo lo que aprendí sobre los cuerpos como madre, más que como hija, ese fue el hecho más desconcertante y definitivo. Así como no se puede volver al útero, tampoco es posible retroceder desde la experiencia de haber tenido otro cuerpo dentro del propio. A veces me pregunto cómo fue posible, para mi madre, ponerme tan lejos después de haberme tenido dentro.

La arena húmeda primero me hace cosquillas en los pies, luego los hunde un poco en el encuentro con el mar. La humedad distorsiona la luz, que tiembla y se oscurece mientras me vuelvo hacia la sombrilla para saludar a mamá.

Inclinada hacia delante en el esfuerzo por verme, parece una niña sin gafas: se ha vuelto tan pequeña en los últimos años, desde que murió papá... Al mirarla ahora, cualquier pensamiento sobre su incapacidad de mostrarme amor me parece tonto y cruel. Ojalá hubiera hecho por ella lo que mis hijas hicieron por mí. Pero es tarde. Yo también he envejecido.

El agua está apenas fresca. El alivio se vuelve una pequeña descarga cuando llega al vientre, pero enseguida pasa: me pongo la máscara y me sumerjo. Me gusta nadar con los ojos abiertos. Sobre todo, amo el silencio del mar. Al principio, cuando se está cerca de la orilla, quedan sonidos lejanos y amortiguados, pero ya no se entienden las conversaciones en la superficie; es como una lengua que de pronto se vuelve ajena. Poco a poco algún golpe, luego, mar adentro, solo el agua. De vez en cuando salgo a respirar. Los bancos de peces son siempre una sorpresa; a veces me dan miedo, como si pudieran engullirme y apretarme.

Es allí, lejos de todo, donde me siento verdaderamente yo, fuera de cualquier papel o impostura que haya asumido en mi vida, sin deseo ni deber, inmersa en un presente perfecto y silencioso. El tiempo tiene otra duración y el cuerpo ya no es un estorbo pesado y deteriorado.

Cuando era niña imaginaba quedarme en el fondo del mar por alguna magia indefinida; era una persona especial que podía vivir bajo el agua, sin hablar, con el cabello extendido alrededor del rostro como una corona; era como un delfín, más que eso: me convertía en un ser distinto, que no pertenecía ni a un mundo ni al otro, con enormes poderes que fingiría no poseer una vez en tierra firme.

Imagino que esta idea, la de ser especiales, atraviesa la mente de muchos niños, alimentándola a veces.

Recuerdo con nitidez las veces que llevaba un dibujo a mamá pensando que era realmente bonito. Ella apenas apartaba la vista de la revista o del televisor y asentía con una sonrisa fingida.

—Bonito.

Nada más.

Después intenté mostrar otras cosas: excelentes notas, novios que pudiera aprobar, un cuerpo delgado. Pero nada atrajo realmente su mirada hacia mí. Ni siquiera los cortes en los brazos, el vómito de alcohol, los cigarrillos bien visibles. Tras un breve paréntesis de adolescencia desesperada, volví a llevarle un bonito dibujo de mí: el concurso, la cátedra, un marido, dos hijas.

 

Salir del mar es como un despertar: el sol calienta e ilumina las gotas de agua sobre mi cuerpo, que resbalan despacio desde el cabello, por los labios, por los brazos, volviéndose aire fresco, respiración. Las piernas avanzan con dificultad, como si tuvieran que reencontrar una dimensión y un ritmo perdidos hace tiempo, pero no olvidados. Los ruidos regresan todos juntos: los golpes de los balones en el agua, el bullicio de los niños, el hombre que grita:

—¡Coooco, coooco! ¡Coooco bonito!

A las voces se suma la de mamá, que me llama y agita el brazo desde la orilla, de pie. Con el bañador amarillo y el amplio sombrero de paja parece una estrella de revista.

Ha ocurrido algo: mamá es distinta, parece más joven. Quizá porque ahora trabaja de dependienta en Upim; se nota que estaba cansada de quedarse en casa. Sin embargo, sigue insistiendo con la historia de los labios azules. Me miro las yemas de los dedos: mala señal, están llenas de marcas. Me lo dirá.

Después del baño, siempre llega el melocotón. No logro imaginar nada más delicioso. En la boca aún queda el sabor salado del mar y la pulpa es más dulce que un helado, con el jugo que moja las mejillas y las manos para caer luego en la arena y dejar pequeñísimos agujeros más oscuros, que se secan y desaparecen en un instante.

—¿Puedo ir a jugar?

—No, quédate un rato bajo la sombrilla, que el sol pega fuerte.

—¿Puedo ir al bar a escuchar la gramola?

Mamá levanta la vista del crucigrama.

—Ahora lee un poco.

Esta historia de leer empezó este año. Dice que sirve para la cultura, para la universidad, que no debo ser dependienta como ella. Pero no sé qué es la universidad, y trabajar en Upim me gustaría: podría ir a mirar siempre los juguetes del piso de arriba y volverme guapa como las compañeras de mamá, con tacones y permanente.

El libro huele bien, a nuevo; lo compramos en los puestos de la plaza, costaba poco. Se titula Kim y habla de aventuras. Me tumbo boca abajo sobre la toalla. La arena es suave, se adapta a mi cuerpo, es mejor que una cama, solo que se mete en las páginas, las invade, y cuanto más soplas más llega, así que espero a que mamá y papá se vayan a pasear para ocupar la tumbona, donde la arena, sin embargo, se vuelve áspera entre el plástico y la piel.

Regresan con un bollo relleno que como en pequeños mordiscos para que dure más: a las mejillas pegajosas del melocotón se añade el azúcar glas.

