Petra Rapaić
La presentación fue
tan exitosa que algunos invitados aplaudieron con las cuatro manos. El sonido
fue ensordecedor. Ikava sonreía con amplitud, deslumbrada por los flashes de
los drones mediáticos, y con sabiduría se guardó la respuesta a la pregunta acerca
de qué venía después.
—Qué ingenioso es el concepto de
que la gente no cree en ángeles porque no hay pájaros en Tuđinske —dijo
Kvanon, periodista de Kserks—. ¿Nos espera otra aventura en este planeta
alienígena? Quizás quieras centrarte en los detalles de su religión, porque
Dios tiene que existir, ¿no?
Ikava, entrenada para hablar a
través de la sonrisa, se vio obligada a explicar que todo era posible, pero que
por el momento no podía hablar de proyectos futuros.
Yasukava, agente de una editorial
rival, quería saber hasta cuándo durarían los derechos de autor incondicionales
de la serie Planetas Foráneos. De todas sus novelas, esas eran las que
atraían más atención, y estaba segura de que algunos escritores podrían
ampliarla y añadirle nuevas aventuras en las que Ikava quizá no hubiera pensado
en su ajetreado trabajo de autora. La pregunta estaba diseñada como un insulto,
e Ikava la entendió como tal, sobre todo cuando Yasukava mencionó el “beneficio
de los lectores”.
Ikava apenas logró contenerse para
no fruncir la boca en una línea fina de rabia. ¿Cómo se atrevía esa vieja verde
a acusarla de falta de inspiración? ¿Acaso no acababa de publicar un mega hit
por el que todos se habían vuelto locos, incluso más que por la serie?
Su agente, un propultano gordo y
rechoncho, parecía tener un sexto sentido para detenerla cuando estaba a punto
de reaccionar impulsivamente. Le dijo a Yasukava que hiciera que sus abogados
IA se pusieran en contacto con los suyos. Al fin y al cabo, un escritor debe
conservar su dignidad a cualquier precio. En un planeta donde no había linaje
real desde la era musical, los escritores eran lo más parecido a aquello en lo
que el pueblo llano buscaba modales elevados. Además, la gente siempre espera
más de la iniciadora del género espacial en una escena literaria hasta entonces
adormecida. Ikava volvió a sonreír de veras: en el diccionario de Kadro eso
significaba que Yasukava y su editorial podían irse al demonio. Luego Kadro,
con habilidad, llevó a los invitados a hablar de Roa el Alto, de Liksip.
Roa era un constructor naval pobre
y de buen corazón, enamorado de la hija del jefe del astillero. El mismo día de
la boda, la policía lo arresta por espionaje industrial. Roa, inocente y
acusado injustamente, queda pudriéndose en prisión durante años. Por suerte
para él, allí tenía acceso a una biblioteca y a sitios universitarios. En
veinte años consiguió al menos seis títulos en negocios y se enriqueció con
algunas inversiones. Sale de la cárcel convertido en un hombre rico. Hasta
allí, los lectores, indignados por la injusticia cometida contra el joven, aún
podían detenerse. Sin embargo, se volvieron completamente locos por el libro
cuando llegaron a la parte en la que Roa regresa a casa. Nadie lo reconoce, la
mujer que no llegó a ser su esposa se casó con otro, y su familia ha muerto.
Roa decide vengarse.
Ikava, junto con la mayor base de
fans que jamás haya tenido nadie en la nube, también cree que es la mejor
novela jamás escrita. Se pregunta si alcanzará esas alturas en sus próximas
novelas. Si es que las hay. Es un poco difícil mantener el propio nivel.
A los presentes les explicó que la
inspiración le llegó a través de sueños sumamente perturbadores después de que,
una noche, se sumergiera en un libro de psicología. Recitó con soltura el
título del libro, aunque nunca lo había leído.
