Sergio
Gaut vel Hartman
Olió la presencia húmeda de plantas
hundidas en la tierra blanda, rodeadas de zarzas, del viento soplando desde el
mar, porfiando con el polvo y la sequedad del desierto; saboreó el agua
cenagosa, la putrefacción, el limo ácido abrasándole la garganta. Sentía todo
eso. ¿Qué era? ¿Una alucinación? Se obligó a convencerse de que estaba
alucinando o soñaba despierto o en realidad dormía y soñaba que había logrado
salir de la cueva donde lo habían guardado. ¿Guardado? Luchó contra una bandada
de verbos bandidos, salteadores de los caminos del lenguaje. Guardado.
¿Almacenado? Depositado. ¿Escondido? ¡Eso! Lo habían escondido, urdiendo una
dudosa muerte, para sustraerlo de la furia de Caifás y el Sanedrín. No, no lo
habían escondido. Ni hubiera habido furia alguna sin la resurrección; en ese
caso no estaría huyendo como una rata. Algunos suponían que no tenía derecho a
regresar del mundo de sombras y trataban de obligarlo a marcharse, otra vez; no
hay lugar en el mundo para alguien que ha sido llamado. El miedo a la muerte
estimula a buscar a Dios en procura de auxilio, pero él no lo necesitaba; Dios
mismo había actuado y los hombres trataban de torcerle el brazo. También habían
lanzado una bandada de verbos tras otra sobre él. Querían cazarlo, detenerlo,
capturarlo, apresarlo. Montado en cada verbo había un levita, los fanáticos y
ciegos servidores del poder del templo. Sin dar lugar a dudas, ellos serían
mucho más crueles y expeditivos que cualquier verbo que un hombre pudiera
formar con sus labios y su lengua.
Dio dos o tres
pasos para asegurarse de que estaba caminando. La creciente oscuridad de la
tormenta que se iba formando sobre el horizonte era la prueba de que se movía
en la dirección correcta. Adelante, cerca del río, había un abismo en el que el
sol caía sin cesar todas las tardes, haciendo hervir la roca y formando
un gigantesco torbellino de arena que se elevaba en espiral. En el espacio
vacío de ecos, el sendero sobre el que apoyaba los pies se desmoronó,
arrojándolo con gran estrépito a un costado. ¿Ni siquiera podía estar seguro
del suelo que pisaba? Una fuerza inextinguible trataba de expulsarlo del mundo,
otra de retenerlo. ¿Se había convertido en una herramienta que todos
codiciaban, en el objetivo de un juego sin reglas? Recordó, no quería recordar
y recordó. Había estado enfermo. Había muerto. Había sido resucitado. La más
grande demostración de poder divino había servido para devolverlo a la vida
terrenal, pero no para evitar que lo persiguieran. Ahora era un fugitivo. No
podía comprender con precisión lo que ocurría. Había estado muy enfermo, pero solo
recordaba haberse dormido y recordaba el despertar. Si en verdad había estado
muerto cuatro días, le resultaba imposible relatar nada de lo ocurrido en ese
lapso; los cuatro días en la tumba eran un borrón negro en su mente. El tiempo
no existe para los que duermen el sueño de la muerte.
Tampoco existe el
tiempo para el ojo que habita un plano de existencia superior al del fugitivo.
El ojo está fuera del tiempo y fuera del espacio. Pero gracias a su condición
de ojo puede ver. ¿Qué ve? El ojo observa a un hombre delgado y enfermizo que se
pone de pie y reanuda su avance por un camino estrecho, flanqueado por
matorrales espinosos. El hombre delgado y enfermizo huye, sobre eso no hay
dudas. ¿De qué huye? La resurrección ha sido un alarde de prepotencia divina.
Fuera cual fuese la fuente de ese poder portentoso, los líderes judíos estaban
persuadidos de que muy pronto toda la gente común creería en esa fuerza. Él, el
resucitado, era la prueba viviente y debía desaparecer.
