martes, 30 de diciembre de 2025

LA PASION DE LÁZARO

Sergio Gaut vel Hartman

 

Olió la presencia húmeda de plantas hundidas en la tierra blanda, rodeadas de zarzas, del viento soplando desde el mar, porfiando con el polvo y la sequedad del desierto; saboreó el agua cenagosa, la putrefacción, el limo ácido abrasándole la garganta. Sentía todo eso. ¿Qué era? ¿Una alucinación? Se obligó a convencerse de que estaba alucinando o soñaba despierto o en realidad dormía y soñaba que había logrado salir de la cueva donde lo habían guardado. ¿Guardado? Luchó contra una bandada de verbos bandidos, salteadores de los caminos del lenguaje. Guardado. ¿Almacenado? Depositado. ¿Escondido? ¡Eso! Lo habían escondido, urdiendo una dudosa muerte, para sustraerlo de la furia de Caifás y el Sanedrín. No, no lo habían escondido. Ni hubiera habido furia alguna sin la resurrección; en ese caso no estaría huyendo como una rata. Algunos suponían que no tenía derecho a regresar del mundo de sombras y trataban de obligarlo a marcharse, otra vez; no hay lugar en el mundo para alguien que ha sido llamado. El miedo a la muerte estimula a buscar a Dios en procura de auxilio, pero él no lo necesitaba; Dios mismo había actuado y los hombres trataban de torcerle el brazo. También habían lanzado una bandada de verbos tras otra sobre él. Querían cazarlo, detenerlo, capturarlo, apresarlo. Montado en cada verbo había un levita, los fanáticos y ciegos servidores del poder del templo. Sin dar lugar a dudas, ellos serían mucho más crueles y expeditivos que cualquier verbo que un hombre pudiera formar con sus labios y su lengua.

Dio dos o tres pasos para asegurarse de que estaba caminando. La creciente oscuridad de la tormenta que se iba formando sobre el horizonte era la prueba de que se movía en la dirección correcta. Adelante, cerca del río, había un abismo en el que el sol caía sin cesar todas las tardes, haciendo hervir la roca y formando un gigantesco torbellino de arena que se elevaba en espiral. En el espacio vacío de ecos, el sendero sobre el que apoyaba los pies se desmoronó, arrojándolo con gran estrépito a un costado. ¿Ni siquiera podía estar seguro del suelo que pisaba? Una fuerza inextinguible trataba de expulsarlo del mundo, otra de retenerlo. ¿Se había convertido en una herramienta que todos codiciaban, en el objetivo de un juego sin reglas? Recordó, no quería recordar y recordó. Había estado enfermo. Había muerto. Había sido resucitado. La más grande demostración de poder divino había servido para devolverlo a la vida terrenal, pero no para evitar que lo persiguieran. Ahora era un fugitivo. No podía comprender con precisión lo que ocurría. Había estado muy enfermo, pero solo recordaba haberse dormido y recordaba el despertar. Si en verdad había estado muerto cuatro días, le resultaba imposible relatar nada de lo ocurrido en ese lapso; los cuatro días en la tumba eran un borrón negro en su mente. El tiempo no existe para los que duermen el sueño de la muerte.

Tampoco existe el tiempo para el ojo que habita un plano de existencia superior al del fugitivo. El ojo está fuera del tiempo y fuera del espacio. Pero gracias a su condición de ojo puede ver. ¿Qué ve? El ojo observa a un hombre delgado y enfermizo que se pone de pie y reanuda su avance por un camino estrecho, flanqueado por matorrales espinosos. El hombre delgado y enfermizo huye, sobre eso no hay dudas. ¿De qué huye? La resurrección ha sido un alarde de prepotencia divina. Fuera cual fuese la fuente de ese poder portentoso, los líderes judíos estaban persuadidos de que muy pronto toda la gente común creería en esa fuerza. Él, el resucitado, era la prueba viviente y debía desaparecer.

