Lídia Fedina
—¡Dame mi dinero!
—bramó Csák al entrar en la habitación del edificio en ruinas donde Piti se
había instalado, desafiando todo riesgo de derrumbe. Era un tipo grande,
musculoso, un auténtico cabeza hueca de gimnasio, con una buena dosis de
astucia primitiva que lo había convertido en el rey del barrio.
—No, hombre, por favor —gimió Piti,
temblando por las drogas, reducido a piel y huesos. No hacía tanto tiempo se
llamaba Pitman, pero ahora su nombre había quedado en Piti—. Todavía es lunes,
te dije que el miércoles puedo pagarte, ¡joder!
—¡No me insultes! —gruñó Csák,
mientras miraba alrededor para ver qué podía confiscar como interés, porque el
dinero se lo iba a cobrar a ese lagarto pasara lo que pasara. Pero no había
nada: solo un colchón mugriento, una manta y una bolsa con el logo de Nike,
sorprendentemente nueva.
—¡Tráela! —le ordenó Csák a su
acompañante, Gilisztás, cuyo apodo era mejor no investigar.
—Me la dieron hace una semana en el
albergue —se justificó Piti—. No hay nada dentro, jo… —se tragó el insulto, que
para él era tan natural como respirar, porque sabía muy bien que Csák golpeaba
tras la primera advertencia.
—¿Qué hay dentro? —preguntó Csák,
justo cuando Gilisztás volcaba el contenido de la bolsa en el suelo.
—No, por favor, jo… —ladró Piti, y
Csák, que no consideraba eso una forma correcta de “traer”, resopló con
disgusto y removió los objetos con el pie, ya que había oído claramente algo
golpear el suelo.
—¿Y esto qué es? —Csák se inclinó
para recoger una caja negra, más o menos del tamaño de un teléfono inteligente,
con un solo botón cubierto por una tapa de seguridad. La abrió: apareció un
botón rojo y una inscripción. Entrecerrando los ojos, leyó—. ¿Reset…?
—Borrado, volver al estado inicial
—dijo Piti con rigidez, y luego, con una idea repentina, añadió—. Te devuelve
al pasado.
—¡La madre que…! —se maravilló
Gilisztás, pero Csák resopló como un motor al que le suben las revoluciones.
—¡No te burles de mí! ¿De dónde
sacaría un perdedor —torció la boca con desprecio— un cacharro tan tecnológico?
—De un vagabundo. Dijo que le debía
todo a eso.
—¿Que vagabundo…? —se rio
Gilisztás.
—Dijo que era peligroso —explicó
Piti, pero Csák lo interrumpió:
—Supongamos que me tienes más miedo
a mí que ganas de mentir —lo miró con dureza—. ¡Supongámoslo! Pero aquí solo
hay un botón. ¿Cómo sé a dónde voy, eh?
—Hay que pensarlo. Solo puedes
volver a un lugar que seas capaz de imaginar, algo que ya haya ocurrido
—balbuceó Piti con rapidez, y añadió—. Te lo doy si saldamos la deuda de veinte
mil, ¿de acuerdo?
—¡La lotería! ¡Vuelve a antes del
sorteo! —propuso Gilisztás, iluminado de repente.
Csák soltó una carcajada codiciosa.
—¡Vale, merece la pena probarlo!
¿Sabemos qué números salieron?
—Un momento… —Gilisztás rebuscó en
el bolsillo y sacó un boleto arrugado—. Llévate esto. He apuntado el número
ganador. ¡Vuelve al sábado por la mañana!
—¡No me digas lo que tengo que
hacer! —lo cortó Csák—. ¿Y cómo regreso? —preguntó a Piti.
—Con el tiempo. Esta cosa solo
funciona hacia atrás, jo… —Piti consiguió tragarse el insulto—. Si eres
millonario, ¿qué más te da esperar unos días?
Csák volvió a reír.
—¡Está bien! ¡Si funciona, lo
compro por veinte mil!
