sábado, 31 de octubre de 2026

CARACOLES

Bob Chow

 

Lejos de desaparecer con el avance de la ciencia y el pensamiento racional, la prevalencia de la superstición ha sufrido transformaciones constantes impulsadas por la cultura, la tecnología y los niveles de incertidumbre socioeconómica. Así, en los convulsionados 70, la gente llegó a creer en el Triángulo de las Bermudas, el poder de las pirámides y el psicoanálisis, como ahora se sostienen por igual la hipótesis de la simulación, la autodestrucción de la especie humana a manos de sus creaciones y que gente del futuro borre sus memorias y pague fortunas para nacer en esta época singular.

Este último hype me hizo zumbar un poco los oídos, en tanto que en esta «época singular» también tuve por primera vez la epifanía de que morirme ya no era algo tan dramático. Cada vez que escuchaba el rumor, una y otra vez me venía a la mente la misma pregunta: ¿cómo iba a conciliar que gente pague fortunas para venir a un mundo en el que me importa un rábano vivir? La inconsistencia no solo estaba destinada a sobrevivir, sino también a volverse más irritante.

 

Hacía la cola en un chino detrás de una mujer que pagaba sus compras junto a su carrito de bebé. Hasta allí, el espectáculo era trivial, quizá demasiado. Antes de que se fuesen, la cajera le dice algo simpático al bebito para que, delante de mis narices, ocurra lo discretamente imposible. El bebé mira fijo a la cajera, eso podríamos tolerarlo, pero de repente suelta una frase en convincente idioma chino. ¡Una criatura con toda la pinta de no haber dicho aún sus primeras palabras en ningún idioma! La cajera pasa sin escalas de la sonrisa complaciente al estupor y pronto también al pánico.

La escena acaba con la madre empujando el carrito e intentando disculparse por algo que ha sido sumamente extraño también para ella misma. Pago mis artículos sin preguntarle nada a la cajera. Me voy del supermercado con la impresión de que es la única persona que entendió lo que dijo el bebé.

 

Estaba más inclinado a creer que el bebé tampoco sabía lo que había dicho y que tan solo había ejercido la habilidad de repetirlo como un lorito. Días más tarde, asisto a una cita médica por presión alta. Este repentino síntoma fue lo que me hizo reconsiderar que, en verdad, la muerte ya no se me presenta como la tragedia que era ni como algo que me quitaría el sueño (es un decir, la muerte se llevaría todo, en particular, la vigilia). La sospechosa autoevaluación me indica que a estas alturas ya he jugado todas mis fichas y que lo razonable es no esperar gran cosa de lo que reste. Con todo, nada más entrar al pequeño consultorio, me llevo una sorpresa. La doctora que me va a atender resulta ser la misma madre que vi salir del chino a las apuradas con su bebé políglota. Ella no me recuerda. Nuestras primeras palabras giran en torno al incidente en las compras.

—No habla aún —dice la médica sobre su bebé, como si se disculpara—. Al día siguiente, fui sola al supermercado a hablar con la cajera. Primero no quería hablar, seguía como asustada. Después de mucho insistir, me confirmó que Miguelito, mi bebé, le habló en perfecto mandarín.

—¿Se puede saber qué le dijo? —pregunto con curiosidad genuina.

La médica se tomó su tiempo para confiarme esa información crítica. Tras un silencio que se volvía incómodo, sin mirarme a los ojos, dijo con cierta gravedad:

—«¿Qué es lo importante en todo esto?».

La frase tenía una densidad filosófica impensable en un bebé. Sin embargo, no nos detuvimos a considerarla. Pasamos a tratar mi presión arterial. Me fui del consultorio con varias órdenes de estudios poniendo cara de hombre convencional que lee los diarios y puede hablar sobre cualquier cosa dentro de un ascensor.

 

Cárcel del Fin del Mundo, la Isla del Diablo en la Guayana Francesa, Port Arthur en Tasmania son todos nombres de prisiones históricas que tuvieron en común el notorio desterramiento de los encarcelados. Cuando me venían con que se pagan fortunas por encontrar refugio en esta época, se me ocurría por poco lo contrario. Acaso del futuro no nos enviasen turistas acaudalados, sino presos peligrosos que conviniera alejar de un modo drástico. No me pregunten cómo se materializaría un viaje temporal de esa especie, tan solo trato de perseguir la lógica del simpático rumor. La escena sin explicación en el supermercado chino, cuando menos, se mantenía dentro de los márgenes de esa delirante idea.

Claro que hablé sobre el asunto con mis extravagantes amigos, siempre bien dispuestos para opinar sobre cualquier cosa. De esas conversaciones surgían muchas preguntas y cero respuestas. ¿Qué tan terrible tenía que ser el futuro para que una época como la nuestra se considerase un destino idílico? Uno de estos amigos, propongo freaks como término para englobarlos, llegó a sanatear que «la diferencia cognitiva entre los híbridos superinteligentes del futuro y nosotros sería comparable a la que ahora tenemos con los caracoles».

Una cosa era cierta, al cabo de unas semanas, me hice los estudios y correspondía un nuevo encuentro con la madre del supuesto bebé del futuro. Mi primera pregunta no iba a ser por el zinc ni la creatinina, sino por el padre de la criatura. No sé por qué supuse que ese bebé superdotado en apariencia no podía tener progenitores contemporáneos. La médica debió tomarlo en adopción, por ejemplo, en una clínica secreta. Preguntaría también si notó otros comportamientos inusuales en su hijo.

El cerebro humano es una máquina de anticipar, elabora una hipótesis sobre lo que tiene delante, luego va acomodando los nuevos datos que percibe hasta quedarse con una buena hipótesis de trabajo. Anticipar devino crítico para la supervivencia. Tras el tiempo de rigor en la sala de espera, me llamaron para que vaya al consultorio. Antes de entrar, golpeé ligeramente la puerta entreabierta. Escuché una vocecita decir «Adelante». Digo bien, una vocecita… Esa voz un poco aguda para mi gusto me detuvo unos segundos. Mentiría si dijese que no tenía una idea o dos de lo que esperaba detrás de la puerta. Avancé. En esa situación, lo importante era recibir el mejor diagnóstico. El más ajustado. El más inteligente. 

Aivars Holms, alias Bob Chow, psicólogo UBA. Escritor y músico aficionado, publicó siete novelas y cuentos en dos antologías. Ganó el Premio de novela La Bestia Equilátera 2015 con Todos contra todos y cada uno contra sí mismo. Publicó ¿Qué es lo real y qué hacer allí? (filosofía) ¿Qué es lo real y qué hacer allí? con la doctora Olimpia Lombardi.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

EL JARDÍN DE LOS MASCARONES DE PROA