Calculó que marchando a paso vivo llegaría al Jordán mucho antes de que cayera el sol. No hubiese sido sencillo cruzarlo sin luz, por lo que era imperioso que el anochecer lo sorprendiera del otro lado del río. Y luego allí, ¿qué? Había media jornada de marcha entre la orilla oriental y Philadelphia, la ciudad de Abner. Se sentía débil. La muerte lo había consumido. Pero no podía darse el lujo de la vacilación. Caminaría a ciegas en la oscuridad, su mejor aliada. Por otra parte, nadie sabía quién era él en la Perea. Verían pasar a un hombre macilento, presuroso, y se preguntarían si lo perseguían los demonios. Ningún demonio, podría responder él a los gritos; me persiguen los intrigantes asesinos del Sanedrín. Pero no lo haría, de nada hubiera servido. Esos sencillos labriegos apenas podían enderezar el cuerpo curvado sobre la tierra. Nada sabían de milagros o de la proclamación de la buena nueva. Ignoraban que los sacerdotes estaban decididos a detener la difusión de que alguien había resucitado de entre los muertos y que ese prodigio había sido el resultado de un poder singular.

Pero mientras cubría la distancia que lo separaba de su meta, el fugitivo volvió a preguntarse en qué había consistido esa muerte. Podía asegurar que había estado muy enfermo, que se sintió morir, aunque nunca se atrevió a esperar ningún milagro, que un mago abandonara los asuntos esenciales de su obra para acudir a socorrerlo. ¿Quién era él, cuánta su importancia para que los ríos y los vientos torcieran su rumbo? Multitudes de augures y sanadores recorrían las comarcas y las aldeas alardeando de sus capacidades, pero él no confiaba en ese poder para curar enfermedades con la imposición de las manos o la fuerza de unas palabras pronunciadas con voz grave y persuasiva.

Además, el poder divino lo había devuelto a la vida, pero sin aclarar por cuanto tiempo. ¿Era un regalo, un préstamo, una burla? Su hora había llegado, como a todos les llega, pero una voluntad superior intervino para corregir su propias escrituras. Sabía que la gota de hiel en la punta de la espada del ángel de la muerte actúa al final del tercer día. ¿Acaso la mente divina había planeado toda esa representación con un propósito mezquino, que se desentendía de sus propios sentimientos? ¿Qué pretendía demostrar? ¿Solo su poder, el puro poder de la divinidad? Tal vez él era un peldaño que debía ser pisado en el ascenso del elegido hacia la cúspide del universo. Se le había exigido ese sacrificio, aunque sin preguntarle si estaba dispuesto a padecerlo. ¿Debía aceptar, gustoso, con el corazón sangrante, pero abierto?

Se detuvo. Una bandada de dudas le cerraba el paso. No, no era una bandada, esta vez era un ejército. El ejército de las dudas había sido reclutado entre todas las preguntas sin respuesta que el acto de la resurrección puso de pie. Bajó los brazos, desalentado. No llegaría jamás a Philadelphia. Y aunque llegara; no lograría cruzar la muralla que rodeaba la ciudad. Abner lo vería como lo que era, un guiñapo innoble, una rémora. Su resurrección era una tea que ya se había consumido, su utilidad era esa y solo esa: mostrarle a los que dudaban del poder que no había límites. Pero la muerte, pensó, mi muerte, aguarda tras ese recodo del camino, o del siguiente. Digámoslo de una vez con todas las letras: ¿Para qué resucitarme si no estaba dispuesto a concederme la inmortalidad? No cometí tantos pecados como para merecer esta doble muerte.

El hombre se resiste a reconocer que hay un propósito, mucho más próximo al poder que a la fe. Un día, un mes, un año adicional pueden contener las semillas de un árbol que crecerá alzando sus ramas hacia el cielo. Se resiste, pero finalmente cede. Empieza a intuir las razones. Él, el resucitado, es la prueba viviente y debe permanecer sobre la tierra el tiempo que sea necesario, no más. La idea de la rebelión inunda su sangre y le otorga nuevas fuerzas. Se pone en marcha otra vez. Cruza el río. Las dudas se dispersan en todas direcciones, difuminadas en una niebla gris y espesa. Cree ver las torres y las cúpulas de Philadelphia recortadas tras la línea del horizonte, aunque sabe que eso no es posible. Quizá sea la ciudad del futuro, guardada por ángeles de hierro. Ha tenido visiones como esa antes y tras el período en la cueva se han vuelto más agudas e insistentes. Escribirá acerca de esos hechos, se entusiasma. Las enseñanzas de su maestro y protector iluminarían el camino con una luz que no le vendría nada mal a él, en ese momento, cuando las penumbras empiezan a cubrir el mundo con su manto azul.

