Julio R. Estefan
A Hugo no lo veía desde el segundo año de la facultad.
Fue el año que se ganó el mote de “el bromista” por la ocurrencia que tuvo en
la clase de Física II. La cosa fue así: el profesor de aquella asignatura era
sordo, nos lo había dicho claramente el primer día de clases, “No voy a
contestar preguntas durante mi exposición, porque no escucho nada”. Después
supimos por su esposa, quien daba las clases de Análisis Matemático, que era
tan terco que se negaba a usar el audífono que le habían recetado.
En fin, aquel
día de agosto, Hugo llegó al anfiteatro con una novedad: la famosa caja de la
risa de Tato Bores. Era un artefacto sencillo, con un disco de plástico y un
mini tocadiscos que funcionaba con una pila doble A y un pequeño interruptor.
Era similar a la cajita que traían en esa época las muñecas parlantes, pero en
la caja de Tato Bores, lo que se había grabado era una carcajada sonora y
contagiosa que al oírla te hacía reír aunque no lo quisieras. El cómico de los
monólogos la había hecho famosa en su programa, accionándola ante la respuesta
o exposición de los políticos de turno, con evidente sarcasmo.
Hugo, nadie
sabía cómo la había obtenido, tenía la primera que veíamos de cerca. Las cosas,
como a veces sucede, se acomodaron a favor del bromista. El profesor acostumbraba
copiar en el pizarrón las deducciones matemáticas que llevaba desarrolladas en
su carpeta de folios. Por una incierta coincidencia, un auxiliar lo había
llamado fuera del anfiteatro, en medio de la clase, y Hugo supo que esa era su
oportunidad. Bajó a zancadas desde la última fila, tomó la carpeta del profesor
y le arrancó una hoja, la que seguía a la que estaba copiando hasta ese
momento. Con la misma celeridad volvió a su asiento y esperó como si nada.
Nadie sabía, ni siquiera los amigos más cercanos de Hugo, lo que éste tramaba.
El profesor volvió a la pizarra, tomó su carpeta y continuó copiando el
desarrollo interrumpido. En un instante, notó que algo andaba mal. Se alejó del
pizarrón y miró lo que había escrito. Miró los apuntes. Borró algunas
ecuaciones y volvió a copiar de sus escritos. Otra vez se detuvo. No lograba
descubrir el error. En ese preciso momento, Hugo accionó la caja de la risa y ésta
comenzó a resonar en el anfiteatro. Por supuesto, todos los estudiantes fuimos
contagiándonos con aquella risa que poco a poco se multiplicaba y resonaba en
el recinto.
El profesor se
puso aún más nervioso. Miró al auditorio y solicitó silencio. “¿Qué les pasa?
¡Cállense! ¡No voy a continuar en estas condiciones!”. Finalmente, tomó sus
cosas y salió del anfiteatro con un gesto de disgusto y el rostro encendido de
vergüenza.
Hugo se doblaba
de la risa, y nosotros también, aun cuando a algunos, después, nos remordiera
la conciencia. Esa fue la última semana que vimos a Hugo en la facultad. No
volvió y perdí todo contacto con él, hasta hoy que apareció ante mí, caminado
displicente por la diagonal de la plaza Independencia. Me detuve en seco junto
a la estatua de la Libertad de Lola Mora. Sospecho que me reconoció, pero hizo
como que no me había visto. Tuve que llamarlo un par de veces para lograr que
se detuviera y se acercara a saludarme.
Lo invité a
tomar una café pero se rehusó. “Voy con el tiempo justo”, me dijo. Y sin
embargo, nos quedamos ahí parados conversando al menos una hora. Me contó un
poco de todo; que había estado casado unos tres años; que no tuvieron hijos;
que el matrimonio no era para él. “Siempre fui muy loco”, dijo; y se acordó de
aquella vez con la caja de la risa. Sacó el tema de repente y me contó que
después de aquella broma decidió no volver a la facultad. “No era lo mío”.
Sentí la obligación de preguntarle cómo se le había ocurrido semejante
picardía. Sonrió y me confesó:
“Al viejo de
Física lo tenía entre ceja y ceja desde el comienzo del año. Para mí, se hacía
el sordo para no responder nuestras preguntas en clases. Pero me fue bien.