Calculó que
marchando a paso vivo llegaría al Jordán mucho antes de que cayera el sol. No
hubiese sido sencillo cruzarlo sin luz, por lo que era imperioso que el
anochecer lo sorprendiera del otro lado del río. Y luego allí, ¿qué? Había
media jornada de marcha entre la orilla oriental y Philadelphia, la ciudad de
Abner. Se sentía débil. La muerte lo había consumido. Pero no podía darse el
lujo de la vacilación. Caminaría a ciegas en la oscuridad, su mejor aliada. Por
otra parte, nadie sabía quién era él en
Pero mientras
cubría la distancia que lo separaba de su meta, el fugitivo volvió a
preguntarse en qué había consistido esa muerte. Podía asegurar que había estado
muy enfermo, que se sintió morir, aunque nunca se atrevió a esperar ningún
milagro, que un mago abandonara los asuntos esenciales de su obra para acudir a
socorrerlo. ¿Quién era él, cuánta su importancia para que los ríos y los
vientos torcieran su rumbo? Multitudes de augures y sanadores recorrían las
comarcas y las aldeas alardeando de sus capacidades, pero él no confiaba en ese
poder para curar enfermedades con la imposición de las manos o la fuerza de
unas palabras pronunciadas con voz grave y persuasiva.
Además, el poder
divino lo había devuelto a la vida, pero sin aclarar por cuanto tiempo. ¿Era un
regalo, un préstamo, una burla? Su hora había llegado, como a todos les llega,
pero una voluntad superior intervino para corregir su propias escrituras. Sabía
que la gota de hiel en la punta de la espada del ángel de la muerte actúa al
final del tercer día. ¿Acaso la mente divina había planeado toda esa
representación con un propósito mezquino, que se desentendía de sus propios
sentimientos? ¿Qué pretendía demostrar? ¿Solo su poder, el puro poder de la
divinidad? Tal vez él era un peldaño que debía ser pisado en el ascenso del
elegido hacia la cúspide del universo. Se le había exigido ese sacrificio,
aunque sin preguntarle si estaba dispuesto a padecerlo. ¿Debía aceptar, gustoso,
con el corazón sangrante, pero abierto?
Se detuvo. Una
bandada de dudas le cerraba el paso. No, no era una bandada, esta vez era un
ejército. El ejército de las dudas había sido reclutado entre todas las
preguntas sin respuesta que el acto de la resurrección puso de pie. Bajó los
brazos, desalentado. No llegaría jamás a Philadelphia. Y aunque llegara; no
lograría cruzar la muralla que rodeaba la ciudad. Abner lo vería como lo que
era, un guiñapo innoble, una rémora. Su resurrección era una tea que ya se
había consumido, su utilidad era esa y solo esa: mostrarle a los que dudaban
del poder que no había límites. Pero la muerte, pensó, mi muerte, aguarda tras
ese recodo del camino, o del siguiente. Digámoslo de una vez con todas las
letras: ¿Para qué resucitarme si no estaba dispuesto a concederme la
inmortalidad? No cometí tantos pecados como para merecer esta doble muerte.
El hombre se
resiste a reconocer que hay un propósito, mucho más próximo al poder que a la
fe. Un día, un mes, un año adicional pueden contener las semillas de un árbol
que crecerá alzando sus ramas hacia el cielo. Se resiste, pero finalmente cede.
Empieza a intuir las razones. Él, el resucitado, es la prueba viviente y debe
permanecer sobre la tierra el tiempo que sea necesario, no más. La idea de la
rebelión inunda su sangre y le otorga nuevas fuerzas. Se pone en marcha otra
vez. Cruza el río. Las dudas se dispersan en todas direcciones, difuminadas en
una niebla gris y espesa. Cree ver las torres y las cúpulas de Philadelphia
recortadas tras la línea del horizonte, aunque sabe que eso no es posible.
Quizá sea la ciudad del futuro, guardada por ángeles de hierro. Ha tenido
visiones como esa antes y tras el período en la cueva se han vuelto más agudas
e insistentes. Escribirá acerca de esos hechos, se entusiasma. Las enseñanzas
de su maestro y protector iluminarían el camino con una luz que no le vendría
nada mal a él, en ese momento, cuando las penumbras empiezan a cubrir el mundo
con su manto azul.