 

Estaban en la sinagoga, en Philadelphia. Abner había convocado a más de cien compañeros para descifrar el sentido de la crucifixión de Jesús y su resurrección. Un mensajero llegado de Jerusalem había traído la noticia. Puesto que Lázaro se había incorporado a ese grupo de creyentes, y que él mismo había pasado por una experiencia similar, estaban dispuestos a creer que también Jesús había resucitado de entre los muertos, ¿por qué no? Era un tiempo de portentos. Abner y Lázaro, que estaban juntos y enfrentaban a la congregación, acababan de abrir la sesión cuando algunos vieron aparecer una forma difusa, una sombra, una repentina y creciente marea, de un negro más intenso que la pez, cortada por el reflejo del sol sobre la pared.

Abner y Lázaro avanzaron unos pasos hacia la sombra, como si se propusieran dar la bienvenida a un hermano perdido y recuperado. Pero la sombra, esquiva como todas las de su especie, desapareció en la luz y dejó un soplo de cenizas flotando en el aire. Abner y Lázaro se miraron. Compartían la inquietud y los recelos que habían nacido en ellos a partir de hechos tan extraños como improbables. Se acostumbraba enterrar a los muertos el día del fallecimiento; era una hábito forzoso en un clima cálido. Con frecuencia enterraban a alguien que solo estaba en coma, de modo que el segundo, o aun el tercer día esa persona emergía de la tumba y parecía resucitar. ¿Era solo eso lo que había ocurrido con Lázaro? ¿Era más que eso lo que había ocurrido con Jesús?

Lázaro supo que sucediera lo que sucediese de allí en adelante, el mito desempeñaría una función indispensable. No interesaba demasiado lo que registraran los sentidos. Todas aquellas personas que habían seguido al Maestro estaban listas y dispuestas para construir un relato que les permitiera revivir la realidad original a cada momento, respondiendo a sus necesidades más profundas. El Maestro hablaría en sus mentes y en sus corazones; todos sentían la necesidad de recuperarlo y había que fijar esa imagen con la mayor certeza y seguridad, antes de que otros lo hicieran arteramente, con propósitos de manipulación y dominio. Él, Lázaro, que había estado muerto o creía haberlo estado, era quizás el único que no tenía nada que perder.

Lázaro alzó los brazos y se fundió con las sombras. Durante un mágico instante la escena se cristalizó y todos los presentes oyeron, ávidos, las palabras que deseaban oír.

 

Enfocado como un rayo contra las paredes y el suelo, contra la tierra, las piedras y los árboles, contra las personas que hervían y se vaporizaban como hierbas secas entre nubes de bruma, el mito creció a expensas de la verdad. Lázaro supo que solo había un modo de recuperar la versión original del momento de luz: hurgar entre las ruinas de lo que había sido aquella semana, desde el momento en que supo que el Sanedrín había decretado la muerte de Jesús hasta la crucifixión del Maestro. Decididos a detener la difusión de las enseñanzas, los sacerdotes juzgaron, no sin razón, que sería inútil ejecutar a Jesús si permitían que Lázaro, el milagro máximo, atestiguara que Jesús lo había traído de regreso de la morada de los muertos. Lázaro había permanecido en su casa de Betania hasta que la situación fue insostenible.

Pero desde entonces habían pasado muchos años. Años de confusión y desencuentros. Riñó con Pedro y con Santiago, el hermano carnal de Jesús; se apartó de Pablo porque no aceptaba los intentos de este por alterar las enseñanzas del Maestro. Lázaro, que a diferencia de Pablo había conocido y amado a Jesús, no soportaba a ese hábil corruptor de las doctrinas del esenio. No obstante, Pablo era poderoso y él era el mismo hombre frágil y enfermizo que había huido a través del desierto, que se esforzaba para poner distancia con sus perseguidores, aunque mucho más débil y gastado que entonces. Ahora, más que nunca, estaba seguro de que la resurrección había sido la jactancia de un poder superior, desinteresado de sus pareceres y sentires. Él no había merecido esa muerte, pero tampoco este jirón de vida adicional, estéril, inútil como una cuerda demasiado corta.

