domingo, 12 de julio de 2026

UN ANUNCIO DE CIGARRILLOS… INCITA A FUMAR

Ahmed Sadaawi

Cuando imprimió su mano manchada con la sangre del cordero en la pared, había tres dedos rojos: el índice, el corazón y el pulgar, como un anuncio para promocionar el tabaco, y eso fue precisamente lo que animó a los niños a dibujar con las tizas un cigarro entre los otros dos dedos extendidos. Cuando sus amigos lo despidieron al montarse en el tren que partía hacia la capital, el gesto que hizo con la mano fue algo tibio, porque ellos no eran sus amigos, amigos que él hubiera escogido, simplemente los encontró, como encontró sus dedos amputados sobre el biombo en el último ataque que sufrió durante la guerra de los ochenta. Trozos de carne que se abrieron paso lejos de él, exactamente igual que aquellos que se despedían ahora, que se mostraban tímidos desde la ventana, próximos a un tamaño similar a la nada, como sentía en su fuero interno.

Le gustaba aquel poema que decía: “Solía contar a mis amigos con los dedos, y ahora no cuento con mis dedos más que mis dedos”; con toda seguridad quería decir que dos amigos intercambian la pérdida con el meñique y el anular, y el resto le resultaba indispensable, a diferencia de todos sus compañeros que ya se marcharon, liberando sus dedos del cómputo y la numeración.

Entró en el hotel Dunya en el primer callejón de la calle Alrashid. Lo recibió Abdu con su barba larga, tomó la maleta y lo condujo a una habitación alejada con dos camas. Su primer amigo le había dicho que Abdu cuidaba un gato en su habitación, situada a la entrada del hotel, le daba de comer queso, le servía bebidas gaseosas y lo arropaba cuando dormía.

—¿El gato arropa a Abdu… o Abdu arropa al gato? —Le preguntó, pero el amigo no contestó nada, si bien tras un momento de silencio, reanudó el tema del gato.

—Dice Abdu que el gato sabe hablar, que se entendían sus maullidos y en ellos dividía perfectamente las tres partes de la oración: nombre, verbo y complementos… pero un accidente de tráfico ¡lo ha dejado mudo! Estaba cansado por el largo viaje y no se emocionó con la triste historia del gato. Quería dormir, pero su amigo continuó hablando—. ¿No has notado que Abdu apenas habla? Es por la pena que le da el gato…, hasta dejó la bebida desde el doloroso accidente.

Él ya estaba roncando y había doblado el brazo debajo de la cabeza, mientras el amigo seguía la cháchara mirando desde la ventana hacia el tragaluz opaco.

Por la mañana, tocó a la puerta de su habitación su segundo amigo. Había llegado a un acuerdo con él para la cuestión de la jubilación y su pensión por discapacitado de guerra… Al despertar, encontró que su primer amigo se había marchado de la habitación en algún momento. Por la noche se habían reunido los tres en el cuarto alrededor de una botella entera de ginebra. El primer amigo era más alto que el segundo amigo, tal cual la diferencia que existe entre el meñique y el anular. El primero no paró de hablar más que para tomar un trago del único vaso que había sobre la mesa, colocada entre las dos camas, y el segundo bebía del vaso como variación a su silencio opaco, y las pocas frases que pronunció se parecieron a las señales divinas de la unicidad de Dios, o las proclamas de Alnifari, en comparación con las frases del primero, que se sucedían sin descanso hasta que se vació la botella.

—Esta chica que vi en la oficina de las pensiones tiene una relación con el director.

—¿Cómo es eso? ¿Es que conoces al director?

—No, pero lo he deducido por su mirada y por el ambiente de la oficina.

—Pero si no estuviste conmigo… ¿De dónde te has sacado eso?

—No, pero tengo un amigo discapacitado de guerra, y…

La botella no se había acabado aún, pero su primer amigo se levantó para ir al baño. Solo entonces pudo preguntar a su segundo amigo qué le pasaba.

—¡Oye! ¿Estás con nosotros, o qué?

El segundo amigo respondió mirando al techo.