Para la revista de moda Qué se
usa cuando no se usa estuvo hablando maliciosamente de las elecciones de
vestuario de sus personajes. No era como si ella decidiera qué se pondrían:
simplemente los coloca en el papel con todas sus virtudes y defectos, y ellos
se despliegan solos. Ningún personaje recibió jamás adversidades mayores de las
que podía soportar; esa era su regla principal. Sí, a veces incluso a ella los
finales la sorprenden. No, de verdad no se puede decirles a los personajes qué
hacer. Todo sucede de acuerdo con su naturaleza, y se podría decir más bien que
ellos le dictan a la pluma. Sí, los rumores son ciertos: escribe con pluma de
carbono sobre papel común. Le gusta, y la ayuda a concentrarse. Por supuesto,
después alguien lo transcribe a la base de datos de la editorial, y es un
alivio maravilloso no tener que hacerlo ella misma. (Aprovecha esa respuesta
como remate para agradecer a su agente y a todo el equipo, a todos los que la
apoyan, a los organizadores de la estupenda presentación, etcétera. Se sabe ese
pequeño discurso de memoria.)
Kadro sonrió mostrando ambas
hileras de dientes hasta el final de la velada. Aún no había mirado su reloj de
moda, pero sabe que, cuando Ikava empieza a agradecer, ya está harta y hay que
dejarla ir. Se mete entre los invitados y les llama la atención recordándoles
éxitos previos de la editorial y anunciando los futuros, mientras ella se
escabulle hacia el exterior. Por lo general a ella le gusta quedarse mientras
Kadro aconseja que todas las preguntas no respondidas pueden enviarse al correo
virtual de la editorial; Kadro le confesó que, en realidad, nadie lee nada de
lo que llega allí, porque la gente suele enviar sus manuscritos. Una vez
contrataron a un pasante recomendado por alguien y le dieron la tarea de
revisar y clasificar el correo, y el chico se escapó a los tres días. Lo último
que se supo de él fue que estaba en una terapia antitrauma intensiva.
Ikava subió a su aerodeslizador sin
encender las luces de seguridad hasta que alcanzó la aerovía, y se dirigió a
casa.
Vivía en una casa heredada de una
sola planta, con un amplio sótano, en el borde de un pueblo cercano. En otro
tiempo se quejaba de la soledad alrededor, de los parásitos del bosque, del
lúgubre espacio subterráneo por el que pagaba impuestos. Incluso llegó a poner
la casa en venta por un tiempo. Su cambio repentino de opinión y la
transformación del sótano en una guarida secreta acompañaron sus vertiginosos
éxitos literarios. Ya no se quejaba de nada. En público.
Se quedó helada al ver las franjas
de luz que se filtraban por detrás de las cortinas opacas. Por lo general se
cuidaba de estacionar detrás de la casa para que ningún visitante potencial
supiera que estaba allí, pero ahora dejó el vehículo en la misma entrada y casi
echó a correr, revolviendo el bolso en busca de las llaves.
Desde la casa se oía música.
—¿Qué estás haciendo? —fue lo
primero que dijo al entrar.
Una criatura delgada, una cabeza
más baja que ella, con un solo par de brazos y un color de pelo completamente
equivocado, bailaba al ritmo de una canción que Ikava despreciaba, sobre todo
por sus arreglos grandilocuentes de éxitos ajenos. Algunos cantantes, en
verdad, no tienen ni talento ni innovación.
Chocó una palma contra la otra y la
música se apagó.
—Yana, ¿qué estás haciendo?
—repitió.
La criatura se reía, encantada. En
una mano sostenía una botella de tombsok oscuro. Ikava habría jurado que la
había dejado en la cocina para usos culinarios.
—Maldita sea, qué alegría que hayas
vuelto. No lograba acordarme cómo se apaga la música, solo conseguí subirla.
Pero no está mal, ¿no?
—¿Estás borracha?
—Bueno, no del todo. Tal vez un
poquito —la criatura soltó una risita—. Dios mío, no bromeabas cuando dijiste
que guardabas las mejores cosas en el sótano. Solo que el sótano se secó y
esto… ¿quieres? es asqueroso, pero cumple su función. No recuerdo la última vez
que tuve tantas ganas de bailar.
Ikava cruzó un par de brazos. Con
el otro se masajeó las sienes, intentando espantar el dolor de cabeza.
