viernes, 20 de febrero de 2026

EL BROMISTA

Julio R. Estefan

 

A Hugo no lo veía desde el segundo año de la facultad. Fue el año que se ganó el mote de “el bromista” por la ocurrencia que tuvo en la clase de Física II. La cosa fue así: el profesor de aquella asignatura era sordo, nos lo había dicho claramente el primer día de clases, “No voy a contestar preguntas durante mi exposición, porque no escucho nada”. Después supimos por su esposa, quien daba las clases de Análisis Matemático, que era tan terco que se negaba a usar el audífono que le habían recetado.

En fin, aquel día de agosto, Hugo llegó al anfiteatro con una novedad: la famosa caja de la risa de Tato Bores. Era un artefacto sencillo, con un disco de plástico y un mini tocadiscos que funcionaba con una pila doble A y un pequeño interruptor. Era similar a la cajita que traían en esa época las muñecas parlantes, pero en la caja de Tato Bores, lo que se había grabado era una carcajada sonora y contagiosa que al oírla te hacía reír aunque no lo quisieras. El cómico de los monólogos la había hecho famosa en su programa, accionándola ante la respuesta o exposición de los políticos de turno, con evidente sarcasmo.

Hugo, nadie sabía cómo la había obtenido, tenía la primera que veíamos de cerca. Las cosas, como a veces sucede, se acomodaron a favor del bromista. El profesor acostumbraba copiar en el pizarrón las deducciones matemáticas que llevaba desarrolladas en su carpeta de folios. Por una incierta coincidencia, un auxiliar lo había llamado fuera del anfiteatro, en medio de la clase, y Hugo supo que esa era su oportunidad. Bajó a zancadas desde la última fila, tomó la carpeta del profesor y le arrancó una hoja, la que seguía a la que estaba copiando hasta ese momento. Con la misma celeridad volvió a su asiento y esperó como si nada. Nadie sabía, ni siquiera los amigos más cercanos de Hugo, lo que éste tramaba. El profesor volvió a la pizarra, tomó su carpeta y continuó copiando el desarrollo interrumpido. En un instante, notó que algo andaba mal. Se alejó del pizarrón y miró lo que había escrito. Miró los apuntes. Borró algunas ecuaciones y volvió a copiar de sus escritos. Otra vez se detuvo. No lograba descubrir el error. En ese preciso momento, Hugo accionó la caja de la risa y ésta comenzó a resonar en el anfiteatro. Por supuesto, todos los estudiantes fuimos contagiándonos con aquella risa que poco a poco se multiplicaba y resonaba en el recinto.

El profesor se puso aún más nervioso. Miró al auditorio y solicitó silencio. “¿Qué les pasa? ¡Cállense! ¡No voy a continuar en estas condiciones!”. Finalmente, tomó sus cosas y salió del anfiteatro con un gesto de disgusto y el rostro encendido de vergüenza.

Hugo se doblaba de la risa, y nosotros también, aun cuando a algunos, después, nos remordiera la conciencia. Esa fue la última semana que vimos a Hugo en la facultad. No volvió y perdí todo contacto con él, hasta hoy que apareció ante mí, caminado displicente por la diagonal de la plaza Independencia. Me detuve en seco junto a la estatua de la Libertad de Lola Mora. Sospecho que me reconoció, pero hizo como que no me había visto. Tuve que llamarlo un par de veces para lograr que se detuviera y se acercara a saludarme.

Lo invité a tomar una café pero se rehusó. “Voy con el tiempo justo”, me dijo. Y sin embargo, nos quedamos ahí parados conversando al menos una hora. Me contó un poco de todo; que había estado casado unos tres años; que no tuvieron hijos; que el matrimonio no era para él. “Siempre fui muy loco”, dijo; y se acordó de aquella vez con la caja de la risa. Sacó el tema de repente y me contó que después de aquella broma decidió no volver a la facultad. “No era lo mío”. Sentí la obligación de preguntarle cómo se le había ocurrido semejante picardía. Sonrió y me confesó:

“Al viejo de Física lo tenía entre ceja y ceja desde el comienzo del año. Para mí, se hacía el sordo para no responder nuestras preguntas en clases. Pero me fue bien. Ustedes me pusieron el apodo y yo lo tomé como una premonición. Por aquellos días había leído un cuento muy bueno, de un tal Frederick o Fredric Brown. Un cuento que narraba las aventuras de un viajante de comercio que se pasaba haciendo bromas con los artefactos que su compañía fabricaba. La cosa no terminó bien en el cuento, pero a mí me sirvió de inspiración. Decidí dedicarme a eso, al negocio de los artículos para hacer bromas. Alquilé un local en el centro, en Ayacucho y Crisóstomo Álvarez, ‘Birlibirloque’ se llamaba el negocio. Allí vendía trucos de magia y chascos. Muchos magos profesionales y amateurs eran mis clientes. Y también gente que quería gastarle una broma a algún pariente o amigo. Estaba, por ejemplo, el famoso ‘picapica’, un artículo que se vendía para sorprender a los recién casados. Se ponía el polvo entre las sábanas y cuando se acostaban comenzaban a sentir picazón en todo el cuerpo, ¡una joda bárbara! O los metales que al soltarlos sobre el piso sonaban como platos o cristalería rota. ¡Asustaban a las amas de casa, anfitrionas de alguna cena pituca! Con la magia me iba muy bien. Traía trucos desde Buenos Aires y algunos importados de España o de Estados Unidos; pero otros, los ideaba yo mismo. Recuerdo uno que tuvo mucho éxito. Era una moneda que desaparecía en las manos del espectador o sobre una mesa; y lo hice basándome en la ley de elasticidad de Hooke (para algo tenía que servirme mi año de ingeniería) y en un dibujo animado de nuestra infancia: Don gato y su pandilla. La moneda estaba atada con cinta transparente a una goma elástica, sujeta con una traba para la ropa en el interior de la manga del saco del mago. Sólo era cuestión de soltar la moneda en el momento preciso y ¡zas! desaparecía ante los ojos incrédulos de los espectadores.

“El negocio anduvo bien hasta el 2001, ya sabes, vino el corralito, perdí mis pocos ahorros y los costos del alquiler, los impuestos y los servicios se fueron por las nubes. No puede aguantarlo”.

Hizo una pausa y vi que, disimuladamente, tragaba saliva. Se le hizo un nudo en la garganta y casi se le escapa una lágrima. Me miró a los ojos y me dijo: “Pero ahora ando bien, de alguna manera sigo en mi rubro. Ya no vendo bromas ni magia, pero los hago para el público, cada vez que me contratan para una fiesta, un casamiento o una despedida de soltero. Uso siempre un disfraz”, me dijo y metió la mano en el bolso que llevaba; sacó una máscara y me la enseñó. Era una muy buena versión del Guasón, el de la película con Joaquín Phoenix y Robert de Niro; la de 2019.

Después, nos abrazamos para despedirnos. Cada uno siguió su camino, en la misma dirección, pero en sentido contrario.

Julio Ricardo Estefan nació en 1963, en Monte Buey, Marcos Juárez, provincia de Córdoba. Vivió en Aguilares, provincia de Tucumán, y desde 1981, está radicado en San Miguel de Tucumán. Es Profesor en Física y Especialista en Educación Superior y TIC. Durante 2008 publicó sus trabajos en la revista Ñ (Buenos Aires), La Buhardilla de Papel (Rosario) y en los blogs de literatura: Químicamente impuroBreves no tan brevesRáfagas y parpadeosPoesía de TucumánAlpialdelapalabraPoetas Siglo XXI Antología mundial, entre otros. Participó en las antologías: Monoambientes (2008), Velas al viento (2010), Fervor de Tucumán (2010), Brevedades (2013), El mundo de papel (2014), Grageas 3 (2014) y Cien páginas de amor (2015). Publicó La excepción a la regla (2009), Juegos de Superhéroes (2010), La señal inválida (2011) y La torre de papel (2013). Algunos de sus poemas han sido publicados en diversas antologías, entre ellas: Reñidero (2012) y Antología Federal de Poesía (2017). Es editor de La aguja de Buffon ediciones y miembro fundador de la Asociación Literaria “Dr. David Lagmanovich”.

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