 

Lázaro recordó cada instante. Como si fuera posible llamar por su nombre a cada una de las lentejas que navegan en un plato de guiso, recordó el antes y el después de aquel día glorioso. Recordó las palabras, los gestos; los puños y los gritos. Al oír la llamada de Jesús había sentido que la muerte se alejaba de él como un barco con las velas desplegadas, y supo que el error del sueño y el dolor y la pasión regresaba de su insólita aventura. Eso recordaba y eso es lo que ahora, sobre un pergamino dorado, escribe afanoso y lúgubre. Lucha contra una bandada de verbos bandidos, salteadores de los caminos del lenguaje. Urdir. Intrigar. Mentir. Falsear. Las fuerzas lo abandonan. Ya ha luchado antes contra esos gigantes, sin ánimo ni esperanzas de vencer. Regresan del mundo de sombras para exigirle silencio, para reclamar la propiedad de la leyenda, para empujarlo en una dirección correcta. ¿En qué se han convertido, hermanos? ¿En qué nos hemos transformado? Lázaro examina el presente y vislumbra el futuro: el final de la fraternidad libre y el nacimiento de la turbia organización jerárquica. Ve a los ricos recelando de los pobres que han encontrado su fe; ve que sienten que esa fe pura, derivada directamente del Maestro, amenaza sus poderes, por lo que han decidido devolverla como una moneda falsa, adulterada para servir a sus mezquinos intereses. Escribe. Escribe.

 

Escribe. Escribe. El texto tiene mil páginas, diez mil páginas, un millón de páginas. Él no puede dejar de escribir. Los nuevos hechos se superponen a los viejos, los corrigen y modifican. Cada corrección anula un año, una década, un siglo. Pero cada corrección abre docenas de puertas que dan a galerías en cuyos flancos docenas de puertas que dan a galerías abren y cierran interminables laberintos y ramificaciones. Cada palabra que escribe en el libro infinito contiene un universo completo. Cada universo que crea con cada palabra que escribe en el libro contiene creaturas que nacen, sienten, piensan y mueren. Cada universo que crea con cada palabra que escribe en el libro tiene su Jesús y su Caifás, su Pablo y su Lázaro. Conoce el signo: la multiplicación. A medida que se interna en el libro que está escribiendo desde hace más de dos mil años, como si lo hiciera en uno de los tantos pasillos no autorizados, todos esos pasillos llenos de luz y radiación, lugares tan inesperados, contradictorios, su cuerpo, su mente y su corazón se ven invadidos por ecos de alarma y sorpresa; hasta las piedras con las que fueron construidos los edificios menos importantes regresan a su estado natural y suplican por un orden distinto. Pero, ¡hay tantas posibilidades! Las palabras forman frases y las frases párrafos. No hay dos frases iguales, ni dos párrafos. Un único hecho permanece inmutable, inalterado, sin que importe cuantas páginas le agregue al libro. En todos los pasillos, en todos los capítulos, en todos esos años, interminables años de permanecer sobre la tierra. Lázaro no desea que la súplica abandone sus labios, pero las palabras, como pájaros rebeldes, escapan de su boca y forman la sentencia temida, casi aborrecida.

  —Maestro, ¿por qué me has condenado?

 

El viejo estaba sentado junto a la ventana, en uno de esos bares olvidados por la mano destructora del progreso y la modernización. Me planté frente a él y lo dominé con el volumen de mi cuerpo. Él casi no me miraba; sus ojos hundidos, como ayer, como siempre, escurridizos como ratas, correteaban por los zócalos y molduras, guirnaldas, florones y filetes. Los ojos de Lázaro eran pozos sin fondo, abismados en el tiempo.

—¿Me puedo sentar?

—No. Pero de todos modos lo harás; está escrito.

—¿Dónde está escrito?

—En mi libro, ¿dónde si no?

—En tu libro... ¿Has previsto todos y cada uno de los movimientos, como deseaba Laplace?

—Fui Laplace durante un tiempo. No me gustó.

