Praise Mk Nkhoma
Hubo un tiempo en
que creía que el mundo más allá de mi aldea pertenecía a las personas que
viajaban en minibuses, las que llevaban zapatos lustrados y maletines, las que
tenían electricidad en sus casas y cuyos hijos no debían levantarse antes que
los gallos para prepararse para ir a la escuela. Había oído hablar de Lilongwe,
Blantyre, Mzuzu y de lugares más allá de nuestro distrito, pero eran nombres
lejanos que flotaban en las conversaciones de los adultos. Mi mundo era más
pequeño y, para mí, estaba completo. Lo formaban los campos de maíz, los
mangos, los senderos polvorientos, la campana de la escuela y el ganado que
regresaba al atardecer, como una fila de personas frente a ADMARC en febrero.
No sabía que un mundo podía ser
pequeño y aun así contener todo lo que uno pasaría la vida entera con el deseo
de volver a ver.
En aquellos días, antes de que el
sol asomara por encima de los árboles, mi madre ya estaba despierta, como
siempre.
Yo permanecía acostado y escuchaba.
Fu, fu, fu… Soplaba sobre el fuego hasta que prendía. Coro, coro… Movía las
ollas sobre las tres piedras. Shua, shua… El suave roce de una escoba sobre la
tierra, afuera. A veces abría un ojo y veía pasar su sombra por la puerta. Se
movía como alguien que ya hubiera contado las horas del día y supiera que no le
alcanzarían.
—¡Praise! Wuka. Kwacha nikale!
¡Praise, despierta! ¡Ya es de día!
Me cubría la cabeza con la manta.
—Amaa, ine navuka.
Mamá, estoy cansado.
—Kuvuka? Wachitanga vi kuti uvuke?
¿Cansado? ¿Qué has hecho para estar
tan cansado?
Sonreía debajo de la manta, porque
sabía que ella también sonreía, aunque su voz fingiera lo contrario.
—Nigonepo padoko waka.
Quiero dormir un poquito más.
—Pala wagona, sukulu yindilizge
iwe?
Si sigues dormido, ¿la escuela te
va a esperar?
Entonces, por fin, me incorporaba.
Mi uniforme colgaba de un clavo en la pared. Había conocido tiempos mejores. El
color se había desvanecido de tanto lavarlo. Mis zapatos, cuando los tenía, no
siempre estaban en condiciones de merecer ese nombre. Muchas mañanas iba
descalzo. El polvo era mi calzado.
Mi madre me daba algo para comer
más tarde en la escuela.
A veces era maíz tostado, envuelto
en papel o dentro de una botellita de plástico. Otras veces, un trozo de batata
que había sobrado de la noche anterior. Algunas mañanas había tan poca comida
que la miraba y me preguntaba cómo lograría aplacar mi estómago hasta la tarde.
—Njawala zakukagulira kenakake,
Amaa?
¿Tienes unas monedas para que me
compre algo, mamá?
—Praise, ndalama zikumera mumakuni
yayi.
Praise, el dinero no crece en los
árboles.
Sabía lo que quería decir, aunque
no me gustara oírlo.
—Tizamuona pala wawelako mwana
wane, wapulika?
Ya veremos cuando vuelvas, hijo
mío, ¿de acuerdo?
Tizamuona… Ya veremos… Esa frase
nos crio a muchos. La oíamos cuando pedíamos cuadernos… tiwonenge. Cuando se
nos rompían las sandalias… tiwonenge. Cuando la escuela nos pedía dinero…
tiwonenge. A veces significaba que tal vez apareciera una solución. Otras, que
no había solución alguna, solo una madre que no quería aplastar la esperanza de
su hijo con un rotundo yayi… No.
Entonces yo no sabía que mi madre a
veces decía esas palabras porque tampoco ella tenía una respuesta. Solo sabía
que otros niños podían comprarse algo en la escuela.
Un niño no comprende la pobreza a
través del estudio de sus causas. La comprende al mirar lo que otro niño tiene
y él no.
Sin embargo, después de entregarme
mi pequeño desayuno, mi madre me acomodaba el cuello del uniforme y me peinaba
con los dedos.
—Luta kasambile, Praise.
Kuyembekezela moyo kuwa wakupweka yayi.
Ve a estudiar, Praise. No esperes
que la vida sea fácil.
Yo asentía, me ponía los libros
bajo el brazo y salía a la mañana. La escuela quedaba a casi cinco kilómetros
de casa.
—¡Mwawuka, agogo!
¡Buenos días, abuelo! Saludaba a
todos los que encontraba camino a la escuela. En nuestra aldea no podías pasar
junto a una persona mayor sin saludarla. Incluso cuando se nos hacía tarde para
ir a la escuela, nuestras madres nos recordaban que debíamos ser respetuosos.
Si no saludabas, te lo reprochaban antes de que hubieras dado diez pasos.
Harry solía esperarme junto al
sendero que salía de la aldea.
—¡Nayamba kukulindizga nimbele!
¡Llevo una eternidad esperándote!…
Lo decía con aquella cara de fastidio que ponía.
—¿Wakupatsani udindo wakuti
unilindizgenge ninjani?
¿Quién te encargó que me esperaras?
¡Ja, ja, ja! Soltábamos la
carcajada y empezaba el camino.
Caminábamos por senderos
polvorientos que serpenteaban entre los campos de maíz. Durante la estación
seca, la tierra se endurecía y un fino polvo rojo nos cubría los tobillos.
¡Bruuum! Cuando pasaba un vehículo, nos apartábamos y cerrábamos los ojos mientras
una nube de polvo se alzaba detrás.
En la estación de las lluvias, el
sendero se convertía en otro mundo. La tierra roja se ablandaba bajo nuestros
pies. Chap, chap, chap en los charcos. El agua se acumulaba en las hondonadas y
a menudo llegábamos a la escuela con la ropa mojada. El maíz crecía alto y
verde; cue, cue, cue, cantaban las ranas desde las zanjas, y el aire traía
aquel olor intenso y profundo de la tierra húmeda. Nos quejábamos de la lluvia,
pero en secreto la disfrutábamos. Chapoteábamos y nos lanzábamos bolitas de
barro.
Nuestra escuela estaba cerca del
centro comercial. Tenía aulas con pupitres viejos —cucué, cucué al
arrastrarlos—, un patio de formación y una campana —¡gong! ¡gong! ¡gong!— cuyo
sonido llegaba más allá de las casas más cercanas. Algunas ventanas tenían los
vidrios rotos. Las paredes mostraban las huellas de años de lluvia y sol. Pero
para nosotros era el lugar donde se suponía que debía empezar el futuro.
Nos formábamos en el patio…
Oh, Dios, bendice nuestra
tierra de Malawi,
consérvala como una tierra de
paz…

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