domingo, 12 de julio de 2026

PERTENENCIA

Alex S. Johnson





 

La pálida luz color miel y limón golpea los arcos de piedra caliza. Entre el gris pizarra y el verde, según sus múltiples estados de ánimo, el Sena cambia de color.

Se oye el estridente graznido de los turistas desde los barcos cargados de extranjeros que pasan deslizándose río abajo; el oleaje golpea los muros del muelle. Macey Kahill siente esas ondulaciones dentro de sí... ella no pertenece a los turistas, a la vociferante horda del vulgo, a los de afuera. Está muy lejos de aquella adolescente torpe, un poco regordeta, quemada por el sol y cubierta de picaduras de abeja, avergonzada de un padre que vendía anfetaminas desde el cobertizo del bosque y de una madre conocida como «la fácil del pueblo».

Ahora es francesa, artista de performance y periodista de verdad. En su biografía antes mencionaba con orgullo «dos años de periodismo en la escuela secundaria», pero hace tiempo eliminó esa línea. Su falta de estudios formales ha quedado eclipsada por el prestigio cultural que posee hoy.

Pasa las páginas de la revista con desgano. Los diminutos sauces de Vert Galant tiemblan con la brisa. El agua golpea suavemente el malecón. El lejano zumbido del tráfico de la orilla derecha, amortiguado por la distancia. Recuerda a Baudelaire y Correspondencias.

Sentada sobre la piedra caliza del muelle e imaginándose en otra parte... un zumbido en los pulmones, en la cabeza, diminutas campanas tintineando... miles de alas... ¿de dónde han salido?

Pasos sobre la piedra antigua... huecos, resonantes. Fragmentos de conversaciones en distintos idiomas llegan flotando desde el puente.

Ha traído el almuerzo. Tiene una hora... la revista le hormiguea entre las manos... tan exótica... se aferra a las palabras; el idioma adquiere de pronto una nitidez absoluta y luego vuelve a escapársele, arrastrado como una barcaza por el río, llevado por las alas, las muchísimas alas...

Otra vez esa palabra, vista en una librería de la Nueva Era: pertenencia. Una manifestación. Un descenso hacia la mente de la colmena.

Hoy es francesa.

Ayer, hace una hora y hace quince minutos estaba de pie mirando el barro. Se sentía atrapada, deformada, como los pies de una estatua hundidos en cemento. Pero ahora... ahora sí... musgo húmedo junto al río... un tenue olor mineral... diésel de un barco que pasa... tierra mojada del pequeño parque situado en la punta de la isla.

Macey siente agitarse la colmena; hay algo en el aire que vibra con una ligera disonancia. Se incorpora, sacude de su falda migas de sal y polvo gris de piedra y continúa. Según el mapa de la revista, este es el Quai de l'Horloge, detrás de Notre Dame.

Los enormes arbotantes se elevan como costillas.

Las suyas le duelen; cada respiración la atraviesa como un puñal... jadea como un maldito animal... qué vulgar, qué poco francés. En casa se reirán de ella. En casa la conocen. Nunca fue precisamente la más brillante. Los muchachos se fijaban en ella simplemente porque no sabía decir que no, si quería salir con alguien. Pero cada vez se sentía explotada. La llenaban. La usaban. Un aborto a los catorce años. Muchos más después. Todo clandestino, por culpa de la religión. Sus padres creían en eso... en un Dios salvaje con el que bebían ginebra... y luego la reprendían y la humillaban... ella sabía que no pertenecía a los elegidos... al menos todavía no.

Las sombras se acumulan bajo los arcos del puente. Los corredores dejan tras de sí cintas de luz; sus ropas brillantes contrastan con la piedra apagada. Las palomas que sobresaltan estallan hacia el cielo.

Hoy es francesa.

Una vez más.

Saborea las palabras, su verdadero linaje, el lugar al que realmente pertenece. Nunca más el apareamiento frenético en los baños de los clubes, varios hombres al mismo tiempo, remolinos de carne, el corazón desbocado por las anfetaminas y el éxtasis... nunca más... ahora conoce su propio valor. Aspira el aire con confianza y busca un cigarrillo. Inhala las campanas de Notre Dame: a veces un toque aislado. Otras, un repique completo. Qué condenadamente sofisticada parece ahora. Qué atractiva.

El golpeteo rítmico de las zapatillas de los corredores. El murmullo grave y constante del río. El acordeón de un músico callejero que desciende desde el muelle superior.

Otra vez ese zumbido...

¿Dónde comienza?

Se deposita como el limo, como un juicio final, como una borradura. Una sombra cae sobre el muelle de piedra caliza... la unión de la luz y la oscuridad... tonos grises... paneles... nodos... abejas...

Ahora están llegando.

Y huelen a piedra caliente bajo el sol y al tenue dulzor de limón y azúcar de las crêpes de un puesto cercano.

Aquí el olor de las algas del río se vuelve más intenso. Las abejas anuncian su presencia: La tempête qui batte.

No son extrañas en su mundo. Las ha visto antes. Muchísimas veces. El altar que construyó. El vínculo que creó sobre la comunidad. La invocación. Fue entonces cuando oyó con mayor claridad el zumbido. El humo de un cigarrillo desciende desde la calle y se mezcla con el suyo.