—Mañana es mi cumpleaños. —Guardó silencio unos segundos y luego, de repente, se cortó la electricidad. El amigo siguió hablando—. El día que he decidido suicidarme.

Buscó una vela en el bolsillo de su chaqueta colgada en la pared, y a continuación encendió el pabilo y la puso sobre la mesilla, iluminando la habitación con una luz perezosa y tenue. En ese momento llegó el primer amigo.

—¿Saben? —exclamó sentándose delante de la vela para continuar con un tono imperceptible—. He escuchado una voz extraña en el servicio que estaba al lado del mío. Me he colado y he visto a una persona practicando la costumbre secreta.

—¿Te vio él?

—No, pero llevaba la foto de una revista en la otra mano cuando se fue la luz, y de repente, se cortó la voz extraña.

—¿Y qué problema hay? Es algo natural —dijo respondiendo a las palabras de su primer amigo, el fanático. Luego, se fijó en la gran sombra de su cabeza, reflejada en lo alto de la pared, y en sus orejas, que eran más prominentes en la sombra que en la realidad, dos pabellones auditivos afilados similares a las orejas del demonio.

—Mañana es el día apropiado… Un buen cierre dramático.

Habló su segundo amigo con la vista puesta en el techo, donde el humo de los cigarrillos serpenteaba en el condensado ambiente.

—Cásate, en lugar de eso —Le respondió a su amigo, el abatido y triste. Luego encendió otro pitillo.

—Pretenderás decir que el matrimonio se parece al suicidio. En mi primer matrimonio descubrí esta verdad… Quería que me acostara con ella ¡cada tres horas!

Molesto, el primer amigo le interrumpió.

—¿Por qué hablas de tu mujer de esa forma?

—Él no se ha casado nunca. Nunca ha visto la vagina de una mujer —dijo el segundo amigo… lo que hizo sonreír al primer amigo.

—Al fin se rompió el anular —señaló con cinismo.

Cuando se marcharon, poco antes de que el hotel cerrara las puertas, la electricidad seguía cortada, la vela había llegado al final y se extendía con su cera derretida sobre el borde de la mesilla. Alargó su mano delante de la vela y se dibujó sobre la pared una sombra pálida de una mano grandiosa. La botella estaba vacía y lo más probable es que él se hubiera tomado la mayor parte, dado que su primer amigo estaba demasiado ocupado hablando y el segundo, fumando.

Observó la majestuosa mano sobre la pared. Tenía cinco dedos. Los movió y se movió la mano en la sombra unos segundos después. La bajó lentamente hacia su cara y se frotó los ojos. Permaneció en esta postura hasta que la electricidad iluminó de nuevo la habitación. La vela estaba completamente muerta.

Se daba cuenta de que el asunto de su jubilación iba a alargarse y que el dinero que tenía no le duraría demasiado tiempo. Sus amigos continuaron acudiendo a su habitación cada noche o en noches alternas. Una tarde, cuando subía las escaleras del hotel, vio el gato al que mimaba Abdu sobre los últimos escalones, mirando con unos ojos brillantes y asustados a quien subía por las escaleras. De pronto, la cabeza de Abdu asomó por la puerta de arriba. Parecía distinto. Se había afeitado la barba. Él se quedó quiero durante unos segundos, respetando la decisión del pobre gato sobre si subir o bajar, pero Abdu le lanzó un zapato con un movimiento violento de su mano, como si estuviera participando en un concurso, y el gato cayó rodando por las escaleras. Pasó por su lado aturdido y le sorprendió su maullido. Era un sonido doloroso e inesperado, pero solo el maullido de un gato.

Le preguntó a Abdu el porqué de aquella crueldad contra su gato mimado, y éste respondió:

—Se sienta en la azotea y me lo encuentro que se lo está tirando otro gato. Cada vez que espanto al segundo gato, vuelve… Hoy lo encontré debajo de mi cama, haciéndoselo otra vez.