Estaban en la sinagoga, en
Philadelphia. Abner había convocado a más de cien compañeros para descifrar el
sentido de la crucifixión de Jesús y su resurrección. Un mensajero llegado de
Jerusalem había traído la noticia. Puesto que Lázaro se había incorporado a ese
grupo de creyentes, y que él mismo había pasado por una experiencia similar,
estaban dispuestos a creer que también Jesús había resucitado de entre los
muertos, ¿por qué no? Era un tiempo de portentos. Abner y Lázaro, que estaban
juntos y enfrentaban a la congregación, acababan de abrir la sesión cuando
algunos vieron aparecer una forma difusa, una sombra, una repentina y creciente
marea, de un negro más intenso que la pez, cortada por el reflejo del sol sobre
la pared.
Abner y Lázaro
avanzaron unos pasos hacia la sombra, como si se propusieran dar la bienvenida
a un hermano perdido y recuperado. Pero la sombra, esquiva como todas las de su
especie, desapareció en la luz y dejó un soplo de cenizas flotando en el aire.
Abner y Lázaro se miraron. Compartían la inquietud y los recelos que habían
nacido en ellos a partir de hechos tan extraños como improbables. Se
acostumbraba enterrar a los muertos el día del fallecimiento; era una hábito
forzoso en un clima cálido. Con frecuencia enterraban a alguien que solo estaba
en coma, de modo que el segundo, o aun el tercer día esa persona emergía de la
tumba y parecía resucitar. ¿Era solo eso lo que había ocurrido con Lázaro? ¿Era
más que eso lo que había ocurrido con Jesús?
Lázaro supo que
sucediera lo que sucediese de allí en adelante, el mito desempeñaría una
función indispensable. No interesaba demasiado lo que registraran los sentidos.
Todas aquellas personas que habían seguido al Maestro estaban listas y
dispuestas para construir un relato que les permitiera revivir la realidad
original a cada momento, respondiendo a sus necesidades más profundas. El
Maestro hablaría en sus mentes y en sus corazones; todos sentían la necesidad
de recuperarlo y había que fijar esa imagen con la mayor certeza y seguridad,
antes de que otros lo hicieran arteramente, con propósitos de manipulación y
dominio. Él, Lázaro, que había estado muerto o creía haberlo estado, era quizás
el único que no tenía nada que perder.
Lázaro alzó los
brazos y se fundió con las sombras. Durante un mágico instante la escena se
cristalizó y todos los presentes oyeron, ávidos, las palabras que deseaban oír.
Enfocado como un rayo contra las
paredes y el suelo, contra la tierra, las piedras y los árboles, contra las
personas que hervían y se vaporizaban como hierbas secas entre nubes de bruma,
el mito creció a expensas de la verdad. Lázaro supo que solo había un modo de
recuperar la versión original del momento de luz: hurgar entre las ruinas de lo
que había sido aquella semana, desde el momento en que supo que el Sanedrín
había decretado la muerte de Jesús hasta la crucifixión del Maestro. Decididos
a detener la difusión de las enseñanzas, los sacerdotes juzgaron, no sin razón,
que sería inútil ejecutar a Jesús si permitían que Lázaro, el milagro máximo,
atestiguara que Jesús lo había traído de regreso de la morada de los muertos.
Lázaro había permanecido en su casa de Betania hasta que la situación fue
insostenible.
Pero desde entonces
habían pasado muchos años. Años de confusión y desencuentros. Riñó con Pedro y
con Santiago, el hermano carnal de Jesús; se apartó de Pablo porque no aceptaba
los intentos de este por alterar las enseñanzas del Maestro. Lázaro, que a
diferencia de Pablo había conocido y amado a Jesús, no soportaba a ese hábil
corruptor de las doctrinas del esenio. No obstante, Pablo era poderoso y él era
el mismo hombre frágil y enfermizo que había huido a través del desierto, que
se esforzaba para poner distancia con sus perseguidores, aunque mucho más débil
y gastado que entonces. Ahora, más que nunca, estaba seguro de que la
resurrección había sido la jactancia de un poder superior, desinteresado de sus
pareceres y sentires. Él no había merecido esa muerte, pero tampoco este jirón
de vida adicional, estéril, inútil como una cuerda demasiado corta.