Se sienta otra vez y abre la revista una vez más. La ha leído tantas veces... ¿cómo pudo pasar por alto aquello?... abejas asesinas procedentes de Sudáfrica... y la ciudad parece inhalar junto con ella. Tose, carraspea, escupe una flema espesa y aplasta el cigarrillo bajo el taco.

El estrecho puente cubierto de candados brilla como una hilera de diminutos insectos metálicos. Las diminutas campanas microscópicas. Vivas. Pululando. Llenándolo todo. Hoy es francesa.

Las tranquilas fachadas residenciales de la Île Saint-Louis: piedra color crema, hierro forjado, ventanas con postigos. Vuelve a toser. Una abeja atrapada en su garganta. Pero no hay abejas en ninguna parte. Levanta la vista y se encuentra con los ojos de decenas de gatos apostados en los alféizares de las ventanas. El río se ensancha a ambos lados, abriendo sus piernas de prostituta. Un viejo puente cruje bajo sus pies.

Un perro ladra desde el balcón de un apartamento. Dentro de ella se multiplican hambres inmensas... es omnívora y lo sabe todo.

El suave entrechocar de platos procedente de cocinas invisibles. El tono del río-prostituta se vuelve más grave a medida que se ensancha.

Hoy es francesa, y una prostituta que atrae a las abejas hacia su miel. Huele a levadura... pan recién horneado de una boulangerie cercana. El picor en la nariz del detergente de la ropa que llega desde las ventanas abiertas.

El aire del río, aquí más fresco y limpio. Limo. Humedad. Entre sus piernas los deseos sedimentan, rezuman, se arrastran, serpentean, se doblan. El zumbido resuena... y resuena... y resuena...

Un tenue aroma a café llega desde las cafeterías que tiene por delante.

Entre islas.

Entre identidades.

La Brasserie de l'Île Saint-Louis.

Toldos rojos, manteles blancos, camareros con chalecos negros.

Se instala en una mesa, pide un café express y espera que el francés que aprendió por internet sea suficiente. El camarero hace lo que ella imagina que es una moue de desagrado... aunque Macey no tiene del todo claro qué significa exactamente esa palabra. Los vecinos leen el periódico; los turistas sostienen guías con títulos como This Way to the Hives y Bee Magick.

El río resplandece justo al otro lado de la terraza. Viejos carteles enmarcados en el interior: nostalgia parisina. El tintineo de las tazas de porcelana. Debajo, más colmenas. Más enjambres. Más carga mental.

El chirrido de las sillas metálicas sobre el pavimento de piedra. Los camareros de ocho ojos cantando pedidos en un francés vertiginoso. El murmullo de las conversaciones, interrumpido por risas que se desintegran dentro de la colmena.

Agitándose. Elevándose. Viva. Suspendida.

El espresso recién hecho: aroma de frutos secos, intenso. Pero hay abejas en él. También en la mantequilla de los croissants y las tartines. Una tenue nota alada, cítrica, vibra sobre las mesas pulidas. El aliento fresco del río se mezcla con el aire cálido del café.

Pertenencia.

En el Pont Marie, los viejos zapatos del puente, remendados y desiguales, mientras las abejas se estrellan contra sus muslos. La orilla izquierda se abre ante ella: puestos de libros, ciclistas, estudiantes. Barcazas amarradas junto al malecón ramero, algunas convertidas en viviendas.

Las alas de la luz del sol destellan sobre las barandillas metálicas. La campanilla de una bicicleta se funde con las diminutas campanas y el zumbido furioso. El golpe de una amarra contra el casco de una barcaza.

Un músico callejero afina una guitarra.

La voz del río suena aquí con más fuerza, más insistente. La colmena sigue creciendo, plegándose dentro de otras colmenas como una fábrica que produjera muñecas rusas recursivas... asfalto caliente... el sabor metálico del agua del río.

El Jardín de Esculturas Tino Rossi.

Esculturas abstractas: curvas, ángulos, vacíos, proyectando sombras extrañas. Sombras monstruosas, insectoides, equivocadas. Incrustadas en otras dimensiones.

Bailarines practicando tango junto al río. Estudiantes dibujando sobre el césped. El resplandor del río, sonoro como un enjambre, al atardecer.

La música del tango brota de altavoces portátiles. Las risas de los grupos que hacen picnic... y luego el pánico cuando llega el enjambre latino.

Hoy es francesa... y las alas hacen thump thump thump dentro del tambor hueco de su cabeza...

Aujourd'hui, elle est française.

Apodado "el Baudelaire de nuestro tiempo" por el padrino del cyberpunk John Shirley (guionista principal de la película de culto de terror El Cuervo), Alex S. Johnson es autor de numerosas obras de ficción, ensayos y poesía, y su obra se encuentra archivada en la Biblioteca Widener de la Universidad de Harvard, que también alberga los Primeros Folios de William Shakespeare. Entre sus colaboradores se encuentran Sandy DeLuca, Jarboe, Pickles, Tricia Warden, Nicole H. Sixx, Juliet Cook, Michael A. Koby y Pat Cadigan. Ha sido entrevistado por R.U. Sirius, cofundador de la revista Mondo 2000, y por John Maggiore del programa de YouTube Maggiore on Bowie. Johnson vive en Carmichael, California, con su familia.

 

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