miércoles, 16 de septiembre de 2026

AUTOCOMBUSTIÓN

Massimo Citi

 

Hay quien dice que se ha sumergido en un libro. Que ha sido transportado a otro lugar o arrebatado de la realidad. Incluso que se ha quemado el cerebro para comprenderlo. Por un lado estamos nosotros: activos, vivaces, atentos. Por el otro, el libro: pasivo, silencioso, disponible. Pues bien, el libro de este relato es solo un poco menos pasivo que sus hermanos. Muchísimo menos disponible. Probablemente arrastre un pasado largo, larguísimo, y un futuro oscuro y terrible. Se puede intentar leerlo, desde luego, pero las consecuencias pueden ser realmente imprevisibles… Aunque, en cualquier caso, no podrán decir que su lectura no los hizo sudar…

 

Escribir… bah, inútil.

Tiempo perdido, esfuerzo inútil.

Quizá peligroso.

 

Se lo llevan en silencio, envuelto en un sudario de plástico, como si no quisieran despertarlo.

El riesgo ya no existe. Está carbonizado, quemado como una cerilla.

A través de la rendija de la puerta entreabierta puedo ver a enfermeros y policías recorrer su apartamento, «el apartamento del escritor», buscando indicios, rastros, señales o quién sabe qué otra cosa. Probablemente ni siquiera busquen lo mismo. Pasan en silencio por el pasillo y, supongo, por las otras tres habitaciones. Mi vecino se quedó dormido fumando. La colilla encendida resbaló al suelo y cayó sobre la moqueta. En vez de apagarse, dejando una bonita mancha ennegrecida, prendió fuego al sillón. Imagino que se despertó por el calor y el dolor de las quemaduras… suponiendo que llegara a despertarse. Pero no se movió de su viejo sillón. El portero lo encontró perfectamente calcinado. Seguía sentado, con un bloque de hojas chamuscadas sobre el regazo. Probablemente uno de esos manuscritos que leía para la editorial. O quizá el manuscrito de aquel demente.

Es posible que estuviera borracho. O algo peor. Para encontrar concentración, inspiración o vaya uno a saber qué, consumía cualquier cosa a cualquier hora del día. Tragaba, fumaba o aspiraba lo que se le pusiera por delante: alcohol, porros, cocaína. Todo lo que cayera en sus manos. No creo que lo que fumaba en el sillón fuera un cigarrillo. Pero ahora ya no es fácil averiguarlo.

Me encojo de hombros.

Bueno, ya se darán cuenta solos, pienso. Con los peritos o quien corresponda encontrarán rastros de la droga. O de las drogas.

 

—¿Señora?

Me observa a través de la rendija que deja la puerta, todavía retenida por la cadena. Un ojo castaño, con unas pestañas curiosamente demasiado largas para un hombre, asoma entre las hojas de la puerta. Quito la cadena.

—¿Sí?

Empuja apenas la puerta con la punta del zapato.

—Buenos días. Antonio Calabrese, carabineros. ¿Puedo hacerle unas preguntas?

Me encojo de hombros.

—Ya que está aquí…

Inclina la cabeza en un silencioso gesto de cortesía y entra. Acerca la puerta a su espalda sin llegar a cerrarla.

—Solo un par de preguntas…

No termina la frase, pero ya ha resuelto el caso como «estúpido accidente doméstico» y todo lo que viene después es pura rutina.

—¿Sabe si el señor Piatti recibió visitas anoche?

No quiero verme involucrada en esta historia. Todavía ni siquiera he decidido si debo sentir pena por él. En cualquier caso, la pregunta es absurda si ignora por completo cuál era mi relación con «el señor Piatti». Lo miro abriendo mucho los ojos. Un recurso un poco ridículo para una mujer que se acerca a los cuarenta, pero que sigue –o debería decir todavía– dando resultado.

—No, no lo sé —admito, procurando parecer algo alterada.

El carabinero sonríe con mayor convicción. Ahora se siente un protector de la ley, mientras que yo soy solo una muchacha –o una exmuchacha– necesitada de ayuda, consuelo y apoyo. Y, si se presenta la ocasión, quizá de algo más.

—Entiendo. ¿Oyó voces, movimiento? ¿Gente entrando o saliendo?

