Bob Chow
Lejos de
desaparecer con el avance de la ciencia y el pensamiento racional, la
prevalencia de la superstición ha sufrido transformaciones constantes
impulsadas por la cultura, la tecnología y los niveles de incertidumbre
socioeconómica. Así, en los convulsionados 70, la gente llegó a creer en el
Triángulo de las Bermudas, el poder de las pirámides y el psicoanálisis, como
ahora se sostienen por igual la hipótesis de la simulación, la autodestrucción
de la especie humana a manos de sus creaciones y que gente del futuro borre sus
memorias y pague fortunas para nacer en esta época singular.
Este
último hype me hizo zumbar un poco
los oídos, en tanto que en esta «época singular» también tuve por primera vez
la epifanía de que morirme ya no era algo tan dramático. Cada vez que escuchaba
el rumor, una y otra vez me venía a la mente la misma pregunta: ¿cómo iba a conciliar
que gente pague fortunas para venir a un mundo en el que me importa un rábano
vivir? La inconsistencia no solo estaba destinada a sobrevivir, sino también a
volverse más irritante.
Hacía la cola en
un chino detrás de una mujer que pagaba sus compras junto a su carrito de bebé.
Hasta allí, el espectáculo era trivial, quizá demasiado. Antes de que se fuesen,
la cajera le dice algo simpático al bebito para que, delante de mis narices,
ocurra lo discretamente imposible. El bebé mira fijo a la cajera, eso podríamos
tolerarlo, pero de repente suelta una frase en convincente idioma chino. ¡Una
criatura con toda la pinta de no haber dicho aún sus primeras palabras en
ningún idioma! La cajera pasa sin escalas de la sonrisa complaciente al estupor
y pronto también al pánico.
La
escena acaba con la madre empujando el carrito e intentando disculparse por
algo que ha sido sumamente extraño también para ella misma. Pago mis artículos
sin preguntarle nada a la cajera. Me voy del supermercado con la impresión de
que es la única persona que entendió lo que dijo el bebé.
Estaba más
inclinado a creer que el bebé tampoco sabía lo que había dicho y que tan solo
había ejercido la habilidad de repetirlo como un lorito. Días más tarde, asisto
a una cita médica por presión alta. Este repentino síntoma fue lo que me hizo reconsiderar
que, en verdad, la muerte ya no se me presenta como la tragedia que era ni como
algo que me quitaría el sueño (es un decir, la muerte se llevaría todo, en
particular, la vigilia). La sospechosa autoevaluación me indica que a estas
alturas ya he jugado todas mis fichas y que lo razonable es no esperar gran
cosa de lo que reste. Con todo, nada más entrar al pequeño consultorio, me
llevo una sorpresa. La doctora que me va a atender resulta ser la misma madre que
vi salir del chino a las apuradas con su bebé políglota. Ella no me recuerda. Nuestras
primeras palabras giran en torno al incidente en las compras.
—No
habla aún —dice la médica sobre su bebé, como si se disculpara—. Al día
siguiente, fui sola al supermercado a hablar con la cajera. Primero no quería
hablar, seguía como asustada. Después de mucho insistir, me confirmó que Miguelito,
mi bebé, le habló en perfecto mandarín.
—¿Se
puede saber qué le dijo? —pregunto con curiosidad genuina.
La
médica se tomó su tiempo para confiarme esa información crítica. Tras un
silencio que se volvía incómodo, sin mirarme a los ojos, dijo con cierta
gravedad:
—«¿Qué
es lo importante en todo esto?».
La
frase tenía una densidad filosófica impensable en un bebé. Sin embargo, no nos
detuvimos a considerarla. Pasamos a tratar mi presión arterial. Me fui del
consultorio con varias órdenes de estudios poniendo cara de hombre convencional
que lee los diarios y puede hablar sobre cualquier cosa dentro de un ascensor.
Cárcel del Fin del
Mundo, la Isla del Diablo en la Guayana Francesa, Port Arthur en Tasmania son
todos nombres de prisiones históricas que tuvieron en común el notorio desterramiento
de los encarcelados. Cuando me venían con que se pagan fortunas por encontrar refugio
en esta época, se me ocurría por poco lo contrario. Acaso del futuro no nos
enviasen turistas acaudalados, sino presos peligrosos que conviniera alejar de
un modo drástico. No me pregunten cómo se materializaría un viaje temporal de
esa especie, tan solo trato de perseguir la lógica del simpático rumor. La
escena sin explicación en el supermercado chino, cuando menos, se mantenía
dentro de los márgenes de esa delirante idea.
Claro
que hablé sobre el asunto con mis extravagantes amigos, siempre bien dispuestos
para opinar sobre cualquier cosa. De esas conversaciones surgían muchas
preguntas y cero respuestas. ¿Qué tan terrible tenía que ser el futuro para que
una época como la nuestra se considerase un destino idílico? Uno de estos
amigos, propongo freaks como término para
englobarlos, llegó a sanatear que «la diferencia cognitiva entre los híbridos
superinteligentes del futuro y nosotros sería comparable a la que ahora tenemos
con los caracoles».
Una
cosa era cierta, al cabo de unas semanas, me hice los estudios y correspondía
un nuevo encuentro con la madre del supuesto bebé del futuro. Mi primera
pregunta no iba a ser por el zinc ni la creatinina, sino por el padre de la
criatura. No sé por qué supuse que ese bebé superdotado en apariencia no podía
tener progenitores contemporáneos. La médica debió tomarlo en adopción, por
ejemplo, en una clínica secreta. Preguntaría también si notó otros
comportamientos inusuales en su hijo.
El cerebro humano es una máquina de anticipar, elabora una hipótesis sobre lo que tiene delante, luego va acomodando los nuevos datos que percibe hasta quedarse con una buena hipótesis de trabajo. Anticipar devino crítico para la supervivencia. Tras el tiempo de rigor en la sala de espera, me llamaron para que vaya al consultorio. Antes de entrar, golpeé ligeramente la puerta entreabierta. Escuché una vocecita decir «Adelante». Digo bien, una vocecita… Esa voz un poco aguda para mi gusto me detuvo unos segundos. Mentiría si dijese que no tenía una idea o dos de lo que esperaba detrás de la puerta. Avancé. En esa situación, lo importante era recibir el mejor diagnóstico. El más ajustado. El más inteligente.

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