Lázaro recordó cada instante. Como si fuera posible llamar por su
nombre a cada una de las lentejas que navegan en un plato de guiso, recordó el
antes y el después de aquel día glorioso. Recordó las palabras, los gestos; los
puños y los gritos. Al oír la llamada de Jesús había sentido que la muerte se
alejaba de él como un barco con las velas desplegadas, y supo que el error del
sueño y el dolor y la pasión regresaba de su insólita aventura. Eso recordaba y
eso es lo que ahora, sobre un pergamino dorado, escribe afanoso y lúgubre.
Lucha contra una bandada de verbos bandidos, salteadores de los caminos del
lenguaje. Urdir. Intrigar. Mentir. Falsear. Las fuerzas lo abandonan. Ya ha
luchado antes contra esos gigantes, sin ánimo ni esperanzas de vencer. Regresan
del mundo de sombras para exigirle silencio, para reclamar la propiedad de la
leyenda, para empujarlo en una dirección correcta. ¿En qué se han convertido,
hermanos? ¿En qué nos hemos transformado? Lázaro examina el presente y
vislumbra el futuro: el final de la fraternidad libre y el nacimiento de la
turbia organización jerárquica. Ve a los ricos recelando de los pobres que han
encontrado su fe; ve que sienten que esa fe pura, derivada directamente del
Maestro, amenaza sus poderes, por lo que han decidido devolverla como una
moneda falsa, adulterada para servir a sus mezquinos intereses. Escribe.
Escribe.
Escribe. Escribe. El texto tiene mil páginas, diez mil páginas, un
millón de páginas. Él no puede dejar de escribir. Los nuevos hechos se
superponen a los viejos, los corrigen y modifican. Cada corrección anula un
año, una década, un siglo. Pero cada corrección abre docenas de puertas que dan
a galerías en cuyos flancos docenas de puertas que dan a galerías abren y
cierran interminables laberintos y ramificaciones. Cada palabra que escribe en
el libro infinito contiene un universo completo. Cada universo que crea con
cada palabra que escribe en el libro contiene creaturas que nacen, sienten,
piensan y mueren. Cada universo que crea con cada palabra que escribe en el
libro tiene su Jesús y su Caifás, su Pablo y su Lázaro. Conoce el signo: la
multiplicación. A medida que se interna en el libro que está escribiendo desde
hace más de dos mil años, como si lo hiciera en uno de los tantos pasillos no
autorizados, todos esos pasillos llenos de luz y radiación, lugares tan
inesperados, contradictorios, su cuerpo, su mente y su corazón se ven invadidos
por ecos de alarma y sorpresa; hasta las piedras con las que fueron construidos
los edificios menos importantes regresan a su estado natural y suplican por un
orden distinto. Pero, ¡hay tantas posibilidades! Las palabras forman frases y
las frases párrafos. No hay dos frases iguales, ni dos párrafos. Un único hecho
permanece inmutable, inalterado, sin que importe cuantas páginas le agregue al
libro. En todos los pasillos, en todos los capítulos, en todos esos años, interminables
años de permanecer sobre la tierra. Lázaro no desea que la súplica abandone sus
labios, pero las palabras, como pájaros rebeldes, escapan de su boca y forman
la sentencia temida, casi aborrecida.
—Maestro, ¿por qué me has condenado?
El viejo estaba sentado junto a la ventana, en uno de esos bares
olvidados por la mano destructora del progreso y la modernización. Me planté
frente a él y lo dominé con el volumen de mi cuerpo. Él casi no me miraba; sus
ojos hundidos, como ayer, como siempre, escurridizos como ratas, correteaban
por los zócalos y molduras, guirnaldas, florones y filetes. Los ojos de Lázaro
eran pozos sin fondo, abismados en el tiempo.
—¿Me puedo sentar?
—No. Pero de todos modos lo harás; está
escrito.
—¿Dónde está escrito?
—En mi libro, ¿dónde si no?
—En tu libro... ¿Has previsto todos y cada uno
de los movimientos, como deseaba Laplace?
—Fui Laplace durante un tiempo. No me gustó.
Sabía desde el principio que no sería
sencillo. ¿Cuáles, cuántos había sido en dos mil años?