—Ve a lavarte la cara, que no se te puede mirar —dice mamá.

Me pongo de pie como un soldadito.

—¿Y después puedo ir al bar a escuchar la gramola?

Mamá se ajusta el sujetador del bañador, le pasa la crema a papá y me mira por debajo de las gafas oscuras.

—¿No te parece que gastas demasiadas moneditas?

—Vamos, déjala. Toma, te doy yo las cien liras.

Antes de que cambien de idea ya estoy corriendo por la pasarela, que quema bajo los pies.

El bar es un carrusel de granizados de colores que giran, carteles de helados y tazas de capuchino que chocan en su recorrido. El olor a crema de coco de las señoras es más fuerte cerca del mostrador, donde se agolpan con las espaldas rojas marcadas de blanco por el bañador. Releo todos los títulos de las canciones, el de arriba y el de abajo de cada botón. ¡No sé cuál elegir! Pero otra niña avanza con su moneda en la mano y la idea de que me quite el turno acelera mi decisión.

Canto toda la canción, que sé de memoria, en voz baja, apoyada en la gramola, mirando de reojo a los niños que toman helado. Me pregunto si este verano tendré algún amigo. El año pasado había una niña que venía a nuestra sombrilla; incluso trajo su toalla. Fue extraño: siempre estábamos solo nosotros, yo, papá y mamá, excepto cuando venían en Navidad los tíos y primos de la Toscana. Con mi amiga del mar construí una pista para canicas, así que mamá se convenció de comprármelas por la noche en el pueblo. Aún las tengo todas, y la más bonita tiene cuatro colores dentro.

Cuando regreso a la sombrilla es casi mediodía; cuesta estar al sol, nos apretamos en la sombra, que se ha vuelto pequeña y caliente.

—¿Esta tarde vamos en el pedal?

Lo pido desde el año pasado; me gustaría muchísimo.

—Ya veremos. Ahora ve a mojarte un poco más, que hace calor.

Mamá responde siempre lo mismo a todo: ya veremos. ¡Si pudiera decidir yo! Si pudiera… Mientras entro en el mar paso junto al pedal y oigo el agua golpear contra él. Me vuelvo hacia la sombrilla: nadie me mira. Me acerco, toco las barras de hierro, lo sacudo un poco. Por un instante pienso que podría al menos sentarme encima, solo un momento, sin que nadie se dé cuenta. Pero el corazón me late fuerte en la garganta y me detiene.

Corro hacia el agua hasta que me llega a las caderas, luego vuelvo a mirar el pedal. ¡Cuánto me gustaría subir! En ese instante me parece que nunca he deseado nada con tanta intensidad.

No sé por qué, pero me dan ganas de llorar.

Con la boca abierta tomo todo el aire que puedo y me sumerjo bajo el agua.

 

Cuando salgo del mar, el sol quema la piel.

Mamá insiste en que le traiga un polo de menta.

—¿Sabes? Cuando yo era niña los polos no existían. La abuela hacía sirope de saúco y en verano vertía un poco sobre hielo. Luego llegaron los helados, pero solo a las ciudades. Cuando fui a la secundaria había un heladero cerca de la estación de autobuses. Tenían dos sabores, fresa y limón. En verano, para refrescarnos, íbamos a bañarnos al río, todos los chicos del pueblo juntos, y competíamos para ver quién se atrevía a meterse bajo la cascada. La primera vez que me fui de vacaciones me llevó tu padre: tú todavía no habías nacido. Nos quemamos tanto que no podíamos dormir, pero me gustaba mucho comer pescado en la pensión… ¿cómo se llamaba?

—Da Irene. Todavía existe, ¿sabes?

Veo que ante esa noticia su mirada se pierde. Mamá parece quedarse inmóvil, desconcertada de que algo del pasado siga existiendo.

—¡Mira que el polo te está goteando en la mano!

Sin pensarlo, saco un pañuelo del bolso y le limpio la mano. Se ríe; ese contacto la incomoda.

—¡Dios mío! Mira lo que he hecho…

Le paso el pañuelo para que lo haga ella misma.

—No importa, mamá. De verdad.

Me vuelvo hacia el mar.

En un instante, todas las imágenes se suman y se multiplican: las mías, las suyas, las nuestras.

Las de papá.

El socorrista arrastra un pedal hasta la orilla. Siento su olor, la consistencia del hierro, el ruido del mar al pasar por debajo.

El deseo del pasado me arrolla, como una ola.

Simonetta Olivo vive y trabaja en Trieste. Ha publicado sus relatos en las series Urania y Millemondi Urania (Mondadori), así como en la revista Robot (Delos Books). Es autora de los libros de relatos Fantafiabe (Delos Digital, 2018) e Insogno (Delos Digital, 2019). En 2019, publicó cuatro microrrelatos con Words Without Borders bajo el título "Microverses" y fue editora y autora de la antología Atterraggio In Italia (Delos Digital). Sus cuentos han contribuido a las antologías Fantatrieste (Kipple Officina Libraria, 2020), 2050 – Quel che resta di noi (Delos Digital,  2021), La boutique degli incanti (Delos Digital, 2022) y Universi smarriti. Il meglio della scienza italiana indipendente. (Delos Digital, 2023), L’Italia del soprannaturale (Edizioni Scudo, 2023), Dormono sulla collina – Tra Masters e De Andrè (Kipple Officina Libraria, 2023). En 2024, Delos Digital publicó la antología personal L’ultima estate del mondo y la novela corta Vita Nova. La misma editorial también publicó la antología S/Confinati, de la que es editora, en julio de 2024.

 

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