—Oye —dijo de pronto la criatura,
con humildad—. Perdona por no haberme levantado esta mañana para despedirte. Tu
peinado es fantástico. Ese tono de violeta te combina perfecto con los ojos.
¿Cómo fue la presentación?
—¿Y si alguien te hubiera visto?
—preguntó Ikava. No gritaba. La primera y última vez que le gritó fue cuando la
encontró en el bosque, junto a un montón de metal chamuscado. La criatura lloró
inconsolable durante horas, y Ikava prometió no hacerlo más. Cuando la criatura
aprendió su idioma, Ikava supo que solo estaba asustada, sola y desesperada.
Según decía, no había manera de reparar su nave espacial y volver a casa. La
criatura era hembra, como ella, pero Ikava solo pensaba en ella como “mujer”
cuando, con luces tenues, se sentaban a hablar de sus futuras novelas. Entonces
no había forma ni diferencias entre especies: solo un intelecto frente a otro.
Pero al verla así, entre sus cosas cotidianas, aunque ya estaba acostumbrada –había
tenido dos años para acostumbrarse–, la criatura se veía tan extraña. Ajena.
—Relájate, no hay nadie —Yana agitó
la mano—. No hay ni un alma viva, ni siquiera en el bosque.
—¿En el bosque? —a Ikava se le
escapó un susurro. Se cubrió la boca con la mano para no gritar.
—Fue al anochecer —se apresuró a
tranquilizarla la criatura—. Oscuro. En el bosque es más oscuro todavía.
—¿Por qué? ¿Disfrutas del riesgo
sin sentido? ¿Quieres comprometerme?
—No te preocupes: si hubiera pasado
lo peor, no te habría mencionado. Lo prometí —la criatura se dejó caer,
ofendida, en un sillón—. Solo quería caminar un poco. No puedes esperar que
pase el resto de mi vida en el sótano. Y encima sin alcohol.
—Tengo algo de alcohol en el
vehículo —dijo Ikava—. De la presentación. Lo traeré. Espérame en el sótano.
Yana obedeció.
—Toma —dijo Ikava al bajar al
sótano, con bolsas de sampier y badi en las manos.
Yana se acercó a ayudar. Sacó las
botellas sobre la mesa y las examinó con el ojo experto de una bebedora
refinada.
—No deberías beber tanto.
—Es lo único que me queda —gruñó la
criatura—. Eso y los libros.
Por lo general el sótano está
iluminado cuando Ikava escribe, pero esa noche no escribiría. Se dice a sí
misma que es porque es tarde y puede permitirse unos días de celebración. Se lo
merece. En realidad, tiene miedo de empezar.
En la penumbra rodea la mesa y se
sienta en el sofá junto a la estantería. Cierra los ojos. Deja que Yana elija
la bebida. Ella se ha acostumbrado rápido a los nuevos sabores y sabe lo que
está bueno.
—No intento fastidiarte —empezó
Ikava cuando Yana se acomodó a su lado—. Pero sabes que ya hablamos de esto. Si
te ven… si te atrapan… acabarás en una institución del gobierno, será como una
prisión y seguramente experimentarán contigo. ¿Es tan difícil de entender?
—No —suspiró Yana—. Mi especie
haría lo mismo si alguno de ustedes se estrellara en nuestro planeta.
—Nosotros no tenemos esas naves
espaciales —Ikava aceptó la copa.
Yana le sirvió badi rosado. Por un
instante pareció considerar beber de la botella, pero optó por la cortesía y
buscó una copa para sí.
—No podía quedarme más tiempo
sentada. Necesito moverme. Además… tenía que ver cuánto queda. Si hay algo que
se pueda reparar.
Ikava no dijo nada. Pasaban por ese
ritual con regularidad, al menos cada tres o cuatro meses. La criatura se
aferraba a una esperanza inútil, y durante un tiempo Ikava también creyó que
quizá se podría hacer algo. Sin embargo, su planeta aún no estaba a ese nivel
tecnológico. También dudaba de que tuvieran todos los materiales con los que
estaba construida la nave. Pero a Yana le costaba aceptar que tendría que pasar
el resto de su vida en un planeta ajeno. Al menos los foráneos de su serie
podían, a veces, volver a casa, aunque siempre regresaban. Los atraían las
distancias desconocidas. Quizá también llamaban a Yana. Quizá aún oía una voz
que le decía que debía seguir, más incluso que volver a casa.