Me sonríe, aunque noto cierta desconfianza. Tal vez a mi edad debería abandonar de una vez estos gestos de adolescente. Adopto una expresión seria y reflexiva.

—Bueno… diría que hubo algo de movimiento hacia las once de anoche. No puedo jurar que se tratara del profesor; no tengo la costumbre de espiar detrás de la puerta. Pero creo que, a esa hora, alguien salió de uno de los apartamentos. Escuché los saludos de siempre: «hasta luego», «adiós», «chau», «chau»… Después el ruido de una puerta al cerrarse y, enseguida, silencio.

—¿Colegas? ¿Amigos?

—Era una mujer —aclaro—, pero no puedo asegurar que saliera precisamente del apartamento de Piatti.

—Sí, tiene razón. Además… en este rellano hay alguien más que…

Niego con decisión.

—Creo que no. Nadie con una vida social especialmente intensa.

—Ya veo.

Toma una nota rápida. Después relee en voz baja lo que acaba de escribir.

—Visitas… una mujer… se fue alrededor de las once… antes… —Levanta la cabeza de golpe—. ¿Tiene idea de qué estaba leyendo?

Lo miro fingiendo sorpresa.

—No. No tengo la menor idea.

Asiente.

—Claro. Lo estamos preguntando por ahí, pero nadie sabe responder. Piatti estaba leyendo un borrador, algo que había recibido de otro escritor; un principiante, supongo. Un novato o quizá un colega.

—Piatti leía a menudo textos de otros. Daba consejos… al menos eso tengo entendido… —¡Cuidado! No dejes ver que sabes demasiado de su vida. No despiertes sospechas…

—Ah, imagino que fue Piatti quien se lo comentó, quien se lo confió.

Asiento con rigidez.

—Charlas de ascensor.

—Claro, claro…

Sonríe.

—Después de que esa muchacha se marchó, pasadas las once, ¿oyó algo más?

—No. Un silencio absoluto. Era… bueno, era un hombre silencioso, tranquilo.

—Sí, es verdad. Incluso la forma en que se fue resulta muy acorde con su carácter…

Me mira fijamente, ya sin sonreír.

—¿Está completamente segura de no haber visto nunca el libro que estaba leyendo?

Insiste demasiado. Me temo que sabe algo. Lo niego, aunque con un leve titubeo.

Claro que sé perfectamente de qué libro se trataba. Piatti me había hablado de él.

«El libro que me trajo ese tipo. El de los anteojos gruesos, ese medio loco. Mejor dicho: loco de remate.»

Ya se lo había rechazado otras veces con distintas excusas, pero aquella vez el hombre lo había tomado por sorpresa.

«Creo que es el delirio de un asesino místico. Aunque no lo escribió él. Es una interminable serie de asesinatos narrados hasta el menor detalle, interrumpidos por disparates o estupideces pseudomísticas y por frases sin sentido, ni siquiera escritas en italiano. O en alfabeto latino. Tal vez hebreo. Es un libro obsesivo… casi enfermizo. No sabría describírtelo mejor…»

—Usted lo sabe, ¿verdad?

Aprieto los labios.

—Me comentó algo… una novela policial o algo por el estilo.

—Sí.

Me observa con seriedad.

—Nos hemos hecho una idea aproximada de la relación que existía entre ustedes dos, señora. Nada demasiado serio ni comprometido, desde luego… —Se acaricia una aleta de la nariz con un gesto que, no sé por qué, me resulta bastante vulgar— …pero había algo real entre ustedes. Su exvecino de enfrente tenía cierta afición por la fotografía, ¿lo sabía? Y usted sale muy bien en las fotografías. —Me mira satisfecho, casi desafiándome— ¿Alguna vez le mostró las obras de su genio?

Sonrío también, procurando seguirle el juego.

—Solo alguna que otra vez. Últimamente nuestra relación se había enfriado un poco. Nos veíamos menos. La muchacha de anoche vino por él. Debía de ser una demostración… en fin, no importa… Pero ese libro, ese libro, ¿por qué es tan importante?

