martes, 20 de enero de 2026

EL ÚLTIMO VERANO DEL MUNDO

Simonetta Olivo

 

Cuando el niño y su madre entraban en la casa del mar, los envolvía siempre el mismo olor a encierro y a ausencia. La mujer abría de par en par la ventana, y cada vez entraba el verano.

La procesión de los veraneantes tenía el mismo sonido cada año, y los pasos martillaban suave cuando estaban lejos, fuerte cuando pasaban bajo la ventana. En las pausas de aquel ritmo somnoliento se colaban voces sin palabras y risas breves. De vez en cuando alcanzaban a oírse las gaviotas: el mar no estaba lejos.

También ese año todo era idéntico a sí mismo. Pero madre e hijo percibían ambos, aunque de manera distinta, que la normalidad era extraña y deforme, de un modo que no habrían sabido explicar.

La mujer se asomó un poco por la ventana, mientras él realizaba la exploración de siempre por cada rincón, baldosa y grano de arena, que así reconocía y saludaba.

Al otro lado del sendero había una casita idéntica a la de ellos. Una niña morena y menuda contaba en voz alta en una lengua extranjera, mientras empujaba un columpio vacío. Jedan. Dva. Tri. La mujer sintió con más fuerza la extrañeza. Sedam. Osam. Devet. La vocecita creaba una especie de silencio alrededor, como un péndulo en una habitación vacía.

En el bar, el niño quiso enseguida la magia de la monedita en la ranura del dispensador de bolitas, con la rueda que gira a duras penas y chirría con un sonido grave, y la sorpresa que baja como un milagro casual; luego deseó un helado, y este llegó con una breve acrobacia de manos que hacían saltar la bolita de un cono a otro, destinado a derretirse en gota tras gota dulcísima sobre los dedos y alrededor de los labios. Todos los rituales empezaban a cumplirse con el gesto de asentimiento de la madre, que aun así esperaba el rebote de la bolita y el perfume del helado en la piel del niño.

Seguía habiendo algo distinto en el aire de aquel primer día, pese a la identidad de los gestos. La mujer se preguntó si algún acontecimiento aterrador había ocurrido, o estaba por ocurrir. Durante el invierno y aquella larga primavera había tenido miedo de una infinidad de hechos y posibilidades, y en realidad estaban allí para no pensar en nada, para sentirse como siempre se habían sentido en vacaciones. Pero no parecía posible. El helado no se cayó, la bolita no se perdió: aun así, el niño estaba un poco menos feliz que el año anterior, y durante unos minutos caminó ceñudo y algo apartado de su madre. Luego vio encenderse el parque de atracciones, al final del pueblo, y se le iluminaron otra vez los ojos.

Llegó la noche, perfumada de resina y poblada de escarabajos de mayo, bicicletas y luces de bazares. El niño se durmió enseguida; la mujer se sentó en la pequeña terracita a escuchar la noche. Tenía el pensamiento bloqueado y los nervios en alerta, como durante toda la jornada, a pesar del intento de sentirse como siempre. La tensión se volvió ansiedad, y la ansiedad, angustia, y esta un deseo irresistible de volver a casa, a salvo. Lo apartó como a un mosquito: inútilmente. Deseó recoger ropa y víveres y marcharse de inmediato, en plena noche.

El amanecer le prometió alivio. Los ruidos de las tazas en la mesa y del café que se anunciaba no despertaron al niño, y tampoco la luz de la mañana avanzada. De pequeño era él quien despertaba a la madre cada día, porque todo debía empezar pronto y juntos: con el desayuno y las pequeñas señales recíprocas, la repetición de palabras y gestos habituales, como un roce leve en el cabello del niño, o la frente inclinada hacia la madre, esperando el beso.

La playa era un desierto. Extendieron las toallas y permanecieron largo rato mirando el mar, en silencio. Luego él le habló del sueño de esa noche, con todos los “y después” y los “entonces” de los relatos infantiles; ella se preguntó cuánto tiempo más le hablaría así, con los ojos vivos y claros clavados en los suyos.