Quizá esas voces se ahogaban en el
alcohol. Eso explicaría muchas cosas.
—Podemos salir a caminar a veces
—dijo Ikava—. Juntas. De noche. Te daré ropa mía. También debería conseguirte
una peluca. Y tinte para la piel. Desde lejos podrías pasar por una cría de
kvaibo.
—¿Tu hija? —se rió Yana.
—No exageres —dijo Ikava, seca—.
Sobrina. En realidad, mejor prima. Prima lejana.
—Venga. Dame lo que puedas.
Yana aprendió el idioma con ayuda
de una aplicación de Ikava –antes de convertirse en la célebre iniciadora de la
ciencia ficción había sido ingeniera de software–, y lo perfeccionó leyendo los
libros que un antepasado de Ikava había coleccionado. Algunos de ellos, los
románticos, los compró ella misma. Estaban de oferta y las portadas se veían
bien. Modernos y llenos de palabras y expresiones sencillas, perfectos para que
Yana aprendiera.
Yana los devoró –doce libros en
tres días durante los cuales no bebió ni una gota de alcohol– y declaró que los
escritores de su planeta eran mejores. Una cosa llevó a la otra y, de contar
libros, nació una idea. ¿Por qué no empezar a escribir, Ikava?
Una vez que empezó, no fue difícil.
Fue aún más fácil cuando llegaron las alabanzas de los lectores, las
presentaciones y los premios. Sin embargo, ahora que había alcanzado la cima,
desde donde solo podía rodar al fondo, era imposible escribir algo nuevo.
Nuevo en su planeta. Viejo en la
Tierra.
—¿Cómo fue la presentación?
—preguntó Yana.
—Bien —Ikava no quiso explicar más.
Yana no la presionó. Parecía que “bien” significaba lo mismo en ambos
planetas—. Me dieron otro premio.
—Ajá. Terrible.
—No lo entiendes —dijo Ikava con
aspereza—. Ahora esperan de mí un libro aún mejor.
—Que se fastidien.
—Yo espero de mí un libro mejor. O
al menos uno al mismo nivel. —Yana asintió—. Tienes que darme otra idea —dijo
Ikava, suplicante.
—Mhm. Claro. Tengo un montón de
ideas —respondió Yana.
El silencio se estiró. Yana bebía a
sorbos. Ikava esperaba.
—Bien. ¿Qué tal un piloto estelar
que quiere entrar en una escuadrilla espacial, pero no puede porque perdió la
recomendación de su padre? Para entrar tiene que desafiar a los tres mejores
pilotos en una carrera.
—No. Demasiado lineal.
—¿Y qué tal un chico que regresa de
una guerra interplanetaria y encuentra la empresa en quiebra? El enemigo de su
padre le tendió una trampa, la empresa fue vendida y los trabajadores quedaron
en la calle.
—Demasiado sociológico.
—Espera a que termine. El chico se
instala en un cinturón de asteroides cercano y asalta naves de ricos para
ayudar a sus antiguos trabajadores pobres. Y la hija de su enemigo se enamora
de él.
—Mhm —dijo Ikava, sin
comprometerse.
—Público difícil —Yana se rio. En
la risa había un matiz de herida.
—No, mira, es que… son ideas
buenas. Excelentes. Pero después de Roa el Alto… necesito algo mejor.
¿Entiendes? Algo mucho mejor. Algo de verdad, de verdad bueno. Inusual.
—¿Qué puede ser mejor que los
clásicos eternos? Atemporales. ¡Incluso extraplanetarios! —dijo Yana con
alegría etílica.
—Veo por qué lo son. Quizá volvamos
a eso más adelante. Pero ahora necesito…
—Ya sé, ya sé. Déjame pensar.
