martes, 1 de septiembre de 2026

ALICE

Alex S. Johnson

 

Hay cierto ritual, cierta manera de ser ella que a la vez la revela y la oculta. Siente que se le corta la respiración, como si alguien le hubiera pisado el empeine. Se siente vulnerable, pero no tiene miedo porque los tranquilizantes le calman la mente, la envuelven en un baño de algodón, la apaciguan y reconfortan.

Y entonces entra en la sala y sabe que el mar atmosférico está llegando, porque vio los informes de las noticias y no dejaba de esperar que dijeran algo sobre Tony. Pero Tony estaba... Tony se había ido, así, sin más, como si nunca hubiera existido.

Era cierto que él y ella nunca habían sido muy cercanos, salvo durante aquel verano, pero descubrieron que compartían el amor por De Kooning. Algo en la serie «Woman» conmovía a ambos, la manera en que los pasteles estaban embadurnados, el rostro de la mujer contorsionado detrás de otra capa de máscaras sobre máscaras.

Encontraron claridad detrás de la pared de copas de vino a través de la cual se espiaban aquella noche tan tranquila y, al día siguiente, como un preludio, él se había ido, un preludio musical.

Ella pensaba que debían de haber sido primos. Pensaba que debían de haberse conocido en el pasado, quizá en otra vida. Pensaba que en aquella otra vida él había sido Alice y ella Tony. Pensaba muchas estupideces.

Había llegado el momento, el momento de adornarse con la máscara. Por supuesto que se había preparado, se había preparado detrás de la máscara que le presentaban los espejos, pero siempre había algo sutilmente equivocado, quizá alienígena, en la base de maquillaje, que hacía que el colorete y todo lo demás, todo lo demás, resbalaran sobre su rostro, cayeran y tropezaran, tropezaran y cayeran.

Se sentía mareada. Metió la mano en el bolso y aferró el frasco. Era un frasco verde de medicamentos recetados y había tironeado y arrancado la etiqueta con las uñas, que estaban ligeramente descascaradas y quebradas y, oh, ¿por qué no iba a una manicura, por qué no se las cortaba? Algo se había desplazado, algo había resbalado, y sentía inestables los tacones bajo los pies y el vestido de cóctel debía de estar puesto al revés, porque las miradas y las sonrisas astutas que percibía por el rabillo del ojo le mostraban, le decían, le revelaban que Tony ya no estaba en el aire.

El mar atmosférico también había aparecido aquel día y se lo había llevado en forma atómica, partes de él arrastradas, partes de él demoradas, del mismo modo que ella se preguntaba si los viajes en avión no dejaban varadas versiones nuestras de líneas temporales alternativas en diversos puntos de intersección... quizá una Alice más ingeniosa, menos frágil, más mundana estuviera sentada en un café de París o Ámsterdam y ¿seguirían existiendo los cafés de hachís? Siempre se lo había preguntado, había experimentado un poco en la universidad, pero ahora que era adulta, que estaba ahí afuera por su cuenta, aquello le parecía algo superficial y fuera de su alcance. No comprendía nada, no veía nada y no parecía aprender nada sobre sí misma. Pensó en empezar de nuevo, regresar a casa y conseguir un trabajo en la zona. Cualquier cosa. Ser práctica. Ahorrar algo de dinero. Pero había insistido en marcharse y seguir adelante en la Gran Ciudad, y ahora subalquilaba un lugar que sabía que no podría pagar.

Aunque tampoco estaba bien regresar a Poughkeepsie con el rabo entre las piernas. ¿Qué iba a hacer, quedarse en el sótano viendo dibujos animados los sábados por la mañana y comiendo cereales de chocolate como durante su adolescencia suburbana?

Tony estaba sentado dentro del enjambre atmosférico. Ella vio su sombrero revolotear a través de los ojos de su médula y después él estaba sobre la mesa y luego ya no podía verlo con claridad, estelas de vapor azul bailando en los bordes de su visión. Y después se había ido, ido, ido, por el sendero blanco del conejo, ido.

Se había puesto el vestido de fiesta aunque en realidad no era esa clase de fiesta, si entienden a qué me refiero, y podía sentir los ojos sobre ella, el juicio; ellos sabían que ella no encajaba allí y pronto tendría que empezar a inventar excusas o sencillamente marcharse, de manera abrupta, y si en realidad nunca la habían querido allí, sin duda todos exhalarían un suspiro de puro alivio: oh, miren, esa ya se fue, todo en ella estaba mal, no era ingeniosa, no era la adecuada, era aburrida con su vestido de cóctel... una flor de pared vestida para emerger por las grietas pero cayendo cada vez más y más hacia el interior de la estela de vapor, y Tony estaba allí, al final de la estela, con algo en la palma, algo apretado en la palma, y ella no quería verlo...

No quería ver el guion... su guion, despertar ahogándose con el lodo de pastillas que su cuerpo había asimilado increíblemente una y otra vez, aunque... Tony tenía el frasco de pastillas en la mano y se lo empujaba delante de la cara: mira la dosis, querida, mira aquí, ahora ya es demasiado tarde...

El río atmosférico corría a través de su médula y el dolor se abría paso a martillazos por su garganta, pero no encontraba una salida, no encontraba por dónde escapar, y entonces ella quedó sola entre los brazos del vapor azul.

Apodado "el Baudelaire de nuestro tiempo" por el padrino del cyberpunk John Shirley (guionista principal de la película de culto de terror El Cuervo), Alex S. Johnson es autor de numerosas obras de ficción, ensayos y poesía, y su obra se encuentra archivada en la Biblioteca Widener de la Universidad de Harvard, que también alberga los Primeros Folios de William Shakespeare. Entre sus colaboradores se encuentran Sandy DeLuca, Jarboe, Pickles, Tricia Warden, Nicole H. Sixx, Juliet Cook, Michael A. Koby y Pat Cadigan. Ha sido entrevistado por R.U. Sirius, cofundador de la revista Mondo 2000, y por John Maggiore del programa de YouTube Maggiore on Bowie. Johnson vive en Carmichael, California, con su familia.

 

 

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