No sintió ninguna lástima por lo que le pasara al gato, pero le preguntó por el asunto del habla. «¿De veras el gato hablaba?», a lo que Abdu contestó extrañado:

—¿Para qué va a hablar? ¿Acaso no le doy todo? ¿Para qué va a hablar o a preguntar?

Un par de horas después llegaron sus amigos. El primero llevaba un bolso de deporte y el segundo una bolsa negra donde escondía una botella. El primero dijo que pasaría la noche con él, y posiblemente las noches siguientes, y aunque la decisión no le hizo estar demasiado cómodo, tampoco dijo nada que dejara entreverlo.

El segundo amigo abrió la botella. Llenó el vaso y bebió de prisa. Sin saber por qué recordó al verlo beber con tanta urgencia sus palabras de aquella noche, ¿no quería suicidarse el día de su cumpleaños?

—¿Recuerdas los baños circulares delante de la Oficina de Pensiones que está a lado del puente? Pues, ¿sabes?, hoy he visto a la empleada de contabilidad aquella, ¿te acuerdas? Me puse en la cola con ella y la llevé hasta los baños, y allí me casé con ella.

No le contestó nada porque la electricidad se cortó en ese momento. Levantó su chaqueta, colgada de un clavo sobre la pared y sacó una vela larga. Prendió la mecha y la puso en el borde de la mesilla. Su primer amigo retomó entonces la narración de su historia con la empleada de las pensiones.

Al cabo de unas horas, la botella tocaba a su fin, y entre el parloteo de su primer amigo, quien se marchó al servicio, y el desánimo del segundo, él vigilaba la sombra de su mano sobre la pared. Era algo extraño. El meñique y el anular estaban ahí. Él los movía y los dedos se movían. ¿Estaban, acaso, perdidos en la otra mano? Aquí está, la segunda mano… y sí, también estaban. Se volvió hacia su segundo amigo, que fumaba mirando al techo. Quería asegurarse de algo.

—¿Qué hiciste el día de tu cumpleaños? —le preguntó.

El segundo amigo exhaló una calada larga del cigarrillo y soltó el humo lentamente para que se mezclara con la nube de humo que se mantenía en lo alto de la habitación. Luego, se volvió hacia él.

—Nada importante… —le contestó—. Fui a trabajar… Volví del trabajo. Quería pasarme por el callejón de mi novia, pero dudé porque odio esperar para ver si asoma o no la cabeza por la puerta de casa.

—¿Qué novia es esa?

—Esa de la que te hablé… Una compañera de estudios.

—¿Me estás tomando el pelo?… Pero ¡si tienes canas!, ¿de qué estudios estás hablando?

—Bueno, yo la he amado desde entonces, pero jamás se lo confesé.

—¿Y la sueles ver cuando pasas por la calle donde está su casa?

—No, se casó hace seis años, o siete… No recuerdo bien.

—Entonces, ¿por qué vas por allí?

—Pudiera ser que viniera a ver a su familia… Siempre hay una oportunidad, aunque sea mínima.

—Una oportunidad, ¿para qué?

—Para ver a mi novia.

Eso dijo el segundo amigo mientras miraba con ojos brillantes la llama firme de la vela cuando la sombra de una mano enorme con cinco dedos se dibujaba sobre la pared contigua. La mano de la sombra agarraba lentamente la cabeza del segundo amigo, pero se detuvo. Después se relajó y se retiró de la pared, decaída.

—¿Por qué no te suicidaste? ¿No era una decisión importante? —volvió a preguntarle. Reinó el silencio durante breves instantes antes de llegar la respuesta.

—El asunto requiere de valentía. Todos los hombres sobre la faz de la tierra están desesperados para que lo haga alguno en nombre de ellos. Si todos ellos hubieran reunido el arrojo de ese uno, habría terminado la liturgia con la eucaristía echada en el abismo de la nada.

—No entiendo una palabra. ¿Por qué no lo has hecho?

—Es complicado. No es así de sencillo.

Un fastidio intenso comenzó a afligirle, y cuando entró su primer amigo pareciera que lanzaba un contraataque, pues lo bombardeó con la pregunta antes de sentarse.