—No me interesa Laplace —le dije—. Te he
buscado por todas partes; las conjeturas indicaban que terminaría
encontrándote.
—Ya no soy aquel. Soy el que soy ahora. La
única forma de burlar la inmortalidad es olvidar cada uno de los que he
sido.
—Esa clase de inmortalidad se anula a sí
misma; si no se puede recordar el pasado se está condenando a un perpetuo
presente.
—¿Cómo se te ocurre pensar que deseo otra
cosa?
No había cambiado.
Seguía siendo el hombre delgado y enfermizo que tropezaba, caía y se ponía de
pie en ese camino olvidado de Jerusalem a Jericó, cubierto un millón de veces
por la arena y el polvo del desierto. Había logrado escapar de la ira del Sanedrín,
había eludido la hostilidad de Pablo, pero no había podido poner distancia con
la cadena perpetua con la que lo había engrillado el Maestro.
—El libro —dije—,
¿dónde está el libro?
Lázaro me miró por
primera vez, y su mirada fue un relámpago que me dejó ciego para siempre, por
lo menos para ver el núcleo de dolor que anida en el pecho de un inmortal.
—Lo quemé. Ahora el
libro está aquí —dijo señalando su frente con un dedo largo y afilado; la uña
de ese dedo podía ser perfectamente la herramienta destinada a abrir la
cerradura más hermética.
Me sobresalté. —Si
ese libro describe los hechos ocurridos en los últimos dos mil años y la única
versión es la que habita tu cerebro, corremos el riesgo de que sus expresiones
y emociones se disuelvan como azúcar en el agua hirviente.
Lázaro sonrió, pero fue una sonrisa fría, una
mueca falsa. —Tu temor es infundado. Este libro, contra mi voluntad, seguirá su
camino para siempre. Los hombres pasan, pero Lázaro ha sido condenado por la
voluntad que pretendió salvarlo.
—Este diálogo es imposible —dije—; no está
ocurriendo. Esta escena es producto de mi imaginación. Lázaro, si existió
alguna vez más allá de la metáfora del Predicador, murió en su tiempo.
—Como gustes. —Lázaro vertió unas gotas de un
licor oscuro y denso como sangre coagulada en una diminuta copa de cristal
labrado. —Como gustes —repitió. Se llevó la copa a los labios y dejó que el
líquido resbalara lentamente. Parecía oscuro y fétido, pegajoso, grasiento. Una
mezcla de malicia y senil sagacidad activaba cada uno de los movimientos que
efectuaba el inmortal, y por su misma naturaleza conducían a la pregunta fatal,
pero yo no deseaba hacerla. Lázaro, si ese hombre era, finalmente, el resultado
del mayor milagro operado por el Nazareno, y no un fraude absurdo, demostraba
que es el ciego azar y no una voluntad creadora lo que rige los destinos del
Universo.
—Lázaro —dije por fin, resignado a mi suerte—,
¿estuviste muerto y él te resucitó?
Lázaro depositó la copa sobre la mesa; el
golpe del vidrio contra la madera produjo un sonido crepuscular, nocivo; hundió
la cabeza entre las manos y un sollozo convulsivo sacudió su cuerpo. Respeté su
reacción y aguardé impasible la respuesta. Probablemente se tomó otros cien
años para reunir las fuerzas necesarias y solo entonces volvió a mirarme, por
última vez, no porque estuviera listo para partir, sino porque yo lo dejaba en
paz para siempre.
—No —dijo—, él jamás me resucitó; yo siempre
estuve muerto.
Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires el 28 de septiembre de 1947. Es escritor, editor y antólogo. Inició su carrera literaria en 1970, publicando en la revista española Nueva Dimensión. En Argentina, fue parte del equipo de la revista El Péndulo y fundó el fanzine Sinergia y dirigió la revista Parsec. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado en 1985 por Ediciones Minotauro. Ha sido finalista del Premio Minotauro 2005 con su novela El juego del tiempo, y del Premio UPC por su novelas cortas Otro camino, Carne verdadera y Otro dios caprichoso. Creó y coordina el TALLER 9 de escritura creativa y este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS. En las últimas semanas ha sido finalista en varios concursos literarios, aunque no ganó ninguno de ellos.

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