Armando Azeglio
Cuando se cansaba
de escribir o cuando una novela no progresaba, Oki se tendía en un sofá situado
en la galería vecina a su estudio. Por la tarde solía dormir allí…
Sí, soy yo. El que camina soy yo, y
lo que recuerdo es el comienzo de Un
cielo cargado de lluvia de Yasunari Kawabata. No… no tiene nada de
particular o de poético el fragmento. ¡Un momento! Perddón quizá no lo
recuerdo: Lo leo, sí, lo leo transcripto en un papel arrugado que he llevado en
un bolsillo. ¡Lo leo, sí! Lo leo perfectamente.
Cuando
se cansaba de escribir o cuando una novela no progresaba, Oki se tendía en un
sofá situado en la galería vecina a su estudio. Por la tarde solía dormir allí…
Lo que sigue es algo muy vago e
impreciso. Me esfuerzo por que se vuelva inteligible a mis ojos y solo logro
leer: Utsukusbisa to kanasbimi to…
—Cazzo! —digo impaciente, en
italiano. Lo arrugo, lo tiro y empiezo a caminar decididamente, alejándome del
papel tirado y hecho un bollo. Algo me frena. ¡Ahora me acuerdo! Había
transcripto ese fragmento, me gustaba, reflejaba una situación que me sucedía
cuando me cansaba de escribir o cuando una novela no progresaba. Me sentí muy
identificado con Kawabata expresado a su vez en Oki. Quería escribir algo que
empezara exactamente así, con esas mismas palabras… Cuando se cansaba de escribir o cuando una novela no progresaba, Oki se
tendía en un sofá situado en la galería vecina a su estudio. Por la tarde solía
dormir allí…
Sí, soy yo. El que se agacha para
recoger el papel y ahora lo extiende desarrugándolo soy yo. También el que
vuelve a leer el fragmento pensativamente. Ahora con otro aire, más indagador,
quizá…
Sí, Oki se cansaba de escribir. A
Oki, llegado un punto, las novelas, o lo que fuera que escribiese, no le
progresaban. Oki se tendía en un sofá cercano a su estudio, Oki se dormía… ¡Plagio!,
escribir algo que empiece de la misma forma que Un cielo cargado de lluvia de Yasunari Kawabata sería un sucio y
vil plagio…
¡Tengo que transformar las frases (me
desespero), recombinar las palabras, darles un toque personal. Nadie tiene que
llegar a darse cuenta de que lo que escriba está inspirado en las dos primeras
frases de Un cielo cargado de lluvia.
Nadie.
Si, el que está en medio de una
vereda transpirado, pensando en voz alta y con un misérrimo pedazo de papel que
contiene dos frases del maestro Kawabata soy yo. También soy yo aquel que los
peatones miran compasivos. Uno se acerca tímidamente y me da una moneda. Yo la
acepto sin entender. Continúo pensando en voz alta.
Eh, cuando el estrés de la escritura
lo bloqueaba mentalmente, o cuando una novela no progresaba… Nany se tendía en
su sofá… ¡No!, en un sofá no, eh… en un sillón ubicado en el zaguán cercano al
estudio.
¡No! ¡No! ¡No! (grito).
“Cuando el difícil oficio de las
palabras eh… hacía (me desabrocho el cuello de la camisa) que eh… Nany no
progresara o progresase. (Una viejita entre tierna y atemorizada me deja una limosna
sobre el pedazo de papel que ahora está en el suelo y me distrae) la novela se
recostaba en una galería cercana a su estudio. ¡Señora, me distrae, no quiero
dinero!
(La viejita se aleja como si hubiera
visto al demonio).
Cuando se cansaba de escribir, o
cuando el demonio no progresaba…
—¡A ver! —digo inspirando
profundamente en busca de calma—. “Cuando la mente se le quedaba en blanco,
coma, o cuando una novela no proseguía su normal… eh, “desenvolvimiento”, sí,
desenvolvimiento, Nany ser recostaba en una hamaca situada en el corredor
cercano a su estudio… ¡No! ¡No! ¡No! (grito, ensimismado).
—¿Muy occidental qué? —me pregunta un
señor de uniforme azul, que tiene en la mano derecha un bastón de caucho (de
esos que no dejan marcas) con el que se da suavísimos pero intimidantes
golpecitos en la mano izquierda mientras dos enfermeros vestidos de blanco níveo
se bajan de una ambulancia sonriéndome, con un chaleco de fuerza en las manos,
movimientos letárgicos y una amistosa sonrisa a flor de labios.
—¡La viejita muy occidental! —le
respondo—. ¡No!, quiero decir Kawabata, no, no estee… el plagio, el plagio de
Kawabata….
El policía ensayando si mejor mirada
detectivesca me dice:
—¿Estás seguro de que no tenés nada
encima? ¿No estás drogado, no?
—¡No! Lo único que tengo encima es
Kawabata… digo, la viejita. ¡No, que digo! El papel de Kawabata y el plagio de
la viejita… ¡No! ¡No! ¡La moneda, la moneda de la viejita!
El policía se da vuelta y les
pregunta a los enfermeros:
—¿No es “Caguabata” el nombre de esa
droga nueva?
—¡No! —le digo visiblemente nervioso
y casi llorando—. Yo no quería plagiar a nadie señor, esto es una gran
equivocación, le juro que no quería plagiar nada señor, yo no quería plagiar
nada.
—¡En nombre de la ley —grita
autoritariamente levantando el bastón— me das todos los gramos de Caguabata que
estés traficando y te declaro bajo arresto!