—¿Por qué has tardado?

—¿Recuerdas aquella persona, al de la foto? La foto de la revista aquella noche en los baños. —Respondió que sí, así que siguió hablando orgulloso—. Lo hice con él… Lo sorprendí haciéndolo consigo mismo y le facilité el asunto.

El segundo amigo intervino burlándose:

—Puede que lo hiciera él contigo. Bájate los pantalones para que lo confirmemos.

—Tú estás celoso de mí.

Tras decir aquello, tomó asiento para seguir bebiendo. Entretanto, la mano grande de la sombra con los cinco dedos comenzó a curvarse sobre la pared.

—Estás aquí sentado mientas la novia de parvularios… eructa de tanto revolcón.

El primer amigo murmuró aquello antes de darle un trago al vaso con evidente nerviosismo… Al final se pelearon, el meñique y el anular estaban en la mano enorme de la sombra zurrándose el uno al otro y separándose con evidentes convulsiones.

Abrió la puerta con torpeza y seguidamente se apoyó en el filo de la hoja abierta para dirigirse a sus amigos:

—Venga… Salgan… No quiero que vuelvan aquí nunca más. —Pronunció aquellas palabras como si masticara un bocado pegajoso—. Tú —se dirigió al primero—, ¿por qué me mientes? El gato no hablaba… No comía queso y bebía leche… Era un hijo de puta. Y tú —se dirigió al segundo—, tú eres como él. Lárgate y suicídate sin tanto anuncio… Quieres que el mundo te salve sin necesitar de una salvación. —Ambos salieron apoyándose el uno sobre el otro y antes de alcanzar el final del pasillo, les gritó—: Han prorrogado el procedimiento de la jubilación hasta que se derrita el invierno, ¿Saben?

Cerró la puerta sin asegurarse de que hubieran oído sus palabras, y se quedó cerca de la vela que languidecía, como si alguien siguiera aún con él en la habitación.

—Me han dicho… “tú no tienes ninguna discapacidad. Las personas no necesitan normalmente ese par de dedos”… pero yo los necesito… ¡Los necesito!

Gritó la última frase como si quisiera llorar. Se echó en la cama y levantó la mano delante de su cara y luego la fue acercando despacio hasta que acabó detrás de la vela. La gran sombra sobre la pared reflejaba una mano con tres dedos… Exactamente igual que el anuncio que animaba a fumar.

Por la mañana, abrió los ojos con el traqueteo de la puerta… Recordó que no la había cerrado bien la noche anterior… Desde su sitio pudo ver como el gato mimado de Abdu entraba, caminaba con delicadeza y en silencio sobre el suelo de la habitación, acercándose a él. Se sentó sobre las patas traseras e irguió la cabeza con respeto. Luego soltó un maullido extraño:

—Me gustaría contarte algo. Ayer por la noche estaba dando un paseo por la calle. Tus amigos estaban peleándose a voces y a la altura de la alcantarilla grande del final de la calle se pararon. De repente, tu segundo amigo se lanzó él solito a la alcantarilla… Lo último que pude escuchar de ellos fueron las palabras de tu primer amigo. Con los ojos puestos en el oscuro sumidero, le increpaba: ¿Quieres ser importante? Me tienes celos.

Recordó el principio del relato, cuando imprimió sobre la pared una mano manchada con la sangre de un cordero sacrificado, feliz por haber salido con vida de la guerra, y sintió una pérdida grave oprimiendo su alma cansada.

Ahmed Sadaawi nació en Bagdad en 1973. Es novelista, poeta y guionista. Ha trabajado en diversos periódicos y revistas, y fue corresponsal de la BBC en Bagdad entre 2005 y 2007. Actualmente reparte su tiempo en la escritura de documentales y programas de televisión. Entre su obra narrativa se destacan: El hermoso país. (Premio de Novela Árabe en Dubái. 2004), Sueña o juega o muere. (2008), Frankenstein en Bagdad (Premio Booker árabe, 2013), La puerta de las tizas. (2017), La cara desnuda dentro del sueño (2018).

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