Se levantó un viento duro y frío, presagio de tormentas. Mientras el olor del mar se intensificaba, corrieron a casa, a resguardo. Sin embargo, no pasó nada. Así como el viento había llegado, así se fue. Habían esperado la tormenta en vano, y quedó una sensación de cosa inconclusa que los llevó a ambos a un estado de inercia. Dejaron que la tarde transcurriera sin notarla, tendidos en sus camas, durmiendo y leyendo, para levantarse con el sol bajo, antes del anochecer.

El tiempo avanzaba. Todo seguía siendo normal y, por eso mismo, extraño. La angustia subía y bajaba con el mar y se mezclaba con las nubes veloces de las tormentas veraniegas. La piel se oscurecía; cada día era igual al anterior, salpicado de gestos habituales acumulados a lo largo de los años y sedimentados alrededor de las horas que marcaban. Solo cambiaba la vibración de las cigarras, que subía como una marea, mientras los veraneantes disminuían, vaciando el pueblo. Al final, madre e hijo se quedaron solos. Todo a su alrededor había desaparecido: habitantes, veraneantes, incluso los gatos del pueblo. Apenas se dieron cuenta; siempre habían ido a lo suyo. Cada encuentro no era más que la epifanía de esos pequeños acontecimientos esperados, siempre idénticos a sí mismos, tanto que los demás no se notaban, como si fueran figuras de fondo. Eran fantasmas desvaídos que ese año, poco a poco, desaparecieron.

Por la mañana el niño jugaba en el agua trazando con los brazos abiertos un círculo de salpicaduras alrededor del cuerpo; se detenía y, charlando con el cielo, observaba el reflejo del sol en el agua; luego saludaba a la madre desde lejos, en el mismo instante en que ella alzaba los ojos del libro, como si se hubieran puesto de acuerdo sobre el segundo exacto en que pensarse. La mirada de la mujer duraba un poco más, porque sabía que no volvería a verlo jugar así. No estaba triste: solo era el último verano en que su hijo era niño.

Pero quién sabe: también podía ser el último verano del mundo.

Llegó el día de la partida. La madre paseaba sola. Los equipajes estaban listos; se trataba de despedirse del mar. Caminaba rápido, para regresar pronto. El canto de las cigarras primero la acompañó y luego la asaltó, como un mantra al revés. Desde los muslos una ola de frío le subió hasta el vientre, y al pecho, y a la garganta, que se le cerró, dejándola sin aliento. Todo el extrañamiento de aquellas extrañas vacaciones tomó la forma de la muerte. Se dio la vuelta: la casa de vacaciones aún se veía. Corrió como nunca, con el corazón retumbando y rechinando.

La puerta estaba abierta, la casa vacía: la recorrió gritando habitación tras habitación, esperando la tragedia, pero nada: solo se había quedado sola.

La sangre desaceleró su carrera, el corazón se calmó, el silencio volvió a la casa.

Desde la ventana aún abierta, por fin lo vio: él la saludó y luego echó a correr, lleno de cielo.

La madre cerró la ventana. Por un momento se quedó a oscuras, imaginando el verano que envolvía e iluminaba a su hijo, para alzarlo como el viento alza el polen.

Simonetta Olivo vive y trabaja en Trieste. Ha publicado sus relatos en las series Urania y Millemondi Urania (Mondadori), así como en la revista Robot (Delos Books). Es autora de los libros de relatos Fantafiabe (Delos Digital, 2018) e Insogno (Delos Digital, 2019). En 2019, publicó cuatro microrrelatos con Words Without Borders bajo el título "Microverses" y fue editora y autora de la antología Atterraggio In Italia (Delos Digital). Sus cuentos han contribuido a las antologías Fantatrieste (Kipple Officina Libraria, 2020), 2050 – Quel che resta di noi (Delos Digital, 2021), La boutique degli incanti (Delos Digital, 2022) y Universi smarriti. Il meglio della scienza italiana indipendente. (Delos Digital, 2023), L’Italia del soprannaturale (Edizioni Scudo, 2023), Dormono sulla collina – Tra Masters e De Andrè (Kipple Officina Libraria, 2023). En 2024, Delos Digital publicó la antología personal L’ultima estate del mondo y la novela corta Vita Nova. La misma editorial también publicó la antología S/Confinati, de la que es editora, en julio de 2024.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

EL ÚLTIMO VERANO DEL MUNDO