Ikava la dejó. Bebía y pensaba que
tendría que comprar el tinte de piel y la peluca en lugares distintos. En un
momento fue a la mesa por otra ronda y volvió con una botella de sampier.
—Cuidado, esto pega fuerte —le advirtió
a Yana.
Yana se la bebió de un trago y
sonrió como diciendo que era indestructible. Ikava se estremeció.
—¿Por qué no vuelves a la serie de Foráneos?
Veo en los portales que se quejan de que quieren más.
—¿No agotamos ya ese tema? ¿Los
hermafroditas, el hombre de otro planeta que se casó con la princesa y ella
puso un huevo y padre e hijo saltaban desafiando la gravedad, esos monstruos…
cómo los llamas…
—Dragones.
—Sí, esos. Y sus jinetes.
—Podrías escribir sobre… no sé…
Zortan, el señor de las bestias.
—¿Y qué haría él en un planeta
foráneo lleno de tecnología?
—Hablar con los animales. Digamos
que sus padres eran Altos, pero murieron durante una expedición por la zona
salvaje del planeta, y lo criaron los dragones. Ahora es adulto, heredero de un
imperio tecnológico, y no tiene idea. Pero su primo descubre que existe y se
interna en la selva para matarlo, para no tener que renunciar al imperio que
gobierna desde hace veinte años.
Ikava suspiró.
—Eso es muy infantil. Y no se
parece a la serie. Los lectores se decepcionarían. Peor aún —recordó a
Yasukava—, pensarían que lo escribió otra persona.
Yana miró su copa vacía.
—¿Hay algo más fuerte aquí?
—¿Cómo que más fuerte?
—Drogas. ¿Cómo explicarte…?
—Sé lo que son las drogas —cortó
Ikava—. Y no hay. Eso lo usan solo los criminales.
—Hm. Eso me recuerda: ¿qué tal si
escribes una serie sobre una estación espacial donde ocurren crímenes y los
resuelve un detective que, en secreto, consume drogas? Un caso, un libro.
Conozco millones. Podrías escribir infinitamente libros sobre un detective
espacial.
—Eso suena… polémico e imposible.
—¿Por qué? ¿Por la droga? La
necesita para embotar las emociones después de casos horribles, para colocarse
mejor en el papel del criminal al que persigue. Y así inventas tu mundo,
cambias los parámetros.
—La droga aquí es tabú. Un no
rotundo. Parecerá que la estoy popularizando.
—Entonces que sea alcohólico.
Ikava negó con la cabeza.
—Ese vicio es difícil de ocultar.
Lo despedirían rápido.
—Pero sin alcohol ni droga, sería
un detective muy aburrido —protestó Yana.
—Estoy de acuerdo.
—Oh. No sé, entonces tengo una idea
de una pareja que muere, pero el chico vuelve con ayuda de un gran pájaro negro
para vengarse…
—De eso ya escribí.
—Cierto. Qué exigente —gruñó Yana—.
Mira, en mi mundo también es difícil superar a Roa el Alto. Aunque
podrías escribir sobre un extraterrestre que se estrelló en un planeta ajeno y
vive de día en un sótano y de noche gana dinero para su anfitrión.
—Ja, ja. Con ese dinero tú también
comes y bebes —dijo Ikava, distraída—. Roa el Alto es, de verdad,
difícil de superar.
Hasta el amanecer bebieron y
discutieron, con pullas mutuas nacidas de una cercanía inevitable, si era
posible escribir un libro mejor que el mejor libro del mundo.
Al mediodía Ikava encargó una
peluca y tinte. Tres días después llegó una peluca del color equivocado y
pintura para fachada.
—Lo intentaremos de nuevo dentro de
tres meses —pensó Ikava. Abrió el armario y empujó la peluca entre las demás.
Ninguna era del color correcto.
Petra Rapaić vive y trabaja en Novi Sad. Con Neša Popović publicó el libro “El universo en apuros”, y junto a él edita las antologías de relatos Nijanse. Sus cuentos han sido acogidos en diversas revistas regionales (Biber, Refestikon, Marsonic, Slavic Supernatural, Morina kutija, Poruke iz prošlosti, Regia Fantastica).

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