Alex S. Johnson
Hay cierto ritual,
cierta manera de ser ella que a la vez la revela y la oculta. Siente que se le
corta la respiración, como si alguien le hubiera pisado el empeine. Se siente
vulnerable, pero no tiene miedo porque los tranquilizantes le calman la mente,
la envuelven en un baño de algodón, la apaciguan y reconfortan.
Y entonces entra en la sala y sabe
que el mar atmosférico está llegando, porque vio los informes de las noticias y
no dejaba de esperar que dijeran algo sobre Tony. Pero Tony estaba... Tony se
había ido, así, sin más, como si nunca hubiera existido.
Era cierto que él y ella nunca
habían sido muy cercanos, salvo durante aquel verano, pero descubrieron que
compartían el amor por De Kooning. Algo en la serie «Woman» conmovía a ambos,
la manera en que los pasteles estaban embadurnados, el rostro de la mujer
contorsionado detrás de otra capa de máscaras sobre máscaras.
Encontraron claridad detrás de la
pared de copas de vino a través de la cual se espiaban aquella noche tan
tranquila y, al día siguiente, como un preludio, él se había ido, un preludio
musical.
Ella pensaba que debían de haber
sido primos. Pensaba que debían de haberse conocido en el pasado, quizá en otra
vida. Pensaba que en aquella otra vida él había sido Alice y ella Tony. Pensaba
muchas estupideces.
Había llegado el momento, el
momento de adornarse con la máscara. Por supuesto que se había preparado, se
había preparado detrás de la máscara que le presentaban los espejos, pero
siempre había algo sutilmente equivocado, quizá alienígena, en la base de maquillaje,
que hacía que el colorete y todo lo demás, todo lo demás, resbalaran sobre su
rostro, cayeran y tropezaran, tropezaran y cayeran.
Se sentía mareada. Metió la mano en
el bolso y aferró el frasco. Era un frasco verde de medicamentos recetados y
había tironeado y arrancado la etiqueta con las uñas, que estaban ligeramente
descascaradas y quebradas y, oh, ¿por qué no iba a una manicura, por qué no se
las cortaba? Algo se había desplazado, algo había resbalado, y sentía
inestables los tacones bajo los pies y el vestido de cóctel debía de estar
puesto al revés, porque las miradas y las sonrisas astutas que percibía por el
rabillo del ojo le mostraban, le decían, le revelaban que Tony ya no estaba en
el aire.
El mar atmosférico también había
aparecido aquel día y se lo había llevado en forma atómica, partes de él
arrastradas, partes de él demoradas, del mismo modo que ella se preguntaba si
los viajes en avión no dejaban varadas versiones nuestras de líneas temporales
alternativas en diversos puntos de intersección... quizá una Alice más
ingeniosa, menos frágil, más mundana estuviera sentada en un café de París o
Ámsterdam y ¿seguirían existiendo los cafés de hachís? Siempre se lo había
preguntado, había experimentado un poco en la universidad, pero ahora que era
adulta, que estaba ahí afuera por su cuenta, aquello le parecía algo
superficial y fuera de su alcance. No comprendía nada, no veía nada y no
parecía aprender nada sobre sí misma. Pensó en empezar de nuevo, regresar a
casa y conseguir un trabajo en la zona. Cualquier cosa. Ser práctica. Ahorrar
algo de dinero. Pero había insistido en marcharse y seguir adelante en la Gran
Ciudad, y ahora subalquilaba un lugar que sabía que no podría pagar.
Aunque tampoco estaba bien regresar
a Poughkeepsie con el rabo entre las piernas. ¿Qué iba a hacer, quedarse en el
sótano viendo dibujos animados los sábados por la mañana y comiendo cereales de
chocolate como durante su adolescencia suburbana?
Tony estaba sentado dentro del
enjambre atmosférico. Ella vio su sombrero revolotear a través de los ojos de
su médula y después él estaba sobre la mesa y luego ya no podía verlo con
claridad, estelas de vapor azul bailando en los bordes de su visión. Y después
se había ido, ido, ido, por el sendero blanco del conejo, ido.
Se había puesto el vestido de
fiesta aunque en realidad no era esa clase de fiesta, si entienden a qué me
refiero, y podía sentir los ojos sobre ella, el juicio; ellos sabían que ella
no encajaba allí y pronto tendría que empezar a inventar excusas o sencillamente
marcharse, de manera abrupta, y si en realidad nunca la habían querido allí,
sin duda todos exhalarían un suspiro de puro alivio: oh, miren, esa ya se fue,
todo en ella estaba mal, no era ingeniosa, no era la adecuada, era aburrida con
su vestido de cóctel... una flor de pared vestida para emerger por las grietas
pero cayendo cada vez más y más hacia el interior de la estela de vapor, y Tony
estaba allí, al final de la estela, con algo en la palma, algo apretado en la
palma, y ella no quería verlo...
No quería ver el guion... su guion,
despertar ahogándose con el lodo de pastillas que su cuerpo había asimilado
increíblemente una y otra vez, aunque... Tony tenía el frasco de pastillas en
la mano y se lo empujaba delante de la cara: mira la dosis, querida, mira aquí,
ahora ya es demasiado tarde...
El río atmosférico corría a través de su médula y el dolor se abría paso a martillazos por su garganta, pero no encontraba una salida, no encontraba por dónde escapar, y entonces ella quedó sola entre los brazos del vapor azul.

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