Gilisztás rio satisfecho con él, y
Piti se encogió de hombros en señal de acuerdo.
—Imagina el lugar donde quieres
llegar —aconsejó a Csák—. Un sitio tranquilo donde estuvieras el sábado por la
mañana. Allí ocupas el lugar de tu yo anterior… —de pronto hablaba como antes
de las drogas, como cuando enseñaba a sus alumnos. Cuando aún tenía familia y
trabajo. Cuando todavía no insultaba.
Csák sabía perfectamente dónde
había estado el sábado por la mañana, pero no quería cambiar eso. En casa de
Bögyös Maricsuj. Aunque después se había tomado un trago en el Kiskapás. En la
escalera, al salir de casa de Maricsuj, no se había cruzado con nadie. Eso
serviría.
En cuanto lo decidió, pulsó el
botón. Perdió el equilibrio al instante. Intentó apoyarse en la pared, pero
todo ocurrió tan de repente que no logró sostenerse y rodó por las escaleras.
Se detuvo en el rellano entre fuertes gemidos; le dolía todo el cuerpo y se
había raspado una mano hasta hacerla sangrar contra la pared durante la caída.
Sacó un pañuelo de papel para presionar la herida. Al mismo tiempo, extrajo del
bolsillo un papel arrugado. No era dinero; le pareció un boleto de lotería
caducado y ni siquiera se agachó a recogerlo. Siguió bajando. Ya era hora de
pasar por el Kiskapás.
Piti y Gilisztás se miraron
sorprendidos cuando Csák desapareció de entre ellos. Piti nunca había visto
cómo era cuando otro usaba la caja, que ahora yacía en el suelo entre ambos.
Sí, así funcionaba: el aparato siempre lo esperaba donde se había usado por
última vez, como si existiera fuera del tiempo.
—¿Y tú por qué no cambiaste tu
vida? —Gilisztás señaló la caja con la barbilla—. ¡Podrías ser el rey!
—Lo intenté —Piti negó con la
cabeza, resignado—. ¡No puedes cambiar tu destino desde afuera! Borra,
reinicia. Vuelves atrás sin recordar nada… Recorrí el mismo camino una y otra
vez.
—¡Vete al diablo! —la desconfianza
despertó de golpe en Gilisztás—. ¡Estás mintiendo! Si borra todo, ¿cómo sabes
qué es este aparato?
—Hay dos maneras. No vuelves a un
momento anterior a cuando lo conseguiste. O te dejas un aviso en él. Por
ejemplo, que no sirve de nada usarlo.
—¡La puta vida! ¡Eso es hacer
trampa! —gritó Gilisztás, y de pronto, furioso, agarró la caja y la estrelló
contra el suelo, luego la pisoteó. Muchas veces. Con rabia asesina.
Al principio Piti miró aterrorizado
cómo el dispositivo se hacía pedazos, pero poco a poco su mirada se llenó de
resignación.
—Al final, sí que eres el más listo
de los tres, Gilisztás —rio—. ¡El que inventó esta cosa debía de ser un
bromista increíble!
En ese momento los alcanzó la ola
temporal. Era sábado por la mañana. Piti sacó el relé temporal de la bolsa Nike
y leyó la nota que tenía sujeta con una goma elástica. Algo parecido a un
recuerdo tembló en su mente, en la densa niebla de lo irreconocible,
relacionado con Gilisztás. Volvió a meter la caja entre sus cosas y se le
ocurrió que, en lugar de usarla, podría intentar venderla. Completaría la nota
que se había escrito a sí mismo antes del primer intento con una indicación:
vender el aparato… Si tenía suerte, regresaría a él incluso si no lo usaba
personalmente. Entonces podría venderlo varias veces… Y si eso no funcionaba,
aun así valdría la pena venderlo una vez. Tal vez precisamente a Csák, porque
seguro que vendría a cobrar su dinero incluso antes de que venciera el plazo.
Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódja, Virokalipszis, Idiótazás, Az elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.

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