Rosa Lía Cuello
Hay días que son así, con ese gustito de querer desentonar con la vida. Y hoy es uno de esos. Dejame que te cuente por qué. Se nos enfría el café que pedimos bien cargado, sólo como un acto cotidiano.
Sé que vas a irte en cualquier momento y necesito que no lo hagas. De qué sirve ese gesto angelical, mirada al fin que me hace suponer que no se perdió todo.
Te costó dejarme sentar en tu mesa, leí en tus ojos un no sé qué. Tal vez pasó un segundo de recuerdos por tu cabeza que permitió que me indicaras la silla.
Sentiste pena, no lo niegues, me miraste seria como si no me conocieras. Corrí la silla y me senté como si fuera el último acto de mi vida. ¿Por qué tengo esa manía de teatralizar todo? ¿Por qué no entiendo que la vida es esa obra de teatro donde estábamos interactuando, y yo, de pronto, me crucé al teatro de enfrente y te dejé sola en el escenario?
Te dije que quería explicarte el malentendido, respiro hondo, y se me amontonan todas las palabras en la garganta. Me viene a la memoria aquella tarde.
El café se enfría, te digo. Sí, ya sé que nadie va a morir por un café frío, pero yo me estoy ahogando con las letras que se me atraviesan. ¿Y si no me comprendes? ¿Y si ya no te importo?
Inútil el gesto de querer tocar tu mano, la mirada feroz que me brindás se esparce por todo mi cuerpo y siento cien cuchillos rebanando lo dicho en mi garganta. Retiro mi mano y la coloco sobre el sobrecito de azúcar que no usaste. Tu mirada rueda hasta la ventana y se desliza a la calle.
Te hicimos una broma, te digo. Siento que me hundo en un pozo oscuro. Que me crea, porque es verdad. Que me crea.
Ah, me contestás, que lindo gesto. Y otra vez me quedo sin palabras, me las trago y las siento caer en mi estómago. Entonces tus ojos verdes vuelven a encontrarse con mi mirada y veo ternura en la tuya. Tal vez no la haya. Igual ellas hacen un esfuerzo patético, suben, suben, suben y otra vez se aglutinan en mi garganta.
Salen casi sin ruido, se enredan en mi aliento, entonces te cuento que aquella tarde te vimos llegar y decidimos sacarnos las remeras, tu amiga, Pablo y yo, para que pensaras lo peor, y nos tiramos los tres en el mismo sillón.
Cuando abriste la puerta la historia tomó otro camino. No sé qué diablos habíamos imaginado que harías. Pero pusimos un gol en contra en el arco de tu confianza. Te fuiste sin que pudiéramos explicarte, la risa se nos congeló en la comisura de los labios.
Salí, pero ya no estabas. Presumo que tomaste un taxi para alejarte, y en estos dos meses no atendiste el teléfono, tu madre no me saludaba, y yo me sentí tan pobre tipo…
Perdón, te digo, fui un tarado. Esta es la parte más difícil porque me seguís mirando y yo descubro de repente que otra vez se me muere el discurso. No me importa todo lo que ensayé frente al espejo, no dije ni la mitad y me siento tonto.
Entonces vos me tomás la mano que antes rechazaste, mientras me agradecés. Cae el telón sobre mi cabeza. Quiero que te tragues tus palabras, pero vos seguís diciendo que, gracias a lo que hice, descubriste que en realidad querés a Pablo. Y te brillan los ojos de alegría, mientras yo repleto de vocablos no dichos, me tomo el café helado, me levanto, voy al mostrador, pago, siento tu última mirada de pena en mi espalda y hago mutis por el foro para que no me veas llorar…
Rosa Lía Cuello es Técnico Superior en Diseño Gráfico y Publicitario, escritora y plástica. Vive en Cañada de Gómez. Ganó premios y menciones nacionales e internacionales en Poesía, Cuento y Cartas de amor. Participó de numerosas antologías en Chile, España, Perú, Méjico, Francia y Argentina. Fue Vice-presidente de S.A.L.A.C. y dirigió el departamento de arte en Revista La ciudad distante. Publicó: Dentro de mí (2001, poemas), Es todo el silencio (2014, poemas), En el nombre de la madre (2019, cuentos) y Mientras un ángel bebe de mi sombra (2022, poemas). Participó del proyecto “Santa Fe lee y crece” Condujo el programa “Palabras con sentido” en Radio Cultural Online.

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