—¿Quiere cambiar de tema? No es que el libro haya dejado de interesarme, pero acabamos de establecer que ustedes dos eran íntimos y…

—¿Íntimos? No, no, no. Alguna vez comimos juntos. O nos acostamos juntos. Nada más. Ni siquiera me gustaba tanto el señor Piatti. O quizá, simplemente, a veces se notaba demasiado que, en el fondo, era gay. «Me enamoré de ti porque no tenía nada mejor que hacer…», nada más.

—Bueno, anoche estaba aquí con una muchacha…

—Para herirme. Para decirme: «¿Ves? El que no funciona no soy yo; eres tú».

Me observa con una curiosa expresión a medio camino entre la conmiseración y la compasión. Está convencido de que Piatti me engañó y de que yo ni siquiera tengo el valor de admitir cuánto me dolió.

—Supongo que usted no tiene coartada para anoche.

Lo miro, sinceramente sorprendida.

—No sabía que se tratara de un homicidio. No, no tengo coartada. Pero, por si sirve de algo, yo no lo maté.

Hace un breve gesto de negación.

—No fue un homicidio. Quizá un suicidio asistido.

—Bueno, pues yo no lo asistí.

—Estoy convencido. Pero me temo que el asunto es más complicado. Me gustaría conseguir otra copia del texto que estaba leyendo… ¿Cómo se llamaba el autor?

—No sé si era el autor. En cualquier caso se apellidaba Frigoni o Brigoni, algo parecido. Creo que Piatti guardaba la dirección… o quizá era una tarjeta… En fin, la tenía en su secretaire… Dios, qué nombre tan ridículo.

—Es posible. Echaremos un vistazo a su escritorio –llamémoslo así– y buscaremos al señor Frigoni o Brigoni. Tal vez tenga otra copia del mismo libro. Por el momento, muchas gracias.

Inclino apenas la cabeza, como diciendo «no hay de qué», pero en realidad estoy pensando en otra cosa.

¿Por qué le interesa tanto leer el libro que trajo aquel cuatro ojos desdichado? Da la casualidad de que Piatti estaba leyendo precisamente ese manuscrito la noche de su muerte. Mala suerte, pensándolo bien. Aunque no creo que el libro tenga relación alguna con lo ocurrido.

 

El funeral fue una decepción.

Supongo que esperaba algo más animado o, simplemente, una concurrencia mayor. O que la editorial enviara a alguien más importante que un simple empleado administrativo.

Había un par de escritores: un joven desaliñado, con aspecto de haberse levantado hacía cinco minutos y dispuesto a volver corriendo a la cama, y una mujer de mediana edad, excesivamente arreglada y maquillada como una prostituta de carretera en el ocaso de su carrera.

Los familiares eran pocos: un hombre corriente que habría jurado que era su hermano, acompañado por dos gemelos pálidos y silenciosos como si fueran prometidos de la muerte. Y dos ancianos abatidos, que imaginé serían sus padres.

También estaba Calabrese, prácticamente indistinguible de los empleados del crematorio vestidos de gris.

Al terminar la ceremonia –una breve espera frente al horno crematorio mientras el cuerpo mortal de Piatti terminaba de reducirse a cenizas– Calabrese me aguardaba junto a mi coche, estacionado a unos doscientos metros de la entrada del cementerio.

No hace buen día.

Es el comienzo de la primavera: luminoso, pero frío, azotado por un viento caprichoso del que resulta imposible protegerse.

Lamento no haberme puesto un jersey de cuello alto mientras levanto el cuello del abrigo.

—Todavía hace frío, ¿verdad?

Lo miro sin sonreír. Solo le faltan unos bigotitos finos para parecer la mano derecha del jefe de una familia mafiosa.

—Desde luego —le concedo—. ¿Necesita preguntarme algo más o…?

Levanta una mano con una media sonrisa.

—Por favor, por favor. No es eso. Lo que ocurre es que después no conseguí hablar con Brighenti; así se llamaba. —Saco las llaves del coche del bolso, solo para darle a entender que noticias como esa no me interesan. Más aún: que tengo prisa por volver a casa—. No, espere. Lo interesante no es eso. Lo interesante es que Brighenti murió. La misma noche, de la misma manera y, creo, a la misma hora que… ¿Entiende?

Normalmente me habría encogido de hombros. Ese tipo de noticias, dignas de un programa sensacionalista, nunca me impresionaron demasiado.