Sabía desde el principio que no sería sencillo. ¿Cuáles, cuántos había sido en dos mil años?

—No me interesa Laplace —le dije—. Te he buscado por todas partes; las conjeturas indicaban que terminaría encontrándote.

—Ya no soy aquel. Soy el que soy ahora. La única forma de burlar la inmortalidad es olvidar cada uno de los que he sido. 

—Esa clase de inmortalidad se anula a sí misma; si no se puede recordar el pasado se está condenando a un perpetuo presente.

—¿Cómo se te ocurre pensar que deseo otra cosa?

No había cambiado. Seguía siendo el hombre delgado y enfermizo que tropezaba, caía y se ponía de pie en ese camino olvidado de Jerusalem a Jericó, cubierto un millón de veces por la arena y el polvo del desierto. Había logrado escapar de la ira del Sanedrín, había eludido la hostilidad de Pablo, pero no había podido poner distancia con la cadena perpetua con la que lo había engrillado el Maestro.

—El libro —dije—, ¿dónde está el libro?

Lázaro me miró por primera vez, y su mirada fue un relámpago que me dejó ciego para siempre, por lo menos para ver el núcleo de dolor que anida en el pecho de un inmortal.

—Lo quemé. Ahora el libro está aquí —dijo señalando su frente con un dedo largo y afilado; la uña de ese dedo podía ser perfectamente la herramienta destinada a abrir la cerradura más hermética.

Me sobresalté. —Si ese libro describe los hechos ocurridos en los últimos dos mil años y la única versión es la que habita tu cerebro, corremos el riesgo de que sus expresiones y emociones se disuelvan como azúcar en el agua hirviente.

Lázaro sonrió, pero fue una sonrisa fría, una mueca falsa. —Tu temor es infundado. Este libro, contra mi voluntad, seguirá su camino para siempre. Los hombres pasan, pero Lázaro ha sido condenado por la voluntad que pretendió salvarlo.

—Este diálogo es imposible —dije—; no está ocurriendo. Esta escena es producto de mi imaginación. Lázaro, si existió alguna vez más allá de la metáfora del Predicador, murió en su tiempo.

—Como gustes. —Lázaro vertió unas gotas de un licor oscuro y denso como sangre coagulada en una diminuta copa de cristal labrado. —Como gustes —repitió. Se llevó la copa a los labios y dejó que el líquido resbalara lentamente. Parecía oscuro y fétido, pegajoso, grasiento. Una mezcla de malicia y senil sagacidad activaba cada uno de los movimientos que efectuaba el inmortal, y por su misma naturaleza conducían a la pregunta fatal, pero yo no deseaba hacerla. Lázaro, si ese hombre era, finalmente, el resultado del mayor milagro operado por el Nazareno, y no un fraude absurdo, demostraba que es el ciego azar y no una voluntad creadora lo que rige los destinos del Universo.

—Lázaro —dije por fin, resignado a mi suerte—, ¿estuviste muerto y él te resucitó?

Lázaro depositó la copa sobre la mesa; el golpe del vidrio contra la madera produjo un sonido crepuscular, nocivo; hundió la cabeza entre las manos y un sollozo convulsivo sacudió su cuerpo. Respeté su reacción y aguardé impasible la respuesta. Probablemente se tomó otros cien años para reunir las fuerzas necesarias y solo entonces volvió a mirarme, por última vez, no porque estuviera listo para partir, sino porque yo lo dejaba en paz para siempre.

—No —dijo—, él jamás me resucitó; yo siempre estuve muerto.

Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires el 28 de septiembre de 1947. Es escritor, editor y antólogo. Inició su carrera literaria en 1970, publicando en la revista española Nueva Dimensión. En Argentina, fue parte del equipo de la revista El Péndulo y fundó el fanzine Sinergia y dirigió la revista Parsec. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado en 1985 por Ediciones Minotauro. Ha sido finalista del Premio Minotauro 2005 con su novela El juego del tiempo, y del Premio UPC por su novelas cortas Otro caminoCarne verdadera y Otro dios caprichoso. Creó y coordina el TALLER 9 de escritura creativa y este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS. En las últimas semanas ha sido finalista en varios concursos literarios, aunque no ganó ninguno de ellos. 

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