Volker Dornemann
¿Lo ves, amor mío?
¡Todo vuelve a estar bien! ¿No te dije que todo volvería a estar bien?
¡Deberías haber confiado en mí! Nos habríamos ahorrado mucho sufrimiento.
Pero... ¡ay!, quizá todo tenía que suceder así.
Porque ¿acaso no estamos ahora incluso mejor que antes? Casi como cuando nos
conocimos.
¡Qué grande, qué maravilloso fue nuestro amor
durante aquellos primeros días! No te importaba que yo fuera apenas un humilde
juguetero. No te importaba que tu padre se negara a bendecir nuestra unión.
Tenías tus propias ideas y seguías a tu corazón, sin preocuparte por las
consecuencias.
¡Me sentía tan orgulloso de ti, tan feliz! ¡Los dos
lo éramos!
¿Cómo pudo desvanecerse aquella felicidad? ¿Cómo
pudo nuestro amor convertirse en todo lo contrario?
Debería haber reconocido las señales. ¡Las
reconocí demasiado tarde! Tu temperamento, tu fuerte voluntad, tu carácter
indomable... todo eso lo admiraba en ti. ¡Admiraba que, desafiando todas las
convenciones sociales, antepusieras nuestro amor a cualquier otra cosa!
Debería haber comprendido que ese carácter, ese
temperamento, también podía ser destructivo. Que era necesario refrenarlo.
Porque en el matrimonio una mujer debe obedecer a su marido, tal como Dios lo
ha querido y dispuesto. Como ha sido desde tiempos inmemoriales y como siempre
ha sido.
Sé que no puedo culparte únicamente a ti. Yo
estaba cegado. Y no lo comprendí hasta que fue demasiado tarde.
¡Casi! ¡Gracias a Dios, solo casi! Porque
¡míranos ahora! Todo vuelve a estar en orden. ¡Y así seguirá, si el destino lo
quiere, hasta el fin de nuestros días!
Nuestra última discusión estuvo a punto de
separarnos. Querías abandonarme. No te importaba el estigma que pesa sobre una
mujer divorciada. Como entonces frente a tu padre, también ahora tu obstinación
era más fuerte que cualquier razonamiento.
Yo no quería hacerte daño. ¿Verdad que lo sabes, chérie? Pero yo también tengo cierto
temperamento. ¡Un hombre tiene su orgullo! Tus palabras me habían herido
profundamente. ¡Y al final hasta te reíste de mis sentimientos lastimados!
Seguramente fue la histeria que afecta a las mujeres cuando sus humores se desequilibran.
¡Yo no quería golpearte! ¡No con tanta fuerza
como para que perdieras el equilibrio y cayeras al suelo! ¡Tú lo sabes! No soy
un mal hombre.
Fue un accidente que, al caer, tu cabeza golpeara
de tan mala manera contra el borde de la cómoda. De eso no cabe ninguna duda. Y
si hubieras muerto, cualquier juez lo habría considerado de la misma manera.
Pero tu herida no fue mortal, ¡gracias a Dios!
Hoy sé que Él, en su sabiduría, dispuso que así fuera.
Solo tu mente se había marchado. Se había
desvanecido hacia regiones del más allá. Y con ella, tu carácter rebelde.
También desaparecieron las facultades más elementales que posee hasta un niño:
el habla, los movimientos coordinados. En tu envoltura de carne no había
quedado nada salvo el vacío.
Y comprendí: ¡esta era nuestra oportunidad!
Porque el vacío podía volver a llenarse. Y esta
vez únicamente con cosas buenas, allí donde antes habitaban las malas. Con
orden allí donde antes reinaba el caos.
Solo soy un juguetero, es cierto, ¡pero gozo de
gran prestigio entre los de mi oficio! No me limito a crear sencillas figuras
talladas o muñecas inanimadas. ¡Oh, no! Conozco y utilizo las leyes de la
mecánica, poseo los conocimientos y la destreza de la relojería. ¡Creo
maravillas mecánicas dotadas de vida!
También esto contribuye a nuestra buena fortuna:
vivimos en una época de grandes descubrimientos e invenciones. Con la fuerza
del vapor impulsamos colosos de acero a través de los mares; con montgolfieras
y dirigibles vencemos la gravedad de la Tierra, que nos mantuvo encadenados
durante milenios. Medimos el tiempo con precisión mediante engranajes y
resortes metálicos.
Engranajes y resortes. Y una llave para dar
cuerda al mecanismo y poner en movimiento unos miembros inertes.
Tus movimientos ya no poseen la gracia con que
antaño parecías flotar sobre el suelo cuando bailabas. Todavía no. Tendré que
introducir algunas mejoras.
Confía en mí: ¡el progreso no se detiene!
Echo un poco de menos las conversaciones que
manteníamos cuando nuestro amor todavía era joven. Las palabras tiernas que
susurrabas a mi oído. Sin embargo, no extraño los crueles insultos que
terminaste lanzándome.
Ahora se me ocurre algo...
¿Recuerdas el grafófono que compré para nosotros,
para conservar eternamente nuestros juramentos de amor, inmortalizándolos en
cera? Tú me convenciste de comprarlo, aunque aquel pequeño aparato era caro y
consumió buena parte de nuestros ahorros. Fue una idea maravillosa, aunque ni
tú ni yo podíamos saber entonces hasta qué punto aquel cilindro llegaría a
sernos útil algún día.
¡Ahora será tu voz! ¡Y tus dulces palabras
hablarán únicamente de amor!
¡Ah, qué hombre tan feliz soy! ¡Qué pareja tan
feliz seremos! ¡No más discusiones, no más contratiempos! ¡Nunca más!
Quizá solo falte una cosa para que nuestra
felicidad sea completa. ¡Para que no seamos únicamente una pareja feliz, sino
una familia feliz!
¿Conoces la historia de la marioneta de madera que deseaba convertirse en un niño de verdad?
Volker Dornemann reside en Bochum,
Alemania, y trabaja como autor independiente de ciencia ficción, terror y otros
géneros fantásticos. Publica sus relatos en diversas revistas como c't, Space,
Spektrum der Wissenschaft, Phantastisch, Exodus y Weltenportal, así como en
antologías y en sus propios libros. Hasta la fecha, ha publicado siete
colecciones de relatos, tres de las cuales contienen 200 microrrelatos cada una
(con un máximo de 500 palabras por relato). Otras dos se encuentran actualmente
en preparación.

riveting!
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