Pero no puedo. Tengo que admitir que esto sí me ha impresionado. Calabrese debió advertirlo, porque insiste.

—Quemado. Brighenti estaba en la cama a esa hora. Creo que leía sentado, porque padecía una enfermedad en la garganta que le impedía acostarse. Cualquiera podría pensar que estaba fumando y que se quedó dormido con el cigarrillo encendido entre los dedos.

—Otro idiota, por lo visto.

—Sí, podría suponerse eso. Pero no es posible. El problema es que Brighenti no fumaba. Nadie ha logrado encontrar una explicación razonable para el incendio. Estaba leyendo, pero del libro apenas quedó nada. El caso es que el expediente de Brighenti sigue abierto, aunque tarde o temprano acabarán archivándolo, y el único elemento curioso, o quizá misterioso, es el otro caso semejante ocurrido la misma noche: el de Piatti.

—¿Estaban leyendo el mismo libro?

No sé cómo se me ocurrió la pregunta, pero enseguida comprendo que di en el blanco.

Calabrese asiente con un movimiento exagerado.

—Exactamente. La portada quedó completamente destruida por el fuego, pero algunas páginas sobrevivieron parcialmente y, al compararlas con los fragmentos encontrados sobre Piatti, resultó que, con toda probabilidad, pertenecían al mismo libro. En el texto aparecen unos caracteres muy extraños, quizá hebreos. Algo que no esperaba encontrar…

Se encoge de hombros.

—Naturalmente, esta no es una investigación oficial. La muerte de Piatti quedó archivada como accidente doméstico, pero no descarto conseguir que el caso se reabra.

Asiento.

No me entusiasma la idea de que reabran la investigación. No tengo ninguna gana de declarar: «Sí, mantenía una relación con el señor Piatti».

Pero hay algo en toda esta historia que empieza a asustarme.

—¿Qué clase de libro era? ¿Ha logrado averiguarlo?

—Un manuscrito, aunque no era obra de Brighenti, como quizá usted creyó…

—No, no era suyo. Brighenti nunca me cayó bien, y mucho menos al pobre Piatti, que no encontraba la manera de librarse ni de él ni de su libro. Según Brighenti, se trataba de un documento excepcional, único. Para Bruno, Bruno Piatti, no era más que una interminable sucesión de asesinatos perversos, interrumpidos por reflexiones absurdas. El producto de una mente enferma, escrito sin preocuparse lo más mínimo por el eventual lector. Según él, el autor era un loco. Y Piatti no era precisamente de los que repartían calificativos a la ligera.

—El libro, o lo que queda de él, no contiene nombres ni nada que permita averiguar quién es el autor. Por otra parte… —Calla, buscando las palabras, con la mirada fija en el suelo, en algún punto entre mi rueda y la delantera del coche estacionado delante—. Por otra parte —prosigue—, no es posible –o al menos todavía no lo es–, pensar que exista una relación entre el contenido del libro y la muerte de quienes lo leen. ¿No le parece?

Un escalofrío, inesperado. De pronto ya no tengo ningún deseo de volver sola a casa.

 

Pasaron varios días antes de que volviera a oír la voz de Calabrese. Días tranquilos. Demasiado tranquilos. Vinieron los de la inmobiliaria a mostrar el apartamento de Piatti, recién pintado y restaurado, a tres o cuatro interesados. Los espié por la mirilla de la puerta. Curiosamente, esperaba a cada instante que apareciera Piatti de un momento a otro. ¿Lo echo de menos? No lo sé; diría que no, aunque tampoco estoy demasiado segura. Lo cierto es que me alegra reconocer la voz del suboficial de los carabineros a través del portero eléctrico.

—¡Suba! —grito con inesperado entusiasmo.

—Buenos días.

La voz de Calabrese suena una octava más grave. Y desafinada. Permanece de pie ante la puerta, enfundado en un viejo impermeable demasiado grande para él.

—¿Pero qué…?

—Lo sé, lo sé, no tengo muy buen aspecto. Estoy de licencia en estos días. Mejor dicho, me han suspendido.

—Pero no se quede ahí. Entre.

Niega con la cabeza.