Ustedes me pusieron el apodo y yo lo tomé como una premonición. Por aquellos
días había leído un cuento muy bueno, de un tal Frederick o Fredric Brown. Un
cuento que narraba las aventuras de un viajante de comercio que se pasaba
haciendo bromas con los artefactos que su compañía fabricaba. La cosa no
terminó bien en el cuento, pero a mí me sirvió de inspiración. Decidí dedicarme
a eso, al negocio de los artículos para hacer bromas. Alquilé un local en el
centro, en Ayacucho y Crisóstomo Álvarez, ‘Birlibirloque’ se llamaba el
negocio. Allí vendía trucos de magia y chascos. Muchos magos profesionales y
amateurs eran mis clientes. Y también gente que quería gastarle una broma a
algún pariente o amigo. Estaba, por ejemplo, el famoso ‘picapica’, un artículo
que se vendía para sorprender a los recién casados. Se ponía el polvo entre las
sábanas y cuando se acostaban comenzaban a sentir picazón en todo el cuerpo,
¡una joda bárbara! O los metales que al soltarlos sobre el piso sonaban como
platos o cristalería rota. ¡Asustaban a las amas de casa, anfitrionas de alguna
cena pituca! Con la magia me iba muy bien. Traía trucos desde Buenos Aires y
algunos importados de España o de Estados Unidos; pero otros, los ideaba yo
mismo. Recuerdo uno que tuvo mucho éxito. Era una moneda que desaparecía en las
manos del espectador o sobre una mesa; y lo hice basándome en la ley de
elasticidad de Hooke (para algo tenía que servirme mi año de ingeniería) y en
un dibujo animado de nuestra infancia: Don gato y su pandilla. La moneda estaba
atada con cinta transparente a una goma elástica, sujeta con una traba para la
ropa en el interior de la manga del saco del mago. Sólo era cuestión de soltar
la moneda en el momento preciso y ¡zas! desaparecía ante los ojos incrédulos de
los espectadores.
“El negocio
anduvo bien hasta el 2001, ya sabes, vino el corralito, perdí mis pocos ahorros
y los costos del alquiler, los impuestos y los servicios se fueron por las
nubes. No puede aguantarlo”.
Hizo una pausa y
vi que, disimuladamente, tragaba saliva. Se le hizo un nudo en la garganta y
casi se le escapa una lágrima. Me miró a los ojos y me dijo: “Pero ahora ando
bien, de alguna manera sigo en mi rubro. Ya no vendo bromas ni magia, pero los
hago para el público, cada vez que me contratan para una fiesta, un casamiento
o una despedida de soltero. Uso siempre un disfraz”, me dijo y metió la mano en
el bolso que llevaba; sacó una máscara y me la enseñó. Era una muy buena
versión del Guasón, el de la película con Joaquín Phoenix y Robert de Niro; la
de 2019.
Después, nos
abrazamos para despedirnos. Cada uno siguió su camino, en la misma dirección,
pero en sentido contrario.
Julio Ricardo Estefan nació en 1963, en Monte Buey, Marcos Juárez, provincia de Córdoba. Vivió en Aguilares, provincia de Tucumán, y desde 1981, está radicado en San Miguel de Tucumán. Es Profesor en Física y Especialista en Educación Superior y TIC. Durante 2008 publicó sus trabajos en la revista Ñ (Buenos Aires), La Buhardilla de Papel (Rosario) y en los blogs de literatura: Químicamente impuro, Breves no tan breves, Ráfagas y parpadeos, Poesía de Tucumán, Alpialdelapalabra, Poetas Siglo XXI Antología mundial, entre otros. Participó en las antologías: Monoambientes (2008), Velas al viento (2010), Fervor de Tucumán (2010), Brevedades (2013), El mundo de papel (2014), Grageas 3 (2014) y Cien páginas de amor (2015). Publicó La excepción a la regla (2009), Juegos de Superhéroes (2010), La señal inválida (2011) y La torre de papel (2013). Algunos de sus poemas han sido publicados en diversas antologías, entre ellas: Reñidero (2012) y Antología Federal de Poesía (2017). Es editor de La aguja de Buffon ediciones y miembro fundador de la Asociación Literaria “Dr. David Lagmanovich”.

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