Sí, el que está desmayado en el piso
en medio de la calle, o mejor dicho, en estado de semiinconsciencia asistido
por dos enfermeros vestidos de blanco níveo (rodeado por una muchedumbre de
curiosos) es el policía. Y ese que corre con un misérrimo pedazo de papel en la
mano soy yo.
Las que les da a oler un jirón de mi
camisa a los perros –un sabueso que ha traído el resto de la policía para
rastrearme–, es la viejita. Y la que mira expectante la reacción de los
mastines, es la muchedumbre de curiosos.
Ahora bien (yo sigo corriendo) y –no
menos despavorido que antes– sigo pensando en el comienzo de Un cielo
cargado de lluvia de Yasunari Kawabata.
Cuando
se cansaba de escribir o cuando una novela no progresaba, Oki se tendía en un
sofá situado en la galería vecina a su estudio. Por la tarde solía dormir allí…
¿Por qué Oki se cansaba de escribir?
¿Porqué llegado a un determinado punto, las novelas, o lo que fuere que
escribiera no le progresaban? ¿Qué
interrelación oculta existía entre el sofá, la galería, el estudio, las
siestas, el cansancio, y las novelas? Los elementos: sofá, galería, estudio,
siestas, cansancio y novelas, ¿eran funcionales a un todo armónico y
desconocido, cuyo valor conceptual no era la simple suma de los valores
enunciados sino otro, distinto, aumentado, superior, más complejo, más sublime?
Los ladridos son de los policías… de
los perros de la policía; el rumor, de la muchedumbre de curiosos, el jadeo, mío.
El ruido a agua es del río que me acabo de encontrar y al cual no sé cómo
cruzar… la cercanía de la muchedumbre me pone nervioso –histérico– y el rumor a
perros es cada vez más fuerte, más y más cercano.
Teniendo en cuenta que el maestro
Kawabata era Budista Zen ¿Sería descabellado pensar que las dos primeras frases
de Un cielo cargado de lluvia, no son las dos primeras frases de Un
cielo cargado de lluvia sino una serie koans que el viejo premio
Nobel dejó a las generaciones futuras como un legado a aquellos que supieran
interpretar el sentido secreto, o mejor dicho, su no sentido? Ejemplo:
Pregunta (discípulo): ¿Quién es el
Buda?
Respuesta (maestro): “Oki se tendía
en un sofá”
Pregunta (discípulo): ¿Quién es el
Buda?
Respuesta (maestro): “Oki se tendía
en un sofá
Pregunta (discípulo): ¿Quién es el
Buda?
Respuesta (maestro): “Cuando se
cansaba de escribir o una novela no progresaba”
Pregunta (discípulo): ¿Qué es el
Buda?
Respuesta (maestro): “Los perros te
persiguen”
Sí, me persiguen y sigo sin saber qué
hacer. Camino para un lado y para otro, saco el misérrimo papel del bolsillo (si
voy a tenérmelas que ver con el agua al menos quiero que no se moje) lo miro
una vez más antes de lanzarme al río. La frase del maestro sigue intacta: Cuando se cansaba de escribir o cuando una
novela no progresaba, Oki se tendía en un sofá situado en la galería vecina a
su estudio. Por la tarde solía dormir allí… Lo que sigue es vago e
impreciso. Me esfuerzo porque se vuelva inteligible a mis ojos y solo logro
leer Utsukusbisa to kanasbimi to…
—Porca puttana!
—insulto impaciente en italiano. Con una mano me tapo la nariz, con la otra
mantengo lo más alto posible el manuscrito… lleno los pulmones de aire… me
flexiono… tomo impulso (pienso con terror en el vacío del salto y la fuerte
corriente que me espera) me arrojo…
El agua solo me da a las rodillas. ¿Y
ahora?, ¿Qué hago? Ya sé: camino entre las dos márgenes del río para confundir
a los sabuesos, vuelvo sobre mis pasos, desando lo andado haciendo un pertinente
enmarañe de rastros. Empiezo a correr rio arriba por el centro del lecho (para
algo tiene que servir la instrucción militar).
Creer
que no puedes hacer lo que han hecho los maestros constituye una debilidad
espiritual. Los maestros son hombres; tú también. Si piensas que eres inferior,
estarás en camino de serlo muy pronto.
¿Y esa frase?, me pregunto en medio
de los excrementos (para burlar a la muchedumbre y para que los mastines no me
huelan, me he metido por la boca de un desagote cloacal. Llevo caminando más de
media hora y pienso salir en algún momento… en algún lugar).
—¡No! —grito mirando al vacío en
medio de la fetidez más oscura—; ¡frases hechas no, eh! Yo solo quiero escribir
algo que empiece como Un cielo cargado de lluvia del maestro Kawabata
pero sin que nadie lo note—. ¡El papel! —vocifero metiéndome ansiosamente la
mano al bolsillo—. ¿No estará modificada la frase del papel?
Atino a leerla, pero me doy cuenta de
que no hay luz, salvo un pequeño haz divisado como a unos veinte metros de mí …avanzo…
¡Una alcantarilla!
Cuando se cansaba de escribir o cuando una novela no progresaba, Oki se tendía en un sofá situado en la galería vecina a su estudio. Por la tarde solía dormir allí… Todo sigue igual; lo que sigue es vago e impreciso. Me esfuerzo porque se vuelva inteligible a mis ojos y solo logro leer Utsukusbisa to kanasbimi to… Me esfuerzo un poco más y leo: Título original en japonés. Esta vez no digo palabrotas en italiano.

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