—No estoy aquí oficialmente. En mi situación actual no puedo hacer nada oficial, la verdad. Mucho menos andar molestando a amigos y familiares de personas fallecidas hace poco. Pero tengo mis razones, como imaginará.

Mira un instante a sus espaldas, con la rapidez inquietante de quien ha adquirido hace poco un nuevo hábito.

—Ha habido otras muertes como… como la de Piatti. ¿Ha recibido últimamente algún paquete o un aviso de entrega?

—Sí, claro. Espere un momento… —Me alejo de la puerta y voy hasta la cocina—. ¿De verdad no quiere entrar? —grito.

La respuesta que recibo es un sonido extraño, semejante a un profundo gorgoteo que nadie –yo menos que nadie– habría atribuido a un ser humano. Vacilo un instante. Después tomo el resguardo amarillo del correo y corro hacia la puerta, temiendo que se haya marchado. No. No se había marchado. Seguía allí.

Fuera lo que fuese aquello en lo que se había convertido.

 

Esta mañana me cepillé el cabello. Las canas son ya una clara mayoría. Se quiebran y caen sobre el lavabo. Si cierro los ojos vuelvo a verlo. La llama transparente que brota de su ropa y de su boca; los ojos blancos vueltos hacia arriba; la cabeza doblada hacia atrás como la de un búho o una lechuza. Y aquel sonido, ese profundo gorgoteo que parecía llegar desde algún otro lugar, inaccesible.

Los carabineros certificaron su muerte. ¿Qué otra cosa podían hacer?

Encontraron entre sus ropas fragmentos del libro; mejor dicho, de los libros. Calabrese los llevaba siempre consigo, por miedo a perderlos o quizá por alguna otra razón. Debió de leerlos una y otra vez, hasta aprendérselos de memoria. Después llegaron las visiones. La sensación de que alguien lo buscaba, lo llamaba, lo perseguía. Últimamente ha habido otros casos. Según Calabrese, más personas recibieron el libro –ese libro– y murieron quemadas vivas en sus propias casas. Que yo sepa, nadie se atreve a formular hipótesis, ni siquiera a hablar de un plan. Y, sin embargo, cuesta creer que no exista. Todo parece formar parte de un proyecto. De un proyecto antiquísimo que, lentamente, va convirtiéndose en realidad.

El aviso del paquete que me espera en la oficina de correos sigue ahí, sujeto al tablón de anuncios de la cocina. Por ahora es inofensivo. El lugar de procedencia parece decir «Savona», aunque, con esa letra tan descuidada, también podría leerse Sheol.

En teoría, yo no conozco a nadie ni de un lado ni –eso espero– del otro.

Pero podría estar equivocada.

Al fin y al cabo, también Piatti se equivocó.

Y otros antes que él.

Si el libro tiene que llegar a mis manos, de un modo u otro me será entregado. Y no podré evitar leerlo, apasionarme, horrorizarme, arder –literalmente– mientras lo leo.

Lentamente, el contagio crece y nos consume.

Algo antiguo ha despertado, y un libro espera a cada uno de nosotros. Para que lo leamos y perdamos para siempre las palabras, la imaginación y la vida.

Todos estamos siendo juzgados.

Juzgados.

Y condenados.

Massimo Citi es un reconocido escritor, editor y exlibrero italiano especializado en narrativa especulativa, ciencia ficción, fantasía y ucronías. Nacido en Brescia y radicado en Turín, ejerció durante más de cuatro décadas como librero. A la par de su labor editorial con el sello CS_libri, ha sido codirector de publicaciones literarias como la revista LN LibriNuovi y la antología anual Fata Morgana. Asimismo, destaca por la edición de la serie de antologías Alia, referente de la ciencia ficción tanto italiana como internacional. Como autor, ha publicado numerosas novelas y relatos breves. Su obra abarca subgéneros que van desde el steampunk hasta la ficción distópica y fantástica. En 2002 fue galardonado con el Premio Omelas por su relato «Il perdono a dio», una distinción otorgada en colaboración con Amnistía Internacional a obras de ciencia ficción enfocadas en la defensa de los derechos humanos. Además de sus publicaciones impresas, mantiene una presencia activa en el ámbito crítico y ensayístico a través del blog literario Fronte e retro.

 

 


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